Del reino de Carlomagno a la Eurozona (y III)

1979

Fralemania se ha convertido en el brazo armado y político de los intereses de las multinacionales y empresas financieras que dominan sus entrañas.

Perspectivas

Tras 50 años de meaculpas por el holocausto, los alemanes recuperaron su identidad y orgullo nacional, creada un tanto artificialmente apenas siglo y medio antes, reencontrando un notable consenso interno, algo imprescindible para ejercer poder político internacional con eficacia y sin fisuras. Fralemania se ha convertido en el brazo armado y político de los intereses de las multinacionales y empresas financieras que dominan sus entrañas.

La actual crisis, con unos pueblos «periféricos» exhaustos y pasivos, sin visión ni energía para una auténtica respuesta social o política dialéctica para construir una Europa igualitaria, permite dar la siguiente vuelta de tuerca hegemónica de Fralemania con un coste de dominio mínimo y una ganancia máxima en la redistribución de las riquezas de pobres a ricos. Parte de la pasividad de los pueblos mediterráneos se explica por la conciencia de complicidad, ya que los pueblos del sur de Europa participaron a gusto en la gran borrachera del consumo y los pelotazos. La empachera del queso de la trampa del ratón…

Esto permite a Fralemania posicionarse en el nuevo contexto multipolar mundial como un aliado mucho más eficaz y «respetado» dentro del contexto occidental, tras haber condenado, por exlusión, al Reino Unido a una creciente irrelevancia en el contexto europeo y cada vez menos útil a EE.UU. en su tradicional función de puente con Europa.

Desde la nacionalización de la Banca Rothschild por Francia en 1981 a la reciente alianza entre las familias Rockefeller y Rothschild, anunciada en junio del 2012, pasando por las luchas intestinas del mundo financiero occidental que se saldó con el hundimiento de la banca semipública en Europa (las cajas) y EEUU (las hipotecarias) y alguna limpieza interna (quiebra de Lehman Brothers), sigue existiendo una guerra por las «palancas del poder» en el mundo occidental.

Fralemania afronta una serie de tareas pendientes para consolidar su dominio. En lo político tiene que digerir la incorporación de Europa del Este a sus dominios.

Con Polonia, el único país de cierta relevancia en la zona, Alemania tiene pendiente el esfuerzo de reconciliación que llevó a cabo con Francia en los años 1950 y 60. El fomento de la enseñanza mutua del idioma, intercambios estudiantiles y profesionales en masa y un discurso político y mediático cuidadosamente coreografiado consiguieron convertirlos en tan solo una generación de «enemigos hereditarios» tras siglo y medio de guerras por el predominio en Europa en dos naciones hermanas que se votan desde entonces en las encuestas como el país europeo en el que más confían.

Todavía existen demasiados prejuicios entre polacos y alemanes como para invitar a Polonia a ser un vasallo privilegiado del «eje» y todavía Polonia tiene unas estructuras económicas demasiado débiles, aunque está haciendo asombrosos procesos en su reconversión de un país agro-veteroindustrial a una economía postmoderna basada en el conocimiento, una reconversión que parece que acaba de recibir su certificado de defunción en España.

Alemania tiene igualmente relaciones buenas con Rusia, clave para los suministros energéticos actuales, a pesar de ocasionales escaramuzas en torno a Bielorrusia y Ucrania. Igualmente tiene una relación muy antigua y consolidada con Turquía, cuya pretensión neo-imperial en Siria y Asia Central está apoyando discretamente, aún a costa del paulatino alejamiento de Turquía de una futura integración en la UE. Francia, por otro lado, con sus influencias en el Mahgreb es clave para el futuro energético en torno a la energía solar, como el megaproyecto de Desertec, impulsado por un concorcio de grandes multinacionales y consorcios alemanes.

En resumen, «Fralemania» está aprovechando para su reposicionamiento mundial la crisis actual que, a la vista de estas circunstancias, parece que puede considerarse como una «crisis de consolidación y crecimiento del euro(grupo)», una crisis programada y una trampa en la que han caído los países periférico, engolosinados durante una década por la ganancia fácil.

Su gran debilidad está en el hecho de construirse sobre una base de total falta de legitimidad democrática y sobre un sistema capitalista con cada vez más signos de agotamiento y tendencias a la autodestrucción (aunque Marx ya lo decía hace 150 años, de modo que posiblemente el capitalismo vuelva a renovarse como ha hecho tras todas sus grandes crisis).

La deslegitimación y políticos y sindicatos, la desestructuración social y la desintegración de la familia como lugar de socialización fuerte, provocada por décadas de políticas de ingeniería social basadas en las ideologías nihilistas y «progresistas» del New Age, han conseguido, de momento, desactivar cualquier respuesta popular significativa a la agresión sufrida. Sin embargo, una vez roto el consenso social, cabe esperar que la sociedad reaccione por un lado votando cada vez más partidos populistas, nacionalistas, etc., mientras que la dureza de la crisis llevará a que grandes partes de la sociedad vuelvan a asociarse para crear plataformas autogestionadas y solidarias, limpias de manipulaciones de lo que ya se sabe discernir como la política y economía corrupta responsable de su ruina y así formar nuevamente un movimiento social capaz de hacer de contrapeso dialéctico al actual poder absoluto de las grandes finanzas.

Del reino de Carlomagno a la Eurozona (I)

Del reino de Carlomagno a la Eurozona (II)