GUINEA: Enanos más altos que el abismo más profundo

1246

El 10 de enero de 2007 comenzó la tercera huelga general en menos de un año en Guinea: el pueblo, uncido entre la espada del poder y el muro infranqueable de la miseria, decidió avanzar.

CARTA DESDE ÁFRICA
Gonzalo Sánchez-Terán

 Algunos necios piensan que ya no existen grandes causas.

El 10 de enero de 2007 comenzó la tercera huelga general en menos de un año en Guinea: el pueblo, uncido entre la espada del poder y el muro infranqueable de la miseria, decidió avanzar. Por todo el país las manifestaciones ganaron las calles, primero fue Conakry y en los días siguientes se sumaron las demás ciudades del país. En N’Zérékoré, la capital del sur, la gente se arracimó no lejos de nuestra casa y echó a caminar pacíficamente, orillando el mercado, hacia la Prefectura. El Ejército los esperaba: cara a cara, como dientes en la fruta tierna, los soldados dispararon contra la multitud. Al menos cinco hombres cayeron muertos sobre el polvo, 27 más tuvieron que ser llevados en brazos hasta el hospital, enhebrados de balas. Dos días después, los ciudadanos de Conakry se volvieron a juntar para reclamar la democracia y el derecho a tener comida, escuelas, medicinas, luz. Nuevamente los militares recibieron del presidente la orden de matar: 44 personas perdieron la vida aquella mañana bajo las ráfagas de los fusiles. En apenas dos semanas, más de 60 guineanos habían sido asesinados a plena luz del día por las fuerzas armadas, pero, sin nada que perder salvo la existencia, el pueblo no bajaba los brazos ni acallaba su voz.

Tras 18 días de huelga general, con la nación cubierta de sangre y la economía paralizada, el dictador de Guinea, Lansana Conté, tuvo que ceder y aceptar el nombramiento de un primer ministro independiente con autoridad para cambiar el rumbo del país. Nadie se hace demasiadas ilusiones: el Ejército, armado hasta las fauces tras años de apoyo militar estadounidense y francés, permanece inmisericorde del lado del presidente. Sin embargo, ya nada será como antes: el lobo ha visto a las jaurías de corderos arremeter en pie de paz. Quizá vuelvan a matarlos, pero nunca más en silencio.

Hay que poseer mucha grandeza para arriesgar la vida en nombre de la justicia: aquí, esas mismas personas que abarrotan las estadísticas de la ignorancia, la necesidad y las enfermedades, lo han hecho. Vale la pena entenderlo: no gritaban para defender a una tribu, a un partido o a un dios, gritaban para defender el pan y la libertad de todos. Mientras en el norte nevaba y los telediarios hablaban de la hedionda política nacional, el fútbol y la tragedia del día, en este minúsculo rincón de África la gente más pobre del planeta estaba impartiendo una lección de coraje y dignidad a una Europa entumecida y mediocre.

Es importante, es vital ayudar a África:

Sinceramente pienso que es aún más importante aprender de ella.