«LA HERENCIA DEL MENSAJE EVANGÉLICO DE MONSEÑOR LEONIDAS PROAÑO.

3241

La No – violencia no sólo como táctica ante la desigualdad de condiciones del pueblo frente al poder, sino por una convicción profunda de no hacer daño a ningún ser humano, de preferir ´ser matado antes que matar´ como afirmaba otro no – violento Dom Helder Camara, de tener la verdad como la fuerza transformadora, de mantener una firmeza permanente, de creer en la fuerza del amor y en la justicia de la causa. «LA HERENCIA DEL MENSAJE EVANGÉLICO DE MONSEÑOR LEONIDAS PROAÑO Y SUS REFLEJOS EN LA SITUACIÓN ACTUAL»

«Jesucristo fue entrando en mi corazón y en mi vida desde que fui niño. Él ha sido para mí la manifestación contundente del amor del Padre. Sé por experiencia que me ama. También yo siento por Él un amor apasionado.» (Creo en el Hombre y en la Comunidad).

Esta es la maravillosa experiencia que vivió Mons. Proaño a lo largo de su vida. Jesucristo para él no fue una teoría, un conocimiento abstracto… Jesucristo fue para él una persona, Alguien con quien llegó a establecer una relación de tú a Tú… Jesucristo fue su confidente, a la vez que fue su fortaleza… Estas confidencias las realizaba en el silencio profundo cuando se exponía ante el Señor en la Capilla de Santa Cruz, con una respiración acompasada, con los dedos de las manos entrecruzados y entreabiertos como dispuesto a acoger el mensaje y la voluntad de Aquel a quien amaba con «un amor apasionado»…

Estas confidencias se daban también en medio de los más grandes conflictos y problemas, cuando era atacado injustamente, cuando defendía los derechos de los más pobres de su Diócesis, cuando escuchaba el dolor y la necesidad de madres desesperadas, de ancianos abandonados, de indígenas que cobraban conciencia de su ser y de sus derechos… Las más grandes confidencias se dieron en el proceso de su muerte: no opuso resistencia a la llamada última y definitiva que le hacía el Padre de retornar a «Su casa», fue despidiéndose poco a poco de sus escasas pertenencias, «para este último viaje no necesito ni maleta, ni dinero…» y todo lo fue repartiendo conforme a la generosidad de su corazón.

En el momento crucial se escuchaba el eco de su poema Ansias: «¿Qué me vaya, Señor, o que me quede…? Jesús, ¿qué quieres que haga?» Y se fue disponiendo para el feliz encuentro. La madrugada de un Miércoles vino su Confidente para llevarlo junto a su corazón, la misma respiración acompasada, los dedos de sus manos entrecruzados descansaban esta vez sobre su pecho, sus pupilas brillantes contemplando ya solo el Infinito, tenía el perfil de un Cristo de marfil, sus carnes consumidas, su piel pegada al hueso, su cuerpo limpio… Y un adiós en silencio… Y después se levantaba el día con un sol radiante anunciando la Vida.

Lo fundamental de su herencia viene dada por una múltiple fidelidad

Fidelidad a una búsqueda incesante. Lo más bonito de Mons. Proaño es su ser humano. Como ser humano vive una búsqueda incesante. No se conforma con nada, no se estanca en lo conocido, se lanza a lo desconocido, mantiene un espíritu abierto a todo lo que ocurre en el mundo, en la Iglesia, es fiel a esa aventura de la fe que nos desinstala y no nos permite sentirnos nunca llegados a la meta. Este espíritu de búsqueda lo hace humilde, lo pone en situación de discípulo y no de maestro, en alguna ocasión dirá «soy aprendiz de cristiano». La aventura de la búsqueda lo lleva a mirar con ojos siempre nuevos la Palabra de Dios, a descubrir la novedad de las enseñanzas de esa Palabra Viva, para llevarlas a la práctica. La fidelidad a la búsqueda es fidelidad a la realidad siempre cambiante, siempre interpelante. Y, es fidelidad al Dios inmutable que se va revelando a las personas a lo largo de su vida de acuerdo a la madurez de su fe y de su inteligencia.

Fidelidad a su vocación cristiana y sacerdotal

«El problema de elección de un camino para mi vida me acució al final de mis estudios secundarios. Pasé por una auténtica crisis… Volví a pensar en la pintura… Cualquier trabajo manual me habría agradado más que llegar a ser sacerdote. Sin embargo, una terrible angustia interior me acompañaba. No sabía qué hacer… La crisis se resolvió a los pocos días de mi permanencia en el Seminario. Puedo afirmar, sin vacilaciones, que en esos días descubrí al Señor de una manera clara, interior, experiencial, particularmente en la lectura de la Biblia y en el Sagrario… Vi que debía ser sacerdote. Se me hizo una convicción profunda. Desde entonces, jamás he dudado. Me aguardaban épocas muy duras de incomprensión, de lucha, de soledad. Pero he visto que todo eso formaba parte de la vida sacerdotal, de la misión a la que había sido llamado. Y, en lugar de desalentarme, esas épocas duras me han fortalecido y hasta han llegado a ser motivo de alegría.»

Con sus propias palabras hemos escuchado primero esa búsqueda angustiosa por conocer su misión y su puesto en la vida, y luego, esa fidelidad al camino elegido una vez que tuvo la certeza de que esa era su misión. Al final de sus días dirá: estoy convencido de que Dios me ha escogido para cumplir esta misión de contribuir a la liberación del pueblo indígena desde mi puesto de sacerdote y obispo de la Iglesia Católica. Se mantuvo fiel en medio «de la incomprensión, de las luchas y de la soledad». Esto nos muestra una fidelidad a toda prueba que le llevó a confiar en solo Dios como fuerza, como luz, como apoyo. «Pienso: tengo que amar al Señor apasionadamente, con locura. Y Él está allí, a pocos pasos: por consiguiente, no estoy solo… Él me llama, me atrae, me infunde una especie de coraje y una disposición de búsqueda de mayor entrega». Creo que de esta manera pudo potenciar su celibato sin buscar consuelos, ni apoyos humanos, como Aquel «que no tuvo en dónde reclinar su cabeza.»

Fidelidad a un método que lo hizo propio y lo enriqueció con su práctica.

«El método de la JOC: ver, juzgar y actuar; se hizo carne, hueso y sangre en mi vida, ya no podía hacer de otra manera.» Así decía Monseñor Proaño. Sin embargo, abierto a todo aporte que pudiera ayudar al trabajo pastoral de su Diócesis, conjugó este método con el de Paulo Freire, nuestro pedagogo latinoamericano: acción – reflexión – acción; método que logra desatar procesos ascendentes de liberación. Y, fiel a su fe cristiana, había optado por «escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica». Esto dio lugar a un método muy original de la Iglesia de Riobamba que obligaba a quienes trabajábamos con Monseñor a ir a cualquier reunión desarmados, esto es, dispuestos a ver la realidad, en lo posible con los ojos de la gente que la vive y la sufre, colaborando en ampliar esta visión con una información teórica que ayude a entender las causas y las consecuencias de esa realidad. Luego, se pasaba a comparar esa realidad con lo que Dios esperaba de las personas humanas, esto era el juzgar, o el momento de reflexión más profunda. Y, luego venía la «puesta en práctica» de lo que la Palabra nos había dicho, esto era el actuar, la acción de Paulo Freire que desencadenaba un nuevo ver, un nuevo juzgar y un nuevo actuar. Aún seguimos con este método porque nos parece que continúa sirviendo a una conscientización de las personas y a un actuar más coherente y con motivaciones profundas que no nos lleven a mirar atrás.

Fidelidad a la lectura de la Palabra de Dios:

en la naturaleza, siempre encontraba en la naturaleza lecciones de Dios, motivos para darle gracias, era el lugar de encuentro preferido con su Confidente. Eso explica el silencio acogedor que guardaba durante los viajes sea cortos o largos… Viajaba sumido en honda contemplación en la vida de su pueblo, hizo realidad en su vida la Palabra que dice: «el Verbo se hizo carne», o esa otra: «todo lo que hagas con ese hermano mío más pequeño, conmigo lo haces». Así acogía con inmenso amor a los pobres y necesitados y optó de una manera especial por servir a los indígenas «los más pobres entre los pobres», según definición de los Obispos reunidos en Puebla, México (1979). Todos los acontecimientos dolorosos, de lucha, de muerte, o los de triunfo, de alegría, de conquistas logradas por el pueblo tenían cabida en su corazón y eran motivo de celebración, de Acción de Gracias, de Eucaristía. Así, cuando se anunció desde la Santa Sede el envío de un Visitador Apostólico, Monseñor comunicó a sus feligreses de esta manera en su programa radial de los viernes: «… Todos saben que, en la provincia del Chimborazo, está naciendo una Iglesia comprometida con la liberación del indio y del pueblo oprimido. Pues bien, este atrevimiento ha traído dificultades.

Esto es normal… ¿Cuál debe ser nuestra actitud? Ante todo, de una gran serenidad. Todo apasionamiento debe ser desterrado de nuestro espíritu, porque no trabajamos por conquistar intereses mezquinos, sino que trabajamos por el Evangelio. Conscientes de la nobleza de nuestra misión, debemos mantenernos serenos y equilibrados. Otra característica de nuestra actitud debe ser la de mostrarnos verdaderos… Se trata de buscar la verdad, para que brille, por encima de todo y de todos. Debemos decir la verdad. Debemos hacer la verdad… Nada de dobleces ni engaños, porque si aspiramos a ser libres debemos ser esclavos de la verdad.» O en el caso de Toctezinín, cuando se sacrificó a Lázaro Condo, solidario con la lucha por la tierra que llevaban adelante los indígenas de esa comunidad, y se tomó preso al P. Bravo, Vicario de Mons. Proaño y a treinta indígenas más. Mons. Proaño recuerda: «el acontecimiento nos brindó la ocasión de una intensa y profunda vida comunitaria.

Solidarios con quienes tenían la justicia de su parte, sacerdotes, comunidades cristianas, con su Obispo nos mantuvimos en reunión permanente… Para recibir informaciones. Para reflexionar a la luz del Evangelio. Para tomar medidas adecuadas… Estábamos actuado como Iglesia. Por la justicia… Llegaron a brillar así la verdad y la justicia, a pesar de que una gran tormenta se levantó amenazante contra la Diócesis de Riobamba y contra su Obispo.» Y en su programa radial dirá: «Nosotros creemos en la Palabra de Dios. Creemos que la Palabra de Dios, como ella misma lo dice es viva y eficaz, es decir, realiza lo que dice.» Y a continuación recurre a algunos textos bíblicos: «Has revelado, Yavé, la fuerza de tu brazo. Tu diestra, Yavé aplasta al enemigo.» (Ex. 15, 6) … «Manifestó su fuerza vencedora, y dispersó a los hombres de soberbio corazón. Derribó a los poderosos de sus tronos y elevó a los humildes…» (Lc. 1, 50 – 51)

En todos los acontecimientos de la vida de «su» pueblo advertía la presencia de la Palabra salvadora y santificadora. Eso le llevaba a exclamar con frecuencia: «Gracias, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeñitos», esta constatación lo conmovía de alegría.

En el texto bíblico. Para poder descubrir la Palabra en la naturaleza y en la vida de su pueblo dedicaba largas horas a la lectura de la Palabra en el texto bíblico, como alimento para su espíritu a fin de poder resistir los embates de su misión. Esta lectura era una verdadera oración. Era un encuentro con el amor infinito del Padre cuya constatación en su vida misma lo llevaba a emocionarse hasta las lágrimas. Le gustaba mucho la acción de gracias de Jesús que ya mencioné anteriormente, el Evangelio según San Juan le gustaba mucho porque le descubría el corazón mismo de Jesús. De ese libro le gustaba mucho el prólogo, una poesía que envío como saludo de Navidad tuvo su inspiración en este prólogo. Le gustaba también el texto que habla de la luz, a continuación de la narración sobre el ciego de nacimiento… La oración de Jesús por la unidad… «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo, pero, si muere da mucho fruto», fue el texto que escogió para la celebración de la Unción de los Enfermos.

Cada tarde celebraba la Eucaristía con la pequeña comunidad de la Casa de Santa Cruz, allí se daba un compartir sencillo y fraterno de la Palabra y del Pan… Y los Domingos, en la celebración de la Capilla de la Catedral, no hacía homilías magistrales, sino que conducía a los asistentes mediante un diálogo que partía de la realidad vivida en la semana, al descubrimiento del mensaje de vida que se encontraba en los textos propuestos por la Iglesia…

Fidelidad a unas opciones de vida: pobreza, su origen fue pobre y humilde, y esto lo valoró siempre como un don de Dios: «Bienaventurados los pobres». Al final de su vida dirá: «Nunca quise traicionar a los pobres». Así se mostró pobre desde su aspecto exterior, eliminó todo lo que pudiera crear distancia con los pobres. Para su trabajo se sirvió de medios pobres, nada de grandezas, así pudo potenciar el esfuerzo comunitario de los indígenas, ese valor tan intrínseco de su cultura. Adquirió una gran paciencia para escuchar a los pobres, y a través de esa escucha devolverles la palabra y la capacidad de reflexionar y encontrar soluciones a sus problemas. De esta manera desató un proceso organizativo de modo que las personas se vuelvan actoras de su propio destino. Así nació el Movimiento Indígena de Chimborazo, cuyos objetivos y sueños pasaron a ser propiedad de los indígenas del Ecuador, al ser adoptados por la CONAIE, la Confederación de las Nacionalidades Indígenas del Ecuador.

Nació también el Frente de Solidaridad de Chimborazo para la defensa de los derechos humanos y la solidaridad con los pueblos que se levantaron contra regímenes opresores. Innumerables cooperativas de vivienda en las ciudades, organizaciones de mujeres, organizaciones de jóvenes, organizaciones barriales… una multiplicidad de organizaciones nacieron de este proceso. El trabajo rebasó los límites de la Iglesia, muchos se inspiraron del quehacer del Obisp y de la Iglesia de Riobamba. Era la «ciudad construida en la montaña.»

No – violencia, una parte del método constituía esta opción por la no – violencia. No sólo como táctica ante la desigualdad de condiciones del pueblo frente al poder, sino por una convicción profunda de no hacer daño a ningún ser humano, de preferir «ser matado antes que matar» como afirmaba otro no – violento Dom Helder Camara, de tener la verdad como la fuerza transformadora, de mantener una firmeza permanente, de creer en la fuerza del amor y en la justicia de la causa.

Al final de su libro «Creo en el Hombre y en la Comunidad» nos dice: «Toda mi vida ha estado llena de luchas y conflictos. Pienso de mí mismo que no soy una persona conflictiva. Más bien, soy un hombre intransigente, cuando se trata de defender valores trascendentales no ciertamente especulativos, sino encarnados en la existencia de los hombres.»

Amor a la verdad, «He sido intransigente en la defensa de la verdad, porque he querido que los hombres concretos seamos verdaderos».

Amor a la justicia, «He sido intransigente en la defensa de la justicia, porque he querido que los hombres practiquemos la justicia.»

Amor a la libertad, «Lo que más agradezco a mis padres es su permanente educación en la libertad y para la libertad.»

Amor a la paz, que tiene como cimiento la justicia y el amor, esa paz que «no es un objetivo barato», la paz que se conquista con la lucha por eliminar toda forma de opresión, de explotación, de injusticia, de discriminación. «He sido intransigente en la defensa del Amor y de la Amistad, porque he querido una gran autenticidad en las relaciones humanas.»

Fidelidad a la denuncia del sistema de pecado y al anuncio del Reino de Dios. Su vida estuvo marcada por una actitud profética que supone la denuncia y el anuncio. Por eso escribirá en uno de sus poemas: «Llegar a ser la voz de los humildes, descubrir la injusticia y la maldad, denunciar al injusto y al malvado… es solidaridad.» Y junto con la denuncia el anuncio del Reino que irrumpe como un relámpago en la vida de los hombres y de los pueblos, y, del que tantas veces había sido testigo cuando triunfó la causa de los pobres y de los indígenas. «Gracias, Padre… Por la alegría de tu Reino que ya ha comenzado… Con la urgencia de acelerar la llegada de tu Reino en plenitud, con la Iglesia que está en Riobamba y con la Iglesia Universal, clamamos a tu Hijo: ¡VEN, SEÑOR JESÚS!.

Fundación Pueblo Indio del Ecuador
fpie@ecuanex.net.ec