Jornada: Una Fe que se hace Cultura

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El título del homenaje de este año 2026- “Una fe que se hace cultura”- nos habla de una de las muchas perspectivas que hemos venido reflexionando en los múltiples homenajes ya celebrados. La expresión antedicha se la escuchamos los militantes a D. Tomás Malagón, sacerdote, consiliario de la HOAC, y teólogo que trabajó mano con mano con Rovirosa. A él le debemos la sistematización de la mayoría de los instrumentos formativos que puso en marcha la intuición y la reflexión concienzuda de Rovirosa. Es probable que la mejor explicación de la misma la hiciera San Juan Pablo II:

“Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida”

Si queremos superar los dualismos que hoy estamos en condiciones de superar, nuestra fe vivida en Cristo, su Iglesia y los pobres, no es algo que pertenezca exclusivamente al ámbito privado o, como mucho, al ámbito de mi grupo, mi familia o mi comunidad. D. Tomás Malagón, con mucha perspicacia, decía y argumentaba de forma impecable que los cristianos no “creemos” sino que “con-creemos”, porque nuestra naturaleza y porque nuestra historia es relacional, comunitaria. Creemos como “pueblo de Dios”. Nuestra fe, que es por tanto la fe de la Iglesia y no una interpretación subjetiva que se dirime en mi sola conciencia, afecta a todas las dimensiones de la vida. El don de la fe produce un movimiento, una transformación, un cambio, que afecta a mi vida entera integralmente, a la que solemos llamar Conversión. De otra manera no será una fe plenamente acogida.

El don de la fe produce un movimiento, una transformación, un cambio, que afecta a mi vida entera integralmente, a la que solemos llamar Conversión.

La doble vida es algo muy característico del creyente sociológico actual y hasta del proceso de conversión del que se toma seriamente en su vida ese regalo de la fe. En esa doble vida, la fe suele tener muy poco (y superficial) que decir a mi vida profesional, a la estructura económica y laboral de la que formo parte voluntaria o involuntariamente, o a la dimensión institucional política que tengo como ciudadano de una “polis”. Pero en esa doble vida, lo paradójico y lo incongruente es que tampoco queremos que la fe, que es don acogido libremente y que es la fe de la Iglesia, diga nada a las decisiones que llamamos íntimas, subjetivas, o más “nuestras”; aquellas que afectan a la sexualidad, a las relaciones con los amigos, con mi mujer o mi marido, o con mis hijos, … Como si la fe fuera nada más que un valor más que utilizo según me convenga dependiendo del contexto en el que me encuentre.

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Y decimos “paradójico” porque si algo ha invadido y trata de colonizar con todas sus herramientas tecnológicas la cultura predominante es nuestra intimidad; si en algo trata de influir este aliento de la cultura que nos envuelve es en nuestros deseos más profundos, en nuestros hábitos y en nuestra conciencia. Y esta influencia cultural predominante, que penetra en nuestra subjetividad, no se conforma con penetrar la intimidad, sino que está acompaña de una propuesta muy concreta de formas de vida, de organización de nuestro tiempo, de ordenación de nuestra agenda diaria y de nuestro calendario. Porque el poder que controla esta cultura sabe, con un saber que tiene a su disposición a muchísimos y muy bien pagados centros de investigación, que es ahí dónde se juega su capacidad de ejercer el dominio sobre la población y sobre todos y cada uno de nosotros. Porque sabe que es así como nos “fideliza” para su causa, aunque la revista de una pluralidad mentirosamente variada de propuestas. Resulta tremendamente paradójico, que viene a ser un sinónimo de contradictorio, que se denoste la autoridad de la Iglesia para mostrarnos su “enseñanza”- que como poco tiene tanta respetabilidad como cualquier otra mucho menos contrastada-, y se acepte a pie juntillas cualquier consigna del aparato mediático cultural acríticamente, sin cuestionar la supuesta autoridad que la sostiene. La Iglesia, que es la actualidad viva de Cristo y por lo tanto el motivo y el fin de “la fe en Cristo”, nos pide algo tremendamente humano y racional: que la acojamos libre y plenamente. Nos pide que nos incorporemos a ella por una decisión libre, consciente y voluntaria y, por lo tanto, responsable. Y esta acogida plena afecta lógicamente a todo lo humano integralmente, a todas las dimensiones de nuestra existencia. Y esa acogida producirá, como consecuencia lógica, unas formas de relación, unas formas de vida, unos deseos, una lucha… que siembran, que generan, una CULTURA. Una cultura necesariamente divergente a la que predomina.

Nos dice también la cita que esa fe debe ser totalmente pensada. Como nos decía ya San Pedro en sus cartas, debemos ser capaces de dar razón de nuestra fe. Al primer momento de la Conversión, necesariamente kerigmático y emotivo, siempre le sucede- al mismo tiempo, aunque no con la misma intensidad- la obligación de dar cuenta de nuestra fe y de tratar de entender- en la medida en que el Misterio se ha dejado desvelar y descifrar- la lógica en la que esta fe se mueve, que es la lógica de un Amor que no es humano sino divino. La lógica que nos parece más humana proclama que no se puede amar lo que no se conoce. Pero hay una evidencia existencial, otra lógica, que nos descubre que realmente no podemos llegar a conocer lo que no amamos. Como nos han explicado con tanta claridad, la fe nunca es incompatible con ninguna “razón” ni con la ciencia, siempre que haya una tremenda honestidad y esté guiada profundamente por el descubrimiento de la verdad y no por cualquier otro interés. En esta reflexión debemos citar la aportación de San Juan Pablo II en su encíclica Fides et ratio,  la de Benedicto XVI en Caritas in veritate, y la de Francisco Lumen fidei. Es importante, de cara a este Homenaje y a esta cuestión, subrayar que G. Rovirosa, ingeniero, se llegó a encontrar con Jesús, al que terminó llamando Cristo y Señor, en su incansable y nada facilona búsqueda de la verdad científica, racional, demostrable, tangible. Lo mismo que ha ocurrido con muchos otros científicos que han profundizado en su campo de estudio. La fe no es ciega, se nutre de la verdad y se expresa en el amor, ilumina la experiencia humana, da sentido al sufrimiento y nos enseña a ir más allá de la confianza en nosotros mismos.

Una fe así, fielmente vivida, incardinada en la vida ordinaria de cada persona, en su vida social, y guía en la transformación de las estructuras de las que forma parte, es semilla, generadora y hacedora de cultura. Teniendo en cuenta el legado de cultura que recibimos, casi podíamos decir que se convierte en contracultura. Pero aquí nos interesa resaltar su función creadora, su función constructora, su función humanizadora. La auténtica evangelización se incultura si, y se hace cultura. No disuelve ni se diluye la absoluta novedad de la Nueva Buena. Si la sal se vuelve sosa, si dejamos de ser levadura…

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