Consultas, plebiscitos, referéndums: ¿Tiene salvación la democracia?

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La democracia está en crisis. No sólo en España, Venezuela o Brasil — basta con recordar el ascenso de Donald Trump en EE.UU. y de los diferentes populismos europeos, los cuales, con independencia de si su marketing electoral es de derechas o de izquierdas, tienen en común una cultura autoritaria y sectaria que hace gala de una pretendida superioridad moral sobre los adversarios. Sin olvidarnos de la anomalía de un gobierno de gran coalición en Alemania, que sigue permitiendo a «la Merkel» gobernar sin oposición real, a pesar de que la crisis que la justificó quedara superada hace años

Sin duda, hacen falta nuevos modelos de «participación ciudadana”. Es una necesidad social que apremia: nunca se ha hablado tanto de democracia de base, democracia directa, consultas, referéndums, primarias, asambleas, derechos a decidir, plebiscitos,… Se trata de encontrar maneras de devolver «al pueblo» lo que es suyo: opinar y decidir sobre los asuntos públicos.

Las limitaciones históricas para conocer la opinión popular ya no existen: con los actuales avances tecnológicos es posible organizar votaciones en tiempo real y sin grandes costes. Una app en el móvil o una web segura, bastan para que la población opine en tiempo real. ¿Qué nos impide entonces pasar a un régimen de democracia directa que decide al menos las cuestiones importantes? ¿Sólo los intereses de «la casta»? ¿O hay más?

Antes de entrar en esta cuestión, permítanme contar una anécdota familiar, puesto que la familia es la célula básica y fundamental de la convivencia humana y el lugar donde se encuentra a menudo ese sentido común y sabiduría natural que en otros estratos de la sociedad brilla por su ausencia:

Yo tendría unos diez años cuando escuché a mis padres hablar de quitar unos arbustos para ampliar el césped del jardín, «para dar a los niños más sitio para jugar». Entusiasmado, expresé mi opinión favorable. La respuesta de mi madre fue contundente: «Cuando hayas cortado el césped tres veces sin protestar escucharemos tu opinión».

Esa es la cuestión: ¿valen igual todas las opiniones? Soy consciente de que en el relativismo cultural y político reinante, con sus radiotertulias superficiales y foros de Internet llenos de violencia verbal, es políticamente incorrecto negarlo. Por eso, para enmarcar bien el tema, demos un paso atrás en la historia.

Una mirada a la historia

En el siglo XX hubo un político muy conocido que tras un primer y fallido intento de llegar al poder, redefinió su estrategia para atraer lo que ahora llamarían «las mayorías sociales”, introduciendo, entre otras cosas, dos elementos tácticos:
1) actuar siempre de acuerdo a la ley
2) dejar que decida el pueblo sobre leyes y cambios importantes.
Suena razonable, ¿verdad? ¿Adivinan de quién se trata?

Efectivamente: de Adolf Hitler. Él supo posicionar a los nacional-socialistas como fuerza moderna y progresista, respetuosa con la “legislación vigente”. Para ello recurrió repetidas veces a la «consulta popular» que había introducido la constitución alemana en 1919.

Anticipando a la perfección los mecanismos de la «construcción del consenso social» que describe Noam Chomsky como elemento vertebrador de las democracias occidentales actuales, Hitler forja la opinión pública, haciendo pinza sobre el “electorado”:

  1. Para “los suyos” construye a partir de los indignados de entonces una «tribu social” que va más allá de un simple partido, una «élite iluminada» que se distancia de la «vieja política» (expresión literal nazi) conformando una plataforma de identificación no sólo política, sino también social y cultural. Consigue una gran cohesión de los suyos, no sólo a la hora de opinar sino también y sobre todo en la acción, incluso violenta. Esto se justifica desde un espíritu difuso de superioridad moral, con el que aglutina especialmente personas con complejo de inferioridad. Van tomando las calles, arrogándose encarnar el verdadero progreso social, para primero ridiculizar y luego intimidar y finalmente perseguir y eliminar al que no comparte su cosmovisión “superior”.
  2. Para los demás construye una gran maquinaria de crear opinión pública. Su gran aliado fue Alfred Hugenberg, conservador, no nazi, una especie de Lara o Polanco alemán. Hugenberg, procedente del establishment financiero-industrial, era en los años veinte el poco conocido dueño del mayor imperio mediático que controlaba decenas de periódicos, revistas, agencias de noticias y productoras de cine con sus correspondientes noticieros audiovisuales. Vio en Hitler un elemento útil para renovar la atascada e insostenible situación política y parlamentaria alemana (el poder financiero siempre se siente llamado y autorizado a “arreglar” la sociedad) y, sobre todo, para plantar cara a las reparaciones impuestas por los ganadores de la I guerra mundial las cuales ahogaban a los industriales alemanes.

Combinando el activismo callejero de sus fieles con el poder mediático y la sed de influencia política de Hugenberg (quien estaba a la misma distancia ideológica de Hitler como Pablo Iglesias de Lara, cuyos medios – la Sexta – lanzaron Podemos), Hitler convirtió su particular simulacro de democracia directa, parte «consulta», parte «plebiscito», en herramienta infalible para legitimar sus decisiones y cambios legales con los que desmontó el estado de derecho y preparó la guerra, “escuchando la voluntad del pueblo” y “con respeto a la ley”.

¿Una consulta puede ser antidemocrática?

Hitler es sólo un ejemplo. El caudillismo, de cualquier color político, siempre ha tenido la tendencia a ocultar su genética autoritaria bajo un barniz plebiscitario. De hecho, a raíz de esta experiencia histórica, la constitución alemana, una de las más abiertas que incluso explicita el derecho a la desobediencia civil en determinados escenarios, prohibe expresamente los plebiscitos.

Volviendo a la pregunta original: ¿Valen igual todas las opiniones? Espero que ahora me permitan responder con un claro ¡No!

La democracia interna de «consultas a las bases” lanzadas por el Gran Timonel Pablo o el Príncipe Pedro el Hermoso desde arriba (¿qué es lo contrario de “bases”? ¿el Olimpo de la no-casta?) es risible, particularmente cuando los caciques de la “nueva política” instruyen a las “bases” sobre cómo deben votar, amenazando, por si las dudas, con dejarlas huérfanas si no obedecen.

Realizar referéndums públicos no significa más democracia. También y especialmente en nuestra sociedad, el consenso social se construye desde los “poderes fácticos” a partir de la información con la que nos alimentan los medios de comunicación y la presión social de sus agentes sociales «de la calle” a menudo aparentemente “disidentes”, y siempre en el marco de la necesaria dialéctica con una postura opositora controlada, parte del sistema establecido.

Entonces, ¿estoy en contra de desarrollar un nuevo modelo democrático, más directo e inmediato?
¡Claro que no!
Pero las actuales propuestas de los partidos que se arrogan ser «de izquierdas» (ser de izquierdas se define por vivir pobremente; no expresando opiniones “guay” viviendo cómodamente) ocultan un gran autoritarismo bajo su propaganda seudo-democrática. Son parte de la vieja política, por mucho que se pongan etiqueta de “nueva”.

Condiciones para una nueva democracia

Si queremos de verdad una sociedad democrática, tenemos que plantearnos dos condiciones previas:

En primer lugar, para caminar hacia esa «nueva política”, es necesario recuperar la capacidad de pensamiento crítico, y vacunarnos así contra la primera y vulgar trampa del discurso dominante cuando éste se pone la etiqueta de “disidente” para resultar menos banal y más progresista. El sistema educativo ha dimitido hace tiempo de la tarea de formar personas con pensamiento autónomo. Hace varios años pregunté al delegado de educación en una provincia andaluza de por qué un gobierno que se decía “de izquierdas” mantenía un sistema educativo público de tan mala calidad que, objetivamente, perjudica a la “gente normal”. Su respuesta fue de antología: “Si les enseñamos a pensar con su propia cabeza no nos volverán a votar”.
Todos formamos parte de un sistema fundamentado sobre un marco interpretativo de la realidad que nos rodea que hemos asimilado inconscientemente. Obviamente, este marco está definido por el poder dominante y ponerse fuera del mismo, si es que uno llega a darse cuenta de que existe esa posibilidad y que puede ser perfectamente razonable o hasta necesario, se castiga. La «prueba del algodón» de si participo (inconscientemente) en el discurso dominante (formando parte precisamente de las estructuras del poder que digo querer combatir) es identificar qué opiniones se consideran «progresistas» y, por tanto (¿?), sagradas, para saber cuáles son las transgresiones que se castigarían.
Un experimento interesante es poner públicamente en duda cualquier dogma del sistema establecido, como podría ser el cuestionamiento de algún enunciado de la sacrosanta ideología de género. Mi propia resistencia mental (la autocensura o el miedo a expresar públicamente ciertas opiniones políticamente incorrectas) y la agresividad y vacuidad de contenidos de la respuesta recibida serán un buen indicador de hasta qué punto he topado con algo “prohibido”. Esto es una de las mejores maneras de visibilizar los efectos que el poder tiene sobre nuestra consciencia, un poder que, para ser eficaz y absoluto, siempre se mantiene a la sombra. A partir de este descubrimiento, sólo la humildad de aceptar que todos pensamos por cauces manipulados, la autocrítica y la sospecha de nuestras propias “verdades” asumidas nos hará avanzar por el camino del pensamiento crítico y democrático.
En definitiva, si la dictadura nos obliga a hacer lo que no queremos, el poder totalitario consigue que interioricemos a través de mecanismos de seducción y manipulación lo que le interesa como deseos propios.

Para ilustrar mejor este mecanismo complejo y difícil de reconocer, voy a atreverme a ser más explícito: muchos -ismos (feminismo, ecologismo, socialismo…) fueron luchas legítimas desde la disidencia real en una generación anterior, pero que actualmente han pasado a formar parte de las propias estructuras del poder dominante. Precisamente para conservarlas (el poder siempre es conservador), construye alrededor de las luchas del ayer, convertidas en pilares de su poder social un discurso ideologizado (“progresista”) cuyo cuestionamiento genera una reacción automática, intolerante y visceral, nunca racional, de rechazo social — el germen de la persecución política.
Al escribir estas líneas siento miedo a poner ejemplos y ese miedo delata la existencia de un sistema represor. Temo que debido a la incomprensión de lo que estoy planteando (fruto de la falta de capacidad de escucha, diálogo y pensamiento crítico), me pongan alguna de las nuevas estrellas amarillas con las que cada sociedad totalitaria castiga a los “divergentes”: que me tilden injustamente de facha, homófobo o machista y así sufrir el primer peldaño de la persecución que empieza siempre con la ridiculización de una postura y la exclusión social. Hoy en día no hacen falta ni las SS ni los guardianes de la revolución para disciplinar a los que discrepan: la “opinión pública” (construida, desde luego) crea automatismos sociales tan antidemocráticos como aterradores para los que se atreven a salirse del consenso marcado por “el poder”, paradójicamente estabilizado e inconscientemente defendido por aquellos que dicen oponerse a él.

En segundo lugar, una vez recuperada la capacidad de la verdadera escucha por encima del ruido de la propaganda y sus ecos en opiniones gratuitas y grupos de presión social, es necesario desarrollar una democracia dialogada y del trabajo en común.
Dialogada, para comprender el fondo del problema sobre el que se decide y las consecuencias que tendrá sobre mí y los demás, algo que requiere previamente la recuperación de la capacidad del razonamiento crítico y autónomo.
Del trabajo, porque no es lo mismo decidir sobre una realidad de la que formo parte, que estoy modelando con mi esfuerzo y cuyas consecuencias estaré sufriendo, que opinar sobre algo que no he creado ni me afecta.

La democracia de la pandilla de amigos

Sin embargo, estos miedos se pueden superar formando grupos de amigos en los que se comparte análisis, valores y acción; un grupo de amigos que al mismo tiempo ayuda a no caer en la tentación del individualismo y de creerme mis propias “genialidades de nuevo disidente”. No en vano, “el poder” usa toda su artillería pesada (consumismo, cultura hedonista,…) para desarticular la sociedad y hacerla cada vez más individualista a fin de controlarla mejor – una sociedad cohesionada y organizada desde abajo, desde familias y grupos de amigos, se impermeabiliza a sus agresiones y crea espacios de libertad que no podrá penetrar ni rentabilizar para sus fines.
La democracia necesita tener capacidad de discernimiento entre verdad y mentira, entre lo que contribuye al bien común y lo que se propugna por interés privado. Este discernimiento se basa en el diálogo, el diálogo se basa en la capacidad de escucha. Una persona víctima de pre-juicios ideológicos ha sustituido, inconscientemente, el análisis propio de la realidad por fragmentos de un discurso ajeno e interesado, pero creyendo siempre ser “de los que de verdad entienden”. En primer lugar tendrá que re-aprender a escuchar, algo que sólo sus amigos se lo podrán enseñar.
En resumen: sin recuperar, enseñar y poner en práctica el pensamiento crítico y así dotarnos de herramientas eficaces para analizar la realidad y desenmascarar la manipulación, no es posible la democracia. Este proceso es necesariamente comunitario porque sólo los demás nos pueden hacer verlos errores de percepción de la realidad con las que el sistema dominante y totalitario nos ha programado, y sólo en común podemos construir espacios de libertad en los que cabe la democracia.
Por tanto, nuestra propuesta de verdadera democracia autogestionaria sólo puede ser la del auténtico diálogo en el que se escucha y habla con la cabeza, el corazón y las manos. Lo demás es hacerle el juego al actual sistema alienante y opresor – con independencia de las marcas ideológicas que lo sostienen, por mucho que se presenten con pretensión de reformarlo o derribarlo.

Una última aclaración: aunque el diálogo y el trabajo sean los principales elementos que dan «derecho a decidir», éste nunca puede legitimar la creación de cooperativas de egoísmos. La democracia del diálogo, la escucha y el trabajo sirve para construir el Bien Común, pero si se utiliza para erigir nuevas fronteras o justificar exclusiones entonces ha sido manipulada, sin lugar a dudas. Eso ya lo hizo el nacional-socialismo con sus plebiscitos y consultas populares y todos conocemos las consecuencias.

Autor: Rainer Uphoff (periodista)