Coltán: Riqueza asesina

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La riqueza de Africa es su ruina. Los destiantarios últimos del coltán son los EE.UU. y la Unión Europea. Hace unos años el coltán carecía de valor. La enorme demanda de este mineral por la industria de alta tecnología ha hecho que su precio se dispare creando un torbellino que envuelve a buscadores, a intermediarios, a grupos armados y a varios ejércitos regulares que intentan hacerse con él en la República Democrática del Congo para ofrecerlo a multinacionales y grandes potencias en los mercados internacionales. El coltán tiene ahora valor estratégico.

Las recientes aplicaciones del coltán han hecho que su precio se dispare: de unos 45 dólares por kilo en 1990 llegó a pagarse a 700 dólares por kilo a finales del 2000. Su precio se ha estabilizado entre 250 y 300 dólares en el mercado de Londres. En la actualidad es más buscado que los diamantes. Un representante de los rebeldes de Kisangani asegura que «con la venta de diamantes ganamos unos 200.000 dólares por mes. Con el coltán conseguimos más de un millón de dólares mensualmente». Los mineros que lo extraen reciben unos 12 dólares por kilo. Hay minas de coltán en Australia, en Brasil, al Sur de Dakota, bien que el 80% de las reservas conocidas se sitúan en el Congo Oriental. La principal explotación se lleva a cabo en el Parque Nacional de Kahuzi-Biega, una reserva de gorilas y de otras especies animales protegidas.

La venta de coltán mantiene la guerra de los Grandes Lagos: aprovecha, sobre todo, a los rebeldes, que controlan las principales zonas mineras donde se extrae el coltán, y a sus aliados ruandeses y ugandeses. Los rebeldes apoyados por Ruanda han decidido imponer un monopolio sobre las ventas de coltán al exterior, convencidos de que, a la hora de pagar los impuestos, los intermediarios mentían en cuanto a la cantidad de metal que pasa por sus manos y a las ganancias obtenidas. Todas las licencias para operar en la compraventa del coltán fueron suprimidas a finales del año 2000. Ahora los intermediarios están obligados a revenderlo a una sociedad creada con este fin: la Sociedad Minera de los Grandes Lagos, que está controlada por los rebeldes. Estos han confiado su gestión y dirección a una mujer rica, de pasado oscuro y reputación ambigua. Es una mestiza árabe-burundesa hutu quien en el pasado había financiado la rebelión hutu en Burundi que posee bases secretas en la R. D. del Congo. Los rebeldes han confiado la nueva sociedad a esta mujer legendaria «porque conoce todos los canales legales e ilegales en el país y además»- añaden- «desde que colabora con nosotros ha dejado de vender armas a los hutus». Sin embargo los bien informados aseguran que la dicha señora compra la arena negra a cualquier vendedor, incluso a los enemigos de sus nuevos socios, incluyendo a los rebeldes hutus. En las zonas controladas por Uganda el monopolio nunca ha sido impuesto; allí operan, en concurrencia y con gran discreción, un determinado número de grandes compradores. A través de las multinacionales los destinatarios últimos son, por orden de importancia, los, EE.UU., la Unión Europea (sobre todo Alemania y Bélgica) y Kazajstán. Al parecer, «información reservada a disposición de la ONU revela que la mayor parte del coltán extraído en esta zona tiene como destino Kazajstán y que precisamente este tráfico está organizado por la hija del presidente Nursultan Nazarbaev a través de una sociedad con participación belga. Es particularmente inquietante el hecho de que la hija de Nazarbaev esté casada con Vassili Mette, director general de ULBA, la sociedad que en Kazajstán se ocupa de extraer y de refinar el uranio y que posee uno de los mayores complejos del mundo».

Si a lo dicho se añade la facilidad y discreción con que pueden adquirirse cantidades ingentes de coltán (que contiene al parecer cantidades no despreciables de uranio) en el mercado internacional, la inquietud aumenta. El día 17 de julio de 2001, navegando por Internet encontré el mensaje siguiente, enviado por R. L.: «Deseo comprar una gran cantidad de coltán si alguien puede ofrecer urgentemente precios muy ventajosos». El mensaje estaba cursado en inglés y en francés. (http:www.emb.com/bbs/messages/414.html). La respuesta, enviada por L. A. I (nombre africano): «Podemos proporcionarle inmediatamente cualquier cantidad de coltán que usted desee. Díganos urgentemente cuantas toneladas espera adquirir mensualmente y especifique el grado de calidad (10% hasta 45%) que desea». (http:www.emb.com/bbs/messages/631.html)

El comercio del coltán y la fiebre minera que ha suscitado está teniendo graves consecuencias tanto sociales como ecológicas además de alimentar la guerra que asola la R. D. del Congo. La mayoría de las minas de coltán están situadas en zonas de guerra. La población, hostigada por grupos armados, se ha visto obligada a abandonar sus residencias y cultivos. Muchos de estos agricultores, forzados por las circunstancias se han convertido en mineros. Bien trabajan para los rebeldes o se establecen por su cuenta y viven bajo la continua amenaza de bandas armadas que, con frecuencia, los despojan del fruto de sus fatigas cuando no de sus vidas. Se calculan en unos 5.000 los agricultores dedicados a la minería del coltán. Entre febrero y diciembre de 2.000, unas 10.000 personas habrían sido transferidas de sus poblados de origen a las zonas donde se extrae el coltán. Los accidentes mortales son frecuentes en las canteras.

Un grupo de asociaciones congoleñas que ha estudiado el impacto de la minería en la región llega a conclusiones aterradoras. Las canteras a cielo abierto destruyen los campos y la agricultura languidece. «Desmontan las colinas y desvían los cauces de los riachuelos». «El dinero fácil provoca delincuencia juvenil y prostitución con el riesgo de propagar el virus del SIDA». La «dolarización» de la economía hace que un saco de alubias o un pollo se paguen más caros en los campos mineros que en la capital. Un jefe tradicional advierte que la distribución de los beneficios del coltán podría incluso provocar conflictos interétnicos. En esta tierra sin ley la gente vive a la merced de milicias armadas de todo pelaje. Los rebeldes los despojan de sus pertenencias y luego vienen los soldados ruandeses y los acusan de colaborar con el enemigo. Las explotaciones mineras son frecuentemente atacadas por hombres en uniforme; nadie sabe de seguro si son milicianos, rebeldes o soldados regulares. Después de un ataque las explotaciones mineras se convierten en «zona prohibida» y de este modo las zonas mineras y las zonas de operación militar terminan por confundirse. Y el caso es que las milicias enemigas de Ruanda venden el mineral a los mismos intermediarios a quienes venden los ruandeses y sus aliados.

Además de las catástrofes sociales y ecológicas que provoca la minería del coltán, ésta ayuda también a perpetuar la guerra de los Grandes Lagos con sus secuelas de muerte y destrucción. Todas las partes interesadas, a pesar de las negativas oficiales de Uganda y Ruanda, se sirven del coltán para financiar sus operaciones militares en la zona. Así lo hacen las tropas regulares ruandesas y ugandesas y los diferentes grupos rebeldes apoyados por ellas. También se sirven del coltán los del bando opuesto: los guerrilleros hutus enemigos de Ruanda y de Burundi, los rebeldes ugandeses que luchan contra el gobierno de Uganda y las milicias congoleñas favorables al gobierno de Kinshasa. Todo lo cual nos lleva a una conclusión que hastía de tanto repetirla aunque no por eso deja de ser verdadera: la riqueza de África es su ruina.