
Sorprende la reaparición de un neo-malthusianismo que está justificando, en los albores del siglo XXI, una serie concatenada de políticas que suponen la implantación de medidas legales injustas que no sólo debilitan a la persona, sino que son socialmente destructivas en el ámbito familiar y educativo.
Por Grupo Autogestión
Artículo de la revista solidaria Autogestión 157
La tesis principal de Malthus no se corresponde con las evidencias científicas
Malthus en su “Ensayo sobre el Principio de la Población” sostiene la tesis que la población crece a un ritmo mayor de lo que permite el sustento. En la misma argumenta que si el crecimiento no sigue esta progresión es por la miseria generalizada, o por la guerra, el hambre o las enfermedades, o bien por la acción humana directa como el aborto, el infanticidio o la prostitución. Si hipotéticamente a todas las personas se les proporcionase sustento adecuado y los obstáculos mencionados fuesen retirados, se incrementarían considerablemente los matrimonios y los nacimientos, llegando un momento en que la población existente superaría las posibilidades de abastecerlas de los recursos necesarios para todos, creándose así un peligroso excedente poblacional. Bajo circunstancias favorables, dos fenómenos se dan en paralelo: la progresión geométrica de la población y la progresión aritmética de los medios de subsistencia, lo que deriva en la insuficiencia de alimentos.
Por esta razón, Malthus propone una serie de medidas a implementar por los poderes públicos con el objeto de frenar el crecimiento indebido de la población. Entre ellas se encuentran acabar con el fomento de la natalidad o dejar de proveer sustento a los pobres, exigiendo que se abstengan de tener hijos mientras su posición económica no sea suficientemente holgada para ello.
Hasta aquí la tesis de Malthus. Pero ni el aumento en proporción geométrica de la población ha sido nunca constante en un período de tiempo relevante, ni es verdad que sólo puedan crecer aritméticamente los alimentos.
Sin embargo, no se propone una mejor distribución de la gran riqueza generada, ni la educación integral de la juventud mundial de forma que puedan emprender el desarrollo de sus países. Tampoco se plantea tratar de comprender las realidades demográficas desde unos valores plenamente humanos como son: la dignidad de la persona humana, su trascendencia, la importancia de la familia en cuanto célula fundamental de la sociedad, la solidaridad entre pueblos y naciones, la vocación de la humanidad a su pleno desarrollo moral…
Existe un paralelismo entre el crecimiento demográfico y el desarrollo socio-económico.
Frente a los presagios catastrofistas de Malthus, la realidad muestra que el crecimiento demográfico camina casi siempre en paralelo al desarrollo socio-económico.
Entre los factores que convergen en la fijación del nivel de riqueza tiene gran importancia el aumento de la población. Resulta insostenible afirmar la falacia de la correlación existente entre el alto índice de nacimientos y su traducción en un aumento de la pobreza.
Constatamos, de entrada, que existen países enriquecidos con una densidad de población muy elevada –por ejemplo Holanda, Japón o Corea del Sur- y naciones empobrecidas con una densidad poblacional mucho más reducida –por ejemplo Colombia, Etiopía o Mongolia-.
Los promotores del control mundial de la población, para justificar el control demográfico, lo presentan como condición indispensable y previa al desarrollo duradero de los países pobres. Pero lo demostrado es que falsean la realidad difundiendo, bajo apariencia de justificación científica, dos mentiras que han alcanzado el rango de axiomas: el crecimiento poblacional es imparable y los alimentos no alcanzan a todos. Pues bien, ni lo uno ni lo otro se ha mostrado cierto, ambos son falsos.
El incremento de población mundial se ha ralentizado a partir de los años 80 del siglo XX, y los índices sintéticos de fecundidad de más de un tercio de países se sitúan por debajo del nivel necesario para asegurar reemplazo generacional. De hecho la importancia del descenso de la natalidad inclina a algunos a hablar de una `segunda revolución demográfica´ (…), de un `invierno demográfico´ cada vez más riguroso (…), con más ancianos que niños, e incluso se augura una implosión demográfica planetaria con la entrada de un bucle implosivo, irreversible y no autorregulable, que puede conducir a la autoeliminación de la humanidad en cuatro o cinco siglos. Derribamos por tanto la primera impostura.
Por otro lado, constatamos históricamente que las etapas de crecimiento poblacional intenso han estado acompañadas de un crecimiento mayor de los alimentos, y que la propia historia de las sociedades y de las civilizaciones nos muestra que los recursos de la humanidad no se han estancado ni han disminuido, sino que han aumentado y se han diversificado. Ferrer Regales sostiene que se podría llegar fácilmente a una producción de alimentos hasta cincuenta veces mayor que la actual, y, citando rigurosos estudios de C. Clark, escribe que “se podría alimentar a casi 40.000 millones de personas con el tipo de dieta de EE.UU. y a 150.000 millones con el tipo japonés”. La Tierra posee áreas cultivables, aún no explotadas. “Se estima en alrededor de un 15% la superficie cultivable que se halla realmente cultivada, lo que permitiría alimentar una población mundial multiplicada por diez (…) sin deterioros ecológicos”. Y es más, hoy tenemos crisis de “super-producción”: el problema no es la producción de alimentos sino la contención, el control y hasta la reducción de productividad, por lo que la UE y los EEUU otorgan subvenciones a bajas cuotas de producción y se penaliza la superproducción. Cae así la segunda mitificación.
En conclusión:
La elevada densidad demográfica no explica el hambre, ni la pobreza. El problema del hambre y del subdesarrollo de ¾ partes del planeta nace de la falta de solidaridad internacional y del afán de dominio de los países poderosos, que se niegan a implementar políticas adecuadas para la distribución justa de la riqueza generada. Obedece en definitiva a causas políticas y a inicuos intereses económicos ajenos al bien común, sostenidos por una pequeña oligarquía financiera que ostenta el control y poder mundial, y que ha instaurado un original modo nuevo de feudalismo mundializado.