El trabajo absorbe la vida de la mitad de los menores bolivianos

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El 71 por ciento de los pequeños trabajadores están en el campo. Allí, es normal que dejen la escuela para aprender las actividades de su familia. Así lo señala un informe del comité interinstitucional que elabora el Plan Nacional Para la Erradicación Progresiva del Trabajo Infantil.

Casi la mitad de la población boliviana menor de 19 años está obligada a trabajar.
Para más detalles, de 1.592.051 chicos de entre siete y 18 años de edad que hay (el 19,5 por ciento de la población total), aproximadamente 800.000 son trabajadores.
Cerca a 232.000 viven en áreas urbanas (29 por ciento); 174.000 están en las 10 ciudades más importantes del país.

Los estudios sobre la explotación infantil en general muestran que los niños, niñas y adolescentes son mal remunerados, cumplen jornadas de más de 10 horas, carecen de seguro social y otros derechos establecidos por la Ley General del Trabajo.

En la mayoría de los casos, su actividad les obliga a desertar de la escuela. Según datos del documento, más del 56 por ciento de ellos, no asistieron y/o abandonaron estudios, situación que da lugar a un mayor sometimiento y explotación.

Según la OIT, en las zonas urbanas de Bolivia el porcentaje de niños y adolescentes que trabajan es mucho más alto que el de otros países de la región.

En América Latina existen 20 millones de niños y niñas trabajadoras, ubicados principalmente en actividades informales. El 90 por ciento está en el sector informal, el 10 por ciento en el formal, y cada vez a más temprana edad.

Uno de cada cinco chicos trabajan explotados, llegando a representar el cuatro por ciento de la Población Económicamente Activa (PEA) del continente.

TESTIMONIOS

TIENE 10 AÑOS Y DEJÓ LA ESCUELA POR TRABAJAR
Pablo es quebrador de castaña

Sentado delante de un montón de almendras encerradas en sus gruesos cascarones, el pequeño Pablo las quiebra con un golpe suave.

Tiene 10 años y trabaja en la quebradora de almendras Hecker Hermanos de la ciudad de Riberalta, que concentra unas 600 personas, entre hombres, mujeres, ancianos y niños.

Todo el día permanece en su puesto de trabajo; alguna vez juega, pero con las mismas almendras. Ingresa a las 08.00, almuerza una sopa de arroz y un té con pan, y sale a las 17.30.

No recibe salario alguno porque ayuda a su mamá, quien no se da abasto para cumplir con las exigencias de la administración de la empresa.

Cursaba el cuarto básico cuando dejó la escuela para colaborar a su progenitora, porque su padre se encuentra enfermo.

Añora volver porque allí aprendió a leer, escribir y conoció a muchos amigos; pero también está convencido de que en el trabajo se aprende a no ser flojo.

Aún guarda los libros y lápices por si algún día retorna a la escuela.

En las minas se entra como caracol, ayudo a mis hermanos a perforar
Tres testimonios. De “Buscando la luz al final del túnel”

Antes trabajaba de todo, de voceador, de heladero, vendiendo periódicos, de ayudante de albañil. Pero mi papá ya estaba muy mal y cuando su enfermedad empeoró me dijo que entrara a la mina… El trabajo es peligroso por el gas, por el aire contaminado que entra al pulmón, entra la enfermedad que ya no se puede curar. Mi papá está enfermo con eso. En la mina se gana 40 pesos (por día y aquí afuera se gana 10 pesos no más, y eso no nos alcanza porque somos seis en la familia. (José, 16 años).

He empezado a trabajar desde mis siete años, durmiendo en los ingenios. A los ocho años he trabajado moliendo mineral, concentrando. Después, he empezado a entrar a la mina ayudando a perforar a mis hermanos. Es muy peligroso. Se entra como caracol, hasta adentro… Pero más trabajo moliendo, entro a la mina cuando necesito para mis estudios. (Daniel, 16 años).

Tengo 13 años. Yo y mis hermanitos barranquillamos junto con mi mamá en el río. No se saca mucho y casi no nos alcanza para comer. Cuando aumenta el río nos favorece un poco porque sacamos un poco más de oro, pero cuando el río crece también es malo porque nos quita nuestras herramientas y hasta corremos peligro de ahogarnos. (María)

No me gusta estar aquí, hace calor, tengo carachas y hay harta mosca
Tres testimonios. Extraído de “Caña dulce, vida amarga”

Al comienzo, Martín no sentía muy pesado el trabajo, porque sólo se dedicaba a pelar la caña que empezaba a madurar y todavía el clima estaba frío, por lo menos en las mañanas. Más adelante tenía que pelar caña madura y quemada, y más, hasta que llegaba a ser insoportable a mediodía. ‘Empieza a calentarse la sangre y el corazón salta mucho y uno puede morirse’. Su única meta es acabar de cortar toda la caña y retornar a su pueblo. (Martín, 11 años, Bermejo).

“Vine aquí con mi patrona, ella es pensionista y su marido corta caña. Me levanto a las cuatro de la mañana y me duermo a las nueve o 10 de la noche. Cocino, hago limpieza, preparo la masa y hago pan. Tengo 13 años. Mi patrona no me paga, hasta ahora no me ha dado un peso, pero es buena, me da comida. No me gusta estar aquí, hace mucho calor, tengo carachas, hay hartos mosquitos. Mo me gusta, me canso mucho (Betty, 13 años, Santa Cruz).

‘Nos levantamos a las cuatro y cinco de la mañana, tomamos café y a las seis nos vamos a cortar caña. Cortamos más o menos hasta las seis de la tarde y nos dormimos a las 10 de la noche (Gerardo, 12 años, Santa Cruz).

Ella piensa que su prima busca más chicas menores de edad por encargo.
Dos testimonios. “La niñez clausurada”, OIT, Unicef.

Tiene rasgos de adolescente. Todavía conserva la forma de ser de una niña colegiala, la que aún no pierde el sueño de estudiar y ser doctora. La pobreza y el hecho de criarse con su padrastro y tener un hermano borracho, más una prima que la llevó con engaños y la vendió por 150 bolivianos a un hombre rico, la llevaron a iniciarse en una actividad. Su hermana Janet, que tiene 17 años y que está en el mismo oficio, la cuida y ambas aceptan esta vida, aunque se nota en sus miradas tristeza y odio… algunas veces llegan al parque El Arenal en busca de ‘clientes’, otras veces van a discotecas y choperías. Ella piensa que su prima busca más chicas menores de edad por encargo de clientes. (Rosita, 12 años, Santa Cruz)

Apenas logra tomar un cuarto de 30 Bs. Paga también 3 Bs por la estufa. Asimismo, debe cancelar por el uso de la cama 10 Bs, del condón 1 Bs, de la luz y también del agua. Todo ello le resta su ganancia. Cobra por pieza o cliente 40 Bs por un tiempo de 15 minutos. Los sábados hay mucho movimiento, los hombres hacen fila esperando a la chica que quieren. Esos días logra hacer 20 piezas en toda la noche, lo que equivale a 800 Bs. (Jéssica, 16 años).

Nota: Un euro equivale aproximadamente a 10 Bolivianos (Bs)