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Sobre la propiedad intelectual

06/03/2014 

Ojalá las patentes y las leyes de apropiación de conocimientos, ideas e inventos tuvieran relación con lo que se supone que son los “derechos de autor”. En realidad, las legislaciones lo que defienden o pretenden defender es la supuesta propiedad privada de las ideas y los inventos en favor de unos pocos. La propiedad privada y no los derechos. De ahí que se hable de “propiedad intelectual” y no de “derecho intelectual”.

Cuando un escritor vocacional escribe, no lo hace soñando con enriquecerse. Sólo piensa en la historia, las ideas o los sentimientos que quiere plasmar, en la vida que quiere transmitir a través de las palabras… Y cuando el relato, el ensayo o la poesía han sido escritos, el sueño es ser leído y gustar o interrogar al lector. Que la motivación para escribir (o desarrollar cualquier otro arte o ciencia) sea la puramente económica, es una falsedad absoluta. Esto se demuestra fácilmente, observando la realidad: ¿Cuántos músicos, pintores o cineastas hay que, a pesar de no ganar dinero con su vocación, siguen haciendo música, pintando, contando historias...? La cantera abundante y desconocida del cine español es la de aquellos que se hipotecan por sacar adelante sus películas (generalmente cortos o mediometrajes), sabiendo de antemano que nunca obtendrán réditos por su obra. Es falso que la no remuneración mate al cine o a cualquier otra arte.

Obviamente, para poder dedicarse un escritor a la tarea de la escritura de forma plena, tendría que poder ganarse las lentejas con ello. Pero entre “poder ganarse las lentejas” y “tener el derecho de enriquecerse” hay una gran diferencia. Además, dado que hay negocios de todo tipo que se arruinan, los artistas y científicos no tienen derecho a una red de seguridad de la que otros carecen.

Un carpintero tiene el mismo derecho que un escritor a ganarse las lentejas con los frutos de su trabajo. En su caso hace una mesa, la vende y tiene que ponerse a hacer más mesas, armarios, sillas o lo que sea. El que ha adquirido la mesa puede usarla como le dé la gana. Puede comer él solo. Puede invitar a los amigos y comer todos juntos. Puede regalar la mesa. Y puede, incluso, pedirle a otro carpintero distinto que modifique dicha mesa o se inspire en ella para construir otra semejante, sin tener que pagar nada por “la propiedad intelectual” o “los derechos de autor”.

La diferencia entre una mesa y una idea es que si alguien se apropia de tu mesa, tú te quedas sin mesa. De ahí que sea lógico que se trate como propiedad privada. La idea, en cambio, al ser inmaterial, no se pierde porque otros la hagan suya. Al revés, la idea crece y se enriquece cuanto más se comparta. La idea, en la medida en que es “usada”, se modifica y con ello suele ocurrir que mejora, se complementa, se fortalece y se ajusta más y más a la verdad. Por tanto, habría que justificar muy bien el hecho de que un bien inmaterial pueda o deba tratarse en términos de propiedad. Yo, de momento, no he encontrado argumento alguno que lo justifique. Pero volvamos ejemplo del carpintero.

Según la legalidad, lo que no puede un carpintero, ni mucho menos sus hijos o familiares, es estar cobrando por una mesa que hizo y vendió hace 10, 20 ó 70 años, ni ejercer ningún derecho sobre la misma. Pero en el caso de un escritor famoso, lo que escribió y publicó en su juventud le puede producir réditos en su ancianidad. Mientras se siga leyendo aquella obra, él seguirá cobrando por un trabajo de hace décadas; pero la cosa no queda ahí ya que los herederos de “la propiedad intelectual” seguirán cobrando durante décadas por algo que ellos no produjeron. El 99% de la humanidad queda fuera de privilegios como este.

Quiero señalar que la mayoría de los artistas, científicos e investigadores, la inmensa mayoría, tampoco se benefician de tales medidas. Sólo se enriquecen algunos de los más famosos y, generalmente, en menor medida de lo que lo hacen sus intermediarios o financiadores.

Normalmente, la “propiedad intelectual” no pertenece al creador sino a terceros. Tal y como está estructurado el mundo, el artista necesita intermediarios para promover su obra y el investigador científico necesita financiación para realizar sus proyectos. Es aceptable que los intermediaros y financiadores se lleven una parte de los beneficios que se generen con lo que ellos han colaborado en sacar adelante. Lo que no es justificable en ningún momento es que se conviertan en los dueños del producto.

No se trata únicamente de que del precio de un CD, o un libro, el autor se lleve la mínima parte y el resto se quede en manos de terceros, que es lo que generalmente ocurre. Se trata de que hay libros imposibles de encontrar porque una editorial los ha descatalogado y cualquier publicación fuera de dicha editorial es un crimen penado por la ley. Incluso si el autor ha fallecido hace tiempo, la propiedad intelectual perdura (en España) hasta 70 años después del óbito. Esto significa que una obra con un siglo de antigüedad, cuyo autor vivió más de 30 años después de su creación, no puede ser publicada y/o difundida por cualquiera que no sea su propietario legal. En la práctica estamos hablando de un moderno derecho de censura. Ya no necesitamos al censor franquista, nos basta con el propietario intelectual, que dicta qué se lee y qué no.

Pero eso es sólo en el campo artístico. Es más grave cuando la propiedad intelectual se aplica al sector científico-técnico. La apropiación de los conocimientos cientifico-técnicos no hace más que enriquecer a unos pocos, al tiempo que supone un duro castigo para la mayor parte de la humanidad que se ve privada de unos conocimientos y unos avances que podrían satisfacer, o al menos paliar, gran parte de sus necesidades.

Una muestra de lo dicho queda reflejado en aquellas palabras de hace unas semanas de Marijn Dekkers, consejero delegado de Bayern: “Nosotros no desarrollamos este medicamento para los indios, lo hemos desarrollado para los pacientes occidentales que pueden permitírselo”. Este es el objetivo de las multinacionales farmacéuticas: no se trata de curar enfermedades, sino de ganar dinero. Si el negocio de las farmacéuticas no se protege con patentes (propiedad intelectual), adiós negocio. Esto no tendría por qué suponer la desaparición de la farmacología. Más bien supondría el fin del lucro desproporcionado, el fin de la enfermedad entendida como negocio y el inicio de la medicina asequible para millones de empobrecidos. Además cabe pensar en la posibilidad de que abriera las puertas a nuevos avances y victorias frente a enfermedades que hoy no se investigan porque no son negocio.

Me gustaría exponer brevemente un caso paradigmático, a la hora de entender de qué va todo este artículo: Se trata de Bill Gates, el ahora famoso filántropo que pretende acabar con la pobreza eliminando a los pobres. Fue él el pionero en no vender los productos de software de su empresa, sino licencias de uso de dicho software, lo que significa que si pagas puedes emplearlo en un equipo determinado… Pero ese software no es tuyo y por tanto no puedes copiar, modificar, ni mejorar dicho software. El propietario es otro y él otro determina para qué puedes usar el software y para qué no. Recordemos: propietario, que no autor.

El primer gran éxito comercial de Microsoft fue venderle licencias de uso del sistema operativo MS-DOS a IBM. Hay que señalar que la madre de Gates codirigía una empresa junto a un alto directivo de IBM, lo que probablemente facilitó las negociaciones. El gran “acierto” fue precisamente no vender el producto, sino quedarse con la propiedad intelectual.

Sin aquel lejano triunfo ni Bill Gates ni Microsoft habrían llegado a ser lo que son. Pero el MS-DOS en realidad no era un sistema operativo desarrollado por el señor Gates y su entonces naciente compañía; sino la adaptación de un software que pertenecía a otra empresa y que Microsoft había adquirido por 50.000 dólares. Una miseria en comparación con lo que Gates obtuvo de tal operación, pues a partir de aquello Microsoft empezó a crecer y crecer sin cesar, hasta convertirse en un imperio multinacional.

Como dato: gracias a la subida de sus acciones en Microsoft, Gates ganó 15.800 millones de dólares sólo en 2013, lo que le vuelve a convertir en el hombre más rico del mundo. Poco importa quién fue el verdadero autor del MS-DOS, pues poco importan los “derechos de autor”. El triunfador fue el hombre que se quedó con “la propiedad intelectual”.

Autor: Pedro Gajete.

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