Fracaso y abandono escolar en España

1977
Educación

La evolución de los datos sobre fracaso y abandono en nuestro sistema educativo obligatorio nos muestra un panorama tozudo: más de un 28% de alumnos menores de 16 años termina la enseñanza obligatoria sin graduarse.

El 23,5% deja los estudios tras la ESO o sin graduarse (es la tasa más alta de abandono temprano de la UE). La situación comienza mucho antes, con las repeticiones y las ausencias continuas al colegio, que son la antesala de este fracaso. Más del 40% de los alumnos han repetido alguna vez antes de los 16 años. También es ya un tópico el perfil del alumno que “fracasa” en el sistema educativo: chicos (mucho más que chicas), de extracción familiar y social pobre y con un 50% más de posibilidades de fracasar si es inmigrante. Si al “fracaso” en la escuela le sumamos la dinámica de desintegración y agresión en la que están los espacios de socialización otrora tan importantes como la familia, el trabajo, el barrio,… el cóctel es explosivo.

El “fracaso escolar” y el abandono no hace sino poner de manifiesto un “modelo de escuela” que no dice ni significa nada para una inmensa mayoría de jóvenes. Muchos no ven razones para esforzarse por lo que ya tienen sin esforzarse. Muchos otros tampoco para persistir en el esfuerzo en busca de la recompensa de “créditos” o “títulos” inútiles ante un futuro que como mínimo es incierto y poco esperanzador. El sistema educativo parece seguir siendo uno de los instrumentos más importantes de legitimación de las desigualdades sociales.

Pero no estamos sólo ante un desajuste neutral entre un “modelo” que sigue anclado en el siglo XIX y un alumno del siglo XXI. El proceso de globalización neocapitalista, en esta era digital, necesita formar una nueva élite. Para ello tiene que adaptar su oferta educativa a la demanda de una nueva ciudadanía servil y a la demanda del “capital humano” que necesita para seguir perpetuando su poder. El aparato estatal escolar no es más que un instrumento más. Ni mucho menos el único. La pregunta que nos hacemos por tanto es de más calado moral: ¿Sigue teniendo sentido una escuela obligatoria en el siglo XXI en razón del derecho universal a la educación? ¿A quién tiene que servir: a la promoción integral y colectiva de las personas y la sociedad o a nuestros Estados subordinados a los intereses de las élites económicas institucionales?

El abordaje del “fracaso escolar”, de la transformación de la escuela obligatoria, es distinto según la respuesta que demos a esta pregunta. Es necesaria una sociedad fuerte que asuma el auténtico protagonismo en la educación de sus hijos. Nosotros apostamos por una sociedad autogestionaria también para abordar este problema. Son necesarias medidas para potenciar una familia estable y solidaria con otras familias. Y esto es lo que más necesitan sin duda nuestros jóvenes “fracasados”. Es necesario que el trabajo digno se constituya en valor moral y en la principal fuente de riqueza. Es necesario que las familias tengan acceso a viviendas y barrios hechos a la medida de personas viviendo en comunidad. Es necesario potenciar la vocación educadora, la competencia profesional y la autonomía de las “comunidades educativas”, y que la propia sociedad, con la ayuda de un Estado subsidiario y coordinador, gestione sus escuelas obligatorias. En definitiva, abogamos por una auténtica cultura integral de la solidaridad, que acoja a los niños en su seno incondicionalmente y los valore en su dignidad total.

Una sociedad fuerte se convertiría en una comunidad educativa cualitativamente distinta. De una sociedad así cabe esperar que salgan unos educadores entusiasmados y responsables, creativos e innovadores, que no consientan ni el “fracaso” ni el “abandono” de sus propios hijos

Editorial de la revista Autogestión

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