Especialista en bioética revela el paso de la fecundación «in vitro» a la eugenesia

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Declaraciones de la doctora Claudia Navarini. Desde la simple aceptación de la fecundación «in vitro» para parejas estériles se ha ido verificando un proceso que ha llevado a efectuar el diagnóstico precoz de embriones de padres con enfermedades genéticas, registrándose el «paso decisivo hacia la lógica de la eugenesia».

Declaraciones de la doctora Claudia Navarini

ROMA, miércoles, 17 noviembre 2004 (ZENIT.org).- Desde la simple aceptación de la fecundación «in vitro» para parejas estériles se ha ido verificando un proceso que ha llevado a efectuar el diagnóstico precoz de embriones de padres con enfermedades genéticas, registrándose el «paso decisivo hacia la lógica de la eugenesia».

Así lo denuncia en declaraciones a Zenit la doctora Claudia Navarini, profesora de la Facultad de Bioética del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma), comentando la reciente decisión de la Autoridad de Fertilización y Embriología Humana (HFEA, en sus siglas en inglés) en Gran Bretaña.

El organismo ha dado luz verde a la selección de embriones obtenidos por fecundación «in vitro» y a la eliminación de aquellos que, genéticamente, podrían estar predispuestos a desarrollar un tipo de cáncer. Por primera vez, el diagnóstico pre-implantatorio se autoriza en el Reino Unido para una enfermedad que no se desarrolla desde el nacimiento.

Fue en 1991 cuando se identificó la responsabilidad de un gen, llamado APC (adenomatous polyposis coli) en la poliposis adenomatosa familiar (FAP), una forma hereditaria de cáncer caracterizada por la formación de cientos de adenomas en el colon-recto en edad comprendida entre los 20 y los 40 años, con sucesiva degeneración en adenocarcinoma y alto porcentaje de mortalidad en ausencia de diagnóstico precoz.

Un progenitor enfermo tiene el 50% de probabilidades de transmitir la enfermedad al hijo aunque el otro progenitor esté sano, y no puede haber portadores sanos de la enfermedad: o se está sano (ausencia del gen) o se está enfermo (presencia del gen en al menos una «mitad» del patrimonio genético).

«Esta es la teoría. En la práctica, como en muchos de los diagnósticos genéticos de enfermedades, sobre todo de aparición tardía como ésta, hay notables márgenes de incertidumbre y de desconocimiento», explica la doctora Navarini.

«Un estudio en marcha en el Instituto Nacional de Investigación del Cáncer, en Génova (www.istge.it), por ejemplo, ha revelado la presencia del gen APC en el 60% aproximadamente de los casos de FAP considerados», informa.

«El proyecto de investigación –aclara– se propone experimentar metodologías de diagnóstico genético no standard que consientan identificar la mutación del gen responsable también en los casos de tumores del colon-recto “APC-negativos”, o sea, que no estén asociados a la presencia del gen APC».

«No existen en cambio datos suficientes para valorar la situación inversa, esto es, sujetos “APC-positivos” que no hayan desarrollado la enfermedad, mientras que está probado que sujetos afectados pero tratados a tiempo tienen posibilidades concretas de prevenir la degeneración de los pólipos en cáncer», revela.

Así que, de acuerdo con la doctora Navarini, «en el estado actual de conocimientos científicos» «no es posible establecer la asociación automática y constante entre presencia del gen APC y mortalidad por FAP».

«No obstante –constata la especialista– en Gran Bretaña, el 2 de noviembre de 2004 la agencia gubernamental responsable de la reglamentación en materia reproductiva –la HFEA— aprobó la selección embrional de los concebidos in vitro “APC-positivos”, con la consecuente eliminación de los que resulten predispuestos a la FAP» (Cf. Zenit, 3 de noviembre de 2004).

La lógica eugenésica

Este panorama permite percibir –de acuerdo con la doctora Navarini– «un proceso que desde la aceptación de la fecundación in vitro por documentada esterilidad conduce a su aplicación en situaciones de esterilidad sólo presunta», «y después a los portadores de algunas graves enfermedades genéticas a fin de efectuar el diagnóstico precoz de los embriones y “evitar” la implantación de los afectados, hasta la extensión del diagnóstico pre-implantatorio para un número progresivamente mayor de patologías, graves, menos graves e incluso de aparición tardía, o sea, relativa a embriones perfectamente normales en el momento de la implantación pero que podrían desarrollar después enfermedades mortales o invalidantes».

«De esta forma –advierte— se da el paso decisivo, de enorme alcance moral, hacia la lógica de la eugenesia, o sea, hacia la voluntad de injusta discriminación y selección de los seres humanos sobre base genética».

Y anuncia que aquí también existe «una previsible evolución que lleva «de la eugenesia sanitaria “negativa”» –«que se orienta a no preservar la vida de quien tiene (o mejor tendría) determinadas enfermedades»– «a la eugenesia sanitaria “positiva”, que apunta a la “elección” de particulares rasgos genéticos capaces de asegurar beneficios al hijo (o a sus padres): una vida más larga, más sana, más resistente, en una palabra, más feliz».

Se trata de un «plano inclinado» que, según la profesora Navarini, niegan los partidarios del diagnóstico genético pre-implantatorio», quienes sostienen «que de eventuales ejemplos aberrantes no es lícito deducir deterministamente el irrefrenable deslizamiento de toda selección embrional hacia formas “eugenésicas”, entendiendo por eugenesia la práctica con la que se eligen (o rechazan) arbitrariamente las características genéticas de un ser humano con fines meramente de mejora».

Desde este punto de vista «dar la posibilidad a los progenitores enfermos de tener hijos no afectados por la misma enfermedad» sería «un “acto debido”, una posibilidad de la medicina actual»; «“elegir” hijos, según esta perspectiva, es en cambio otra cosa: establecer el color de los ojos, o del cabello, o el sexo».

«En resumen, la eugenesia temida –constata la doctora Navarini– se referiría sólo a la selección de características estéticas, de rasgos somáticos a los que se asocia una superioridad, pero no se referiría a las elecciones relativas “a la salud”, y no estaría en juego en las actuales leyes y propuestas legislativas (nacionales e internacionales) sobre el diagnóstico pre-implantatorio».

En este contexto, la profesora de bioética recuerda que «la eugenesia históricamente más conocida y en todo lugar reprobada –la nacional-socialista– no se basaba sólo en las características físicas» «a las que se asociaba una presunta idea de pureza racial», «sino que se empeñaba en “purificar” al pueblo de discapacitados (sobre todo mentales), de moribundos, de neonatos enfermos o deformes».

«Si se prueba por un instante a analizar la cuestión a fondo, de hecho resulta evidente la debilidad de los argumentos adoptados por los partidarios del diagnóstico genético pre-implantatorio», invita.

Añade que son «incontables» los ejemplos «que muestran la desconcertante mentalidad eugenésica generada por la fecundación in vitro»: «basta pensar en la eliminación selectiva de embriones sanos pero “no compatibles” realizada por la pareja de Pavía (Italia) que en septiembre pudo curar un hijo talasémico con las células estaminales del cordón umbilical de las dos hermanitas concebidas y “realizadas” ad hoc».

«Y ahora Gran Bretaña va más allá, consintiendo la eliminación de embriones que podrían enfermar en 20, 30 ó 40 años, cuando, además, la investigación médica tal vez habrá hallado una terapia válida», denuncia.

¿Por qué la selección pre-implantaroria no es solución?

Ciertamente, «el que sabe que tiene mayor probabilidad (o certeza) de tener hijos con problemas genéticos –un cierto porcentaje de probabilidades lo tienen todos— está indudablemente ante difíciles interrogantes sobre la eventualidad de tener hijos biológicos», «pero la selección pre-implantatoria no representa la solución», advierte la doctora Navarini.

La realidad es que con esa técnica «se pueden eliminar hijos ya concebidos que podrían tener, o desarrollar después, determinadas enfermedades, pero no se asegura el hijo absolutamente sano que se está buscando tenazmente», recuerda.

Es más, «el riesgo –lo confirman los pediatras— es el de cubrir a este hijo tan precioso de expectativas de perfeccionamiento que el pequeño no podrá en cualquier caso satisfacer, resultando dramáticamente inadecuado».

Hay que tener presente también que «existe la seria posibilidad de “descartar” embriones que parecen enfermos, pero que están en realidad sanísimos –alerta–, tanto por el porcentaje de falsos positivos propio de todos los diagnósticos genéticos como por el delicado equilibrio de interacción entre genoma, ambiente y estilo de vida, que ya ha hecho obsoleta la asociación “un gen, una enfermedad”» .

Añade que «además, por un delicado mecanismo de compensación, aún poco conocido, defectos genéticos asociados a determinadas patologías pueden contemporáneamente resultar protectores frente a otras enfermedades», como afirma el genetista Jacques Testart: «De hecho se conocen cuatro o cinco ejemplos de genes de enfermedades graves de los que se sabe que (…) gracias a ellos se puede estar mejor protegido que la mayor parte del resto de los hombres» (J. Testart, C. Godin, «La vida en venta. Biología, medicina, bioética y el poder del mercado», Lindau, Turín 2004).

«Pero sobre todo, con la selección genética pre-implantatoria, existe la certeza de matar un impreciso número de hijos, estén sanos o enfermos, haciéndose así la ilusión de huir del miedo al dolor, o de llevar a cabo un sueño del todo terreno de perfección y, en definitiva, de inmortalidad», concluye.