Me llamo Iqbal Masih


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iqbal33-280¿Había escuchado Iqbal a Munnawarl contradecir a su patrón o se aproximó hacia los dos hombres por casualidad? El abogado de Sheikhupura afirma que dio una octavilla a Iqbal y a su hermano para invitarles a un encuentro y que tomó la precaución de invitar también a su patrón. El abogado se ofreció para acompañar después a los chiquillos al taller. Iqbal le pareció muy espabilado y el abogado militante del BLLF intentó no tensar las relaciones con Arshad pues sabía que podía quedarse en la cuneta a la menor apariencia de rebelión.

El mitin se centró en mostrarles que tenían unos derechos específicos que se debían respetar. Cuando Ehsan terminó su discurso y concluyó la manifestación, se dirigió, con el micrófono en la mano, hacia la quincena de chicos sentados en algunas esterillas pues sabía que las palabras de un niño conmueven más que las de los mayores.

Ehsan, no se había fijado en el niño de Haddoquey. Estaba pálido, parecía muy interesado, y cuando se puso a hablar con su hermano, decidió darle el micrófono. Al principio se echó atrás. Después se levantó: “Me llamo Iqbal MASIH…” y habló durante largo rato para contar en ‘punjabí’ y con voz temblorosa, algunas escenas cotidianas del taller. No era necesario estar demasiado alfabetizado, estaba contando su vida. Explicó cómo después de algunos meses, sus piernas doloridas le impedían dormir, dijo que su ‘paishgee’ no había parado de crecer por los préstamos de su madre y que dudaba devolverlos en toda su vida. Sobre Arshad, no dijo nada. Porque Iqbal no entendía todavía nada; sólo sabía que sufría mucho.

ADIOS ARSHAD

Al día siguiente se puso a hablar a los demás de esta famosa ley que abolía el trabajo de los niños esclavos, recuerda su madre: “No sabía ni por qué, ni cómo se había votado aquello; pero había comprendido que el ‘paishgee’ era ilegal y no quería oír hablar de ello”.

Ehsan exigió a su representante local, Munawar Virk, que protegiera al niño como a su propio hijo. El patrón de Iqbal cedió a las demandas del BLLF, dos días más tarde, y consintió que el niño marchara. Su ‘paishgee’ estaba en trece mil rupias. Tres días fueron necesarios para convencer a Inayat Bibi para se separara de su hijo y de los sufrimientos que le producían su trabajo con Arshad. Inayat intentó oponerse, pero Iqbal consiguió convencerla cuando Munawar prometió que el BLLF la ayudaría económicamente.

Iqbal, tomó rumbo a Lahore donde Ehsan le había sugerido visitarle con el fin de integrarle en una de las clases de Educación Primaria llevadas por el BLLF. En Lahore le esperaba, oculto por el edificio victoriano del Tribunal Supremo, el hogar de acogida de la organización, situado en la calle Fane, nº 13, en el último piso de un edificio en vías de derrumbamiento.

LA CALLE FANE ; Nº 13

Salieron de madrugada de Haddoquey en una carreta de caballos. El niño, acompañado de su madre, había esperado cuarenta minutos en Muridke para coger un autobús bastante cargado. Subieron y las ruedas del vehículo, varias veces arregladas, dejaron la arena alcanzar el asfalto de la carretera nacional con dirección a la estación de autobuses de Lahore. Iqbal había oído a su madre que el trayecto de los ochenta kilómetros duraría unas tres horas. Miraba el paisaje desolado, lleno de fábricas con hangares sin alma y con fábricas de ladrillos con chimeneas humeantes.

LA LLEGADA A LAHOREHAITÍ MAQUILA

Inayat Bibi conocía Lahore porque había vivido allí cuando nació Iqbal; vivió con su exmarido Saif en una habitación única alquilada en el barrio de Bahar Colony por el abuelo de Saif, Baba Kushi, de profesión zapatero. ¡Cuánto había cambiado la ciudad! Una vez atravesado el gran puente del río Ravee, la madre del niño sintió una angustia ante el espectáculo de la Badshahi Masjid, impresionante mezquita concebida para acoger más de sesenta mil fieles.

Un ‘rickshaw’, una especie de motocarro de tres ruedas, se acercó para recogerles y la madre y el niño inseguros aceptaron por 25 rupias que les condujera a la dirección indicada por Munnawar Virk: 1, Dyal Singh mansion, en la avenida Sharah Quaid I Azam. Construida en la época del Raj, Dyal Singh Mansion era un bonito edificio en forma de U, edificado alrededor de una plaza. Agarrando la mano de su hijo, Inayat tuvo dificultad en encontrar la pequeña escalera que conducía al segundo piso, con una bonita balaustrada de cemento con cornisas labradas. Después percibió el pasillo al final del cual, se encontraba la sede principal del BLLF. Una pequeña habitación amueblada, con una mesa de escuela, un teléfono gris y algunas sillas desarmadas llevadas a merced de los invitados.

APADRINADO POR EHSAN

En su vida de esclavo emancipado, tres lugares iban a marcar la vida de Iqbal en Lahore: la oficina de Dyal Singh Mansion, los lugares espaciosos del Campus de la libertad que el “Frente de liberación del trabajo” forzado poseía no muy lejos de allí en la calle Lawrence, y el hogar de acogida instalado en la calle Fane, nº 13, al final de una calle llena de despachos de abogados llamados a declarar en el Tribunal supremo. Tres lugares claves de la organización con tres funciones distintas. Mientras que el pequeño local de Dyal Singh Mansion acogía a todos los trabajadores, periodistas o simpatizantes, que estaban deseosos de entrar en contacto con el BLLF, el Campus de la libertad servía para la formación de los militantes y para la organización de las manifestaciones. La pensión de la calle Fane, era destinada para albergar a los militantes de paso y los niños escolarizados por el movimiento en el seno de sus escuelas Apna, una clase de escuelas de recuperación para los más pobres. Según sus compañeros Iqbal no tuvo dificultad en integrarse a su nuevo ambiente, en pleno centro del ensordecedor y desordenado Lahore.

Apadrinado por Ehsan, Iqbal se benefició de un status particular que produjo envidias entre sus compañeros de habitación algunas veces. Protegido por Ehsan, utilizaba normalmente su coche y dormía frecuentemente en su domicilio, donde realizaba trabajos domésticos. Aconsejado por Munnawar Virk, el presidente del BLLF había arreglado rápidamente el asunto económico, para no interrumpir el sustento a Inayat, a cambio de encargarse de la educación de su hijo. Este mandaba a Iqbal 500 rupias al mes, de las cuales, dos tercios iban a parar a su madre, es decir, al patrón Arshad con el fin de devolver el ‘paishgee’ contraído tres años antes por la boda de Aslam.

LA CÓLERA DE PATRAS

A ochenta kilómetros de allí, encerrado en el taller de Arshad, el hermano de Iqbal, Patras, había rehusado a encargarse él sólo de la devolución de la deuda contraída por su madre. Lógicamente había montado en cólera y había pedido al patrón que le dejara salir. La pasividad de los otros empleados del taller, demasiado resignados, según él, y la furia personal de no haber sabido aprovechar como Iqbal la lucha del BLLF, habían herido los sentimientos de este joven de unos veinte años.

Después de haber conocido, desde niño, el infierno de las fábricas de ladrillos, Patras aspiraba a la libertad. La ruptura de Patras con su madre se desencadenó tres meses después, cuando Arshad aceptó su abandono del taller, convencido de recuperar la casi totalidad del adelanto, gracias a la cantidad acordada por el BLLF. Este se fue con su padre y su hermanastra Zubeida.

APRENDER

Los empresarios de los diferentes tipos de fábricas contaban con empleados de rango medio y universitarios para poder camuflar con su lenguaje lo que estaba pasando realmente. Por ello una de las grandes tareas que había que desarrollar era la capacidad argumentativa de los trabajadores. Hablar, explicar alto y claro los trágicos sufrimientos de los niños esclavos era algo muy necesario. Esta fue, una de las principales ocupaciones de Iqbal mientras hacía los cursos escolares en las escuelas ya citadas; así lo hizo en los dos años y medio pasados en Lahore con el BLLF.

Una pequeña escuela de primaria con una única clase, instalada en un rincón de un edificio viejo, y dirigida magistralmente por dos maestros voluntarios, Miles Tehseen y Nadia. Estos colegios estaban establecidos por todo Pakistán en los lugares de trabajo de obreros en situación de servidumbre. A menudo al aire libre, bajo la sombra de un árbol, y bajo la responsabilidad de un profesor voluntario, encarnaban la voluntad de la asociación empeñada en ofrecer la posibilidad de enseñar a los niños esclavos. Para ello habían recibido el apoyo del Ministerio Internacional del trabajo y de varias organizaciones no gubernamentales extranjeras: escandinavas. Y a pesar de todas las dificultades para mantener estas escuelas diseminadas por todo el territorio, el combate de la educación de los niño constituía la prioridad de la organización.

Iqbal, que no recordaba más forma de llenar el tiempo que el trabajo forzado no se lo podía creer. Tomó mucho interés. La libertad parecía haber desencadenado una sed de educación y una rapidez de asimilación tal, que Nadia, su última maestra, dudó de su edad: “Tenía un comportamiento de niño, jugando en el patio con los niños o niñas de 10 años. Pero tenía una madurez de adolescente. Su última maestra le echaba 10 ó 12 años cuando le miraba, y 16 ó 18 años cuando le escuchaba hablar.

LA VENGANZA DEL NIÑO ESCLAVO

Iqbal, el alumno dotado y débil, se convirtió, al cabo de unos meses en Lahore, en un militante consumado. LLamaba la atención por su decisión. Estaba dispuesto a luchar contra los que explotaban a los niños. Sentado al lado de los oradores del Movimiento en las manifestaciones por la defensa de los trabajadores, Iqbal tomaba la palabra para contar con detalles su propia experiencia de servidumbre.

Numerosas fotos tomadas por los voluntarios del BLLF muestran en esta época a Iqbal, con los pelos alborotados sobre su frente tratando de explicarse ante las asambleas más o menos numerosas de simpatizantes. Un centenar de personas en Kasur, más de mil en Faisalabad, dos mil en Gujranwala… Un ritual que el niño parecía haber aprendido tan fácilmente como las apasionantes lecciones del colegio de la calle Fane. Era único dirigiéndose a los padres de los alumnos. Les explicaba que había tenido mucha suerte de poder aprender y que sus hijos debía de disponer de la misma posibilidad. Les contaba lo que había sufrido en los talleres. Los dolores en las piernas y las vejaciones. Lo más extraño es que no tenía miedo de hablar. Se veía que había sufrido mucho.

Para el joven militante Iqbal nombrado por sus camaradas de Lahore “presidente de liberación de los niños”, una reunión contaba más que las otras. La del 18 de Septiembre, fecha de la reunión anual del BLLF para celebrar el aniversario del juicio del Tribunal Supremo prohibiendo la práctica del ‘paishgee’. Un encuentro festivo y militante organizado en el gran parque de MinarEPakistán, a la entrada de Lahore concebido para rendir homenaje a los millones de pakistaníes en situación de servidumbre. Durante los 15 días de los preparativos, muchos carteles y octavillas distribuidas por el Punjab anunciaban la movilización general de los militantes de la organización con eslóganes tales como: “camaradas, únete para luchar contra la esclavitud”. Varias decenas de autobuses estaban preparados para llevar a Lahore el gran número de participantes. Allí, los festejos se mezclaban hábilmente con los esfuerzos por formar una conciencia adulta respecto de los problemas.

A Iqbal le gustaban estas marchas que con los pies desnudos; subía por la avenida principal con banderas adornadas con tres motivos: El arado para los ladrilleros, el puño alzado para los obreros de las alfombras y el cuaderno para los estudiantes. Le gustaba oír los gritos de los eslóganes: “Explotadores: somos libres, olvidad nuestros paishgee”. Al niño le gustaba la atmósfera eléctrica de estos ambientes donde los hombres terminaban extenuados, empapados en sudor, bajo la vigilancia estricta de los policías. El BLLF se convirtió en la segunda familia de Iqbal MASIH. Y la lucha… la razón de su vida.

KALEEN

Aquella noche de septiembre de 1993, Zafar Malik tuvo todo el tiempo para observar a Iqbal. Sentado a su lado en la cena de clausura del seminario internacional sobre los derechos del niño, que se realizó en el hotel Faletti’s de Lahore, el abogado punjabí tenía la impresión de estar viendo a su propio hijo, afectado de degeneración ósea crónica. La pequeña estatura de Iqbal (menos de un metro cincuenta), su manera de sentarse en la mesa, sus brazos demasiado largos y su cuerpo débil, recordaban al jurista las noches pasadas junto a su hijo, afectado de esa enfermedad incurable. Pero Iqbal parecía seguir con asiduidad los debates que amenizaban las comidas. Detrás de este niño se escondía un adulto. Zafar Malik no le creyó cuando le dijo que tenía once años y al parecer terminó confesando que tenía dieciséis. No conocía ni su historia, ni sus orígenes y todavía menos el papel que desempeñaba en el seno del BLLF.

DESCUBRIR EL MISTERIO

Posiblemente Zafar intentó convencer a Iqbal de que acudiera al médico para remediar sus graves problemas de crecimiento e Iqbal se quejó de sufrir continuamente dolores en las articulaciones y en los riñones por su trabajo en el taller. Parecía que sufría raquitismo agudo, como otros muchos niños esclavos obligados a estar sentados durante horas. Determinar una edad para estos niños, a menudo, es imposible. Todos los médicos pakistaníes formales, dirán que han examinado a niños que parecían tener ocho o diez, cuando en realidad tenían cuatro o cinco años más.

La edad y la salud de Iqbal eran dos cuestiones sobre las que Ehsan mantenía cierto secreto. Posiblemente concertó una cita con un especialista de Lahore para Iqbal. Con sólo un examen realizado en Europa, se podría precisar las secuelas producidas en el cuerpo del niño durante tres años de trabajo. Este médico comunicó también al presidente del BLLF que la edad de Iqbal era aleatoria y que sus malformaciones procedían de una mala consanguinidad, pues muchos sospechaban que su padre natural era su tío paterno, el enano Sardar.

De todas formas, las incertidumbres y las recomendaciones del médico de Lahore no influyeron nada en Ehsan. Algunos meses más tarde, el presidente del BLLF, tenía un buen proyecto para el niño: su participación junto a otros niños de las escuelas Apna, en las conferencias internacionales sobre el trabajo en servidumbre a las que habían sido invitados.

AL SERVICIO DE LA CAUSA

Ehsan recuerda que le impresionó, en una reunión organizada en Nueva Delhi, la participación de muchos niños esclavos hindúes que fueron a dar testimonio de su condición de esclavos en la industria del cristal y en las hilanderías. Esta idea de hacer testimoniar a jóvenes fue sugerida por el francés Michel Bonnet, que apareció en Pakistán como un movilizador formidable. Con esto se acercaba a la gente la historia de niños esclavos que tanto les interesaba. Desde que Iqbal se incorporó al BLLF, la organización había encontrado en él a un buen portavoz.

Preocupado por las envidias de sus compañeros en el colegio de Lahore, Ehsan se abstuvo de hacerle partícipe de sus proyectos. Iqbal había sido trasladado a una habitación particular del hogar de la calle de Fane.

Iqbal conoció a Brittmarie Klang, una voluntaria sueca de 40 años instalada en Lahore desde 1989 para ayudar, desde una ONG escandinava, al BLLF a montar el programa de escuelas Apna en los pueblos. Originaria de Linköping, situada doscientos kilómetros al sur de Estocolmo, esta madre de tres niños capaz de hablar en ‘urdu’, se convirtió en militante del Frente, consejera pedagógica e intermediaria para la obtención de financiaciones internacionales. Suscitó rumores y envidias en un país donde todo lo que procede del extranjero es sospechoso.

A Brittmarie esto le importaba poco porque se había conmovido al realizar investigaciones universitarias sobre la esclavitud. Un primer viaje la llevó hasta Lahore a comienzos de los años ochenta para interesarse por los obreros esclavos en las fábricas de ladrillos. Sus deseos de concretar estos descubrimientos, la condujeron hasta Bhatta Mazdoor Mahaz, el sindicato de los ladrilleros preparados a comienzos de los años setenta por Ehsan.

Iba a menudo por los locales del BLLF, en Lahore, y Brittmarie manifestó rápidamente un afecto casi maternal por Iqbal. Afecto compartido: la mujer escandinava y el chiquillo de Haddoquey se encontraban en la librería religiosa San Pablo instalada en el cruce de Regal Choke, a mitad de camino entre la oficina de Dyal Singh Mansion y el hogar de la calle Lawrence. Sor Daniela Baronchelli, una religiosa misionera italiana responsable de la tienda, recuerda haberles visto ir a la sección de videos para elegir películas educativas importadas de Europa. También la religiosa era incapaz de calcular su edad. Allí Iqbal destacaba por su insaciable curiosidad y por su afición por conversar. Un día pasaron cerca de una hora viendo un álbum de fotos de Europa y hablando de la libertad. Decía que le gustaría viajar.

DE FRENTE ANTE LAS CÁMARAS

Brittmarie iba a hacer posible que Iqbal hablara en público al mundo entero. Se trataba de un documental televisado sobre la esclavitud de niños tejedores titulado ‘Kaleen’. Un programa presentado y rodado por un productor sueco, Magnus Bermar, mitad periodista y mitad activista. Rodado a finales de 1993 en diferentes lugares de Punjab ‘Kaleen’ reveló primero en la televisión sueca, y luego en las demás cadenas occidentales, la tragedia de los niños explotados pakistaníes en las hilanderías para tejer alfombras maravillosas y vendidas muy caras en las tiendas de Estocolmo, Londres, Paris, o Ginebra.

Este documental, realizado para conmover se llevó a cabo paralelamente a la primera campaña mundial de movilización contra el trabajo de los niños, organizada por la Organización Internacional del Trabajo (0IT). Para levantar el velo de esta escandalosa explotación, una agencia había prestado su ayuda a la creación de un libro de fotos, ‘Niños de la sombra’, y de un emotivo documental francés, ‘La infancia encadenada’. De ahí, la idea de Magnus Bermar de interesarse por Pakistán donde estas prácticas de esclavitud no habían sido objeto de reportajes televisivos.

Desde la llegada del equipo de rodaje escandinavo en Lahore, ‘Kaleen’ fue para Iqbal más que una simple aventura; participó con un entusiasmo liberador en la búsqueda realizada, con la cámara en la mano, en los talleres de la región de Muridke. Estaba convencido de que este documental contribuiría a salvar numerosos niños.

En la librería de la hermana Danielle se vendió el video, ¿lo harían las abundantes librerías religiosas del primer mundo sometidas a los mismos principios mercantiles de cualquier otra multinacional?

Iqbal se convirtió en uno de los personajes clave de ese documental duramente atacado por una parte de la prensa pakistaní. Los periodistas le filmaron en su colegio de Lahore, antes de ofrecer su testimonio. Testimonio de profundo dolor, de angustia real, de esperanza en el porvenir. Concluía con esta frase: “Ahora no tengo miedo, es mi patrón quien me tiene miedo”.

EMBRIAGADO DE LIBERTAD

Iqbal sabía que con esta frase acusadora a los establecimientos de alfombras y a los propietarios de Haddoquey lanzaba una provocación que muchos se prometieron lavar con sangre. ¡Cuántas veces hablarían entre ellos los explotadores de los objetivos subersivos del sindicato! Iqbal sabía que había roto la odiosa y opresora ley del silencio, que en los “países de los puros” los cristianos intocables no podían quebrantar. Pero los peligros eran menores que las poderosas razones para la lucha, menores que el entusiasmo y la fuerza de los amigos.

Iqbal había desarrollado sus valores. Había conocido, como tantos niños obreros de la Europa proletaria, el significado vital de la “promoción integral y colectiva”. Detrás de este niño con el cuerpo cubierto de problemas de crecimiento crónico, se escondía un pequeño hombre que había cultivado sus cualidades. Había aprendido en dos años a escribir, a hablar en público, a hacer bien las pequeñas cosas y a luchar como un adulto. Y en las reuniones públicas del BLLF, numerosos testimonios afirman que sus gestos de niño habían dejado paso a los de un militante firme.

Al final de los discursos su puño alzado se levantaba por encima de su cabeza como la flecha de un arco. Estaba preparado para lanzarse contra los contramaestres e intermediarios, preparado para testimoniar por todo el mundo y a cara descubierta, la verdad de las escenas de los niños en el trabajo mostradas por Magnus Bermar en su documental Kaleen. Ahora que estaba liberado sí que tenía una verdadera ‘deuda’. Una deuda contraída con todos los oprimidos del mundo. Gratis había recibido la libertad, gratis iba a dar su sangre.

LA INTUICIÓN DE REEBOK

A veinte mil kilómetros de Lahore, Jennifer Margulis se ensañaba con su Fax, al verificar por enésima vez el número del Fax, anotado en la parte inferior de la tarjeta de visita de Ehsan. La joven empleada del departamento de “Derechos humanos” de la multinacional americana Reebok, intentaba una y otra vez contactar con el carismático activista pakistaní, a quien, su director, Douglas Cahn, le había ordenado pedir un encuentro. Los números escritos en la tarjeta sin embargo, parecían estar correctos, el prefijo de Pakistán, el indicativo de Lahore, y después el número. El recibo del Fax que comprobaba la buena recepción de su envío, no hacía más que aumentar cada vez más su consternación.

Al crear este departamento de “Derechos Humanos”, casi ridículo en un organigrama situado a la entrada del centro de la sociedad, situado en el nº 100, Technology Center Drive en Stoughton, la dirección de Reebok, tuvo una idea genial. Para este gigante fabricante de equipos deportivos, el hecho de conceder cada año premios a personas de todas las nacionalidades, en favor de los derechos humanos, sólo respondía a un objetivo comercial; formaba parte de sus gastos de publicidad. Los derechos humanos se convirtieron para la multinacional en una inversión.

El trofeo reflejaba un dibujo grabado con las siglas de la firma, una silueta blanca geométrica con un fondo azul. Se trataba de honrar a las jóvenes generaciones de Estados Unidos o a aquellas personas que han contribuido significativamente en favor de los derechos humanos. Iniciativa apadrinada por personas de emvergadura internacional como el expresidente americano Jimmy Carter, el cantante de rock inglés Peter Gabriel o el director del Comité internacional de abogados para los derechos humanos Michael Posner. La única condición para ser premiado era ser menor de treinta años y haber trabajado sobre un tema directamente relacionado con la Declaración universal de los derechos del hombre de las Naciones Unidas.

El animador de este programa de apariencia filantrópica era, en el seno de la multinacional, el director del departamento “Derechos humanos”, Douglas Cahn. A su equipo le correspondía la tarea de suscitar candidatos, informándose a través de la prensa y de organizaciones no gubernamentales americanas. Cada año esta tarea terminaba en Boston, con la entrega de cuatro o cinco “oscars” por el presidente del consejo de administración de Reebok internacional, Paul Fireman. Y un cheque de veinticinco mil dólares.

EHSAN ULLAH NO RESPONDE

El trabajo de Douglas Cahn le llevaba a atravesar el mundo y a realizar el necesario número de contactos. Lo que le condujo a asistir, en junio de 1993, a la conferencia internacional de la ONU sobre los derechos humanos organizada en Viena (Austria). Conoció, entre otros, al presidente del “Frente de liberación de trabajos forzados”, Ehsan Ullah. De vuelta a Stoughton con su habitual montón de tarjetas de visita y notas, Douglas Cahn había confiado a Jennifer Margulis la tarea de volver a contactar con ese militante pakistaní. Ehsan no respondía a las peticiones de Reebok. Durante un año no tuvieron noticias de Lahore donde sabían, sin embargo, que el BLLF se mostraba cada vez más activo.

EL HOMBRE PROTAGONISTA

Ehsan dejó durante tiempo en un montón todos los Fax de Reebok. Sabía que tenía algo ante lo que ellos tendrían que conceder el premio; pero no era el momento adecuado. La causa de los niños esclavos de la India y Pakistán se estaba dando a conocer al mundo entero por los esfuerzos informativos de la OIT y por la película sueca “La alfombra”. Cuando esto desapereciera de la opinión pública internacional habría que tener otras formas de penetración en ella; y había que preveerlas ahora. A Ehsan, entregado a tiempo pleno con todas sus fuerzas le costaba rodearse de personas competentes y capaces de afrontar las innumerables tareas.

Sobre Ehsan se han vertido muchas dudas. Algunas son razonables; otras tienen todo el aire de las difamaciones. La dimensión internacional del problema le estaba suponiendo un serio esfuerzo y un cambio en su vida y en su estrategia. El hecho fundamental era que la realidad había que afrontarla con una lucha distinta.

LUCHAR SIN CONCESIÓN

Ehsan y el BLLF empezaron a ser un problema para sus colaboradores europeos como el equipo de lucha contra la esclavitud, de la OIT o de la “Asociación Antiesclavista Internacional” de Londres. En la OIT le acusaban de ser cada vez más exigente y de lanzar ataques frontales contra el gobierno de Islamabad acusando al actual Primer ministro Benazir Bhutto por dar trabajo a niños a su servicio. Consideraba que la OIT no era suficientemente duro con la administración pakistaní. Se le acusaba, ¿cómo no?, de hacer política.

Comprendemos perfectamente las quejas de la OIT desde el cual una alta mandataria ha dicho que “si impedimos el trabajo infantil nos encontraremos promoviendo la prostitución infantil”. Hasta ahí llega el posibilismo de tantos y tantos organismos internacionales.

El papel atribuído a Iqbal por Ehsan también se convirtió en político. El niño desempeñaba el papel de portavoz inaugurado por su participación en la película “La alfombra”. Su carisma y la dureza de su testimonio constituían las armas al servicio del Frente, que por fin estaba en condiciones de presionar a las autoridades y de movilizar a la comunidad internacional para obtener una victoria.

DE ESTOCOLMO A BOSTON

El primer miembro del equipo de “Derechos humanos” de Reebok Internacional que llegaba por la mañana, lo primero que hacía era pasar revista a los fax que habían llegado distribuyéndolos a sus casillas correspondientes.

Mientras Jennifer se tomaba un café, le llamó la atención una hoja con letra manuscrita. La misiva iba dirigida a su superior, Douglas Cahn, y la firma del remitente le produjo gran alegría. Las cuatro letras BLLF y el nombre de la ciudad de Lahore le habían saltado a la vista. En este otoño de 1994, Ehsan respondió en persona y por escrito a las múltiples invitaciones de la multinacional americana.

Había llegado el momento y debajo de media página de excusas se presentaba al candidato del “Frente” para el jurado de Reebok. El candidato era Iqbal MASIH. Su edad 12 años. Su historia verdaderamente ejemplar. Resumía la vida de un niño valiente, vendido por su madre por un puñado de rupias por falta de dinero para sobrevivir. Contaba la historia de un aprendiz , humillado, abatido y obligado a trabajar.

Poco sabemos de las convicciones morales de Ehsan ¿Cualquier método le valía para sus más que justos objetivos? ¿Utilizó la edad como táctica de penetración en la sociedad americana? En todo caso hemos de plantearnos que mucho mayor que la ‘mentira’ del BLLF es la mentira de la sociedad de consumo y la mentira que ha llegado a afirmar que es la primera fuerza que mueve el mundo. Existe una mentira establecida, como existe una violencia establecida; la mentira o la violencia de los oprimidos no será moralmente aceptable pero siempre será menor que la de los opresores.

Nada más recibir este primer mensaje, Douglas Cahn ordenó que se pusieran en contacto con Ehsan. A causa de la diferencia de horario el Fax de Reebok era enviado cuando ya había anochecido en Lahore. Esta vez la respuesta fue inmediata. Junto a la carta enviaban fotos de Iqbal y otros negativos de las alfombras fabricadas por los niños esclavos. ¡Alfombras parecidas a las que vendían en los buenos comercios de Washington o de Nueva York!.

A dos meses de la ceremonia de los oscars Reebok de los derechos humanos, prevista para diciembre de 1994 en Boston, la candidatura de Iqbal presentaba dos dificultades: su carácter tardío y su originalidad. La multinacional sólo había concedido sus premios a jóvenes adultos militantes. Estas dos dificultades tendrían que solventar rápidamente en el seno del equipo.

LA INVITACIÓN

La cuestión de la edad estaba resuelta con el caso de la joven americana, Ashley Black, iniciadora de una cruzada contra las escenas de violencia en los programas de televisión americanos. La segunda cuestión se reveló más fácil de resolver. Atraídos por su candidatura y emocionados por la energía empleada por esta niña americana con el fin de promover una televisión más tolerante, los dirigentes de Reebok, le concedieron un premio especial en 1993: el premio de la juventud en acción.

La entrevista parecía más delicada de realizar en pocas semanas. La distancia geográfica, el desconocimiento de Pakistán por las grandes organizaciones americanas para la defensa de los derechos humanos y el hecho de que Ehsan nunca había ido a los Estados Unidos, hacían complicada la investigación.

Esto, fue rápidamente resuelto gracias a la colaboración de la Asociación Antiesclavitud Internacional de Londres. Antigua y honorable institución en la más pura tradición británica, esta organización creada en el siglo pasado para luchar en favor de la abolición de la esclavitud, podía parecer bajo varios aspectos, estar en declive, pero su excelente red de corresponsales en el subcontinente indio le había permitido establecer contactos con el Frente y su presidente, Ehsan Ullah. Esta financiaba los desplazamientos de Ehsan a Ginebra, donde cada año daba testimonio en el mes de abril sobre las formas contemporáneas de esclavitud.

Aunque a partir de 1992 se distanció del BLLF por iniciativas contrarias a las de Ehsan, Leslie Roberts, presidente de la Asociación Antiesclavista Internacional, intentó calmar al departamento de “Derechos humanos” de Reebok, que había entretanto recibido otros testimonios contrarios al BLLF procedentes de sindicalistas americanos.

Finalmente Douglas Cahn invitó oficialmente a Iqbal a los Estados Unidos. El correo contenía dos billetes de avión, uno para Iqbal y otro para Ehsan. Allí indicaba el lugar de la ceremonia, la universidad del Noreste de Boston; y la fecha, el 7 de diciembre de 1994; también aparecía la cantidad de la recompensa: veinticinco mil dólares (diez mil destinados a la educación de Iqbal y quince mil al BLLF). El comunicado precisaba que después de la entrega del premio, Iqbal seguiría unos días en Massachusetts, con el fin de tener un encuentro con niños americanos.

MARCHAR

El presidente del BLLF, tuvo la idea de hacer una escala en Estocolmo. Brittmarie Klang, fue a recibir al aeropuerto al niño y a Ehsan. Ella se desvivió por ellos; la estancia estuvo caracterizada, como la de los Estados Unidos, por la sensibilización a través de numerosos encuentros y de los medios de comunicación suecos. Para aumentar la presión sobre las autoridades de Islamabad durante esta visita lanzaron una campaña de boicot contra las alfombras pakistaníes.

Durante el periplo sueco Iqbal, dialogando en los colegios, se reveló como un verdadero éxito. Mediante gestos y dibujos o fotos, el pequeño pakistaní sabía captar la atención de sus camaradas, cuya estatura y salud contrastaban tristemente con su figura enclenque. Brittmarie le compró ropa: un pantalón vaquero, camisa de seda, un jersey burdeos, una cazadora gris…

En este viaje, Iqbal baldado por los dolores consultó el 18 de noviembre de 1994 a un médico especialista, jefe del departamento de pediatría del hospital de la ciudad; el doctor Bert Thybrom procedió a realizar la prueba sugerida por su colega de Lahore. Ordenó a una de las enfermeras, Yvonne Simren, que le hiciera una serie de radiografías del esqueleto de Iqbal. Manos, rodillas, columna vertebral… El diagnóstico del pediatra escandinavo no dejó ninguna duda: Iqbal debía seguir un tratamiento a base de inyecciones de hormonas para remediar sus problemas de crecimiento. Un tratamiento que Brittmarie obtuvo gratuitamente de una firma farmaceútica sueca, Pharmacia.

El doctor Thybrom, solicitado después de la muerte de Iqbal para pronunciarse sobre la edad del joven paciente, redactó un certificado de tres líneas indicando que el examen radiográfico había confirmado la edad cronológica de once años.

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