Creemos que esta revista debe hacerse eco de uno de los estudios sociológicos más profundos y exhaustivos que se hacen en este país. Nos referimos al informe Foessa 2025, a sabiendas de que también se ha publicado otro estudio sociológico por parte del gobierno.
Editorial de la revista solidaria autogestión
De alguna manera, para la mayoría de las personas con las que convivimos, entre los que nos encontramos los que cogemos el tren, el metro y los autobuses (si vivimos en una gran ciudad), el estudio viene a confirmar, con estadísticas y datos- lo cual es muy importante- aquello que forma parte de nuestra vida normal. Vivimos en la microeconomía de cada día, en “el pan nuestro de cada día”. Sin menospreciar lo macro, resulta muy difícil identificarse en el día a día con la cuenta de resultados de la banca y las grandes empresas, y más si cuando vas al mercado las proteínas han subido su precio más de un 20% y tu salario un 3,5% (eso si estás al amparo de algún Convenio)
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Está mal querer envolver la realidad en discursos catastrofistas y mucho peor si se hace con intenciones oscuras, pero no está mucho mejor ofrecerla en discursos grandilocuentes, autojustificantes, perfumados, que describen la vida de nadie sabe muy bien quién a no ser que pertenezcas al exiguo porcentaje de CEOs y superaccionistas de grandes empresas, asesores del gobierno, funcionarios de alta escala o de esos hogares o entidades que, Foessa dixit, cada día concentran mayor riqueza.
El informe nos pone los pies en el suelo. Y señala algo que ya nos viene diciendo desde hace mucho tiempo, a nosotros y a todos los gobiernos que han pasado sean del color que sean: que los problemas de exclusión y pobreza no son coyunturales sino estructurales, sistémicos. Esto quiere decir que ninguno de los desafíos que se señalan pueden afrontarse por separado, como si tuviera cada uno de ellos solución desde una única perspectiva (o Ministerio).
Nos parece importante destacar algunos que nos resultan muy familiares. El problema de la vivienda se ha convertido ya en el primer factor de desigualdad social. Más allá de un dato sociológico, no podemos obviar que la vivienda es un factor fundamental en la construcción de un hogar, es decir, en la posibilidad de vivir en y cómo familia. Otro indicador muy preocupante es el del empleo (y el desempleo). La precariedad afecta a cerca del 50% de la población activa. El desempleado, contra toda mitología, no es mayoritariamente el “pasivo parásito” que pintan algunos empresarios. Lo demuestra el informe con pelos y señales. Todo el mundo es capaz de representarse, porque así es la vida de más de la mitad de la población española, lo que supone vivir siendo trabajador y pobre. El precariado vive en la incertidumbre, en el borde del precipicio, en la ansiedad y el cansancio de no poder hacer el más mínimo plan para mañana, en un terreno de juego sin reglas claras a las que poder atenerte, sin olvidar tampoco el nivel de explotación y esclavitud que ello supone.
Otro indicador fundamental es el del acceso a la sanidad de la que tanto hemos presumido. Se nos habla de un deterioro evidente. Un servicio sanitario cada día más privativo (y privatizado) para los más vulnerables, y con problemas de calado tan importantes como el cuidado, la dependencia, las enfermedades crónicas y la salud mental. Y podríamos seguir. No obstante, no podemos prescindir del corolario. Porque si algo amenaza y pone en entredicho cualquier modelo económico y político es el proceso progresivo de descomposición y desvertebración familiar y social, con la consiguiente desafección política (¡Todos idiotas!, que dirían los griegos). Concluimos este somero repaso con un dato más que nos resulta muy preocupante: los jóvenes en este momento constituyen el colectivo más vulnerable, más que los jubilados. Tal vez la crisis del relevo demográfico tenga algo que ver con esto. Pero lo mejor sería leer el informe. La revista ofrece un resumen sencillo y asequible.
La crisis de los procesos de socialización tradicionales (familia, trabajo, barrio, parroquia) ha sido banalizada y ridiculizada en el proyecto que nos tenía preparado el “progreso” científico tecnológico. La familia, decían los que trabajaron desde el pueblo en la proyección de un mundo más justo, es la célula básica del edificio social. Puesto que nos hemos quedado sin células capaces de formar tejidos y nos seguimos regodeando en individualidades aisladas que para “empoderarse” deben hacer alarde de competitividad, autonomía e independencia, el resultado que estamos cosechando no presenta un aspecto nada saludable. En grandísima medida, los trastornos de todo tipo que estamos padeciendo derivan, en última instancia, de un solitarismo patológico, caldo de cultivo de una epidemia de salud mental y social.
El informe no sólo señala los desafíos, también se empeña en urgir, para abordarlos, la implicación conjunta de las instituciones, las organizaciones y la ciudadanía. Subraya la necesidad de crear espacios de encuentro y diálogo que permitan encontrar puntos comunes para abordar las diferencias políticas. Pero en su propuesta también hay una importante novedad ya que plantea un nuevo paradigma de intervención que deja claro que ni el asistencialismo social ni el paternalismo estatal son respuestas adecuadas a los síntomas presentados. Tal vez sea misión nuestra decir que sólo habrá opciones Políticas con mayúsculas, que se salgan del juego de la politiquería polarizadora, si se inician procesos de educación y promoción del pueblo de cara a que éste asuma su protagonismo. Sin recomponer la comunidad política será muy complicado revertir y reorientar esta escalada en la que estamos.
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