En la novela de Vicente Blasco Ibáñez Los cuatro jinetes de la apocalipsis se representa la catástrofe sufrida por la humanidad con la Primera Guerra Mundial. Un siglo después, los jinetes siguen ahí, bajo el principio de armar a la humanidad hasta los dientes, en una falsa paz, una paz armada.
Editorial de la revista solidaria Autogestión 162
Al jinete que representa la guerra se le concede «quitar la paz de la tierra para que se degollaran unos a otros; se le dio una espada grande”, metáfora del suculento negocio de la venta de armas.
A pesar del grito de los empobrecidos, miles de muertos y millones de desplazados se han silenciado en nuestros medios de comunicación. Se trata de guerras «ocultas» en nuestro informativos, en las que participan guerrillas o grupos armados pagados por países enriquecidos directa o indirectamente, o subvencionados por los intereses oscuros de grandes poderes económicos: fondos de inversión, multinacionales, empresas de armas… y un largo etcétera.
No contentos con esta barbarie, se incrementa la inversión en armas nucleares. Las nueve potencias nucleares aumentaron un 11 %, hasta los 100.200 millones de dólares, su gasto en armamento nuclear en 2024. Sin contar con la llamada guerra híbrida, mezcla de la tradicional y la digital, cada vez más presente en todos los países, cuya principal misión es la de desestabilizar a los pueblos, generar confusión y desorden.
Este mortífero jinete cabalga a sus anchas en Sudán, Congo, Sahel, Nigeria, Mozambique… La consecuencia son miles de muertos y treinta y cinco millones de personas refugiadas, desplazadas internas y apátridas que viven en África, lo que representa casi un tercio del total mundial. La guerra en Sudán, por ejemplo, ha generado una de las crisis de desplazamiento más grandes del mundo, pero se sigue silenciando.
También las sombras de muerte merodean por Iberoamérica, donde el narco se ha convertido en uno de los primeros actores políticos, gangrenando las estructuras políticas y sociales, generando corrupción y violencia en los barrios de forma indiscriminada: pobres contra pobres. Al menos 121.695 personas fueron asesinadas en Iberoamérica durante 2024.
Sin olvidar que estos últimos meses, los EEUU intentan poner orden en su “patio trasero caribeño” con la clara intención de desplazar la influencia de China en la zona.
Por desgracia, la guerra en Europa nos muestra una huida hacia adelante de los dirigentes europeos, abocados a una dependencia militar y tecnológica de los norteamericanos que se fraguó en las dos grandes guerras mundiales, bajo la esfera de lo “anglo”. ¿Quién desea la guerra en Europa? Para responder a esta pregunta habría que mirar a los grandes vendedores de armas norteamericanos y europeos, con dirigentes políticos beneficiados por suculentas comisiones, como ha sucedido en el Reino Unido.
El aparato político, militar, tecnológico e industrial europeo mantiene una espada de dos filos en las manos con un doble objetivo: Por una parte, ceñirse a una estrategia basada en un nuevo Keynesianismo militar impuesto desde Washington (OTAN); y por otra, intentar catalizar una cohesión social interna ante el desprestigio creciente de la política en Europa. Léase en esta clave la intención de la recuperación de “la mili” en varios países de la UE.
Nuestra propuesta de paz desarmada pasa por mirar más allá de la polarización y la propaganda de guerra que nubla y oculta bajo la niebla al jinete que nos ocupa y preocupa. Primero hemos de quitarle la espada, paz desarmada. Convertir las espadas en arados y las lanzas en podaderas, invertir el proceso de manipulación política permanente a los que nos está sometiendo.
Y, al mismo tiempo, promover una paz desarmante. Una paz que se fundamenta en el amor y en la justicia, en la promoción de una sociedad solidaria, personal y colectivamente. No hay otro camino, las otras son falsas salidas.
Blasco Ibáñez nos mostró una metáfora del absurdo de la guerra, dos familias en la novela terminan combatiendo en bandos opuestos en la Primera Guerra Mundial.
Partidario de la Europa unida y contrario a los nacionalismos que conducen a las matanzas injustificadas de hombres, mujeres y niños, el autor hace decir a un personaje exiliado en Argentina, Julio Madariaga: “Fíjate, gabacho: yo soy español, tú francés, Karl es alemán, mis niñas argentinas, el cocinero ruso, su ayudante griego, el peón de cuadra inglés, las chicas de la cocina unas son del país, otras gallegas o italianas, y entre los peones hay de todas las castas y leyes. ¡Y todos vivimos en paz! En Europa tal vez nos habríamos golpeado a estas horas, pero aquí todos amigos.”
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