PRESENTACIÓN
Sobre la Inteligencia Artificial (IA) se está escribiendo mucho. El debate está encima de la mesa y eso es bueno y necesario. El inicio de una transformación de esta envergadura requiere mucha reflexión y diálogo. Pero es necesario que puedan participar de él no sólo los técnicos o los especialistas. Estamos ante hondos desafíos filosóficos, culturales y políticos. También religiosos. Lo hemos dicho en muchísimas ocasiones y lo repetimos una vez más. Este libro quiere que todos, los que saben mucho y los que sabemos menos, podamos situarnos ante estos desafíos de manera que podamos afrontarlos sin miedo, con valentía, y con criterios que nos sirvan para orientarnos y para poder discernir éticamente. Cabe cuestionar los criterios expuestos, faltaría más, pero lo honesto sería que se hiciera poniendo a su vez sobre la mesa sobre qué principios o en qué coordenadas filosóficas se replica.
Estamos, pues, ante un libro que los autores no consideran tecnológico sino filosófico, de filosofía política. Por eso era muy importante para ellos dos cosas principalmente. Una, describir con claridad el contexto sociopolítico y socioeconómico en el que está teniendo lugar el desarrollo de la IA. Dos, señalar los desafíos éticos que, en el albor de esta revolución tecnológica digital, ya se pueden vislumbrar. Para ello, no queda más remedio que poner encima de la mesa al menos cuatro componentes que son inherentes a toda filosofía: la concepción del hombre y de la sociedad en la que nos movemos (antropología), la concepción de la naturaleza que tenemos, la concepción o visión de la historia sobre la que trabajamos, y el papel que juega (o no juega) ese transcendente absoluto que llamamos Dios.
Nos vamos acostumbrando a afrontar todos los dilemas en un terreno y en un marco de juego que damos por hecho que no puede ser de otra manera. No nos cabe duda de que nos están sumergiendo en un paradigma tecnocrático lleno de mitología. La perspectiva que adoptamos tiene la honestidad de plantear qué visión tenemos de ese terreno de juego en el que se está desarrollando la IA y la de plantear también el marco que debería servirnos para tener sobre ella un juicio crítico. Insistimos en que caben otras cosmovisiones, y reiteramos que no es honesto que no se pongan encima de la mesa cuando se emiten sentencias casi dogmáticas sobre este tema. Ilustramos lo que decimos con un dilema fácilmente entendible. Con frecuencia se dice que “la tecnología no es ni buena ni mala, que depende del uso que hagamos de ella”. Y, en consecuencia, el juicio recae básicamente sobre el uso y el sujeto individual que realiza dicho uso.
En esta afirmación que tanto hemos escuchado, aparentemente bien planteada, obviamos demasiadas cosas: El contenido que damos a la palabra “tecnología”; la interrelación entre el desarrollo científico y la tecnología en el marco de unas relaciones concretas que poder, es decir, en el marco de un modelo económico y político dominante pero no exclusivo en la historia; los criterios y las condiciones en las que se puede o no se puede hacer uso de determinadas tecnologías, etc. Ni la tecnología, ni nada, pueden ser neutrales. Responden, lo queramos o no, a presupuestos de todo tipo que son necesariamente contingentes, que están obligatoriamente pegados a su tiempo, a una historia determinada, a unos intereses que pueden o no tener en cuenta el bien común.
Los desafíos planteados por una tecnología que se arroga nada más y nada menos que la “capacidad” de imitar e incluso sustituir a la “inteligencia” humana no pueden ser ajenos a cada uno de nosotros. Nuestra reducción a simples usuarios, clientes, consumidores… de ellas, en las condiciones que no cabe más remedio que aceptar si nos queremos mantener simplemente como eso (usuarios, clientes o consumidores), ya nos deberían haber hecho saltar todas las alarmas. Pero lo que hacemos es entrar en los capotes que los mismos dueños de las tecnologías nos plantean a través de los medios de información y comunicación que están en sus mismas manos.
Estos dilemas, en el relato que nos han preparado, tienden a posicionarnos en la burbuja de las etiquetas que sus “sociólogos” ya nos tienen prestablecidas: que si eso es lo propio de la generación Boomer, generación Z, o generación Y…; que si tradicionalistas tecnófobos, ultraconservadores o progresistas tecnófilos…; que si postmodernos, posthumanistas o transhumanistas. También hay que conocer estas dinámicas, claro que sí.
Por eso es tan importante esta reflexión. No tanto por las posibles respuestas que podamos encontrar, sino sobre todo por los interrogantes que debe suscitarnos. Cuando la policía investiga crímenes hay tres elementos que constituyen los ejes de su investigación de cara a descubrir al “asesino”: El arma (los medios, el instrumento, el cómo se cometió el crimen), la oportunidad (las circunstancias concretas y los desencadenantes) y la motivación (que hace alusión a la pregunta de por qué). Pero transversal a los tres elementos pivota una gran pregunta: ¿quién se beneficia de esto? ¿Quién sale beneficiado de esta acción? Entiéndase bien la metáfora. La primera pregunta que de forma crítica debería surgir cuando escuchamos hablar de la Inteligencia Artificial es si en su implantación los que ahora están en la cuneta de la historia, esa ingente masa que vive en nuestro planeta en la más deleznable de las miserias, están ganando en posibilidades de tener una vida digna (alimentación, salud, educación, hogar, trabajo vocacional…)
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La primera cuestión ética ineludible tiene que ver con dilucidar si los pueblos van a tener en sus manos, con la Inteligencia Artificial, un instrumento, una tecnología, que les haga crecer en justicia, en paz, en su conciencia social, solidaria, en fraternidad.
Esa no es más que una primera pregunta, el primer gran desafío. Un desafío al hilo del cual el libro nos plantea otros muchos: ¿Por qué y en qué sentido se nos habla de una tecnología “inteligente” ?, ¿qué concepción de la persona entraña esa versión reduccionista de la racionalidad inteligente?, ¿qué va a suponer la IA en el ámbito empresarial y laboral? ¿qué oportunidades y desafíos ofrece en la curación de enfermedades y en el cuidado de las personas? ¿Servirá para “educar”, centrar la acción educativa en un desarrollo más integral de la persona, o más bien para adiestrar y suministrar determinadas competencias deseables en el perfil del “ciudadano” del futuro “mundo feliz”? ¿Se pondrá al servicio de la democracia real (la autogestión del pueblo) o prepara un panorama político totalitario, con más capacidad de control y seguridad a cambio de una supuesta libertad que rehúye de las responsabilidades y el compromiso por el bien común? ¿Servirá de punto de inflexión para la construcción de la paz o, por el contrario, para desarrollar nuevas formas de enfrentamiento y guerra?
En el bloque primero, se plantea el gran debate en torno al concepto de “inteligencia” incidiendo en las diferencias tan importantes que hay entre lo que estamos denominando Inteligencia artificial y lo que debemos entender por inteligencia humana. No es un debate baladí. Está en juego una cuestión demasiado importante: ¿qué es eso a lo que podemos llamar “lo específicamente humano”?
En el bloque II, se entra de lleno en lo que hemos llamado “el terreno de juego” en el que se ha venido desarrollando esta tecnología. Aparece definido más claramente en el epígrafe que hemos titulado “marco institucional”. Destacamos aquí las dinámicas geopolíticas que están teniendo lugar con relación a la propia IA. El hecho de que haya una tremenda disputa en la élite (el paradigmático enfrentamiento EEUU- China) nos da una pista muy importante para abordar el juicio. Lo que está en juego no es sólo el control de las materias y los conocimientos que hagan posible el desarrollo más eficaz y eficiente de la IA, sino también los territorios que se plantean tener bajo su área de influencia. La creciente potencia e influencia de China nos da mucho qué pensar. Y, al hilo de esta lucha de titanes, nos planteamos la relación entre IA, democracia, totalitarismo y guerras.
En el bloque III ofrecemos íntegramente el documento “Antiqua y Nova”, del dicasterio de la Iglesia Católica para la Cultura y la Educación. No hemos encontrado un documento que con mayor sencillez, orden y claridad se plantee los desafíos de la IA (oportunidades y riesgos) y los criterios de juicio crítico ético para poder hacer un discernimiento sobre su desarrollo e implantación.
El tema, aún con todo lo escrito ya sobre él, no ha hecho más que iniciarse. Nos quedará mucho que dialogar y pensar. Y nuestra intención es hacerlo con vosotros, los lectores de este libro, y con todos los especialistas que se presten a ello. Nos harán falta personas que nos sepan explicar esta tecnología, que nos sepan desentrañar sus “tripas”, sus algoritmos, sus posibilidades… pero, sobre todo, nos hará falta “sabiduría” para ser capaces de captar en qué dirección debemos ir y a qué dirección debemos oponer resistencia y objeción de conciencia. Esperamos vuestra contribución, por supuesto.
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