Autogestión, una nueva cultura. Páginas de la historia

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«El mundo será autogestionario o no será» (G. Gurwitch)

Autogestión es un término que surge tras la II Guerra Mundial y se expande desde Francia a mediados de los años 60 del siglo XX. Aunque es un vocablo relativamente nuevo, no lo son sus ideas madre, cuyo contexto más cercano sería el liberalismo del siglo XVIII y, sobre todo, el movimiento obrero del siglo XIX, del que daremos algún testimonio. La mayoría de las experiencias autogestionarias  que han sucedido en la historia nacen de las ansias de libertad que tiene el ser humano de vivir junto a otros la disposición y el empeño de realizar el bien común. La autogestión es una forma libre y solidaria de organizar la existencia humana.

Los que impulsamos la revista AUTOGESTIÓN, nos hemos comprometido a hacer avanzar la sociedad desde la vivencia de una cultura autogestionaria. Tenemos el deber de progresar hacia la democracia real, que no es formal. Sin duda alguna, la mejor definición de la democracia real  es la que ofreció el presidente norteamericano Abraham Lincoln en su histórico discurso en la ciudad de Gettysburg, Pennsylvania, el 19 de noviembre de 1863: poder del pueblo, por el pueblo y para  el pueblo. Reconociendo  que los que gobiernan deben tener en cuenta las necesidades reales que sufren los más desfavorecidos, los descartados de los beneficios del poder político, social y económico (que nada tiene que ver con el interés general), y nunca para provecho de la clase dirigente.

Ni la izquierda ni la derecha quieren hoy la AUTOGESTIÓN, pues ésta es una forma de vida, una forma superior de cultura, una forma de organizar la convivencia humana basada en el principio de que cada ser humano puede y debe ser protagonista de su vida personal y comunitaria.  En una cultura autogestionaria, la persona humana es el centro (fin) y sujeto de la vida institucional. Esto quiere decir que a las personas no se las puede instrumentalizar o tratar como objetos. Una de las patologías sociales más importantes que estamos viviendo es la visión distorsionada que tenemos de la persona, ignorando su dignidad. Una mirada de los otros como instrumentos, para usar y descartar, que fomenta una cultura del descarte,  individualista y agresiva, que transforma el ser humano en un bien de consumo.

Un viejo militante obrero autogestionario, Julián Gómez del Castillo, nos hacía esta reflexión:

«Las personas que hemos descartado en nuestras sociedades y sufren las más graves injusticias tienen prisa de salir de la indignidad a la que han sido sometidas. Esto que es muy urgente no debe hacer que dimitamos del proceso que exige vivenciar una cultura autogestionaria… La autogestión no se hace desde el poder, sino desde la sociedad. El poder, lo que ha hecho siempre, históricamente, es «antiautogestión». La persona  que no descubra que la cultura liberadora se construye desde la sociedad, y desde ninguna otra parte, colaborará a nuevas formas de opresión.

 La formación de líderes, de minorías selectas, de profesionales de la revolución, de dirigentes, etc., son siempre formas de hacer nuevos dictadores. Promover militantes, protagonistas de su vida personal y colectiva, es el principal quehacer de la hora presente. Ello exige fijar la atención en la construcción de la cultura autogestionaria, lo que exige liberarse de las cadenas o trampas que el neocapitalismo nos tiende, especialmente,  las de las subvenciones y la de los «maestros listos», que nos quieren dirigir..

 La autogestión exige partir del reconocimiento sagrado de toda persona humana y ello conlleva no venderse, ni a través de subvenciones ni de la cancerosa burocracia.»

Es la politiquería -sistema práctico  que ha sustituido a la política- la que produce personas gobernadas como a las que se refiere  el filósofo francés Pierre-Joseph Proudhon:

«Ser gobernado es ser observado, inspeccionado, espiado, dirigido, sometido a la ley, regulado, escriturado, adoctrinado, sermoneado, verificado, estimado, clasificado según tamaño, censurado y ordenado por seres que no poseen los títulos, el conocimiento ni las virtudes apropiadas para ello.

Ser gobernado significa, con motivo de cada operación, transacción o movimiento, ser anotado, registrado, contado, tasado, estampillado, medido, numerado, evaluado, autorizado, negado, autorizado, endosado, amonestado, prevenido, reformado, reajustado y corregido.

Es, bajo el pretexto de la utilidad pública y en el nombre del interés general, ser puesto bajo contribución, engrillado, esquilado, estafado, monopolizado, desarraigado, agotado, embromado y robado para, a la más ligera resistencia, a la primera palabra de queja, ser reprimido, multado, difamado, fastidiado, puesto bajo precio, abatido, vencido, desarmado, restringido, encarcelado, maltratado, juzgado, condenado, desterrado, sacrificado, vendido, traicionado, y, para colmo de males, ridiculizado, burlado, ultrajado y deshonrado.»

Palabras de máxima actualidad las de Proudhon, teniendo en cuenta  cómo estamos siendo gobernados desde la política actual, que es corrupta en su esencia. Imponiéndonos unas leyes ideológicas que cada vez reducen  más los  estrechos límites de la democracia formal o representativa actual.

Cuando hablamos de democracia real, por tanto, poder del, por y para el pueblo (el pueblo ha sido y es a lo largo de la historia la comunidad de excluidos de los beneficios del poder y del dinero), supone el rechazo de cualquier élite  o grupo de poder que exalta cualquier estructura institucional o burocrática que impide a la base de la sociedad protagonizar responsablemente la vida pública. La autogestión supone máxima libertad pero también máxima responsabilidad.

Jamás la autogestión puede ser separada de la solidaridad, porque  se corrompe.  Si construimos la sociedad desde abajo rápidamente se descubre que unos necesitamos de otros y que la cooperación es el principio básico de la organización social. Desde aquí se entiende que la célula básica de la sociedad, no sea el individuo, ni el estado, ni el mercado,  es  la familia, que debería ser escuela de solidaridad y responsabilidad.

Por ello, la propuesta autogestionaria y solidaria es la única capaz de poder cuestionar el actual sistema neocapitalista. En la cultura autogestionaria no vale todo. Cuando la libertad se orienta hacia un fin exclusivamente particular, egoísta, individualista o corporativista se degrada. Al mismo tiempo el realismo nos dice que la autogestión siempre es un proceso; un proceso tenso y difícil entre la tendencia egoísta e individualista y la tendencia personalista y comunitaria del ser humano.

Ponemos voz a algunos militantes que formaron parte del  movimiento obrero del siglo XIX . Así hablaron ellos de cómo se tenía que vivir la autogestión:

» ¡No más deberes sin derechos, no más derechos sin deberes!». Parece claro, por tanto, que la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos; la lucha por la emancipación de la clase obrera no es una lucha por privilegios y monopolios de clase sino por el establecimiento de derechos y deberes iguales y por la abolición de toda dominación de clase.»

El sindicalista Ángel Pestaña afirmará: “Democracia burguesa no, porque ella no ha sabido resolver los problemas sociales (…) pero dictadura del proletariado tampoco, porque no es el odio quien debe guiar nuestro pensamiento, sino la fraternidad.”

En 1861, un obrero broncista cincelador llamado Tolain tiene la siguiente posición: «La libertad y la autonomía obreras son las condiciones necesarias de su existencia, de sus progresos, de sus éxitos. Siempre que el movimiento obrero permaneció fiel a esta línea directriz se desarrolló, al contrario, siempre que, solicitado por los partidos políticos o por los encantadores de muchedumbres, se desvió de ella retrocedió.»

En 1861, un obrero parisiense en el periódico L´Opinion nationale dice: «Cuando la iniciativa viene de lo alto, de la autoridad superior o de los patronos, nos inspira a los obreros más que una mediana confianza. Se sienten o se creen dirigidos, conducidos, absorbidos…»

Con este mismo espíritu, Luís Chalain, un militante francés de la Internacional declara: “Hemos proclamado bastante que no queremos más salvadores…La experiencia enseñó a los obreros que no deberán contar más que consigo mismo”.

En un congreso obrero llegaron a la siguiente conclusión: «Cuando os hablen del reparto desde arriba enviarlos al cuerno. No os conforméis con el aumento de sueldo, ni la disminución de horas de trabajo. Queremos que las tierras, fábricas, minas y útiles sean posesión de la humanidad y que se derrumben las injusticias sociales y por primera vez reine la paz, el amor y el trabajo sobre la faz de la tierra”.

Ángel Pestaña en una Conferencia pronunciada en Madrid en 1919: “Vosotros, la clase intelectual, podréis aportar una gran contribución; pero no vengáis a nosotros con afán de superioridad, no vengáis a convertiros en tiranos, porque si venís a convertirnos en tiranos no os aceptaremos”.

Como decía G. Gurwitch de manera profética, “el mundo será autogestionario o no será”. O construimos una sociedad autogestionaria y solidaria o el totalitarismo y la servidumbre moderna se impondrán. De nosotros depende.

Mª Mar Araus