Este artículo versa sobre una etapa de la vida poco conocida de Henri de Lubac, uno de los mayores teólogos del siglo XX: su participación en la resistencia cristiana al nazismo durante la invasión alemana a Francia en la Segunda Guerra Mundial. Se trató de una resistencia que promovió diversos análisis y denuncias de las causas que llevaron a la gestación y desarrollo de un neopaganismo que buscaba la apostasía de Europa.
Por P. Osmín Serrano para la revista Id y Evangelizad
Un contexto de guerra antisemita y anticristiana
El 10 de mayo de 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, la Alemania nazi invadió Francia. La ocupación se prolongaría hasta 1944. Se confirmaban así los temores que en años anteriores ya se presentían en diversos ambientes. Según confiesa H. de Lubac en sus Memorias: «tras la llegada de Hitler al poder, se percibía cada vez más angustioso, el “incremento de los peligros”. Sobre la atmósfera social, nacional e internacional, gravitaba una pesadumbre, que iba en creciente hasta resultar intolerable». Tras el armisticio en Compiégne el 22 de junio de 1940, la nación francesa quedaba dividida en: una zona norte, ocupada por los nazis, teniendo como capital París; y una zona sur, libre, pero colaboracionista con las fuerzas del Tercer Reich, gobernada por el mariscal galo H. Pétain, cuya sede fue la ciudad de Vichy.
Este gobierno colaboracionista de la zona sur promulgó leyes de corte nacionalsocialistas para la persecución y exterminio masivo de los judíos residentes en Francia, promoviendo un antisemitismo a todos los niveles mediante una campaña publicitaria de radio, cine, prensa, carteles, fotografías; también con leyes arbitrarias, persecución, violencia etc. Esta situación no solo afectaba a los judíos, también iba de lleno contra la Iglesia Católica, según evidenciaba H. de Lubac en una carta enviada a sus superiores jesuitas: «las ruinas son, en efecto, inmensas. Por todas partes se cierran o se transforman las escuelas religiosas, se disuelven las asociaciones católicas, se suprimen una tras otra las facultades de teología, se obstaculiza de mil maneras el apostolado de las órdenes religiosas y se reduce a la nada la prensa católica. Se toman medidas contra todas las personalidades cristianas que aún no han sido eliminadas o exiliadas. En la mayoría de los casos, basta con simples operaciones policiales, ya que el Estado nazi no se preocupa por la legalidad. Periódicamente, se desatan grandes campañas: juicios por “divisas”, juicios por costumbres, juicios por “catolicismo político”… El objetivo no es tanto destruir completamente el cristianismo como degradarlo. Se denuncia como algo despreciable, al tiempo que se intenta arruinar todos sus focos de influencia, cultura y fuerte espiritualidad. En todas partes se impone una enseñanza pagana. La infancia y la juventud son sistemáticamente descristianizadas, y las apostasías se multiplican».
La ocupación nazi, el drama de la guerra, el racismo antisemita, la deportación de judíos a campos de concentración, la inercia de la mayoría de los cristianos, la pretensión de instalar en Europa un neopaganismo, la persecución a los cristianos críticos con el régimen germano y el asesinato de amigos fue el contexto existencial donde H. de Lubac, junto a otros jesuitas, laicos y algunos protestantes, promovieron la resistencia cristiana al nazismo, caracterizada por ser una lucha no violenta y por la promoción de la conciencia de los franceses, mediante diversas conferencias y la divulgación clandestina de los Cuadernos de Testimonio Cristiano, recordando la verdad de la doctrina cristiana y las condenas de la Iglesia a los regímenes totalitarios, procurando sacar a muchos cristianos del letargo en que se encontraban.
El combate espiritual
Para Henri de Lubac y sus compañeros de la resistencia cristiana, la propagación del nazismo por Europa, no era un mero cambio de régimen o del cambio de un sistema político por otros que crearía nuevas condiciones sociales. Se trataba de un ataque a la cuestión fundamental de la existencia humana, es decir, la fe cristiana, la concepción del hombre y la vida, la espiritualidad y el mundo interior. Se intentaba instalar una inversión de los valores de la cultura occidental que durante siglos había sido estructurada por el cristianismo, ahora se pretendía promover un neopaganismo estableciendo una religión de reemplazo con nuevos dioses, siendo el principal el Estado. La consecuencia directa era un neopaganismo antiteísta y antihumanista.
Todo ello, constituía el fundamento teórico de la persecución a judíos y cristianos, los campos de concentración, la dictadura ideológica, la explotación de los hombres y la guerra entre las naciones con el afán expansionista. En este sentido, cuando Lubac plantea lo espiritual no lo hace en desconexión a lo temporal o externo, sino que la intrínseca relación entre lo sobrenatural y lo natural, lo espiritual y lo temporal se conectan de tal modo que el ataque nazi a la primera de estas dimensiones pervertiría decididamente a la segunda. Así, los alemanes habían logrado justificar lo injustificable: el horror de la guerra, el antisemitismo y el anticristianismo.
Causas del antisemitismo y anticristianismo.
El 1 de octubre de 1941, el padre de Lubac pronunciaba una conferencia titulada Explicación cristiana de nuestro tiempo. En ella, realiza un agudo análisis del proceso de degradación antropológica, moral y religiosa que experimentaba la cultura cristiana en la Europa y Francia de aquellos años. Al mismo tiempo, describe las causas históricas y espirituales que llevaron a la proliferación de los totalitarismos, entre ellos el nazismo. Advierte del antisemitismo y propone una reconstrucción de la vocación cristiana de Francia y un renacimiento del catolicismo.
Para el jesuita, la existencia de la Segunda Guerra Mundial y el nazismo, se trataba de una crisis interna de la civilización europea en la que se intenta socavar los cimientos cristianos sobre los que fue edificada la cultura occidental. Sin embargo, este proceso de degradación no es una cuestión esporádica en la historia, por el contrario, se trata de una situación de vieja data con características espirituales, ideológicas y filosóficas bien definidas. Por ello, el jesuita considera que existen cuatro causas estrechamente interrelacionadas que constituyen cuatro etapas de un proceso que ha generado dicha situación.
La primera versa sobre la vivencia de la fe. De Lubac, comienza haciendo una dura afirmación: «en la raíz de todo, hay que decirlo, hay un fallo de los cristianos». Porque en el pasado Europa era cristiana y eso le confería una fe, una moral y unos principios rectores que crearon una conciencia y una unidad. No obstante, en los últimos siglos esa fe viva y activa se debilitó en dos puntos fundamentales: por una parte, la fe se convirtió para muchos en algo habitual, una simple tradición carente de eficacia real, puesto que ya no era un principio de vida e invención; por otra, se redujo la fe al ámbito privado, como si el cristianismo careciera de principios rectores para la vida de los Estados o los diversos asuntos sociales, fue la era del maquiavelismo en política (tiranía) y del liberalismo en economía (interés individual). Así, «a través de una verdadera “traición de los clérigos”, lo mejor de la vida religiosa tendía con demasiada frecuencia a refugiarse en una especie de misticismo desencarnado, dejando el “siglo” en su camino de perdición». Con ello, la justicia y la caridad se entendían como obligaciones individuales, perdiéndose el sentido profundo de Iglesia en cuanto comunidad fraterna.
La segunda la conforma la proliferación de ideologías de inspiración cristiana. Comenzó a imponerse en la conciencia de las masas un conjunto de nuevos ideales nacidos, en parte, del cristianismo: libertad, igualdad, fraternidad, la independencia estadounidense y la Revolución francesa, nacionalismo, progreso, justicia social y sociedad internacional. A pesar de ello, aunque «de origen cristiano, estas ideas fueron difundidas y profesadas por hombres que, en su mayoría, ya no eran creyentes. Eran ideas secularizadas y, por tanto, a menudo esterilizadas y distorsionadas, volviéndose ineficaces, incluso peligrosas. Ideas que habían caído en el rango de las ideologías y utopías». Ante ellas, no había unidad de criterios entre los cristianos, para algunos despertaban admiración por tener inspiración cristiana, mientras para otros levantaban sospecha por el peligro de las ideologías. Para de Lubac, estas vacilaciones y falta de unidad explican en gran medida la historia del catolicismo francés del último siglo, tanto en el pueblo de Dios como en las directrices de la jerarquía de la Iglesia.
La tercera la constituye la influencia de la filosofía moderna. La cual, expulsaba el Misterio divino de la vida de los hombres y del mundo. De Lubac no subestima sus esfuerzos filosóficos, pero critica su metodología que opera mediante la crítica positivista, cientificista, racionalista e idealista, constituyendo una acción corrosiva en la vida y la cultura. Las consecuencias de este planteamiento filosófico son descritas por el jesuita en los siguientes términos: «todo este trabajo de pensamiento, cuya grandeza no debe subestimarse, se traduce en la práctica en la pérdida del Dios vivo. El mundo se convierte entonces en un mundo de abstracciones, cuando no se reduce absurdamente a un mundo de fenómenos. Al perder su trasfondo misterioso, ha perdido su alma. El hombre se encuentra aislado, desarraigado, “desorientado”. Se asfixia: es como si una máquina neumática le hubiera vaciado por dentro… La consecuencia no es solo un desequilibrio social. El mundo mismo parece “roto”. En lo más profundo de la conciencia, una desesperación metafísica. Es esa hambre y esa sed de las que hablaba antaño el profeta Amós: hambre y sed absolutas, porque son hambre y sed impotentes del Absoluto». En consecuencia, este tipo de filosofía generaba una triple negación: de Dios, del mundo y del hombre, quedando reducido todo a mera fenomenología y desesperación humana ante la falta de aquello que lo conforma y sustenta: el Dios vivo.
Por último, la cuarta causa es el reemplazo, como consecuencia de las tres precedentes, puesto que una fe degradada a la costumbre y la desencarnación, una cultura colonizada por las ideologías y un mundo vaciado de contenido religioso, generaba un vacío existencial en el hombre, el cual requería ser llenado. Aquí, surge lo que el jesuita llama el «reemplazo», para llenar el vacío del hombre al estar separado de la vida superior. Con lo cual, «a la fe le sigue una credulidad turbia. El racionalismo ha expulsado el misterio: el mito ocupa su lugar». Con ello, lo que empezaron siendo fórmulas para la vida social, terminaron siendo mitos que fomentan un paganismo con nuevos ídolos que pretenden resolver todo problema humano, rompiendo absolutamente con la fe cristiana.
Henri de Lubac remonta el inicio de estas causas al s. XVI, asociándolas a dos grandes factores casi simultáneos: el Renacimiento y la Reforma. Sin denostar los elementos positivos que aportaron a la humanidad, para el jesuita no es menos cierto que el primero terminó negando el ideal del cristianismo, desgarrando la vida de los hombres en sociedades alejadas del Evangelio y de la Iglesia, mientras que el segundo, terminó en el cisma y en el triunfalismo de los particularismos religiosos. Con ello, lo que empezó siendo simples recetas empíricas, se convirtió en un sistema, en una doctrina totalitaria.
Con todo, nuestro jesuita no era pesimista respecto a la historia, como si la situación que vivía Francia se tratase de un abismo sin salida. Por el contrario, plantea que «este proceso de descomposición está lleno de gérmenes de progreso». Por ello, advierte del error de una ilusión retrospectiva que añore y desee instaurar el pasado como forma de vida. Al igual que el trigo y la cizaña, piensa el jesuita que en los últimos siglos la ciencia, la filosofía y las convulsiones y movimientos sociales han aportado elementos valiosos para el enriquecimiento espiritual del hombre, no ser conscientes de ellos supone «una miopía intelectual». En consecuencia, a pesar de todo, Occidente está avanzando, la resistencia a los totalitarismos es una prueba de ello.
Ante tal panorama, el p. de Lubac planteaba un redescubrimiento de la vocación cristiana de Francia y un resurgimiento del catolicismo, recordando los orígenes de la cultura occidental: Grecia (razón lógica), Roma (derecho y gobierno) y cualitativamente superior el Evangelio (idea del hombre) que han logrado desarrollar la centralidad de la persona y la comunidad. El jesuita propone una obra de reconstrucción en Francia desde el espíritu cristiano y la tradición francesa, caracterizada por tres puntos: respeto a la persona, apertura a una comunidad espiritual y fe en Dios. Para de Lubac, esto constituye la esencia del programa de la revolución humana, condición necesaria para una buena orientación y éxito duradero de las revoluciones nacionales. Si se apega a dicho programa, Francia se encontrará a sí misma en lo mejor de su pasado y su vocación cristiana perenne.
El fundamento religioso del comunismo y el nazismo.
La proliferación de sistemas totalitarios por Europa, junto con la invasión alemana a Francia y la expansión del nazismo, no es vista por el p. de Lubac como una cuestión meramente política y bélica. El jesuita entiende que detrás de ello se encierra un fundamento teológico con trágicas consecuencias para el cristianismo. Esto le llevó a realizar un estudio llamado Los fundamentos religiosos del nazismo y del comunismo, donde deja al descubierto el fundamento religioso de dos grandes sistemas totalitarios; el comunismo o marxismo bolchevique y el nazismo alemán. Para ello, procede metodológicamente analizando los postulados principales de los que él considera son los padres intelectuales de ambos sistemas: Feuerbach y Nietzsche, y subsidiariamente Hegel y Heidegger. Para luego demostrar las convergencias y divergencias entre ambos sistemas, así como su actitud teórica y práctica frente al cristianismo.
El argumento de fondo y que va a estructurar todo este estudio es que tanto el comunismo como el nazismo rechazan a Dios, por tanto, también el cristianismo. Sin embargo, el comunismo rechaza todas las religiones por su ideal de ateísmo, mientras que el nazismo rechaza sobre todo el cristianismo para remplazarlo por una nueva religión basada en mitos y símbolos tomados del antiguo paganismo nórdico con la pretensión de dominación universal. En ambos casos, el fundamento religioso es que se trata de una religión de remplazo: «ambos son sistemas completos, “totalitarios” […] en el sentido de que se presentan como una concepción completa del mundo y de la existencia y como una forma completa de salvación […] Por lo tanto, son verdaderas “religiones”, aunque sean “religiones de remplazo”. Esto se ha señalado a menudo. “El comunismo actual encierra una idea de falsa redención” […]. En el caso del nazismo, la cosa es aún más clara, y el nombre de neopaganismo que se le ha dado lo subraya. En la base de ambas construcciones hay una crítica religiosa. Esta es previa a todas las críticas económicas, sociales y políticas instituidas por ambas partes».
Este análisis posee una importancia de primer orden, porque evidencia que detrás de todo planteamiento político hay un planteamiento teológico que implica una comprensión de Dios, el hombre y el mundo, bien sea para afirmarlo, negarlo o pervertirlo. Así, H. de Lubac evidencia las convergencias y divergencias del comunismo y del nazismo.
Las convergencias de ambos sistemas totalitarios consisten en una doble reducción antropológica: primero, solo a la vida social y su apego al Estado; segundo, a lo meramente socio-histórico, por lo que el hombre ya no se define en relación con Dios, la razón o una idea, ni con ningún punto fijo que promueva la esencia eterna, sino exclusivamente por el devenir histórico. En ambos casos, ya no se trata de una filosofía de la acción o un movimiento de pensamiento, sino de una revolución que marca el fin de la filosofía clásica. Hasta el momento, los filósofos se habían dedicado a interpretar el mundo, ahora se trata de transformarlo, por ello la revolución implica la transformación de los valores existentes y una apología de la violencia; por último, impera el mito del Estado salvador en pos de la disolución de la verdad, que también tiene como consecuencia una expulsión de la ley natural.
Las divergencias son muy acentuadas entre ambos sistemas: comunismo se ocupa principalmente de la economía y el nazismo de la biología; el comunismo plantea una lucha de clases, mientras que el nazismo promueve una lucha de razas; el comunismo cree en el progreso, teniendo un optimismo ante la historia por la búsqueda de una mejor condición social. El nazismo es pesimista ante la historia porque lo definitivo ya ha llegado con él; el comunismo busca establecer una dictadura de una clase social. El nazismo plantea la dominación, tan definitiva como sea posible, de una raza.
Las convergencias y las divergencias permiten al jesuita comprender las actitudes de ambos sistemas contra la religión en general y el cristianismo en particular, tanto en actitudes teóricas como prácticas.
En la actitud teórica, ambos rechazan a Dios y, en consecuencia, el cristianismo. Sin embargo, tienen dos diferencias esenciales. Por un lado, el comunismo rechaza toda religión, dentro de ellas al cristianismo, desde un punto de vista teórico, por considerarla una superstición del pasado y por ser un obstáculo de hecho para la emancipación social («opio del pueblo»). El nazismo, por el contrario, rechaza específicamente al cristianismo desde un punto de vista moral, acusándolo de ser un falso ideal, ser vil y enemigo de la vida.
En la actitud práctica, el comunismo y el nazismo poseen unas estrategias radicales y otras más suavizadas para contrarrestar al cristianismo. En el comunismo, la forma más radical consistiría en un esfuerzo violento por extirpar todas las prácticas y toda fe religiosa, cristiana o no, mediante medidas persecutorias y violentas. La forma más suavizada consistiría en declarar la religión un asunto puramente privado y separarla por completo del Estado y la vida pública. Por su parte, el nazismo, en su forma más radical, consistirá en paganizar la religión mediante la persecución del cristianismo y sustituyéndolo por un culto neopagano, cambiando su Dios, su moral, sus sacramentos y su Corpus mysticum por una versión pagana de los mismos.
La promoción de la conciencia y los Cuadernos de Testimonio Cristiano
En noviembre de 1941, el P. Pierre Chaillet fundó los Cuadernos de Testimonio Cristiano (Cahiers du Témoignage Chrétien), donde colaboraron intensamente el p. Gaston Fessard y el p. Henri de Lubac, todos ellos jesuitas, junto a un conjunto de laicos y algunos protestantes como el pastor Marc Boegner que otorgaban un espíritu ecuménico al proyecto. Este grupo de trabajo tendría un papel fundamental en la resistencia espiritual al nazismo durante la ocupación alemana de Francia. Los Cahiers fueron una serie de escritos clandestinos que se distribuyeron por Francia, incluida la zona ocupada, con el fin de promocionar la conciencia cristiana y evitar que la difusión del odio racista ganara adeptos entre los cristianos, evidenciando las implicaciones que ello tenía para la Iglesia, rompiendo así la inercia de muchos católicos y aportando una voz de anuncio y denuncia ante el silencio de la mayoría de la jerarquía eclesiástica francesa.
Para tal tarea, los Cahiers denunciaron, entre otras cosas, el neopaganismo que suponía el virus hitleriano, el falso culto al Estado promovido por el nazismo, la religión de sustitución que se pretendía imponer para expulsar al cristianismo de occidente. Todo ello desde la promoción de la doctrina cristiana, las diversas condenas que había hecho el Magisterio universal y los obispos en otros países a los sistemas totalitarios y antisemitas, junto con la advertencia entre los cristianos sobre el combate espiritual que se estaba librando ante un sistema que buscaba la apostasía definitiva de Europa. Uno de sus números citaba la declaración de Mons. von Preysin, obispo de Berlín, donde describe la batalla que estaba librando el cristianismo ante el nazismo y que demuestra el tenor de las publicaciones que se hacían: «no podemos dudar lo más mínimo: somos cristianos, comprometidos en una dura batalla. Contra nosotros se ha levantado la religión de la sangre. Tras el rechazo despectivo de la doctrina de Cristo hasta el odio apasionado y abierto, estallan por doquier las señales de luchas. Un fuego graneado de afirmaciones, arrancadas a la historia o al presente, cae sobre nosotros. El objetivo de la batalla es claro: el rechazo y la expulsión del cristianismo».
En otro número de los Cuadernos, titulado Colaboración y fidelidad, buscaba negar la acusación que le habían hecho a estos escritos de promover una campaña política, al tiempo que se pretendía evidenciar el espíritu cristiano que impregnaba sus letras. Ciertamente, no era una campaña política en cuanto proselitismo partidista e ideológico, pero sí que tenía consecuencias políticas como respuesta a un sistema totalitario y pagano, mediante la llamada explícita a una resistencia no violenta. Con todo, en dicho número, se explica el espíritu de la resistencia cristiana al nazismo: su cometido es hacer plenamente consciente a los franceses acerca de las responsabilidades y peligros que implica el régimen nazi para el cristianismo. Por ello, plantea que el patriotismo es una virtud que está íntimamente vinculado con la fidelidad cristiana. Así, toda posible colaboración en lo económico o en lo político con los nazis implicaba una sumisión de la cultura que hasta ahora había conformado Europa, porque «la “cultura” nazi es fundamentalmente anticristiana […] Así pues, queremos hacer ver a todos los cristianos y asimismo a aquellos que, sin ser creyentes, están vinculados más de lo que piensan a los principios de una civilización cristiana, que, en este plano del espíritu, el deber consiste en resistir y organizar la resistencia al nazismo. Cuanto más intensamente haga el nazismo recaer el peso de su dominio sobre nuestra Francia, más importa que esa resistencia espiritual llegue a ser lúcida y firme». En consecuencia, la resistencia al nazismo era concebido como parte fundamental de la fe cristiana, mediante la promoción de la conciencia como respuesta no violenta a la violencia nazi.
La resistencia cristiana al nazismo, mediante la no violencia, la promoción de la conciencia y una militancia coherente con la fe para denunciar los peligros del neopaganismo que buscaba la apostasía de Europa, supuso persecución, cárcel y en no pocas ocasiones la muerte de varios compañeros de H. de Lubac. En este sentido, sorprende la clara y profética advertencia que el ya entonces cardenal de Lubac hacía a las generaciones futuras en 1988, varias décadas después de la guerra. Así, recordando su visita en 1947 a un Berlín que se asemejaba a un inmenso campo de ruinas una vez finalizada la guerra, afirma: «ahora, el adversario parecía aniquilado. Pero siempre renace, bajo otras formas. La lucha siempre hay que retomarla, con las mismas armas, fuera de nosotros y dentro de nosotros».
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