Las mafias mexicanas acosan a los emigrantes centroamericanos

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Los inmigrantes son perseguidos durante toda su travesía hacia EE UU, incluso en los centros de acogida donde se refugian

Decenas de miles de personas pasan por México cada año en su trayecto La matanza de 72 extranjeros en Tamaulipas en 2010 dio la alarma Pedro, hondureño, reconoció a un mafioso escondido en un refugio.

Pedro, de 35 años, decidió dejar Honduras de un día para otro. “Estaba sentado con un amigo, nos quejábamos de la situación y él me dijo: ‘¿Y por qué no nos vamos?’. Ese mismo día nos estábamos yendo a Estados Unidos”. Vivía en San Pedro Sula, una de las ciudades más violentas del continente, y a duras penas conseguía alimentar a su esposa y a su hija con el cultivo de maíz en una diminuta finca. Hipotecó el terreno por 18.000 lempiras (poco más de 700 euros) y partió con su amigo, Omo Cortés. Se fueron caminando el pasado 10 de abril.

Menos de 15 días después, está en la capital de México. En el camino lo han golpeado, asaltado, secuestrado y amenazado. Las llagas de sus pies se hicieron insoportables tras caminar cientos de kilómetros. Y cuando finalmente llegó a un refugio para migrantes como él en Tenosique (Tabasco, sureste de México) se encontró con que las mafias que le habían hecho la vida imposible desde el inicio del viaje estaban ahí.

En la cocina del refugio, Pedro reconoció a uno de los hombres que lo había secuestrado durante su viaje. Allí también se enteró de que otro grupo de hombres armados había ido a su pequeña casa en San Pedro Sula y había amenazado a su esposa. Puso una denuncia y, con la ayuda del Movimiento Migrante Centroamericano (MMM), una ONG que defiende los derechos de los inmigrantes, lo trasladaron de inmediato a la capital del país.

“Nosotros qué. Quién va a dar la cara por nosotros. Estamos en problemas”, se lamenta. A su lado está Cristian, otro inmigrante hondureño al que también enviaron a México DF para ponerlo a salvo. Cristian dice que tiene 18 años, pero su rostro delata menos. A diferencia de Pedro, habla muy poco. Apenas se anima a decir algo cuando se le pregunta lo que hacía en su Honduras natal. Vivía en Santa Elena, a unos kilómetros de la frontera con El Salvador, y cuidaba de animales. Pollos y una vaca. De lo ocurrido, solo asiente al relato de Pedro. Su mirada refleja pánico.

Pedro y Cristian se hicieron amigos en el refugio de Fray Tomás, al que llegaron por separado. Pedro salió con Omo de Honduras hacia El Naranjo, en Guatemala, cerca de la frontera con México. “Ahí comenzó nuestro martirio”, relata. El poco dinero que había conseguido con la venta de su finca se esfumó por las decenas de sobornos que les exigieron todo tipo de autoridades desde el minuto uno de su travesía.

Apenas les quedaban 240 pesos mexicanos (15 euros) para pagar una barca que les cruzara a un lugar seguro en México. Los de la lancha no cumplieron su parte del trato y los abandonaron a las tres de la madrugada en El Ceibo, Tabasco. Aparecieron cuatro hombres armados. Llevaban pistolas, machetes y una linterna. Les exigieron que les dieran sus posesiones y los golpearon. “Con la cacha de la pistola me dieron un golpe en la cabeza”, cuenta Pedro mientras apunta a su coronilla.

Los antiguos polleros, hombres que controlaban el tráfico de personas que buscaban llegar a Estados Unidos, han sido reemplazados por las mafias centroamericanas, explica Marta Sánchez Soler, del MMM. Decenas de miles de centroamericanos cruzan cada año hacia la frontera con Estados Unidos. En el camino tienen que superar “maras, pandillas locales, grupos vinculados al narcotráfico, policías corruptos”, explica Sánchez Soler.

Durante muchos años, el tráfico de personas rumbo a Estados Unidos pasaba desapercibido para la opinión pública mexicana, hasta que el crimen organizado lo trajo de golpe a las primeras páginas. En agosto de 2010, el hallazgo de 72 cadáveres en San Fernando, Tamaulipas, reflejó los gravísimos riesgos que corren los inmigrantes que cruzan este país. Tras un tiroteo con narcotraficantes en el asalto a una finca, los militares mexicanos encontraron los cuerpos de 58 hombres y 14 mujeres, aún sin enterrar, todos extranjeros. El testimonio de un superviviente ecuatoriano permitió reconstruir la macabra historia.

Golpeados y agotados, Pedro y Omo caminaron los 52 kilómetros que separan a El Ceibo de Tenosique, donde está el refugio llamado La 72, que gestiona fray Tomás González. Pedro afirma que el corto tiempo que estuvo en el refugio estaba tranquilo. Ayudaba con tareas de carpintería. Pero un día se encontró con que uno de los hombres que lo había golpeado en El Ceibo estaba en el albergue, haciéndose pasar como inmigrante. Hacía apenas unos días que fray Tomás había denunciado amenazas de muerte en su contra. Alcanzó a oír que, cuando pasaba el sacerdote, el hombre musitó entre dientes: “Ese hijo de puta no sabe dónde se está metiendo”. Cristian también lo escuchó.

Aterrorizados, acudieron con Rubén Figueroa, un voluntario que ayuda a fray Tomás en el centro, y le contaron lo ocurrido. Los convencieron de denunciar. Poco después, Pedro se enteró de las amenazas a su familia en Honduras. Fue entonces que desde el albergue contactaron con la ONG que lo trasladó a la capital. El MMM ha conseguido ponerles un techo y se ha hecho cargo de ellos a la espera de que las autoridades mexicanas les concedan un visado humanitario para evitar su deportación.

Cuando fueron interrogados por la policía, Pedro recuerda que le preguntaron si se quería quedar. “Les dije que solo buscaba una mejor vida y que por eso había venido”. Le gustaría conseguir trabajo de soldador en México y quedarse aquí. Cristian, con un hilo de voz, reconoce que él desea continuar el camino hasta EE UU. Omo, el compañero de Pedro, también dejó el refugio días antes de las amenazas para continuar el camino “al norte”. A Pedro se le quiebra la voz cuando recuerda el momento en que se despidieron. No sabe nada más de él. Solo que cuando las autoridades lo interrogaron y él contó su historia, le dijeron que habían encontrado el cadáver de un hondureño a solo unos kilómetros del albergue. “Era él”, afirma convencido.

Autor: Verónica Calderón