Construir familia es construir Justicia y Fraternidad

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Inmersos en este nuevo siglo nos encontramos con un sinfín de complejos problemas que, por más que se intente camuflar, son fuente de sufrimientos. Junto a colosales avances tecnológicos, junto a un aumento exponencial de la riqueza… nos encontramos con la muerte impuesta por el hambre, las guerras, las migraciones inhumanas, la explotación laboral… y la soledad, las dependencias o el sin sentido de la vida. En el horizonte vital de la mayoría de la humanidad aparece la muerte como “solución” ante las dificultades de la vida, a la vez que se bloquea el deseo de generar nuevas vidas manifestado en el estrepitoso descenso de la natalidad en la mayoría de los países más enriquecidos.

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¿Cómo es posible que tras el Siglo de las Luces, que termina en una revolución que enarbola el lema de libertad, igualdad y fraternidad, y que abre una nueva época histórica llena de esperanzas utópicas, se cierre, tras dos siglos y medio, con un balance tan desolador? Reiteradamente el problema de la justicia ha confrontado todos los intentos de libertad e igualdad.

El liberalismo, desde su nacimiento, ha sido contestado por las víctimas de las injusticias que trajo consigo. Las iniciales luchas societarias en busca de la fraternidad universal, fueron traicionadas durante el siglo XIX por un Movimiento Obrero colonizado ideológicamente, que puso el acento en la conquista del poder para garantizar sistemas que aseguraran la igualdad, sin conseguirla. En el siglo XX, libertad e igualdad intentaron un modo de coexistencia en el Estado de Bienestar, pero a costa de externalizar las consecuencias de las nuevas injusticias: el enorme abismo de la desigualdad Norte- Sur.

En el contexto de este cambio de siglo, con la globalización, la explosión del capitalismo financiero y digital, la aceleración de las tendencias al margen de toda reflexión ética… se encuentra la “solución” en respuestas contra la vida impuestas a los pueblos para aliviar la presión demográfica que supone tanta población descartada.

Y es que en estos dos siglos se ha olvidado la fraternidad, sin la cual ni libertad, ni igualdad resultan posibles. Y es que la fraternidad depende de la familia, eliminada de la ecuación social. El contrato social propuesto por el Nuevo Régimen nacido tras la Revolución Francesa relegó a la familia (como institución) al ámbito privado, sustrayendo de la vida pública toda debilidad, afectos, reconciliación, lazos de amor y misericordia. Así el ámbito público sería regido por la pura razón instrumental, de forma que leyes, economía, política, no estarían sujetos a la fragilidad y serían regidos por individuos desvinculados, fuertes e inteligentes, plenamente «disponibles».

No resulta extraño que durante estos dos siglos y medio se hayan desarrollado totalitarismos de todo signo que han generado las guerras más destructoras de la historia. No resulta extraño que se repudie la condición humana hasta el extremo de convertir a la mayoría de la humanidad en material descartable, en este nuevo diseño totalitario que se dibuja como Nuevo Orden Mundial.

La fraternidad es la revolución pendiente que este tiempo de la historia necesita. Iniciamos una nueva etapa histórica en la que la familia está llamada a ser la institución clave de la sociedad, la piedra angular del edificio social, porque esa es su verdadera vocación. La familia abierta a la solidaridad, de la que habló y que vivió el movimiento obrero militante, es la más nítida expresión de la persona en su ser relacional. Familia capaz de generar lazos de amistad, de amor y misericordia, capaz de reconciliación, de acoger la debilidad. Familia que haga posible la familia de familias como base de una red social que recupere su protagonismo político, su capacidad de creación de riqueza. Familia, en fin, personalizadora de esos seres humanos hoy anónimos y fragmentados, al arbitrio del afán de lujo y poder de un puñado de depredadores.

Precisamente es por este poder político potencial de la familia, base de un orden autogestionario, por lo que sufre un ataque radical por parte de los poderosos. Vemos cómo se promulgan por doquier, en todo el planeta, leyes contra la familia (laborales, educativas, económicas, culturales, sanitarias…) impulsadas desde fuertes instancias de poder, exigidas como pago por una deuda diseñada por el capitalismo para familias y pueblos enteros.

Trabajar por la familia solidaria será la forma más revolucionaria de generar y construir fraternidad.

Editorial de la revista Autogestión

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