8 de Marzo día de la mujer: Una mirada amplia sobre la cuestión

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Editorial de la revista Autogestión nº 132

La cuestión de la mujer ha irrumpido en nuestro tiempo, siendo notable la normalidad con que hoy las mujeres accedemos a los espacios públicos, asumiendo en ellos protagonismo.

Rechazamos de entrada todas aquellas que consciente o inconscientemente acaban por enfrentar a varones y mujeres.

Las relaciones entre los sexos, las diversas formas de convivencia social, han quedado cuestionadas y desafiadas. Los estereotipos sobre la mujer se han derrumbado, existen muchas búsquedas abiertas, muchas veces no exentas de maniqueísmo. Rechazamos de entrada todas aquellas que consciente o inconscientemente acaban por enfrentar a varones y mujeres.

En un mundo globalizado, hemos de considerar la cuestión desde una mirada amplia que permita percibir las condiciones reales de existencia de la inmensa mayoría de las mujeres. Ellas están sufriendo los más altos índices de pobreza e indigencia, de marginación y exclusión. Ellas son las que están más presentes en los llamados trabajos “informales”, que en gran medida rayan con la mendicidad. Componen la mayor parte de la población activa desempleada. Trabajan en los campos de sol a sol, muchas veces en condiciones de verdadera esclavitud. Abandonadas con su prole, solas, tienen que cuidarla y mantenerla. No olvidamos la violencia directa que sufren: violencia verbal, física, psicológica y sexual, casi siempre en su propio ambiente doméstico.

Millones de jóvenes que se ven obligadas a aceptar matrimonios “convenidos”. Hay situaciones, incluso, de feminicidios seriados. En uno de los extremos más sangrantes muchas mujeres, la mayoría pobres e inmigrantes, son consideradas puras mercancías objeto de la “trata” y de consumo sexual.

Es obligado también dar visibilidad a estas mujeres víctimas sobre las que se sustenta la pretendida liberación de las mujeres de los países enriquecidos. Son las mujeres inmigrantes que, en nuestros hogares más enriquecidos, trabajan en el servicio doméstico o como cuidadoras de nuestros ancianos dependientes.

Junto a estas tradicionales formas de discriminación toman fuerza nuevas agresiones contra las mujeres que tienen consecuencias en el conjunto de la vida social. Se trata de nuevos impulsos que tratan de consolidar el neomaltusianismo imperante en las últimas décadas.

Si primero se consideró el crecimiento demográfico como causa del empobrecimiento de la mayoría de la población mundial, ahora es causa del cambio climático y de la agresión al planeta Tierra. El invierno demográfico de Europa es presentado como modelo de responsabilidad ecológica.

El invierno demográfico de Europa es presentado como modelo de responsabilidad ecológica.

Es por ello igualmente deplorable que la nueva imagen de la mujer esté siendo utilizada, por los grandes poderes neomalthusianos, como protagonista de esta corriente. Las depositarias de la cultura de la vida en todas sus dimensiones asumen ser protagonistas de campañas que atentan sobre su propia identidad en pro de la liberalización del aborto y de la ideología de género.

El problema de estas ideologías, tan curiosamente voceadas y financiadas por los grandes poderes del capital, no solo tiene consecuencias sobre la evidente caída de la natalidad, sino también, y quizás principalmente, sobre el implantado desconocimiento del significado y del valor específicos de la maternidad. La progresiva desaparición de lo maternal lleva consigo la desaparición de la actitud concreta hacia la realidad humana que la mujer desarrollaba: una actitud de acogida, de compasión, de atención a la necesidad, de protección y cuidado. Su desaparición provoca la dramática disminución del valor de la vida y de la persona que hoy padecemos en extremo.

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La verdadera igualdad y liberación de la mujer no es la que rechaza su identidad sino la que exige llevar la impronta de su identidad, materna, a todos los planos del vivir: a la política, a todos los sectores de la vida económica y social, a la estructura del pensamiento y a la cultura. No se trata de que se integre lo femenino en lo que hay, sino de poder transformar el propio diseño de las estructuras, instituciones, programas y leyes tomando en consideración esta especificidad de lo femenino. El efecto de esta aportación sería una humanización tan necesaria como inexistente en esta era de la historia que toca a su fin.

Es imprescindible, por lo tanto, que las mujeres accedamos a la vida pública desde nuestra especificidad femenina, sin pretender adaptarnos, sino aportando la innovación que nuestra presencia exige

Es imprescindible, por lo tanto, que las mujeres accedamos a la vida pública desde nuestra especificidad femenina, sin pretender adaptarnos, sino aportando la innovación que nuestra presencia exige: que haya espacio, también en la vida pública, para la gratuidad, el perdón y la compasión. Necesitamos que sea respetada la sexualidad femenina en su integridad erótico-materna. Es necesario que lo maternal (y no solo la natalidad) recobre el papel fundamental que le corresponde en la sociedad. Separados el ámbito doméstico y el público, no hay familia, no hay niños, no hay cuidado –la eutanasia nos liberará de él-, no hay hogar, ni gratuidad que acoja la fragilidad humana. Pero es que el ámbito público se ha vuelto loco y ya no solo no sirve a la vida, sino que la ataca.

Esta tarea civilizadora ni se puede hacer deslavazada del común social, ni se puede hacer reclamando derechos corporativos. Exige la valentía de ir contracorriente, con vida asociada y solidaria con todos los descartados en primer lugar. Los pobres asociados lo tuvieron muy claro: “la familia- no la familia burguesa de capricho sino la familia solidaria- es la piedra angular de todo el edificio social”, la piedra angular de la ansiada fraternidad.