ALBERT EINSTEIN, la RELATIVIDAD de un GENIO

1740

En el 50 aniversario de su muerte…La personalidad que los biógrafos de Albert Einstein han compuesto es tan apasionante, compleja, contradictoria e irritante a veces que se pasa con mucha facilidad de la veneración al rechazo. Su capacidad de concentración era tal que podía trabajar con todo tipo de ruidos, con sus hijos en las rodillas e incluso mientras su esposa Elsa agonizaba en la habitación de al lado …


Por Clara Sánchez
20/04/2004

La personalidad que los biógrafos de Albert Einstein han compuesto es tan apasionante, compleja, contradictoria e irritante a veces que se pasa con mucha facilidad de la veneración al rechazo.
Seguramente si este hombre de cabellera alborotada, abundante bigote negro y ojos negros e intensos, que parecen mirar, no lo que hay enfrente, sino algo que sólo él ve, no hubiese desarrollado la teoría general de la relatividad y con ella modificado nuestra concepción del espacio y el tiempo, se le consideraría un desastre como persona, al menos en lo que a su vida privada se refiere. No así en el ámbito de la pública en que se manifestó como un pacifista activo, siempre al lado de los derechos humanos y de la racionalidad y abogando por el desarme nuclear. No es de extrañar que este aspecto preocupase profundamente a quien pasó por las dos guerras mundiales y que conocía las posibilidades del conocimiento humano para generar destrucción.

Puede que esa imprecisa mirada que muestran sus fotografías esté proyectando una estructura pura, estilizada, formada por leyes físicas y matemáticas, suspendida en la realidad, y sin contaminación de todas las miserias emocionales que nos debilitan en esta precaria vida nuestra. Le atraía la belleza de la música y del universo. Tocaba el violín desde niño, y desde niño empezó a leer libros de divulgación científica que le ponían en contacto con misterios que él tendría que resolver porque podían ser resueltos, y como dijo alguna vez: “Dios es sutil, pero no malicioso”. Pero al fin y al cabo existía donde todos existimos, entre otras personas y entre lazos afectivos más o menos gratos. Tenía un padre, un buen hombre algo fracasado llamado Hermann, que no sale mucho a relucir como suele suceder con los familiares no molestos, y una madre, Pauline, que sale constantemente porque era molesta y mandona. Ella fue la que comenzó a moldear su carácter y la que se empeñó en que su hijo sobresaliese. Se dice que acostumbraba a ocultar sus sentimientos, aunque no tanto como para no pegarse un berrinche el día que Albert le anunció que se casaba con Mileva Maric, mujer fundamental en la vida y obra de Einstein, y a quien su suegra profesó una incomprensible antipatía.

La relación del más importante científico del siglo XX con las mujeres descubre su lado más inmaduro, aunque tampoco sea fácil de simplificar. Por un lado, le gustaban mucho y no necesariamente guapas ni delicadas. Por otro, cuestionaba su capacidad para la ciencia de una forma cruel, salvando a su amiga Marie Curie de la quema, aunque al mismo tiempo llamándola fea. Sus juicios sobre los demás solían cambiar según su estado de ánimo y a veces podían ser bastante francos o despiadados, sobre todo en el caso de Mileva.

Cuando dudaba de la aptitud de las mujeres para la física, desde luego no podía estar pensando en ella. Se conocieron de estudiantes en Zurcí y da la impresión de que en ese mismo momento empezó la perdición de esta chica un poco coja, un poco fea, un poco tímida, con la piel un poco oscura, pero muy inteligente y brillante, que se atrevía en un mundo donde ver a una mujer era raro. En física aparentemente iban a la par, hasta que Mileva no pudo superar el examen de la Politécnica y, sobre todo, no fue capaz de superar este revés. Ya estaba entregada en cuerpo y alma a ayudar a Einstein en sus investigaciones, tanto que él siempre se refería en plural a su trabajo. Trabajaban en equipo, eran camaradas, ella tenía una fe ciega en la clarividencia de él y le aportaba una seguridad sin fisuras, y algunos investigadores sospechan que también pudo aportarle ciertos hallazgos básicos en la teoría de la relatividad especial, de 1905. Se le da muchas vueltas a este punto, que si hubo un momento en que firmaron juntos el trabajo, que si Mileva hizo dejación de sus derechos en esa secular generosidad de las compañeras de los genios, que si firmando él era como si firmasen los dos. Es difícil probarlo, sobre todo porque en ella pesó más lo privado, no tuvo la sangre fría de su marido para consagrarse a lo suyo y tal vez no tuvo el suficiente apoyo para superar los obstáculos académicos. Él fue capaz de seguir, ella no, así que entre líneas se tiende a poner en cuestión que poseyera la misma capacidad de Einstein. Tampoco puede saberse, lo cierto es que trabajaron juntos en la relatividad y que también le ayudaron dos amigos más. Cuando en 1922 Einstein recibió el Premio Nobel le envió el dinero a Mileva, de la que ya estaba separado. Parece ser que a cambio tenía que concederle el divorcio.

Mileva se fue entristeciendo y aislando y perdiendo el atractivo que residía en su listeza y tenacidad. Su marido la relegaba a la casa y sus confidencias científicas eran para sus otros colaboradores, amén de las infidelidades que la convirtieron en una celosa enfermiza. Siempre sintió el rechazo de su estúpida suegra y además sentía sobre su conciencia una primera hija con Einstein (Lieserl), concebida antes de casarse y que a instancias de él se presume que entregó en adopción. La vida de Mileva es tan penosa que hay que apartar la vista. Mientras estuvieron juntos, siguió a su marido por Zúrich, Berna, Praga y Berlín con grandes penurias económicas y con sus dos hijos Hans Albert y Eduard, en el que enseguida se apreciaron trastornos mentales. Mileva tuvo que sentir dos terribles vacíos: el amor de la persona que más quería y de la que nunca dejó de sentirse orgullosa, y el vacío de su vocación científica, el ser excluída de ese equipo de dos, donde según él no iba a entrar nadie más. El error de Mileva fue creer lo que Einstein, que era un perfecto zalamero sobre todo por carta, le decía y le prometía. Cuando no pudo más, regresó con los niños a Suiza y le dejó en Berlín, con el campo libre para verse con la que iba a ser la segunda esposa de Einstein, su prima Elsa.

Fue con Elsa, que no sabía nada de ciencia, con quien compartió el éxito, quien manejaba sus asuntos y con quien vivió en Estados Unidos, donde ambos murieron. También con ella sintió la misma contradicción de siempre: primero se dejaba domesticar maternalmente para a continuación sentirse agobiado y harto. Mileva murió, cuando él ya vivía en Estados Unidos, completamente sola.

A través de la vida de Mileva, Einstein queda muy mal parado, pero hay que pensar que era muy joven cuando se metió en el berenjenal de los hijos y el matrimonio (Mileva era tres años y medio mayor que él) y que se encontraba sin recursos económicos, sin trabajo y con grandes sueños. Nada le resultó fácil. Le pareció una maravilla cuando por fin le dieron un puesto en una oficina de patentes, hasta que poco a poco pudo ir afianzándose en la universidad. Y, sobre todo, hasta que llegó el año 1905, en que publicó tres revolucionarios trabajos sobre el movimiento browniano, el efecto fotoeléctrico (por el que recibió en 1921 el Premio Nobel) y la teoría de la relatividad especial, de los que el mundo científico apenas si hizo caso. En 1916 coronó su teoría general de la relatividad. Einstein ya era inevitable. Y de qué modo. Precisamente, el año de su divorcio, 1919, saltó al estrellato de la forma más espectacular que se pueda imaginar para alguien que no era ni un actor de cine ni un deportista y cuyas ecuaciones no iban dirigidas al gran público. Puso la ciencia de moda. Recorrió el mundo dando conferencias, la gente se volvía loca por conocerle, le ponían su nombre a cualquier cosa y resultaba irresistible para las mujeres. En realidad siempre lo había sido, le gustaba el juego de la seducción. Se habla de su magnetismo personal y de su atractivo físico, de joven se le podía considerar guapo y hasta bastante tarde conservó un cuerpo fuerte e incluso musculoso, a pesar de su aversión al ejercicio físico. Era olvidadizo y no creía en la medicina moderna. Su capacidad de concentración era tal que podía trabajar con todo tipo de ruidos, con sus hijos en las rodillas e incluso mientras su esposa Elsa agonizaba en la habitación de al lado. Y era conocida su resistencia al agua y el jabón, al peine y al cepillo de dientes. Pensar era para él la salvación. Cuando murió en Princeton, en 1955 (nació en Ulm, Alemania, en 1879) le analizaron el cerebro y comprobaron maravillados que estaba más desarrollado de lo normal. Sin embargo, humanamente Einstein fue un tipo muy normal y lleno de contradicciones. Lo que le hacía diferente era que trabajaba mucho para entender este mundo al que no creía que hubiese llegado para malgastar su capacidad de crear. Puede que tuviese el cerebro que se empeñó en tener.