Ser pobre en la Venezuela del siglo XXI

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Adriano y su hermanita empezaron a adelgazar y a faltar a clases. Sospeché de inmediato que habían vuelto a la calle a trabajar con su mamá. Desde muy pequeños son niños esclavos pero no lo sabían. Sin embargo ahora sí lo saben pero no les queda de otra. Me dicen: profesora,  sino trabajamos, no comemos. Mi papá está enfermo y ya no puede ir al mercado a vender aliños. Mi mamá no puede sola porque no alcanza el dinero. Me dio curiosidad saber cuántos hermanos tenía y se lo pregunté. Su respuesta me dejó asombrada. Mi mamá tuvo 13 hijos aunque perdió 6. Es decir, tuvo 19 embarazos. Nosotros dos somos los últimos.

Ellos ven como normal ir a trabajar y por eso han repetido de grado varias veces. Van deficiente en la escuela por sus reiteradas faltas. Todos sus hermanos han repetido la historia y ellos no se consideran la excepción.

Estaban tristes por la muerte reciente de uno de sus hermanos. Una mujer que vive en la calle le dio una puñalada porque se confundió, al parecer ella tenía desequilibrios mentales. En el hospital donde llegó ese día del acontecimiento lo discriminaron tratándolo mal por ser pobre, lo medio curaron y le dieron de alta porque tenía aspecto de indigente y según ellos estaba bien. En su casa uno de sus hermanos lo saludó dándole una palmada cerca de la herida y éste comenzó a sangrar por la boca, la nariz y los oídos. Finalmente  falleció en su casa a los pocos minutos, la sangre lo ahogó. Su familia cayó en el abismo. Perdió a uno de sus miembros, a uno que los ayudaba a sobrevivir. Fue toda su vida un esclavo y tuvo un final triste.

La madre cayó en depresión y los niños también. No les importaba nada. Vivieron el duelo con mucho sufrimiento. La situación de hambre y miseria se fue agudizando y no veían salida. En la Parroquia funciona un comedor al que ellos ingresaron de inmediato. Duraron pocas semanas y volvieron a la calle a trabajar porque su papá estaba muy enfermo con la tensión y otros males.

El año pasado su padre muere por falta de un medicamento para la tensión. La noticia me cayó terrible. Días anteriores había pasado frente a la casa de ellos y me detuve brevemente a preguntarle al señor cómo se sentía porque estaba sentado frente a su casa. Me reconoció inmediatamente y me sonrió. Me dijo que no perdía las esperanzas de sanarse.  Estaba muy pálido y delgado. Era un señor gordo como solemos decir, pero entre la depresión por el asesinato de su hijo, su enfermedad y la hambruna que estaban pasando se encontraba famélicamente. Le decía a su familia que no quería morirse, que sentía miedo, que buscaran las medicinas. La señora desesperada se acercó a mí en busca de ayuda. No sabía qué hacer porque tampoco tenía dinero, entonces procedí a llamar de inmediato a una amiga que es médico, para ver si ayudaba a la señora con las medicinas para su esposo. Me daba mucha pena con la señora porque ellos mantenían un hilo de esperanza.

Una mañana estaba en mi casa preparándome para ir a un compromiso de mi grupo apostólico cuando la niña llamó a mi casa y me dijo: Profe, vine a avisarle que mi papá se murió a las 10:00 am y todavía está en la casa porque no tenemos dinero para llevarlo en un carro al seguro. Inmediatamente vi la hora: 1:30 pm. Sentí culpa y dolor porque no pude ayudarlo con las medicinas para la tensión, me sentí impotente ante la situación. Fue la primera víctima cercana de ese año que moría por falta de una medicina, aunque en nuestro país esto ocurre  a diario. Esa familia pobre sufrió muchísimo. Primero no tenían cómo trasladar al señor al hospital, luego no tenían dinero para comprar el ataúd ni cubrir el resto de los gastos funerarios.  Este sufrimiento sólo lo viven los pobres. Para nosotros, hasta la muerte es un problema.

Los niños sufrieron mucho la pérdida de su padre y su luto se prolongó. Su hermano sólo tenía un año de muerto. Ellos no pueden entender cómo es que en su colegio le dicen que viven en uno de los países más ricos del mundo y tengan que pasar por este calvario.

Este año Adriano ha decido dejar el liceo. Se fue a las minas del Callao. Mantiene a su mamá y a su hermanita que sí sigue con sus estudios a pesar de las dificultades. Además, ayuda con la manutención de unas sobrinas. Siente miedo, porque a diario asesinan a los mineros, se enferman de paludismo, dengue  o se mueren en los derrumbes. En estos meses de lluvia muchos quedan tapiados.

La corrupción de este país ha provocado muchas muertes y ha aumentado la esclavitud infantil. Familias enteras se van a buscarse la vida diariamente en las minas  arriesgando su vida.

Hay que luchar con un monstruo, todavía no somos conscientes que tiene patas de barro pintadas como si fueran de hierro, sólo nos falta tomar conciencia, conocer nuestra historia, la historia de los pobres,  descubrir el poder de la asociación y de la lucha pacífica para vencerlo. Si Cristo venció, nosotros también venceremos.

por Elimar Portuguez