La disrupción de la democracia por el capitalismo “colaborativo”

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La nueva economía ya está aquí. Blablacar, Uber o Cabify están rompiendo monopolios ancestrales como los de los taxis o el de las empresas de autobuses. Airbnb permite a particulares competir con los hoteles

Otras plataformas permiten comprar y vender servicios de todos los tipos imaginables, completamente al margen de las estructuras empresariales, comerciales, fiscales y legales tradicionales: ¿Una traducción del inglés? La hará un profesor salvadoreño por nada y menos. ¿Programar una app? Nos la desarrollará un completo desconocido en Paquistán.

Se comparten recursos, se colabora de particular a particular con la ayuda de las nuevas tecnologías. Lleva la etiqueta de economía colaborativa. ¿Lo es? ¿Qué beneficios aporta? ¿Qué amenazas trae? ¿Se puede o se debe parar o modificar?

De reconversión en reconversión

Los cambios son tan parte de la historia humana como las protestas contra ellos. Por ejemplo, al inicio del siglo XX los cocheros de caballo protestaron contra los automóviles como los taxistas actuales contra Uber. Es una situación que los gurús de la emprendeduría llaman “disrupción”: de la noche a la mañana se vuelve irremediablemente obsoleta una determinada manera de hacer las cosas.

Todo movimiento social históricamente relevante empieza con tomar conciencia de la situación. El siglo XXI necesita desarrollar sus propias estructuras y métodos de lucha social

Los cocheros decimonónicos no podían prever la irrupción del coche a motor a principios del siglo XX y por mucho que aprendieran modales, forraran los asientos de terciopelo, compraran caballos más rápidos y bajaran los precios, los clientes elegirían el automóvil.

Igualmente, los taxistas actuales no podían anticiparse a que el internet móvil permitiría romper repentinamente sus monopolios locales con una proposición de valor muy atractiva para los usuarios: precios transparentes, pagos por móvil y la posibilidad de elegir coche y conductor basado en las recomendaciones de otros clientes…

De todas formas, esto es sólo un pequeño preámbulo a la verdadera disrupción: el coche sin conductor como parte de todo un nuevo modelo de transporte que convierte a los fabricantes de coches en proveedores de servicios de movilidad, gestionados desde la app de Uber o quien sea.

Daños colaterales

Las consecuencias son obvias y dramáticas. Empresas como Uber o Airbnb empeoran las condiciones laborales en una sociedad bajo pretensión de “economía colaborativa” al poner en el mercado una mano de obra no regulada ni regulable que compite siempre con precios “a la baja” contra los asalariados y autónomos “dentro del sistema”.

Pero las consecuencias laborales no son las únicas: por ejemplo, Airbnb, que permite (sub)alquilar habitaciones a turistas, crea una nueva clase rentista que ingresa dinero sin esfuerzo, mientras que, al sacar esos pisos o cuartos del mercado local del alquiler, los precios de los alquileres residenciales suben, perjudicando especialmente a personas de ingresos bajos.

Sin embargo, este deterioro social que produce la tan mal llamada “economía colaborativa” es en realidad sólo un efecto colateral de un fenómeno global de implicaciones mucho más radicales y dramáticas.

La disrupción de la sociedad

El verdadero problema no es el deterioro laboral. La auténtica novedad de esta situación es la paulatina pero potencialmente completa disolución de las estructurales sociales y políticas que, al menos en teoría, podrían dar respuestas a ese deterioro.

La nueva era del capitalismo de la “sociedad 4.0” se está desplegando ya con todo su arsenal: la inteligencia artificial, la robótica flexible, el transporte sin conductor o la fabricación por impresión 3D. Estas nuevas tecnologías y áreas económicas se asientan a su vez sobre pilares sociopolíticos de primer orden, como el cambio de modelo energético impulsado por la ideología del cambio climático, el control social impulsado por la ideología de género, así como el control demográfico impulsado por el transhumanismo y la biopolítica, etcétera.

El drama real, que puede convertirse en tragedia si no actuamos, es que se persigue la anulación completa del ser humano en su faceta más noble, la del “animal político”. Todo el aparataje consumista, de entretenimientos insustanciales y de controversias políticas artificiales, ha desactivado “la política” como la única instancia donde la gente pueda decidir democráticamente qué parte de la economía debe desarrollarse al servicio del bien común y cuál debe ser rechazada.

Vivimos en lo que algunos llaman “totalitarismo invertido”, el totalitarismo silencioso de las nuevas megacorporaciones tecnológicas que se cuidan de respetar, en apariencia, las estructuras, ya vaciadas, de los estados y de sus teatros electorales. No necesitan líderes carismáticos estridentes, ni salir con banderas nuevas. No necesitan unas SS para imponer su poder con violencia física, lo hacen con ideologías no menos violentas pero de apariencia progresista con las que establecen la ortodoxia de los bienpensantes.

Quién cuestione sus dogmas y tabúes será perseguido por las nuevas SS, esas hordas salvajes de la opinión pública bienpensante que reclaman tolerancia para sí, pero que masacrarán (de momento) verbalmente a cualquier disidente.

Si no lo cree, haga la prueba: defienda en cualquier foro de Internet algo tan de sentido común como que la familia de padre y madre es el lugar imprescindible para poder formar a unos hijos fuertes y autónomos capaces de crear un tejido social sano y resistente. O diga que toda vida humana tiene derecho a vivir, incluida la que está en el vientre materno.

Amnesia programada

El paso de la sociedad de la palabra a la de la imagen, de la del libro a la del video, nos lleva convenientemente (para los impulsores de la nueva civilización) a la era de la post-verdad, dominada por el subjetivismo de las emociones, ajena al pensamiento crítico.

Los poderosos conocen el peligro de la palabra escrita en manos del pueblo. Como parte de la transformación del imperio Otomano a la República Turca, Atatürk cambió el alfabeto árabe por el latino a fin de cortar las raíces históricas de su pueblo.

Estas cosas no suceden por casualidad

El actual imperio de las megacorporaciones cambia la cultura de la letra escrita por la de la imagen con el mismo objetivo: provocar amnesia histórica, erradicar las raíces cristianas y humanistas del subconsciente colectivo de occidente, cortar de paso la solidaridad inter-generacional basada en la memoria de que nuestros bisabuelos consiguieron cambiar el mundo luchando asociadamente. Busca borrar la esperanza de la sociedad manipulando la memoria, conciencia y voluntad de las personas, mientras que canaliza la rabia acumulada hacia controversias construidas artificialmente (por ejemplo, el nacionalismo).

En este totalitarismo invertido, los países no existen. Las sociedades, desactivadas, no se percatan o no les importa el saqueo de sus riquezas económicas, culturales y sociales. No reaccionan cuando el vacío de poder así conseguido se llena de especuladores, señores de la guerra y mafiosos. Aceptamos someternos a su control bajo pretexto de garantizar nuestra seguridad. Entregamos voluntariamente el acceso a nuestra intimidad a través de las redes sociales. En Facebook nos hacemos espías de nosotros mismos.

El devenir de la historia se nos presenta como si fuera la ley inapelable de la naturaleza – y donde no hay ley, siempre se impone la ley del más fuerte.

Construir la sociedad del siglo XXI

Todo movimiento social históricamente relevante empieza con tomar conciencia de la situación. El siglo XXI necesita desarrollar sus propias estructuras y métodos de lucha social. Disparar a ciegas con las armas heredadas del siglo XX no tiene sentido: es exactamente como quieren que gastemos nuestras fuerzas para llegar a la conclusión de que es inútil resistirnos.

La izquierda oficial, la vieja y la nueva, como parte del sistema que es, centra sus propuestas en suavizar el impacto de la “uberización” de la economía (por ejemplo, el “mínimo vital”), sin cuestionar sus causas. Curiosamente piden al estado, o sea, a nosotros mismos, a correr con los costes sociales generados, y no a los que los causan, protegidos en sus paraísos fiscales.

Para empezar, es necesario tratar de discernir qué tiene la nueva economía de válido y qué se debe combatir. Tenemos que conocer a fondo las ideologías sobre las que se fundamenta para hacer visible sus contradicciones y denunciar públicamente sus intenciones criminales.

La creciente automatización creará más paro, pero también más tiempo libre. Este tiempo podemos dedicarlo a dejarnos esclavizar por las diversiones fáciles del sistema, o podemos dedicarlo precisamente a crecer como profesionales. Un profesional en paro no deja de ser profesional. Puede dedicar sus conocimientos y habilidades a crear, siempre en asociación con otros, realidades económicas para el bien común y nuevos espacios de libertad política más allá del pensamiento único totalitario.

Así surgirán testimonios esperanzadores capaces de demostrar que la sociedad sigue perteneciendo a los hombres y mujeres que deciden protagonizarla en lugar de entregarla pasivamente a los poderosos de turno. La tecnología seguirá impulsando cambios profundos en la economía y nuestras formas de vida. Depende de nosotros si viviremos como objetos del totalitarismo invertido o como sujetos de una sociedad humana solidaria, consciente de su historia y dispuesta a aprovechar sus nuevas oportunidades para el Bien Común.

Autor: Rainer Uphoff

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