Estructuras de pecado vs. Estructuras de gracia
Editorial
Una de las insistencias del magisterio de los papas en las últimas décadas ha sido la escasa conciencia de pecado que se tiene en nuestras sociedades, influenciadas por el secularismo. Existe una dictadura del relativismo que hace creer a las personas que cosas que antes sabíamos que eran malas, ahora son buenas; por otra parte, cosas que sabíamos que eran buenas, ahora parece que ya no son tan buenas. La causa de tal situación es una concepción errónea del pecado que lo reduce a un hecho sociológico y subjetivo, a defectos personales que crean injusticias, ofreciendo como respuesta y solución una lucha descarnada e interior por una pureza personal, donde Dios no existe.
Hoy resulta necesario retomar la enseñanza de la Iglesia sobre el pecado y su gravedad para la vida personal y social. En este sentido, la fe católica afirma que el pecado es una falta contra la razón, la verdad y la conciencia recta, causado por un apego perverso a ciertos bienes, manifestándose en la primacía del egoísmo, porque se niega a Dios; la explotación del hombre por el hombre, porque se niega la dignidad sagrada de las personas; y la inmoralidad, porque se pervierte la moral en cuanto recto comportamiento. Cuando no existe arrepentimiento, conversión y perdón divino, la consecuencia directa es la muerte eterna.
El pecado siempre es un acto personal, porque para pecar se requiere conciencia y libertad. Sin embargo, el pecado adquiere dimensión institucional y social mediante las estructuras de pecado que son la expresión y el efecto de la complicidad en la suma de pecados personales. Dichas estructuras se manifiestan en el conjunto de instituciones y realizaciones prácticas de los hombres en el plano nacional e internacional, orientando y organizando la vida económica, social y política en la generación de injusticias, multiplicando el mal en el mundo e induciendo a nuevos pecados. Con ello, el pecado convierte a los hombres en cómplices unos de otros, haciendo reinar entre ellos la concupiscencia, la violencia, la injusticia y, en definitiva, una cultura de muerte.
En contra de la concepción errónea, individualista y autorreferencial, la Iglesia ofrece la verdad de una concepción teológica del pecado, la cual integra las dimensiones personal, racional y social en cuanto negación de comunión con Dios y los demás. Se trata de una noción más profunda y veraz, porque tiene a Dios como principio y fundamento de la realidad, esta concepción explica la realidad del pecado en el contexto del drama histórico representado por la ruptura ontológica con el Creador (pecado original) y del acontecimiento también histórico de la encarnación del Verbo (Dios verdadero y hombre verdadero) y su sacrificio redentor como victoria sobre el pecado. Al mismo tiempo, plantea la Iglesia como estructura de gracia primordial, es decir, como el espacio para la conversión por la predicación de la Palabra de Dios, el perdón y la santificación por los sacramentos, todo ello encaminado a derribar el tiempo cronológico, en cuanto desarrollo circular de los pecados, en un tiempo kairológico, es decir, tiempo de gracia, encaminado a destruir el pecado en el hombre por la actualización constante de la única salvación de Cristo en el mundo.
De igual manera, la Iglesia promueve una comprensión del catolicismo de la fe que no se limita a una cuestión meramente cuantitativa y geográfica (universal), sino que es fundamentalmente cualitativa, en cuanto solidaridad universal entre la humanidad en pos de una vida asociada (dimensión institucional de la fe) que denuncie y luche contra las causas que generan las estructuras de pecado, mediante la creación y promoción de estructuras de gracia que impregnen la sociedad nacional e internacional con el Evangelio para que todo cante la gloria de Dios.

A esta temática está dirigido este número de la revista, evidenciando la complicidad en las estructuras de pecado y la respuesta de la solidaridad en estructura de gracia que evidencien la dimensión institucional de la fe.
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