El negocio de la salud

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A lo largo de todo el siglo XX y principios del XXI, las ciencias de la salud se han desarrollado, organizado y configurado en base a los objetivos marcados por los grandes grupos financieros (multinacionales farmacéuticas, y en los últimos años, multinacionales biotecnológicas)

Que han identificado deliberadamente el cuerpo humano, la salud, como elemento de inversión, como ámbito de mercado. Para ello la industria farmacéutica se ha organizado con el objetivo de controlar los sistemas sanitarios de todo el mundo mediante la sustitución sistemática de la cultura sanitaria propia de los pueblos, que era no patentable, por sustancias sintéticas patentables y, por tanto, lucrativas.

Se medicaliza la vida, se generan artificialmente nuevas enfermedades, se palian síntomas, se perpetúan tratamientos

Las estrategias seguidas para lograr esta transformación han sido:

  • Control del conocimiento que ha pasado de ser un bien común, a ser un conocimiento restringido a los técnicos (profesionales sanitarios) gracias a las patentes sobre la propiedad intelectual, cuyos propietarios, las grandes empresas del sector, monopolizan dicho conocimiento de manera totalitaria.
  • Control sobre los sanitarios, medios de comunicación, políticos, gobiernos y organismos internacionales a través de prácticas de lobbing (soborno institucionalizado) llegando a cometer tantos delitos y tan a menudo que su modelo empresarial cumple todos los requisitos para ser considerado como “crimen organizado”.
  • Control de la investigación, donde lo subvencionado y por lo tanto investigado no son las enfermedades que más afectan a la población sino aquellas que se desarrollan en nuestros países enriquecidos, que tienen tratamiento y éste genera beneficios económicos. Así tenemos como los precios impuestos a los nuevos tratamiento imnuno-oncológicos está produciendo una verdadera “selección de pacientes” en base al dinero disponible en su cuenta corriente y a su vez está colocando en una posición de “quiebra” a los sistemas sanitarios que deben financiar esos tratamientos.
  • Fomento de una cultura de la salud donde ésta pasa a ser un fin en sí misma. Se medicaliza la vida, se generan artificialmente nuevas enfermedades, se palian síntomas, se perpetúan tratamientos en aras a mitigar unos supuestos factores de riesgo, lo que le da al mercado farmacéutico un nicho casi infinito de pacientes suplicando medicinas y tecnologías diseñadas específicamente para ellos (para los que puedan pagarlas, claro), y que todo lleve a una hiperutilización de medicamentos, tecnologías e intervenciones profesionales superespecializadas que conduzcan a la ruina a los sistemas sanitarios; una ruina planificada que, a su vez justifica más reformas orientadas por el mercado.
  • La planificación científica y sistemática del olvido de los miembros más débiles de la sociedad ya que el débil se ve como una amenaza a la calidad de vida del fuerte, como un enemigo a eliminar. Y esto se ve reflejado en las nuevas directrices de los organismos internacionales de la salud (condicionados cada vez más por intereses privados) que han pasado de proponer como objetivo “la salud para todos”, a plantear objetivos parciales en aquellos que se sometan a condiciones económicas, medioambientales y de control demográfico.

Solo desde el convencimiento de que “TODOS SOMOS RESPONSABLES DE TODOS”, podremos poner en marcha realidades de promoción de la salud que aglutinen enfermos, profesionales sanitarios, investigadores… que rompan la impunidad y pongan coto a la voracidad criminal de los mercaderes de la salud, que están imponiendo la máxima del “tanto tienes, tanto vives”.

Autor: Carlos Martínez

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