

Las principales consecuencias de las guerras son las siguientes:
- Heridas generacionales que se perpetúan: Produce daños profundos en la historia de los pueblos que tardan décadas, o incluso generaciones, en cicatrizar.
- Destrucción del futuro: Ninguna «victoria» militar puede compensar el miedo de los niños, el dolor de las familias o el «futuro robado», la destrucción de ciudades y pueblos…
- Efecto multiplicador: Lo que empieza como un conflicto territorial o político suele derivar en crisis humanitarias masivas, desplazamientos forzados, hambre y problemas de salud mental que antes no existían.
- Inutilidad de la violencia y necesidad de la promoción del pueblo: La guerra es una «derrota» de la humanidad y no una solución real, ya que solo el diálogo, y sobre todo, la promoción de una sociedad solidaria, que genere vínculos de paz y justicia, pueden construir estructuras estables.
Mensajes de Francisco y de León XIV
Una paz desarmada
Cuando tratamos la paz como un ideal lejano, terminamos por no considerar escandaloso que se le niegue, e incluso que se haga la guerra para alcanzarla”.
“No es casual -dijo en enero el Santo Padre- que los repetidos llamamientos a incrementar el gasto militar y las decisiones que esto conlleva sean presentados por muchos gobernantes con la justificación del peligro respecto a los otros. En efecto, la fuerza disuasiva del poder y, en particular, de la disuasión nuclear, encarnan la irracionalidad de una relación entre pueblos basada no en el derecho, la justicia y la confianza, sino en el miedo y en el dominio de la fuerza”.
Denunció el aumentó en gasto militares que ocurrió en el 2024 en el mundo: “aumentaron un 9,4% respecto al año anterior, confirmando la tendencia ininterrumpida desde hace diez años y alcanzando la cifra de 2.718 billones de dólares, es decir, el 2,5% del PIB mundial”.
El Papa además recuerdó que hace 60 años, el Concilio Vaticano II se concluía con la conciencia de un diálogo urgente entre la Iglesia y el mundo contemporáneo: “Al reiterar el llamamiento de los Padres conciliares y estimando la vía del diálogo como la más eficaz a todos los niveles, constatamos cómo el ulterior avance tecnológico y la aplicación en ámbito militar de las inteligencias artificiales hayan radicalizado la tragedia de los conflictos armados”, dice.
Y denunció “un proceso de desresponsabilización de los líderes políticos y militares, con motivo del creciente ‘delegar’ a las máquinas decisiones que afectan la vida y la muerte de personas humanas. Es una espiral destructiva, sin precedentes, del humanismo jurídico y filosófico sobre el cual se apoya y desde el que se protege cualquier civilización”.
Una paz desarmante
Este mensaje fue también un llamado a que “un servicio fundamental que las religiones deben prestar a la humanidad que sufre es vigilar el creciente intento de transformar incluso los pensamientos y las palabras en armas. Las grandes tradiciones espirituales, así como el recto uso de la razón, nos llevan a ir más allá de los lazos de sangre o étnicos, más allá de las fraternidades que sólo reconocen al que es semejante y rechazan al que es diferente”.
“Quienes están llamados a responsabilidades públicas en las sedes más altas y cualificadas, procuren que se examine a fondo la manera de lograr que las relaciones internacionales se ajusten en todo el mundo a un equilibrio más humano, o sea a un equilibrio fundado en la confianza recíproca, la sinceridad en los pactos y el cumplimiento de las condiciones acordadas”
“Es el camino desarmante de la diplomacia, de la mediación, del derecho internacional, tristemente desmentido por las cada vez más frecuentes violaciones de acuerdos alcanzados con gran esfuerzo, en un contexto que requeriría no la deslegitimación, sino más bien el reforzamiento de las instituciones supranacionales”
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