Editorial
Decir que sin María no hay cristianismo no es una afirmación afectiva ni una consigna devocional. Se trata de una convicción que pertenece al núcleo de la fe de la Iglesia desde sus orígenes. Los Padres de la Iglesia lo comprendieron con claridad: en María no solo nace Cristo, sino que la humanidad entra de manera libre y responsable en el designio de Dios.
San Ireneo de Lyon (S. II) expresó esta verdad con una síntesis insuperable: «Así como por la desobediencia de una virgen el hombre fue atado, así por la obediencia de una virgen fue desatado». María aparece aquí en el lugar en que la historia se reabre: en ella, la Encarnación es un acontecimiento que respeta y eleva la condición humana.
El cristianismo es, ante todo, fe en el Verbo hecho carne. Y la carne de Cristo no es simbólica ni aparente: es carne recibida, aprendida, vivida en una historia concreta. Por eso, san Atanasio afirmará que «el Hijo de Dios se hizo hombre para que el hombre llegase a ser hijo de Dios», y esa «entrada» de Dios en la condición humana se da en María. Separar a Cristo de María conduce, tarde o temprano, a una fe desencarnada, incapaz de abrazar la realidad concreta de la vida y de la historia.
María es también imagen viva de la historia; san Ambrosio lo expresa con fuerza: «María es tipo de la Iglesia en orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo». Antes de ser institución, la Iglesia es madre; antes de enseñar, cree; antes de organizar, engendra. Esta dimensión mariana preserva a la Iglesia de reducirla a estructura o ideología y la mantiene fiel al misterio que sirve.
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Desde esta perspectiva, la espiritualidad cristiana no puede entenderse sino como espiritualidad de encarnación. María no huye del mundo: lo acoge. No espiritualiza la historia: posibilita que Dios la habite. Su «hágase» inaugura una lógica que atraviesa toda la misión cristiana: Dios actúa desde dentro de las realidades humanas y no al margen de ellas.
Por eso, María es profundamente coherente con la vocación a la encarnación. Ella vive plenamente en las realidades ordinarias, pero abierta totalmente a Dios. Su fe no la separa del mundo, sino que la compromete con él. En ella se revela que la transformación de las realidades temporales no nace del poder, sino del amor fiel; no de la imposición, sino de la entrega. En clave mariana, la solidaridad no es una estrategia social, sino una forma concreta de encarnación del Evangelio.
En el Calvario, cuando Jesús entrega a su madre al discípulo amado, los Padres de la Iglesia vieron el nacimiento de una maternidad nueva. San Agustín lo expresa con sobriedad: «María es madre de los miembros de Cristo, porque cooperó con su amor a que nacieran en la Iglesia los fieles». Así se revela que la fe cristiana es inseparable del amor a la Iglesia concreta y del compromiso con los más vulnerables y oprimidos.
Decir que sin María no hay cristianismo es afirmar que sin Encarnación no hay salvación, que sin Iglesia no hay Cristo total y que sin amor efectivo al hombre, la fe se vacía. María no sustituye a Cristo: lo hace visible. No detiene la misión: la impulsa. No encierra la fe: la lanza a la historia.
María nos enseña que la verdadera transformación del mundo comienza en la fe, se desarrolla en la vida cotidiana y se extiende a las estructuras humanas. Por ello, hemos querido dedicar este número de nuestra revista a la Madre de todos los hombres.

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