Con la música… hacia el bien común
Editorial
En este número de la revista Autogestión vamos a hablar de la música y el canto. De la música y el canto como Bien, y como Bien Común.
Los autores de los diferentes artículos que nos hablan de la música, la conciben como un fin en sí misma, sin más pretensión, ni menos, que la de proporcionar la máxima intensidad a un instante de silencio. En realidad, la música que está llamada a ser un bien común sí que esconde un objetivo: obligarnos a escuchar ese silencio. Un silencio que transciende el ruido del mercadeo, del poder, de la violencia y de las armas.
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Vamos a hablar de música precisamente cuando el mundo entero parece estar convirtiéndose en un ruidoso mercado donde todo se concibe como una mercancía. El poder de los fuertes es bullicioso, ensordecedor, y reclama a gritos nuestra atención. Al capitalismo no le gusta el silencio. Cuanto más se afana en idolatrar la productividad, más ruido de armas genera. El ruido parece multiplicar el capital. O el capital hace ruido para multiplicarse. El silencio no produce. La música a la que queremos homenajear es bien y es belleza esencialmente cuando surge del silencio y regresa al silencio.
No nos equivoquemos. El silencio del que hablamos no emana de mandar callar a la realidad, ni de mostrar indiferencia, cobardía, o evasión elitista ante ella. Es el silencio que brota cuando el cansancio del trabajo te derrota, cuando la angustia te deja enmudecido, cuando la agonía del sufrimiento, la herida y el dolor no son capaces de expresarse ni siquiera con gritos, cuando la emoción y la alegría y la esperanza desbordan cualquier palabra. Si la música no nos trasciende, no mana del silencio del desgarro, tampoco es capaz de descender y transformarse en fuego. El descenso del silencio de la buena música se transforma en amor.

«La música no es un entretenimiento a donde vamos y simplemente nos entretenemos y seguimos. Es un misterio. Es un misterio para nuestra existencia, pero también un portal a otro mundo y una medicina». Así nos lo sentencia en este número el violinista Daniel Lozakovich.
También vamos a hablar, con muchas limitaciones, del canto y de las canciones que han nacido cuando no se puede callar y tenemos que «cantar la realidad»1.
Y es que «si se calla el cantor…», efectivamente «calla la vida». Vamos a hablar de letras que solicitan el concurso de la música, y de todo nuestro cuerpo, para transcender la propia voz y que pueda llegar a rebosar nuestra humanidad. No hay cultura que no tenga en la música una de sus manifestaciones más singulares. No hay nada cómo la música o las canciones para explicarnos nuestras vidas y, sobre todo, para conocer las experiencias de vida colectiva de un pueblo. Si queremos saber de la historia real de los pueblos, no hay una fuente más elocuente que la de sus cancioneros populares. Entre sus composiciones muchas veces es imposible identificar a un solo autor, porque su música y sus canciones, frecuentemente corales, nacen y se transforman nutridas por las experiencias de los que cantan juntos. En otras ocasiones, el cancionero se enriquece con la poderosa creatividad de personas que cultivan esa especial sensibilidad en el propio pueblo.
Tampoco hay movimiento social o político en la historia que haya prescindido de la música y las canciones como vehículo de cohesión identitaria y emocional que permite compartir y difundir un ideario o una ideología. La música con finalidad propagandística es un hecho y, en gran medida, todo «poder político» la ha usado e instrumentalizado en su propio provecho. También es posible utilizar esta coordenada de la música para analizar la dialéctica del poder de los fuertes en las distintas etapas históricas. Pero lo más característico de nuestro momento actual, como decíamos al principio de esta editorial, es que hay mucho interés y muchísima inversión que trata de convertir la música, y la canción, no en un Bien, y mucho menos en un Bien común, sino en un «producto de mercado», en una mercancía fetiche. La música y la canción comercial deviene entonces en «ruido» y se convierte en el negocio que permite invisibilizar y evadir esa belleza que nos transciende, que nos salva, que nos hace mejores personas. La belleza de la música como Bien Común jamás estará enfrentada ni con la verdad ni con la justicia. Por eso, este número de la revista Autogestión contiene un primer esbozo de cómo con la música, con el canto, podemos también colaborar a construir solidaridad y comunidad política.
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