Nos encontramos en el siglo XXI. Un siglo en el que la ciencia y la técnica avanzan de forma acelerada en muchos de sus campos: robotización, inteligencia artificial, cibernética, biotecnología… Todos estos avances permiten llevar a cabo lo impensable e inimaginable, pero también permiten lo intolerable y lo inhumano para producir, aumentar beneficios, esclavizar o asesinar.
No olvidemos que muchos de estos avances no buscan el bien del hombre, sino, más bien, su deshumanización, y que sus aplicaciones en los ámbitos de la política, la cultura o la economía hacen juego con la pobreza, la explotación y la esclavitud de gran parte de la humanidad, también de millones de niños en todo el mundo.
Editorial de la REVISTA AUTOGESTIÓN 163
Estamos ante un mercado neocapitalista cuyos engranajes son los grandes conglomerados, los poderosos, los organismos internacionales –con sus fundaciones, agendas y protocolos–, los partidos políticos y sindicatos, el sistema bancario y sus buitres financieros… Todos ellos se acompasan sin escrúpulos con el único fin de reconfigurar el mundo acorde a la sacrosanta economía de mercado que dirigen. En esta economía neocapitalista, la infancia es arrastrada por los dientes de tal engranaje, destrozando sus vidas. Porque la vida y la sangre de estos niños y niñas, su empobrecimiento, su hambre y aun su esclavitud, son favorables a estas estructuras deshumanizadoras, pues son el lubricante que mueve su gran maquinaria. No se libran los países que han alcanzado el pretendido “paraíso capitalista”: según un reciente estudio, España es el país de la UE donde hay más pobreza infantil.
Los poderosos han convertido al mundo en un gran campo de batalla, donde hay miles de millones de víctimas, incluidos niños. De manera aún más infamante, 400 millones de niños esclavos son colocados en primera fila. Mientras, una minoría privilegiada se acomoda frente a sus pantallas tras las que plataformas, redes y medios de información trabajan planificadamente en la promoción de nuestra indiferencia, anulando y aniquilando nuestra conciencia y nuestra alma.
Todos los 16 de abril se rinde homenaje a Iqbal Masih, aquel niño pakistaní que por exigir la libertad de otros niños esclavos como él, fue asesinado a la edad de 12 años. Este día no es sólo un recordatorio de su tenacidad y valentía o de su lucha, sino una denuncia directa a un sistema global donde el mercado pone precio a la vida humana en una auténtica guerra contra la infancia.
Hoy seguimos teniendo motivos para reivindicar el 16 de abril como Día Internacional contra la Esclavitud Infantil, porque siguen existiendo más de 400 millones niños esclavos repartidos por todos los campos de la economía: en las minas, en los prostíbulos, en las guerras, en la industria, en los campos, en el mercado de órganos… y porque la protección y defensa real de la infancia sigue siendo objetivo de segundo orden; también para noso- tros, la sociedad.
Denunciemos ese crimen organizado que es el mercado capitalista y que se ha otorgado el poder de comprar o vender niños, de esclavizarlos para satisfacer los intereses de los poderosos y de esta sociedad materialista y nihilista convirtiéndolos en objetos de mercado.
No aceptemos que sean llamados niños trabajadores; no aceptemos las menguadas cifras que nos ofrecen; no aceptemos nuevos plazos para la erradicación de este drama de la Esclavitud Infantil, …
Luchemos por estos niños y niñas pero no sólo reivindicando el 16 de abril como día internacional contra la esclavitud infantil sino exigiendo, todos los días, que no haya ni un solo niño esclavo de la misma manera que lo haríamos si fueran nuestros hijos, porque seguimos teniendo motivos suficientes para hacerlo.
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