El pan sin corteza: otro pecado político contra los hambrientos

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Todo lo que se tira en hogares y restaurantes de Reino Unido y Estados Unidos da para alimentar a 1.500 millones de personas

Cuando el trabajo es un valor y la solidaridad que nace de él fuente de moralidad, las personas con vergüenza no tiran el pan. Es más, ha existido la costumbre de besarlo antes de dejarlo sobre la mesa si se caía involuntariamente: porque el pan es de Dios, y no lo es solo por sus connotaciones eucarísticas, sino como fruto del trabajo y un don que debe ser compartido con todos los hermanos, como rezamos en el Padre nuestro. Tirarlo era y es una grave ofensa a los hambrientos, a los que primeros se les ha arrebatado el fruto de su trabajo, y después se les niega el puesto a la mesa que les corresponde en justicia.

Hoy se tira el pan, y el resto de la comida, por el capricho de que no me gusta, y por un inconsciente desprecio de los satisfechos a los bienes necesarios que faltan hasta la muerte a la mayor parte de la humanidad. Y no sólo se tira en las casas sino que todo el mercado mundial de alimentos, desde la agricultura al supermercado, todo está programado para tirarlo. Se habla de las toneladas destruidas para subir el precio de las cosechas, pero son muchas más las que se destruyen por los gustos estéticos o los aranceles técnicos impuestos por el mercado y las legislaciones.

Antes de llegar a nuestras mesas ya se ha tirado una buena parte del pan, de ese pan que nuestras abuelas -llenas de un sentido moral- nos mandaban besar si se caía. De este modo podemos comprar pan sin corteza, sin la primera y la última rebanada… que ya habrá sido desechada por el fabricante, que nos la cobra en el precio; y no solo a nosotros, sino también a quienes trabajaron para que exista y siguen pasando hambre, en un sistema agrario que cada vez explota más a los productores. Por todo ello podemos decir que tirar el pan, hasta comprarlo ya sin corteza, es un pecado político.

Y como ahora los cristianos del mundo opulento nos callamos, y los padres, los catequistas, los sacerdotes… ya no hablamos de estas cosas, Dios está queriendo que las griten la piedras; que sean los ecologistas, los vegetarianos… quienes las griten. Llama la atención conocer estudios como el del Trsitam Stuart, investigador de la Universidad de Sussex (Inglaterra), que practica desde su adolescencia el freeganismo: Para cuando acabé el instituto aprendí que podría vivir de la comida que tiraban los supermercados y otros establecimientos, confiesa en el prólogo.

Stuart no se detiene en el supermercado, sino que denuncia el derroche en cada eslabón de la cadena alimenticia hogar, tienda, fábrica, agricultor y legislador. Según estudios realizados en Australia y Estados Unidos, sus hogares tiran el 13% de la compra; pero las fábricas aún más. Valga como detalle el de una manufacturera inglesa obligada a desechar el 17% del pan de molde porque los supermercados le exigen que retire la corteza y la primera rebanada de cada extremo.

El investigador británico carga contra el legislador, por ejemplo, por el sistema de etiquetado de alimentos, que crea confusión entre fecha de caducidad y fecha de consumo preferente. Stuart reproduce las palabras de un exconsejero de Harrods, nada menos que lord Haskings: Si la carne ha pasado la fecha cinco o seis días yo la examinaría y probablemente la comería si estaba guardada en la nevera. No tendría problemas en comer productos lácteos, como el yogur, si huelen bien y tienen buen aspecto, aunque hayan caducado hace un mes. Por una parte, los fabricantes dan por sentado que todo el mundo es idiota; por la otra, el público es muy estúpido por tomarse esas fechas tan en serio. Alemania las está eliminando. Al etiquetado se añade la normativa europea que define aspecto, color y peso para la venta al público de frutas y verduras. Normas alimentarias que nada tienen que ver ni con la salud ni con la nutrición. Gracias a su aplicación, por cada zanahoria que se vende el agricultor tira otra; y lo mismo sucede con la patata o la lechuga. Lo que quiere decir, de entrada, que el consumidor pagará el doble. Y es que las zanahorias no pueden nacer torcidas, ni la patata con ojos, ni una lechuga ser blanca; y tampoco se comercializarán las manzanas si miden menos de 50 milímetros de diámetro, no porque sean malas, sino porque no son bellas según el criterio estético de los legisladores.

Stuart desmonta el sinsentido de una cadena alimentaria de lo más contradictoria: al ganado le damos tres veces más comida que lo que el ganado nos da a nosotros en forma de leche, huevos y carne; un tomate nos proporciona bastantes menos calorías que las que necesitamos para cultivarlo; por cada kilo de lenguado que se pesca se matan 16 kilos de otros peces. La UE calcula que entre el 40% y 60% del pescado se devuelve al mar (eufemismo para decir que la mayoría muere). La revista Science cree que si continúa la tendencia en 2048 se habrán extinguido las actuales especies de peces.

Y concluye diciendo que, por supuesto, el hambre del mundo acabaría si se aprovecharan nuestros cubos de basura. Todo lo que se tira en hogares y restaurantes de Reino Unido y Estados Unidos da para alimentar a 1.500 millones de personas. Si se añaden los restos de Europa, los hambrientos de hoy comerían siete veces más que lo recomendado, es decir, caerían al otro extremo de la báscula, donde se vive la dictadura de las dietas milagrosas.

Por eso debemos plantearnos la lucha contra las causas del hambre, que son causas políticas, en instituciones bien conocidas, con nombre y apellidos por más que se escondan bajo la invocación genérica a los mercados. Unas causas en las que tienen un papel importante nuestras formas de vida, nuestros caprichos y hasta nuestros hábitos; nuestra flojera y consumismo, que, por no sacrificarse y evitar esfuerzos hasta prefiere el pan sin corteza.
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