Opción preferencial por los pobres

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Un criterio evangelico

Como es bien sabido, desde sus inicios la teología de la liberación, que nació de una intensa preocupación pastoral, ha estado ligada a la vida de la Iglesia, a sus documentos, a su celebración comunitaria, a su inquietud evangelizadora y a su compromiso liberador con la sociedad latinoamericana, en particular con los más pobres de sus miembros.

Las conferencias episcopales latinoamericanas de estas décadas (Medellín, Puebla, Santo Domingo), numerosos textos de episcopados nacionales y otros documentos refrendan este aserto, incluso cuando nos invitan a un discernimiento crítico ante aseveraciones infundadas y posiciones que algunos pretendían deducir de esta perspectiva teológica.

En la línea del tema que nos hemos propuesto abordar en estas páginas, quisiéramos poner el acento en algunos aspectos del aporte de la vida y la reflexión de la Iglesia presente en América Latina en vistas al tiempo que viene.

Su contribución fundamental, nos parece, gira alrededor de la llamada opción preferencial por el pobre. Ella ordena, ahonda y, eventualmente, corrige muchos compromisos asumidos en estos años, así como las reflexiones teológicas vinculadas a ellos.

La opción por el pobre es radicalmente evangélica, constituye por ello un criterio importante para operar una criba en los precipitados acontecimientos y en las corrientes de pensamiento de nuestros días.

La propuesta de Juan XXIII acerca de «la Iglesia de todos y en especial la Iglesia de los pobres» encontró en América Latina y el Caribe una tierra fértil. El nuestro es el único continente mayoritariamente pobre y cristiano a la vez. La presencia de una masiva e inhumana pobreza condujo a preguntarse por la significación bíblica de la pobreza. Hacia mediados de la década de los 60 se formula en el campo teológico la distinción entre tres acepciones del término pobre:

  1. La pobreza real (llamada con frecuencia, material) como un estado escandaloso, no deseado por Dios;
  2. la pobreza espiritual, como infancia espiritual, una expresión de la cual -no la única- es el desprendimiento frente a los bienes de este mundo;
  3. la pobreza como compromiso: solidaridad con el pobre y protesta contra la pobreza.

Medellín recogió con autoridad esta distinción. Ella adquirió así un enorme alcance en el ámbito de la Iglesia latinoamericana y más allá de él. Este enfoque inspiró el compromiso y la reflexión de muchas comunidades cristianas y se convierte en el fundamento de lo que en la cercanía de Puebla y en los textos de esa conferencia episcopal será dicho con la frase: opción preferencial por los pobres. Efectivamente, en los tres términos de esta expresión encontramos, una a una, las tres nociones distinguidas en Medellín. Más tarde, la conferencia de Santo Domingo reafirmará esta opción en la cual debemos inspirarnos «para toda acción evangelizadora comunitaria y personal».

Dicha opción retoma y recuerda una penetrante línea bíblica que de una manera u otra estuvo siempre presente en el mundo cristiano. Al mismo tiempo, la formulación presente le da nueva vigencia en las circunstancias actuales, ella ha hecho su camino y se encuentra en el magisterio eclesiástico universal. Juan Pablo II se ha referido a ella en numerosas ocasiones, mencionemos solo dos. En la Centesimus annus, afirma que «releyendo» la Rerum novarum, a la luz de realidades contemporáneas, se puede observar que ella es «un testimonio excelente de la continuidad, dentro de la Iglesia, de lo que ahora se llama opción preferencial por los pobres». Y en la carta Tertio millennio adveniente, de especial interés para nuestro asunto, recordando que Jesús vino a evangelizar a los pobres (en referencia a Mt 11,5 y Lc 7,22), se pregunta: «¿Cómo no subrayar más decididamente la opción preferencial de la Iglesia por los pobres y los marginados?».

Preferencia y gratuidad

La temática de la pobreza y la marginación nos invita a hablar de justicia y a tener presente los deberes del cristiano al respecto. Así es en verdad, y ese enfoque es sin duda fecundo. Pero no hay que perder de vista lo que hace que la opción preferencial por los pobres sea una perspectiva tan central. En la raíz de esa opción está la gratuidad del amor de Dios. Este es el fundamento último de la preferencia.

El término mismo de preferencia rechaza toda exclusividad y busca subrayar quiénes deben ser los primeros -no los únicos- en nuestra solidaridad. Es tópico frecuente en nuestra reflexión teológica, comentando el sentido de la preferencia, decir que el gran desafío viene de la necesidad de mantener al mismo tiempo la universalidad del amor de Dios y su predilección por los últimos de la historia. Quedarse solamente con uno de estos extremos es mutilar el mensaje evangélico.

En última instancia, la opción por el pobre es, importa subrayarlo, una opción por el Dios del Reino que nos anuncia Jesús. La razón definitiva del compromiso con los pobres y oprimidos no está, en consecuencia, en el análisis social que empleamos, tampoco en la experiencia directa que podamos tener de la pobreza, o en nuestra compasión humana. Todos ellos son motivos válidos que tienen sin duda un papel significativo en nuestras vidas y solidaridades. Sin embargo, en tanto que cristianos ese compromiso se basa fundamentalmente en la fe en el Dios de Jesucristo. Es una opción teocéntrica y profética que hunde sus raíces en la gratuidad del amor de Dios y es requerida por ella. Y no hay nada más exigente, lo sabemos, que la gratuidad.

El pobre debe ser preferido no porque sea necesariamente mejor que otros desde el punto de vista moral o religioso, sino porque Dios es Dios. Toda la Biblia está marcada por el amor de predilección de Dios por los débiles y maltratados de la historia humana. Nos lo revelan agudamente las bienaventuranzas evangélicas, ellas nos dicen que la preferencia por los pobres, hambrientos y sufrientes tiene su fundamento en la bondad gratuita del Señor. La opción preferencial por el pobre no es, por eso, solo una pauta pastoral y una perspectiva de reflexión teológica, ella es también, y en primer lugar, una andadura espiritual, en el sentido fuerte de la expresión. Un itinerario en el encuentro con Dios y con la gratuidad de su amor, un caminar «en presencia del Señor por el país de la vida» (Sal 116,9). Si no se va hasta este nivel de espiritualidad, del seguimiento de Jesús; es decir, hasta el corazón de la vida cristiana, no se percibe el alcance y la fecundidad de dicha opción.

Un filósofo de honda raigambre bíblica (y talmúdica) ha desarrollado un pensamiento, más concretamente una ética (para él, la filosofía primera), de la alteridad que puede iluminar nuestras consideraciones. Aludimos a E. Lévinas. «La Biblia -nos dice- es la prioridad del otro en relación con el yo». Lo que vale para toda persona se hace aun más radical tratándose del pobre, «en el otro -continúa- yo veo siempre a la viuda y al huérfano. Siempre el otro pasa antes que yo». La viuda, el huérfano y el extranjero constituyen la trilogía que en la Biblia designa al pobre. Que el otro pase antes es algo que pertenece a su condición de otro, ello debe ser así aun cuando ese otro me ignore o me mire con indiferencia. No se trata de una cuestión de reciprocidad, estamos ante un primado del otro, que da lugar a aquello que nuestro autor llama «la disimetría de la relación interpersonal» o la «asimetría ética». Teológicamente diríamos que si el otro y, de modo muy exigente, el pobre debe pasar antes es por gratuidad, porque es necesario amar como Dios ama. Dar no como retribución por lo que se ha recibido, sino porque se ama. «Dios nos amó primero», nos dice Juan (1 Jn 4,19). Ser cristiano es responder a esa iniciativa.

Ética exigente, qué duda cabe. La relación con el otro adquiere además para el cristiano mayor profundidad cuando se tiene en cuenta la fe en la Encarnación y se está atento a sus reverberaciones. La Biblia enfatiza el lazo entre el amor a Dios y el amor al prójimo, maltratar al pobre es ofender a Dios, nos dice de modos diversos. Esa línea de fuerza se afirma en los evangelios y culmina con el texto mateano del juicio último (25,31- 46). El gesto al pobre es un acto dirigido a Cristo mismo. Como se dice en Puebla, en los «rostros muy concretos» de los pobres debemos «reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela». La vida cristiana se mueve entre la gracia y la exigencia.

Esta percepción, hondamente bíblica, mantiene con claridad la distinción entre Dios y el ser humano, pero no los separa. El compromiso con el pobre no se limita al espacio social, él está presente evidentemente, pero dicha solidaridad encierra también, y como algo primordial, un contenido profundamente espiritual y un fundamento cristológico. Tiene una relación estrecha e indisoluble con las verdades basilares de nuestra fe. Solo en ese telón de fondo se aprecia el significado de la opción preferencial por el pobre. Así la han vivido y la viven muchos cristianos en América Latina. Por eso resulta un criterio capital y fecundo para comprender, desde la fe, los tiempos que corren.

Autor: Gustavo Gutiérrez

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