La cultura política en España y Occidente está rota. Apenas nadie cree ya en que “los políticos” representan a nuestros intereses. No está desgastada ni simplemente en crisis, sino rota en un sentido estructural. Las elecciones se suceden, los discursos diseñados por expertos en marketing político proyectan emociones en lugar de razones para cada “segmento del mercado” en una sociedad fragmentada: nada esencial se mueve después de unas elecciones.
Por Rainer Uphoff. Periodista y empresario para la revista Autogestión «En busca de la democracia perdida».
Superélites, cartel de partidos y democracia burocratizada
No se trata solo de apatía o desafección. Hay una intuición cada vez más extendida de que el poder real ya no está donde se nos dice que está. De que votar se parece cada vez más a participar en un ritual necesario para legitimar decisiones tomadas en otro lugar, por élites que no se representan más que a sí mismas.
Dónde está hoy el poder real
Las decisiones que determinan la vida de millones de personas no se toman en campañas electorales ni en debates parlamentarios. Precios de la energía, salarios, vivienda, deuda, inflación, sanciones económicas, guerras: nada de esto sucede por casualidad ni porque lo hayan decidido los pueblos, sino que responde a los grandes intereses financieros, tecnológicos y militares, organizados en redes transnacionales que no rinden cuentas.
Estas élites no forman un bloque homogéneo ni un único “gobierno mundial”. Existen luchas reales entre distintas fracciones del poder. Están emergiendo nuevos tecnofeudalismos ligados a monopolios de datos y control de infraestructuras tecnológicas. Por otro lado, siguen con fuerza los intereses del complejo energético fósil, financiero, industrial y militar. Todos se levantan sobre la deuda permanente, un dólar (y euro subordinado) como arma de dominio mundial y la guerra como negocio.
Compiten entre sí, pero comparten lo esencial: ninguna cuestiona un sistema basado en la concentración extrema de riqueza, poder y capacidad de decisión. Sus disputas no giran en torno al bienestar de las mayorías, sino sobre quién controla los flujos, las rentas y el futuro geopolítico.
La Unión Europea actúa como un engranaje central de esta arquitectura. A pesar de que nació con el deseo de impedir nuevas guerras en suelo europeo, ahora se ha convertido en ente vergonzosamente belicista porque su diseño institucional antidemocrático blinda las prioridades del capital financiero y tecnológico. Los gobiernos nacionales gestionan, comunican y asumen el desgaste político. Los políticos son los fusibles que se rompen y reemplazan cuando hay sobretensión. El marco no se toca. La burocracia con jefes políticos que se deben a instancias superiores, indolentes a las necesidades de las personas reales, es la maquinaria que mantiene todo en movimiento, aparentemente inalterable.
Gobernar mediante el shock
Este sistema no necesita dictaduras clásicas, demasiado costosas. Funciona de manera mucho más eficaz a través de la autosumisión lubricada con deseos artificiales construidos a través de las redes sociales (el propio Elon Musk llama los a los vídeos cortos «la mayor trituradora de cerebros de la historia”) y aplicando regularmente situaciones de shock: crisis encadenadas que impiden pensar, deliberar y organizarse. Es un concepto definido por Naomi Klein en su clásico libro de 2007, La doctrina del shock.
Crisis financiera, pandemia, inflación, emergencia climática, guerra en Ucrania, guerra en Gaza. Cada episodio se presenta como excepcional y urgente. Pero el efecto acumulado es siempre el mismo: miedo, ansiedad, saturación emocional, parálisis cognitiva. Bajo estrés, miedo e incertidumbre permanente, el cerebro activa los circuitos de supervivencia, inhibe la corteza prefrontal responsable del razonamiento crítico y la planificación colectiva, y reduce a las personas a respuestas defensivas individuales, más fáciles de controlar y dirigir.
El miedo no es un daño colateral, es una herramienta de dominio. Bajo su presión se aceptan recortes, endeudamiento, censura indirecta, vigilancia y militarización como males necesarios. La obediencia se presenta como responsabilidad.
Inflación y expropiación silenciosa
Otro instrumento de dominación es la inflación. No como un concepto económico, sino como mecanismo político. Cualquiera que frecuenta un supermercado o intenta alquilar una vivienda, sabe que las estadísticas oficiales ocultan el impacto real. En el último lustro, los precios no han subido unos pocos puntos porcentuales, sino fácilmente el 50%. Un litro de leche que antes de la pandemia costaba 0,60€ ahora vale 0,95€.
La inflación actúa como una expropiación silenciosa de las clases bajas y medias. Reduce salarios reales, ahorros y capacidad de planificación vital. Obliga a aceptar peores condiciones de trabajo y mayor dependencia. Mientras tanto, los fondos de inversión, gestores de las grandes fortunas, ven aumentar los beneficios y el poder de sus dueños, controlando la economía y la política. Donde no les permiten controlarlas intervienen procurando cambios de régimen o militarmente. Con un mundo cada vez más multinodal que se empieza a escapar de la hegemonía del gran capital occidental, éste intenta mantener su poder con reacciones cada vez más virulentas.
Cada crisis acelera la transferencia de riqueza hacia arriba. Se presenta como inevitable, como consecuencia de fuerzas incontrolables, cuando responde a decisiones muy concretas tomadas por actores y grupos de interés perfectamente identificables.
El cartel de partidos parlamentarios
En este contexto, la democracia institucional se transforma en un cartel de partidos parlamentarios, una especie de partido único de régimen parlamentario con diferentes fuerzas políticas que compiten entre sí en lo superficial, pero que comparten un consenso profundo sobre lo esencial: modelo económico, políticas de seguridad, subordinación a los mismos centros de poder. Cambiar de gobierno es como cambiar de canal en TV. La telebasura cambia de presentador y de estética. Pero la parrilla es la misma y el propietario no cambia. El voto redistribuye cargos y responsabilidades, no altera el rumbo.
Los personalismos en política cumplen una función clave. Canalizan el malestar hacia líderes concretos: los corruptos son los políticos, no el sistema. Y los corruptos son los preferidos de los poderosos: son extorsionables y por tanto obedientes, actúan por intereses y no defendiendo el bien común. El resultado es una democracia sin pueblo organizado en modo supervivencia individual, reducida a participación ritual y consumo de espectáculo político, esperando capítulo entretenido nuevo cada día, temporada tras temporada.
Medios de comunicación como arma de poder
Este sistema no podría sostenerse sin el papel central de los medios de comunicación, incluidas las redes sociales y sus algoritmos. Medios formalmente libres, pero estructuralmente dependientes de intereses estatales, financieros y partidistas, que no informan para comprender la realidad sino para encuadrarla. Seleccionan temas, silencian otros y repiten marcos interpretativos que delimitan lo pensable. No necesitan mentir de forma permanente. Basta con orientar la atención, simplificar conflictos complejos y presentar las decisiones del poder como inevitables, técnicas o moralmente obligatorias. Así se construye consenso y se neutraliza el pensamiento crítico.
Los medios públicos actúan, en la práctica, como altavoces del cartel de partidos parlamentarios, y los privados responden a intereses corporativos y financieros. En ambos casos, la función es la misma: legitimar la política del shock, disuadir la disidencia y mantener un clima de miedo y conformismo. El precariado periodístico, sometido a inestabilidad, rara vez se atreve a proponer temas incómodos o enfoques críticos, sabiendo que la etiqueta de “problemático” cierra puertas.
Parlamento, medios, economía, redes sociales y miedo forman hoy un mismo dispositivo. No actúan aisladamente, sino como armas complementarias de un poder que se ejerce sobre la percepción, la emoción y el tiempo mental de las personas. Su mayor triunfo no es la obediencia abierta, sino el cinismo y la autocensura interiorizada.
Donde el poder no llega del todo
Sin embargo, este poder no lo controla todo. Hay espacios que se le resisten porque no pueden ser capturados debido a la antropología humana (por mucho que la ataque la industria cultural). Somos la especie que siempre ha avanzado por combinar el respeto a la libertad individual y la colaboración entre personas y grupos. La cooperación cotidiana, los vínculos humanos alimentan el profundo deseo y nuestra capacidad de asociarnos como familia de familias.
La autogestión es, por tanto, la forma de organización política natural en cada uno de los ámbitos de la sociedad y la única práctica concreta que permite recuperar poder social. Se trata de reconstruir redes de apoyo mutuo en los que se abren espacios de libertad personal y poder comunitario no secuestrados por el totalitarismo postcapitalista.
Al mismo tiempo, la acción solidaria desde abajo como principio regidor de la nueva economía no es otra ideología más. Es el principio de una ruptura práctica con el sistema que convirtió la libertad de acumular capital a costa de personas y pueblos en dogma económico. Cada iniciativa comunitaria, cada red que combate el aislamiento impuesto, debilita la lógica del miedo y la fragmentación, deslegitima dogmas antinaturales y demuestra que otra sociedad es posible y necesaria.
El poder que no se vota se sostiene sobre el shock, el miedo y la división, produciendo individuos solitarios, cansados y resignados. Empieza a resquebrajarse cuando las personas recuperan la capacidad de pensar juntas, organizarse y actuar con valentía. El cambio no empezará en las urnas, aunque el voto en blanco puede ser una opción mínima de resistencia civil activa. Empezará cuando dejemos de aceptar el estado de emergencia permanente y empecemos a reconstruir, desde abajo y en común, una vida política que vuelva a merecer ese nombre.
Suscríbete al newsletter


