El pecado del mundo y las estructuras de pecado: hacia una conversión social desde el Evangelio.

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El presente artículo explora la noción de «pecado del mundo» a la luz del Evangelio  y su evolución en «estructuras de pecado», denunciada por el Magisterio de la Iglesia. Además, propone la conversión integral, personal y social, como respuesta a dicha realidad. El autor, licenciado en Teología y Filosofía, es militante del Movimiento Cultural Cristiano.

Por Tomás Martín, miembro del equipo redactor de la revista Id y Evangelizad

  1. Introducción

          La fe cristiana proclama que Jesucristo vino a «quitar el pecado del mundo» (Jn 1,29). Sin embargo, este pecado no se limita a los actos personales, sino que se manifiesta también en estructuras históricas, económicas y culturales que perpetúan la injusticia.

La tradición teológica iberoamericana reconoció esta dimensión social del pecado en la Conferencia de Medellín,  y la vinculó a la misión liberadora del Evangelio. Posteriormente, san Juan Pablo II conceptualizó esta realidad bajo el término «estructuras de pecado», y el papa Francisco ha descrito sus consecuencias contemporáneas como la «globalización de la indiferencia».

  1. El pecado del mundo en el Evangelio

En el Evangelio de san Juan, Juan el Bautista proclama: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29). La expresión pecado del mundo alude a una realidad colectiva, un entramado de mal que atraviesa la historia y las relaciones humanas. Esta visión bíblica de un «pecado del mundo» prepara el terreno para la reflexión cristiana sobre el pecado estructural o social, es decir, cómo los pecados individuales pueden confluir y cristalizar en sistemas, instituciones o estructuras que perpetúan la injusticia, la desigualdad y el mal. Por eso, al hablar de «pecado del mundo» no nos referimos únicamente a las decisiones concretas del ser humano, sino a realidades colectivas que requieren una mirada teológica y moral más amplia.

Jesús confronta este pecado estructural al denunciar las injusticias del poder (Mt 20,25-28), la idolatría de las riquezas (Lc 16,19-31) y la hipocresía religiosa (Mt 23,23). La misión salvífica de Jesús, no solo es para el más allá, también lo es para el más acá inaugurando un orden nuevo de relaciones basado en la misericordia, la justicia y la fraternidad (cf. Mt 25,31-46).

El Evangelio, por tanto, no solo nos invita a la conversión personal, sino a comprender cómo nuestras acciones se enraízan en un tejido social: en familias, comunidades y naciones. Esta invitación tiene consecuencias enormes, porque siendo el pecado del mundo real, la conversión cristiana no puede quedarse en lo privado, sino que debe cuestionar estructuras de exclusión y de injusticias.

  1. Algunos precedentes magisteriales

          Ciertamente, ha sido la Conferencia de Medellín la que ha introducido de forma explícita la dimensión social del pecado. Sin embargo, el Magisterio pontificio precedente ya denunciaba estos hechos. Citamos algunos ejemplos:

León XIII, dejaba en evidencia el enriquecimiento ilícito de un grupo reducido de personas a causa del empobrecimiento de la mayoría: «un número reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a la muchedumbre infinita de proletariados» (Rerum novarum, n. 1).

Pío XI describía la dictadura económica en los siguientes términos: «Esta acumulación de poder y de recursos, nota casi característica de la economía contemporánea, es el fruto natural de la limitada libertad de los competidores, de la que han sobrevivido sólo los más poderosos, lo que con frecuencia es tanto como decir los más violentos y los más desprovistos de conciencia», y añadía: «[…] la dictadura económica se ha adueñado del mercado libre; por consiguiente, al deseo de lucro ha sucedido la desenfrenada ambición de poderío; la economía toda se ha hecho horrendamente dura, cruel, atroz» (Quadragesimo anno, n. 107 y 109).

San Pablo VI, lo relacionaba con el capitalismo liberal: «ha sido construido un sistema que considera el lucro como motor esencial del progreso económico; la concurrencia, como ley suprema de la economía; la propiedad privada de los medios de producción, como un derecho absoluto, sin límites ni obligaciones sociales correspondientes. Este liberalismo sin freno, que conduce a la dictadura, justamente fue denunciado por Pío XI como generador del “imperialismo internacional del dinero”» (Populorum progressio, n. 26).

El Concilio Vaticano II, afirmó que la inclinación al mal es parte de la condición humana después del pecado original: «el hombre […] en el exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios […] El hombre, en efecto, cuando examina su corazón, comprueba su inclinación al mal» (GS 13). La Constitución Gaudium et spes, deja en evidencia cómo el pecado personal afecta la dimensión social de las personas: «los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre» (GS 10). A lo que agrega: «cuando la realidad social se ve viciada por las consecuencias del pecado, el hombre, inclinado ya al mal desde su nacimiento, encuentra nuevos estímulos para el pecado, los cuales solo pueden vencerse con denodado esfuerzo ayudado por la gracia» (GS 25).

  1. Medellín y el reconocimiento del pecado social

 La II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Medellín, 1968) significó un punto de inflexión en la reflexión pastoral sobre el pecado social. En el documento sobre Justicia, los obispos declararon: «La miseria, como hecho colectivo, es una injusticia que clama al cielo» (Medellín, Justicia, n. 1). Además, los Obispos comprendían que la pobreza e injusticia padecida por tantas personas constituían una confrontación para la fe cristiana: «la pobreza de tantos hermanos clama justicia, solidaridad, testimonio, compromiso, esfuerzo y superación para el cumplimiento pleno de la misión salvífica encomendada por Cristo» (Medellín, pobreza en la Iglesia, n. 7).

Dicha Conferencia, reconoce que el pecado se encarna en estructuras sociales, que «mantienen a la mayoría de nuestros pueblos en una situación de injusticia que equivale a una violencia institucionalizada» (Paz, n. 16). Esta lectura teológica de la realidad hace explícita la categoría pastoral del pecado estructural, que no reemplaza el pecado personal, sino que lo amplía y lo contextualiza históricamente.

5. San Juan Pablo Il y las «estructuras de pecado»

San Juan Pablo II sistematizó esta intuición Iberoamericana en sus encíclicas Reconciliatio et Paenitentia (1984) y Sollicitudo Rei Socialis (1987). En esta última afirma: «a un nivel más profundo, el pecado se manifiesta en las estructuras sociales que resultan de los pecados acumulados de los hombres» (SRS, 36). El Papa advierte que dichas estructuras nacen de acciones y actitudes opuestas a la voluntad de Dios, inspiradas por «el afán de ganancia exclusiva, por una parte; y por otra, la sed de poder, con el propósito de imponer a los demás la propia voluntad. A cada una de estas actitudes podría añadirse, para caracterizarlas aún mejor, la expresión: “a cualquier precio”» (SRS, 37). El papa Juan Pablo II advierte que se trata de estructuras que «se refuerzan, se difunden y son fuente de otros pecados, condicionando la conducta de los hombres» (SRS, 36).

Por otra parte, en Evangelium vitae, Juan Pablo II denuncia que estas estructuras de pecado promueven una auténtica cultura de la muerte: «en lo íntimo de la conciencia moral se produce el eclipse del sentido de Dios y del hombre, con todas sus múltiples y funestas consecuencias para la vida» (EV, 24).

Para contrarrestarlas, Juan Pablo Il propone la creación de estructuras de solidaridad, en las que el amor se traduzca en compromiso por el bien común. De este modo, la redención de Cristo alcanza también la dimensión histórica y social de la humanidad.

  1. El compendio de Doctrina Social de la Iglesia

Este compendio fue publicado en el 2004 por el Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz a petición de Juan Pablo II. Así, hablando del drama del pecado, explica que este comporta una doble herida, una para el propio pecador y otra para la relación de este con el prójimo, por ello se puede hablar de pecado personal y pecado social: «las consecuencias del pecado alimentan las estructuras de pecado. Estas tienen su raíz en el pecado personal y, por tanto, están siempre relacionadas con actos concretos de las personas, que las originan, las consolidan y las hacen difíciles de eliminar. Es así como se fortalecen, se difunden, se convierten en fuente de otros pecados y condicionan la conducta de los hombres» (CDSI, n.º 119). Son estas estructuras las que generan y mantienen la pobreza, el subdesarrollo y la degradación, teniendo como centro el egoísmo humano.

 

Ante dicha situación, el Compendio evidencia que a todo ataque institucional se debe responder institucionalmente, por ello promueve la creación de estructuras de solidaridad que modifiquen las leyes, las reglas del mercado y los ordenamientos, para que sea la solidaridad el órgano rector en las relaciones institucionales entre las personas.

  1. Benedicto XVI

          En Caritas in veritate, aun sin usar la terminología de estructuras de pecado, se refiere implícitamente a las consecuencias sistémicas del pecado. Así, habla de las desigualdades sistemáticas e injusticias sociales en la vida del hombre, tanto en lo político, económico y social: «la sabiduría de la Iglesia ha invitado siempre a no olvidar la realidad del pecado original, ni siquiera en la interpretación de los fenómenos sociales y en la construcción de la sociedad: “Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres”» (CV 34). El documento recuerda que la persona humana es centro y eje de la vida social, por lo que se debe promover un desarrollo integral de la persona, es decir, de todos los hombres y de todo el hombre: «quisiera recordar a todos, en especial a los gobernantes que se ocupan en dar un aspecto renovado al orden económico y social del mundo, que el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad» (CV 25).

  1. El papa Francisco y la globalización de la indiferencia

El papa Francisco retoma y actualiza esta reflexión. En su homilía en Lampedusa (2013) denunció la globalización de la indiferencia, que nos hace incapaces de sufrir con el otro. En Evangelii Gaudium advierte: «No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en la calle y sí lo sea una caída de la bolsa. Esa es la exclusión» (EG, 53). En Fratelli Tutti, Francisco amplía esta denuncia al afirmar que: «El mercado por sí mismo no resuelve todo, aunque a veces nos quieran hacer creer este dogma de fe neoliberal» (FT, 168). La globalización de la indiferencia es, en el fondo, una nueva configuración del pecado estructural, sustentada en la idolatría del dinero y en la cultura del descarte. Ante esto, Francisco propone una conversión comunitaria y política basada en la fraternidad universal (FT, 8-9).

  1. León XIV y las estructuras de pecados que generan pobres en el mundo

          El Papa León XIV ha publicado la Exhortación Apostólica Dilexi te, sobre al amor hacia los pobres. Nos recuerda el deber de escuchar el clamor de pueblos enteros que experimentan las injusticias y el empobrecimiento: «se vuelve normal ignorar a los pobres y vivir como si no existieran» (DT 93). Al tiempo, se hace una llamada a denunciar las causas estructurales de las ideologías que absolutizan el mercado y la especulación financiera. En la raíz de toda estructura de pecado se encuentra la falta de equidad; pareciera que los derechos humanos no son iguales para todos. Ante ello, «las estructuras de injusticias deben ser reconocidas y destruidas con la fuerza del bien, a través de un cambio de mentalidad, pero también con la ayuda de las ciencias y la técnica, mediante el desarrollo de políticas eficaces en la transformación de la sociedad» (DT 97).

El documento recuerda que la propuesta del Evangelio no es solo una relación individual e íntima con Dios, también implica el Reino de Dios para que el Señor reine en todos los ámbitos existenciales de la humanidad: «en la medida en que Él [Dios] logre reinar entre nosotros, la vida social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos. Entonces, tanto el anuncio como la experiencia cristiana tienden a provocar consecuencias sociales. Buscamos su Reino» (DT 97).

 

  1. Conversión integral y estructuras de gracia

La respuesta cristiana al pecado estructural es la conversión integral, que incluye la dimensión personal y social. Estamos llamados a sacar toda la riqueza de nuestro bautismo para asumir la integralidad de la fe cristiana que posee una doble dimensión complementaria, personal y social.

La conversión personal implica retornar a nuestro modelo de humanidad,  Jesucristo, el redentor del mundo, porque «el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (GS 22). Así, la conversión nos introduce en la dinámica de buscar e integrar las virtudes de la pobreza, la humildad y el sacrificio en la propia vida, afirmando siempre que la conversión es a Cristo y a nadie más, para poder afirmar como san Pablo: «vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20).

La conversión social implica anunciar el mensaje cristiano como buena nueva para los empobrecidos del mundo, afirmando la dignidad sagrada de las personas y al mismo tiempo, denunciar las causas que generan las estructuras de pecado en el mundo. Todo ello, mediante la promoción de la asociación entre laicos para una vivencia profunda de la caridad política en el mundo, como identidad del Dios Amor revelado por Jesucristo y como encarnación del Mandamiento Nuevo al que estamos llamados a practicar, porque «nadie – dice Francisco- puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos» (EG 183).

La promoción de estructuras de gracia implica la promoción del Reino de Dios en la realidad temporal, evidenciado la absoluta novedad de Jesucristo y su Iglesia para el mundo: a) novedad teológica: porque revela el rostro misericordioso del Padre que escucha el clamor de sus hijos; b) novedad moral: porque manifiesta la ley moral de los cristianos, es decir, el mandamiento del amor como pauta de comportamiento en los ámbitos sociales; c) novedad sociopolítica: porque rechaza la división de fe-política, integrando en un todo superador como parte de la misión evangelizadora de la Iglesia, para que todo cante la gloria de Dios; d) novedad escatológica: recordando que la historia no es el discurrir de hechos sin sentido, sino historia de salvación, donde los acontecimientos constituyen signos de los tiempos donde Dios revela su rostro y reclama la presencia de los cristianos, promoviendo la verdad, la justicia y la solidaridad hasta su consumación final. La advertencia del Concilio Vaticano II sobre esta cuestión es fundamental: «el divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época […] El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación» (GS 43).

En definitiva, en el tema de las estructuras de pecado, solo existen dos respuestas con dos consecuencias radicalmente opuestas: o se lucha contra ellas, desde la conversión personal o social; o se es cómplice de las mismas, ya sea participando activamente en ellas o por la pasividad ante las mismas.

 Conclusión

          El «pecado del mundo» se manifiesta hoy en estructuras económicas, políticas y culturales que generan exclusión y deshumanización. Frente a ellas, la Iglesia, guiada por el Evangelio y el Magisterio reciente, proclama que la redención de Cristo tiene una dimensión social. La tarea cristiana consiste en desmantelar las estructuras de pecado y promover una globalización de la solidaridad, signo visible del Reino de Dios en la historia.

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