Con motivo de la publicación en 2024 de un informe de la ONU anunciando un descenso a medio y largo plazo de la población mundial, se han multiplicado los análisis demográficos valorando los riesgos y las posibles respuestas. Estudiando dos de estos análisis comprobamos como la nueva situación demográfica suele enfocarse casi exclusivamente desde el paradigma de lucha por la existencia que defiende el capitalismo global de nuestro tiempo para el que siempre han sobrado los pobres y los débiles.
Por Miguel Ángel Ruiz. Doctor en Derecho
Publicado en la revista Autogestión
La predicción demográfica de la ONU
El informe Perspectivas de la Población Mundial 2024, publicado por la División de Población del Departamento de Asuntos Sociales y Económicos de las Naciones Unidas (DPNU), prevé que la población mundial, actualmente cifrada en 8.200 millones, siga creciendo en los próximos 50 o 60 años, hasta alcanzar un máximo de unos 10.300 millones de personas en torno a 2085; luego empezará a decrecer, situándose, cerca ya del siglo XXII (en las proximidades del año 2100), en 10.200 millones de personas.
Esto, obviamente, es solo una estimación o proyección estadística, pues nadie puede predecir el futuro. Lo único que se puede afirmar científicamente es lo que pasará, si todo sigue como hasta ahora, es decir, si las mujeres en edad reproductiva se siguen comportando como otras mujeres lo hicieron en los últimos años, o, dicho aún más técnicamente, si se mantiene la tasa mundial de fecundidad total. Esta tasa, que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico define como el número total de hijos que nacerían de cada mujer si viviera hasta el final de su edad fértil y diera a luz hijos en consonancia con las tasas de fecundidad por edad vigentes, se ha desplomado en los últimos 70 años, pasando de unos cinco hijos por mujer en 1950 a 2,25 hijos en 2023.
¿Es acertada la predicción?
Los verbos «nacerían» y «diera» –usados en la definición de tasa de fecundidad total de la OCDE– están en tiempo condicional (o hipotético) y en modo subjuntivo, respectivamente, es decir, los usados para la formulación de hipótesis. Las mujeres reales pueden apartarse de la pauta descrita (para otras mujeres). Los investigadores Vegard Skirbekk y Catherine Bowen –procedentes de centros de investigación de Noruega y Austria, respectivamente–, en su artículo conjunto de 2024 La falacia de la baja fecundidad, lo sostienen con contundencia: «la tasa global de fecundidad proporciona una instantánea de la fecundidad en un momento dado. Sin embargo, no revela necesariamente nada sobre el número de hijos que tendrán las mujeres a lo largo de su vida, que sólo puede evaluarse una vez que las mujeres han cumplido 45 o 50 años» y ponen un buen ejemplo «es muy posible que las mujeres estadounidenses que en 2022 tenían entre 20 y 30 años tengan más hijos que las generaciones anteriores.
A pesar de su menor fertilidad al principio de su vida, podrían tener un número similar de hijos al final de su etapa reproductiva». Es decir, cada generación puede cambiar las pautas reproductivas de sus predecesoras (especialmente, en qué momento de su vida tiene hijos) y alterar así la predicción. En concreto señalan que en las últimas décadas «es cada vez más frecuente tener hijos a una edad más avanzada», concluyendo que «parte del descenso de la tasa global de fecundidad observado en las últimas décadas se debe a la tendencia a tener hijos más tarde en la vida, y no a un descenso de la fecundidad a lo largo de la vida. Por ejemplo, las mujeres nacidas en 1976 en Estados Unidos tenían una media de 2,2 hijos cuando cumplieron 45 años. Esta cifra es ligeramente superior a la de las mujeres nacidas en 1959 (2,0 hijos)», por ello, concluyen, «el descenso de la fecundidad puede ser menos dramático de lo que muchos piensan». Estos autores todavía consideran un segundo argumento en contra de la predicción de la ONU: el hecho que la tasa de fecundidad disminuya no significa, por sí misma, que lo haga la población total, pues los pocos niños que hoy nazcan por mujer pueden llegar todos a la vida adulta, mientras que los muchos niños que nacían en otras épocas no lo hacían (por razone sanitarias).
Sin embargo, para el informe de la ONU citado al principio la probabilidad de que se mantenga la pauta analizada es fuerte (probabilidad estimada de un 80%). Con respecto al primer argumento en contra (cambio en las decisiones reproductivas de las mujeres) Nicholas Eberstadt catedrático de Economía Política del American Enterprise Institute (centro de investigación de EE. UU.), afirma que existen razones culturales profundas que se oponen al cambio inmediato de tendencia. En su artículo de 2024 La Era de la Despoblación cita al economista Lant Pritchett quien en 1994 «descubrió el predictor de fertilidad más poderoso jamás detectado […]: “lo que quieren las mujeres”»; es decir «existe una correspondencia casi uno a uno en todo el mundo entre los niveles nacionales de fecundidad y el número de bebés que las mujeres dicen querer tener. Este hallazgo subraya el papel central de la voluntad –de la agencia humana– en los patrones de fecundidad».
Eberstadt, con una mirada global, constata que «en las sociedades de todo el mundo se está produciendo una revolución en la familia –en la formación de la familia, no sólo en la procreación–. Esto es cierto tanto en los países ricos como en los pobres, en todas las tradiciones culturales y sistemas de valores. Los signos de esta revolución incluyen lo que los investigadores denominan «huida del matrimonio», es decir, que la gente se casa a edades más tardías o no se casa en absoluto; la difusión de la cohabitación no matrimonial y las uniones temporales; y el aumento de hogares en los que una persona vive de forma independiente, es decir, sola. Estos nuevos sistemas coinciden –no perfectamente, pero sí lo suficiente– con la aparición de una fecundidad por debajo del nivel de reemplazo en sociedades de todo el mundo». Para explicar esta tendencia el autor alude a cambios en las creencias religiosas y en el valor que ha adquirido en la cultura actual «la autonomía, la autorrealización y la comodidad». Para una explicación alternativa (o confluyente) alude a la teoría mimética, según la cual «la imitación puede impulsar las decisiones y subraya el papel de la voluntad y el aprendizaje social en la organización humana. Es posible que muchas mujeres (y hombres) tengan menos ganas de tener hijos porque muchos otros tienen menos hijos». Por su parte, Bowen y su colega encuentran la causa del descenso de la fecundidad en «muchos avances positivos, como la mejora de los métodos anticonceptivos, la reducción de los embarazos de adolescentes y el aumento del nivel educativo de las mujeres».
Con respecto a la segunda objeción de Skirbekk y Bowen (la mayor supervivencia de los nacidos), hay que decir que si bien es cierto que el menor número de niños puede ser compensado por el hecho de que todos los nacidos puedan llegar a la vida adulta, también lo es que si el número de nacidos no alcanza la tasa de reemplazo (2,1 hijos por mujer en paises enriquecidos –la cifra es mayor en el caso de los países empobrecidos–) la población disminuirá necesariamente, aunque todos lleguen a la vida adulta. Y resulta que la gran mayoría de la población mundial vive en países con niveles de fecundidad por debajo del nivel de reemplazo. En este sentido, Eberstad destaca que la fecundidad por debajo del nivel de reemplazo «ha llegado incluso al norte de África y al gran Oriente Medio, donde los demógrafos habían supuesto durante mucho tiempo que la fe islámica serviría de baluarte contra el precipitado descenso de la fecundidad» e incluso en África subsahariana «con sus 1.200 millones de personas y una tasa de fecundidad media prevista por DPNU de 4,3 nacimientos por mujer […] las tasas están bajando». Según los datos de la ONU «los países de mortalidad neta surgirán en el África subsahariana en 2050, empezando por Sudáfrica».
¿Una buena o una mala noticia?
En todo caso, considerando que las predicciones de la ONU fueran ciertas, podemos preguntarnos ¿es esto bueno o malo? Podría pensarse que los datos no son en sí mismos alarmantes: la población «en decrecimiento» será, pese a todo, mucho mayor en el siglo XXII (dentro de unos 75 años) que hoy día, por lo que, al menos, nos irá tan bien (o tan mal) como nos va hoy.
¿Dónde está el problema? En principio, en la pirámide poblacional: más personas mayores y menos jóvenes. Más personas sin capacidad de producir y consumidoras netas de recursos (y de recursos costosos propios de la necesidad de cuidados en la ancianidad) y menos personas en edad laboral, que deberán mantenerse a sí mismos y a sus mayores con la consiguiente presión sobre los sistemas de atención socio-sanitaria, al tiempo que disminuye la capacidad de recaudación para mantener dichos sistemas. Como señala Eberstad, «en 2040, excepto en el África subsahariana, el número de personas menores de 50 años disminuirá» y «el número de las personas de 65 años o más se dispararán: una consecuencia de las tasas de natalidad relativamente altas de finales del siglo XX y de la mayor esperanza de vida». Para este autor «el envejecimiento generalizado de la población y el declive demográfico prolongado obstaculizarán el crecimiento económico y paralizarán los sistemas de bienestar social en los países ricos, amenazando sus perspectivas de prosperidad continuada».
Skirbekk y Bowen minimizan ese riesgo: «sólo una pequeña proporción de los adultos mayores son, de hecho, dependientes de otras personas para su cuidado. En los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico en 2019, solo una media del 10,7% de las personas de 65 años o más recibían cuidados de larga duración, ya fuera en casa o en un centro dedicado a tal fin». En este sentido, se equilibra el envejecimiento de una población con la salud e independencia de sus mayores: «Por ejemplo, Japón tiene la mayor proporción de personas mayores de 65 años del mundo, pero también una de las poblaciones de más edad más sanas. Como resultado, la proporción de personas con importantes problemas de salud relacionados con la edad con respecto a las que no los tienen en Japón es aproximadamente la misma que en la India, que tiene una población mucho más joven»; en segundo lugar, «las inversiones en salud y educación pueden mitigar el impacto del envejecimiento de la población»; en tercer lugar «el descenso de la población puede ir de la mano de un crecimiento del PIB, del PIB per cápita y de las tasas de participación laboral», es decir, menos jóvenes pero todos empleados (desaparición del desempleo) y muy productivos. Para alcanzar este objetivo, estos dos autores postulan políticas de medicina preventiva (que eviten las enfermedades asociadas a la edad) y de mejora del potencial productivo, invirtiendo en educación temprana, formación permanente, automatización e inteligencia artificial.
Todo esto, unido a un descenso del impacto ecológico de sociedades de menor tamaño y a su ya expuesta confianza en que tarde o temprano las sociedades recuperen sus tasas de reemplazo, los lleva a sostener una visión optimista del futuro demográfico del planeta. No en vano Vegard Skirbekk publicó en 2022 su libro Decline and Prosper, algo así como «Menos y más prósperos» y cuyo enfoque se aclara todavía más al leer el subtítulo «cambios en las tasas de natalidad mundiales y ventajas de tener menos hijos».
Pregunten a los pobres y a los viejos
Eberstadt, en cambio, con una visión menos elitista y autocentrada que sus colegas europeos tiene otra percepción de los riesgos, en parte por considerar también a los países empobrecidos: «Pensemos en Bangladesh: un país pobre hoy que mañana será una sociedad envejecida –más del 13% de su población en 2050–. La columna vertebral de la mano de obra de Bangladesh en 2050 serán los jóvenes de hoy. Pero las pruebas estandarizadas muestran que cinco de cada seis miembros de este grupo no alcanzan ni siquiera los estándares internacionales de cualificación mínimos que se consideran necesarios para participar en una economía moderna: la inmensa mayoría de esta cohorte en ascenso no puede “leer y responder a preguntas básicas” ni “sumar, restar y redondear números enteros y decimales”.
En 2020, Irlanda estaba aproximadamente tan envejecida como Bangladesh lo estará en 2050, pero en la Irlanda actual, sólo uno de cada seis jóvenes carece de esas competencias mínimas» y añade «Los países pobres y envejecidos del futuro pueden verse sometidos a una gran presión para construir Estados del bienestar antes de poder financiarlos. Pero es probable que en 2050 los niveles de renta de muchos países asiáticos, latinoamericanos, de Oriente Medio y del norte de África sean muy inferiores a los de los países occidentales en la misma fase de envejecimiento de la población».
Pero no únicamente en los países empobrecidos, su visión es generalizable a todas las sociedades en proceso de despoblación, donde «los actuales programas sociales de pensiones y de atención sanitaria a la vejez fracasarán a medida que disminuya la población activa y el número de solicitantes de la tercera edad se hinche como un globo. Si se mantienen las actuales pautas de trabajo y gasto en función de la edad, los países envejecidos y en proceso de despoblación carecerán de ahorros para invertir en crecimiento o incluso para sustituir infraestructuras y equipos viejos. En resumen, los incentivos actuales están gravemente desalineados para el advenimiento de la despoblación».
Y no solo eso. Frente a la pretendida «autosuficiencia» de los muy ancianos Eberstad, considerando factores demográficos, responde: «aunque las personas de entre 60 y 70 años pueden llevar una vida económicamente activa y autosuficiente en un futuro previsible, no ocurre lo mismo con los mayores de 80 años» y estos son «la cohorte de más rápido crecimiento en el mundo» y, además, «la carga de cuidar a personas con demencia supondrá costes crecientes –humanos, sociales, económicos– en un mundo que envejece y se encoge». Y, aportando factores culturales y antropológicos, añade: «la carga será cada vez más onerosa a medida que las familias se marchiten», pues «la familia es la unidad más básica de la sociedad y sigue siendo la institución más indispensable de la humanidad», entonces, ¿cómo afrontarán las sociedades despobladas este amplio retroceso de la familia? No es en absoluto algo evidente. Tal vez otros puedan asumir las funciones que tradicionalmente desempeñan los parientes consanguíneos. Pero los llamamientos al deber y al sacrificio de quienes no son parientes pueden carecer de la fuerza de los llamamientos que surgen del interior de la familia. Los gobiernos pueden intentar llenar el vacío, pero la triste experiencia de siglo y medio de política social sugiere que el Estado es un sustituto terriblemente caro y no muy bueno de la familia. Los avances tecnológicos –robótica, inteligencia artificial, cuidadores y “amigos” cibernéticos similares a los humanos– pueden llegar a hacer alguna contribución actualmente insondable. Pero por ahora, esa perspectiva pertenece al reino de la ciencia ficción, e incluso allí, la distopía es mucho más probable que cualquier cosa que se acerque a la utopía».
¿Por qué discrepan los demógrafos?
Aquellos demógrafos que no ven en el decrecimiento de población una mala noticia o lo consideran un problema menor de fácil solución están pensando en sociedades enriquecidas (como la noruega o la austriaca a la que pertenecen) donde la productividad puede aumentar y la longevidad ir unida a una alta calidad de vida. No se cuestiona en su modelo que dicha productividad (y las posibilidades de crecimiento) está ligada a la explotación de los recursos de la gran mayoría de la humanidad, que resulta consiguientemente empobrecida. La solución a menos población en los países enriquecidos es, en este paradigma, seguir (y ahondar) un sistema económico internacional de explotación de los empobrecidos con la colusión de sus élites «locales» (gobernantes corruptos que forman parte de una clase de «superricos» a nivel planetario).
Que estos autores consideren la disminución de natalidad en el mundo empobrecido como un gran logro no deja de tener sentido en el marco de pensamiento en el que se mueven –sean o no conscientes–, que no es otro que el de lucha por la existencia. Es el triunfo del mundo enriquecido que ha procurado con ahínco esa disminución para aliviar la presión (la llamada «bomba demográfica») sobre unos recursos que consideran propios y que pueden extraer con mucha menos mano de obra.
Ciertamente, esa disminución se atribuye hipócritamente a un aumento de la capacidad de decisión de las mujeres, pero esto es sinónimo, en la gran mayoría de los casos, de aborto en cualquiera de sus variedades (incluidos los abortos químicos a través de anticonceptivos): libertad a costa de la vida del no nacido. Es más, lejos de haberse respetado la libertad de la mujer (tal como se alardea) las políticas antinatalistas han inducido decisiones por múltiples mecanismos de ingeniería social en los que la ONU ha sido cómplice junto a grandes multinacionales del negocio del aborto (como IPPF), think-tanks como el instituto Gurtmacher o gobiernos, como el Departamento de Estado de los Estados Unidos.