LOS MARTIRES DE LA IGLESIA : PROFUNDIZACIONES E INVESTIGACIONES

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1. Premisa: los mártires, testigos y maestros de la fe 2. Las Actas de los Mártires 3. La fuente principal de las Actas de los Mártires: Eusebio de Cesarea 3.1 Los mártires de Alejandría de Egipto 3.2 Los mártires de la Tebaida 3.3 Los mártires de Tiro de Fenicia 3.4 Los mártires del Ponto 3.5 Martirio de santa Sinforosa y sus siete hijos 3.6 Martirio de los santos Tolomeo, Lucio y otro 3.7 Martirio de san Máximo 3.8 Martirio de los santos escilitanos 3.9 Martirio de los cristianos de Alejandría 3.10 Martirio de san Marino centurión 3.11 Martirio de san Euplio diácono 3.12 Los cuarenta mártires de Sebastia 3.13 Martirio de san Simeón 3.14 Martirio de san Policarpo 3.15 Martirio de los santos Carpo, Papilo y Agatonice 3.16 Martirio de san Apolonio 3.17 Martirio de san Pionio 3.18 Mártires sin fin 3.19 Martirio de san Conón 3.20 Martirio de los santos Samonas y Gurias 4. ¿Cuántos fueron los mártires? 5. La memoria de los mártires, perenne testimonio del amor a Cristo y a la Iglesia 6. Los mártires, testigos radicales 1. Premisa: los mártires, testigos y maestros de la fe
1. Premisa: los mártires, testigos y maestros de la fe

2. Las Actas de los Mártires

3. La fuente principal de las Actas de los Mártires: Eusebio de Cesarea

3.1 Los mártires de Alejandría de Egipto

3.2 Los mártires de la Tebaida

3.3 Los mártires de Tiro de Fenicia

3.4 Los mártires del Ponto

3.5 Martirio de santa Sinforosa y sus siete hijos

3.6 Martirio de los santos Tolomeo, Lucio y otro

3.7 Martirio de san Máximo

3.8 Martirio de los santos
escilitanos

3.9 Martirio de los cristianos de Alejandría

3.10 Martirio de san Marino centurión

3.11 Martirio de san Euplio diácono

3.12 Los cuarenta mártires de Sebastia

3.13 Martirio de san Simeón

3.14 Martirio de san Policarpo

3.15 Martirio de los santos Carpo, Papilo y Agatonice

3.16 Martirio de san Apolonio

3.17 Martirio de san Pionio

3.18 Mártires sin fin

3.19 Martirio de san Conón

3.20 Martirio de los santos Samonas y Gurias

4. ¿Cuántos fueron los mártires?

5. La memoria de los mártires, perenne testimonio del amor a Cristo y a la Iglesia

6. Los mártires, testigos radicales

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1. Premisa: los mártires, testigos y maestros de la fe

Para vivir en nuestros días hace falta mucho coraje. Hay tantos motivos de preocupación y tantas angustias, aun cuando, después de todo, es también lindo vivir en este tiempo tan cargado de esperanzas para un mañana más sereno y más humano.

Muchos arriesgan incluso la vida para defender sus ideas y su libertad, y no faltan ejemplos luminosos de heroísmo.

También el cristiano está obligado a arriesgar para permanecer tal. ¿No es acaso verdad que en algunas partes de la humanidad hay todavía opresión y persecución que obligan a quien quiere permanecer fiel a Cristo a vivir oculto, como en tiempos de persecución? Y a menudo, una vez descubierto, paga cara semejante fidelidad.

También donde no se llega a esos extremos, hay siempre una persecución escondida: te boicotean, te obstaculizan de mil maneras, se mofan de ti, sólo porque quieres ser cristiano en serio.

Esta persecución, sin embargo, no es una novedad. Desde que Cristo fue colgado en la cruz, empezó una historia que dura ya dos mil años: la de los mártires cristianos que no conocerá nunca la palabra «fin». Lo dijo él mismo: «Me han perseguido a mí, los perseguirán también a ustedes». Es una nota característica y perenne de la Iglesia de Cristo: es Iglesia de Mártires.

Pero hay páginas en esta historia que merecen gran atención, y son las que se refieren a los mártires de los primeros siglos de la Iglesia cristiana, cuando la sangre fue derramada en mayor abundancia.

Es muy útil, o más bien necesario, volver a esta historia (adviértase: es historia verdadera, no leyenda; historia documentable, no fábulas o mitos), porque es una historia que se vuelve escuela: en ella aprenderemos a ser nosotros también, intrépidos en profesar la fe y valientes en superar las pruebas de nuestro martirio, sea cual sea.

2. Las Actas de los Mártires

Las Actas de los Mártires son los documentos oficiales y más antiguos de la Iglesia de las persecuciones, porque son relaciones contemporáneas de los sucesos narrados. Son las actas de los procesos contra los cristianos, llamadas «Actas proconsulares», porque el magistrado era de ordinario un procónsul; son las narraciones de los testigos oculares; son las «pasiones epistolares», es decir, las cartas circulares sobre los mártires enviadas por una Iglesia a las otras comunidades cristianas, y las «pasiones narrativas» dictadas en parte por los mismos mártires.

Las Actas de los Mártires han sido referidas en máxima parte por Eusebio de Cesarea (siglos III-IV) en su «Historia Eclesiástica» y en la obra «Los Mártires de Palestina»; por Lactancio (s. III-IV) en «De mortibus persecutorum»; en las Cartas y en el tratado «De Lapsis» de san Cipriano (s. III); en las Apologías de los escritores griegos y latinos y en los Panegíricos pronunciados por los grandes oradores cristianos, como Ambrosio, Agustín, Máximo de Turín, Pedro Crisólogo en Occidente, y Basilio, Gregorio de Nisa y Juan Crisólogo en Oriente.

Las Actas de los
Mártires eran leídas en el día de su fiesta, durante la celebración eucarística. En efecto, la memoria o recuerdo del mártir se funda en el memorial de Cristo, porque la pasión del mártir renueva la única pasión del Señor, su muerte y resurrección.

3. La fuente principal de las Actas de los Mártires es Eusebio de Cesarea

Nacido en Cesarea de Palestina alrededor del año 265 y educado en la escuela del docto Pánfilo, recibió una sólida formación intelectual, sobre todo histórica. Fue elegido obispo de su ciudad y llegó a ser el hombre más erudito de su tiempo. Escribió muchas obras de teología, de exégesis, de apologética, pero su obra más importante fue la «Historia Eclesiástica», en 10 libros, que son el fruto de 25 años de continua y apasionada investigación histórica.

En los primeros 7 libros narra la historia de la Iglesia de los orígenes hasta el año 303. Los libros 8° y 9° se refieren a la persecución iniciada por Diocleciano en el 303 y terminada en Occidente en el 306 y continuada en Oriente por Galerio hasta el Edicto de tolerancia del 311 y la muerte de Maximino (313). El libro 10° describe la recuperación de la Iglesia hasta la victoria de Constantino sobre Licinio y la unificación del imperio (323).

Antes todavía de esta obra, Eusebio había recogido y transcrito una vasta documentación (actas de los procesos de los mártires, «pasiones», apologías, testigos de particulares y de las comunidades) también respecto de los mártires anteriores a la persecución de Diocleciano, en la obra «Colección de los antiguos Mártires», que se perdió, pero que él había en parte incorporado en su «Historia eclesiástica».

Salido indemne de la persecución de Diocleciano (303-311), Eusebio fue de la misma un testigo de excepcional importancia, porque asistió personalmente a destrucción de iglesias, quema de libros sagrados y escenas salvajes de martirio en Palestina, en Fenicia y hasta en la lejana Tebaida en Egipto y de eso dejó una conmovedora memoria de gran valor histórico.

A pesar de lagunas y errores, la «Historia eclesiástica» sigue siendo «la obra histórica más conocida y digna de fe y a menudo la única fuente de información que nos queda» (Angelo Penna, en la «Enciclopedia Cattolica», Città del Vaticano, 1950, vol. V, p. 842-854).

Presentamos aquí, en fiel traducción, una pequeña antología de los autores nombrados acerca de los antiguos mártires. Conoceremos así cómo nuestros primeros hermanos en la fe sabían sufrir y afrontar por Cristo la tortura y la muerte.

El martirio es una constante en la Iglesia de los orígenes.

Los mártires recordados en esta breve reseña, pertenecen a siglos diversos, a diferentes categorías de personas, extracción social y nacionalidad; representan a toda la Iglesia. Son hombres y mujeres; ricos y pobres; ancianos (Simeón tiene 120 años) y jóvenes (los 7 «hijos» de Sinforosa); eclesiásticos (Simeón, Policarpo, Acacio, Carpo, Sagaris, obispos; Pionio, sacerdote; Euplio y Papilo, diáconos) y laicos: Apolonio, senador; Máximo, comerciante; Conón, jardinero; los cuarenta mártires de Sebaste, legionarios; Marino, centurión; Sinforosa y Agatonice, madres de familia; nobles (como Apolonio) y gente común del pueblo (como Conón y a veces cristianos desconocidos).

Todos han testimoniado con el sacrificio cruento de la vida su fidelidad a Cristo.

Las Actas de los Mártires narran la historia más verdadera de la Iglesia de los orígenes.

3.1. Los mártires de Alejandría de Egipto

» de una carta de Filea a los habitantes de Tmuis»

Filea, obispo de la Iglesia de Tmuis, ciudad al este de Alejandría, era famoso por los cargos civiles desempeñados en patria, por los servicios prestados y además por la cultura filosófica. Joven, noble, riquísimo; tenía mujer e hijos, quienes parece cierto que eran paganos. Desde la cárcel escribió una carta en la que describe los estragos de cristianos a los que había asistido personalmente, y ensalza el valor y la fe de los mártires. Sufrió el martirio por decapitación en el 306.

«Fieles a todos estos ejemplos, sentencias y enseñanzas que Dios nos dirige en las divinas y sagradas Escrituras, los bienaventurados mártires que vivieron con nosotros, sin sombra de incertidumbre fijaron la mirada del alma en el Dios del universo con pureza de corazón y, aceptando en el espíritu la muerte por la fe, respondieron firmemente a la llamada divina, encontrando a nuestro Señor Jesucristo, que se hizo hombre por amor nuestro, a fin de cortar el pecado en las raíces y proveernos el viático para el viaje hacia la vida eterna. El Hijo de Dios, en efecto, si bien poseía naturaleza divina, no pensó en valerse de su igualdad con Dios, sino que prefirió aniquilarse a sí mismo, tomando la naturaleza de esclavo, hecho semejante a los hombres, y como hombre se humilló hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2, 6-8).
Por lo tanto, los mártires portadores de Cristo, aspirando a los más grandes carismas, afrontaron todo sufrimiento y todo género de torturas concebidas contra ellos, y no una sola vez, sino también una segunda vez; y ante las amenazas que los soldados a porfía arrojaban contra ellos con las palabras y con los hechos, no revocaron su convicción, porque `el amor perfecto elimina el temor` (1 Jn 4, 18). ¿Qué discurso alcanzaría a narrar su virtud y su coraje ante cada prueba?

Entre los paganos, cualquiera que lo quisiese podía insultar a los mártires y entonces algunos los golpeaban con bastones de madera, otros con varas, otros con látigos, otros con correas de cuero, otros más con sogas. El espectáculo de los tormentos era sumamente variado y en extremo cruel.
Algunos con las manos atadas, eran colgados de una viga, mientras aparatos mecánicos tironeaban en todos los sentidos sus miembros; entonces los verdugos, tras orden del juez aplicaban sobre el cuerpo los instrumentos de tortura; y no solo sobre el costado, como se acostumbraba con los asesinos, sino también sobre el vientre, sobre las piernas, sobre las mejillas. Otros, colgados fuera del pórtico desde una sola mano, por la tensión de las articulaciones y de los miembros sufrían el más atroz de los dolores.
Otros eran atados a las columnas con el rostro dirigido el uno hacia el otro, sin que los pies tocaran el suelo, pero, por el peso del cuerpo las junturas forzosamente se estiraban en la tracción.
Soportaban todo esto, no solo mientras el gobernador se entretenía hablando con ellos en el interrogatorio, sino casi durante toda la jornada. Cuando, en efecto, el gobernador pasaba a examinar a otros, ordenaba a sus dependientes que espiaran atentamente por si acaso alguno, vencido por los tormentos, aludía a ceder; e imponía hostigarlos inexorablemente también con cadenas y cuando, después de esto, estuvieran muertos, tirarlos abajo y arrastrarlos por el suelo.
Esta, en efecto, fue la segunda tortura, concebida contra nosotros por los adversarios: no tener ni siquiera una sombra de consideración hacia nosotros, sino pensar y obrar como si nosotros ya no existiéramos. Hubo también quienes, después de sufrir otras violencias, fueron colocados sobre el cepo con los pies abiertos hasta el cuarto agujero, de manera que necesariamente quedaban supinos sobre el cepo, porque no podían estar erguidos a causa de las profundas heridas recibidas en todo el cuerpo con los golpes.

Otros más, tirados al suelo, yacían vencidos por el peso de las torturas, ofreciendo a los espectadores de manera mucho más cruel la vista de la violencia ejercida contra ellos, porque mostraban en todo el cuerpo las señales de las torturas.

En esta situación, algunos morían entre los tormentos, cubriendo de vergüenza al adversario con su constancia; otros, medio muertos, eran encerrados en la cárcel donde expiraban pocos días después sucumbiendo a los dolores; los restantes, finalmente, recuperada la salud gracias a los cuidados médicos, con el tiempo y el contacto con los compañeros de prisión cobraban un coraje renovado.
Así pues, cuando el edicto imperial había concedido la facultad de elegir: o acercarse a los impíos sacrificios y no ser molestados, obteniendo de las autoridades del mundo una libertad perversa, o no sacrificar y aceptar la pena capital, sin alguna vacilación los cristianos corrían alegres hacia la muerte.

Sabían, en efecto, lo que nos ha sido predestinado y anunciado por las sagradas Escrituras: `Quien sacrifica -dice el Señor- a los dioses extranjeros será exterminado` (Ex 22, 19) y `No tendrás a otro Dios fuera de mí` (Ex 20, 3) «.

Concluye san Eusebio: «Tales son las palabras que el mártir, verdaderamente sabio y amigo de Dios, escribía desde la cárcel a los fieles de su Iglesia antes de la sentencia capital, describiendo la situación en que se hallaba y exhortándolos a permanecer firmes en la fe en Cristo también después de su muerte, que era próxima» (Historia Eclesiástica, VIII, 10).

3.2. Los mártires de la Tebaida (Egipto)

«No hay palabras que alcancen a decir las torturas y los dolores que sufrieron los mártires de la Tebaida, lacerados en todo el cuerpo con cascos en vez de garfios, hasta que expiraban, y las mujeres que, atadas en alto por un pie y tironeadas hacia abajo por la cabeza mediante poleas, con el cuerpo enteramente desnudo, ofrecían a las miradas de todos el más humillante, cruel, deshumano de los espectáculos.

Otros morían encadenados a los troncos de los árboles. Per medio de aparatos, en efecto, los verdugos doblaban, reuniéndolas, las más duras ramas y ataban a cada una de ellas las piernas de los mártires: dejaban luego que las ramas volvieran a su posición natural, produciendo por lo tanto un total descuartizamiento de los hombres contra quienes concebían tales suplicios.
Todas estas cosas no ocurrieron durante unos pocos días o por breve tiempo, sino que duraron por un largo período de años; cada día eran muertas alguna vez más de diez personas, otra vez más de veinte, otras veces no menos de treinta, o hasta alrededor de sesenta. En un solo día fueron hechos morir cien hombres, seguramente con sus hijitos y esposas, ajusticiados a través de una secuencia de refinadas torturas.

Nosotros mismos, presentes en el lugar de la ejecución, constatamos que en un solo día eran muertos en masa grupos de sujetos, en parte decapitados, en parte quemados vivos, tan numerosos que hacían perder vigor a la hoja del hierro que los mataba e incluso la rompían, mientras los verdugos mismos, cansados, se veían obligados a turnarse.

Contemplamos entonces el brío maravilloso, la fuerza verdaderamente divina y el celo de los creyentes en Cristo, Hijo de Dios. Apenas, en efecto, era pronunciada la sentencia contra los primeros condenados, otros desde varios lugares acudían corriendo al tribunal del juez declarándose cristianos, prontos a someterse sin sombra de vacilación a las penas terribles y a los múltiples géneros de tortura que se preparaban contra ellos.
Valientes e intrépidos en defender la religión del Dios del universo, recibían la sentencia de muerte con actitud de alegría y risa de júbilo, hasta el punto que entonaban himnos y cantos y dirigían expresiones de agradecimiento al Dios del universo, hasta el momento en que exhalaban el último aliento.

Maravillosos, en verdad, estos cristianos, pero aun más maravillosos aquellos que, gozando en el siglo de una brillante posición, por la riqueza, la nobleza, los cargos públicos, la elocuencia, la cultura filosófica, pospusieron todo esto a la verdadera religión y a la fe en el Salvador y Señor nuestro, Cristo Jesús» (Eusebio, Historia Eclesiástica,VII, 9).

3.3. Los mártires de Tiro de Fenicia

«Admirables fueron también aquellos que testimoniaron su fe en su propia tierra, donde por millares, hombres, mujeres y niños, despreciando la vida presente, afrontaron varios géneros de muerte por la enseñanza de nuestro Salvador.

Algunos fueron quemados vivos, después de haber sido sometidos a raspaduras, garfios, latigazos y miles de otras refinadas torturas, terribles ya solo al escucharlas.

Otros fueron arrojados al mar, otros ofrecieron valientemente la cabeza a los verdugos, otros murieron entre las mismas torturas o extenuados por el hambre.
Otros más fueron crucificados: algunos en la forma que se acostumbraba en caso de ladrones, otros de un modo aun más cruel, es decir, clavados con la cabeza hacia abajo y vigilados hasta tanto vivieran, es decir, hasta que murieran de hambre en los mismos patíbulos» (Eusebio: Historia Eclesiástica,VIII, 8)

3.4. Los mártires del Ponto
(Asia menor)

«En las ciudades del Ponto los mártires sufrieron padecimientos terribles: a algunos con cañas puntiagudas les fueron traspasados los dedos desde la extremidad de las uñas; para otros se hacía licuar el plomo y, cuando la materia ardía y hervía, era derramada sobre las espaldas de la víctima, y las partes vitales del cuerpo eran quemadas.

Otros más, en sus miembros más íntimos y en las entrañas sufrieron torturas repugnantes, crueles, intolerables aun solo al escucharlas, que los ilustres jueces, custodios de la ley, concebían llenos de celo, desenfundando toda su perversidad, como si hubiera sido una sabiduría especial, y rivalizando el uno con el otro para superarse en inventos crueles, como quien se disputa los premios de una competición.

El colmo de las calamidades se abatió sobre los cristianos cuando las autoridades paganas, cansadas del exceso de los estragos y muertes, hartas de la sangre derramada, asumieron una actitud que, según ellos, era de mansedumbre y benignidad, de suerte que parecía que no habrían concebido ningún otro castigo terrible contra nosotros.

En efecto, no era justo –
decían- manchar con la sangre de los ciudadanos enteras ciudades, ni obrar de manera que se culpara de crueldad a la suprema autoridad de los soberanos, benévola y suave con todos; por el contrario, había que extender a todos el beneficio del humano poder imperial, no condenando más a nadie a la pena capital: por la indulgencia de los emperadores, en efecto, fue abolida esta pena con respecto a nosotros.

Se ordenó entonces arrancarles los ojos a nuestros hermanos y estropearles una pierna, porque esto, según los paganos, era un acto de humanidad y la más leve de las penas que podían sernos infligidas.

A consecuencia de tal `generosidad` de los impíos soberanos, no era posible enumerar la multitud de personas a las que con la espada les habían cortado y luego cauterizado el ojo derecho. A otros con hierros candentes les estropeaban el pie izquierdo justamente bajo la articulación y después los asignaban a las minas de cobre de cada provincia, no tanto para que pudieran producir una utilidad, sino para aumentar la miseria y desventura de su situación. Además de los martirizados de esta manera, había otros sometidos a otras pruebas que ni siquiera es posible nombrar, porque las `proezas` cumplidas contra nosotros superan toda descripción.
Habiéndose distinguido en estas pruebas en toda la tierra, los nobles mártires de Cristo impresionaron vivamente a todos aquellos que fueron testigos de su valor, y a través de su conducta ofrecieron pruebas evidentes de la secreta y verdaderamente divina fuerza de nuestro Salvador. Sería demasiado largo, por no decir imposible, recordar el nombre de cada uno» (Eusebio, Historia Eclesiástica,VIII, 12)

3.5. Martirio de santa Sinforosa y sus siete hijos

La construcción de la villa Adriana en Tívoli estaba terminada alrededor del año 135 y por lo tanto a ese tiempo puede remontarse el martirio de santa Sinforosa, inmolada como víctima propiciatoria en los «acostumbrados infames ritos paganos» de la consagración de la morada imperial.

El trozo que habla de su martirio muestra a un emperador Adriano mal dispuesto hacia el cristianismo (habían pasado los tiempos de las mansas instrucciones al procónsul Minucio Fundano) y propenso a creer en las calumnias de los sacerdotes paganos.
El mismo emperador, no un funcionario suyo, llama a la mujer, trata de inducirla a renegar de su fe y hace otro tanto con los hijos.

«El emperador Adriano se había hecho fabricar un palacio y quería consagrarlo con los acostumbrados nefandos ritos paganos. Empezó pidiendo con sacrificios oráculos a los ídolos y demonios que habitan en ellos y esta fue la respuesta: `La viuda Sinforosa, con sus siete hijos, nos lastima todos los días invocando a su Dios. Por lo tanto, si ella, con sus siete hijos, va a sacrificar según nuestro rito, les prometemos a ustedes concederles todo lo que pidan`.

Adriano entonces la hizo encarcelar con los hijos y de una manera insinuante trataba de exhortarlos a sacrificar a los dioses. Pero Sinforosa le dijo: `Mi esposo Getulio y su hermano Amacio, mientras militaban en tu ejército como tribunos, afrontaron tantos géneros de torturas por no avenirse a sacrificar a los ídolos y, semejantes a atletas valientes, con su muerte vencieron a los demonios. Prefirieron, en efecto, hacerse decapitar antes que dejarse vencer, sufriendo la muerte que, aceptada por el nombre de Cristo, les causó ignominia en el mundo de los hombres apegados a los intereses terrenales, pero en la asamblea de los ángeles les dio honor y gloria eterna. Se pasean ahora entre los ángeles y, levantando los trofeos de su pasión, gozan en el cielo de la vida eterna con el eterno rey`.

Así le respondió el emperador a santa Sinforosa: `O sacrificas con tus hijos a los dioses omnipotentes, o te hará inmolar a ti misma con tus hijos`.
Replicó santa Sinforosa: `¿De dónde me viene semejante gracia: merecer ser ofrecida como víctima a Dios juntamente con mis hijos?` Repuso el emperador: `Yo te haré sacrificar a mis dioses`.

La bienaventurada Sinforosa respondió: `Tus dioses no pueden aceptarme en sacrificio, pero si voy a ser inmolada en nombre de Cristo mi Dios, tendré el poder de incinerar a tus demonios`.

Dijo entonces el emperador: `Elige una de estas dos propuestas: o sacrificas a mis dioses, o vas a morir de muerte trágica`.

Le respondió Sinforosa: `Tú crees que mi propósito puede cambiar por algún temor, mientras que mi más vivo deseo es reposar en paz junto a mi esposo Getulio, a quien tú hiciste morir por el nombre de Cristo`.

El emperador Adriano la hizo entonces conducir al templo de Hércules y ahí primero la hizo abofetear, y después colgar de los cabellos. Viendo, sin embargo, que de ninguna manera y con ningua amenaza lograba hacerla desviar de su propósito , le hizo atar una piedra al cuello y la hizo ahogar en el río.

El hermano Eugenio, quien desempeñaba un cargo en la curia de Tívoli, recogió su cuerpo y lo hizo sepultar en la periferia de esa ciudad.
El día después, el emperador Adriano hizo llamar a su presencia,
contemporáneamente, a todos los siete hijos de ella. Cuando vio que de ninguna manera, ni con halagos ni con amenazas, lograba inducirlos a sacrificar a los dioses, hizo plantar siete palos alrededor del templo de Hércules y, con la ayuda de máquinas, hizo fijar ahí a los jóvenes. Después los hizo matar: Creciente, traspasado en la garganta; Juliano en el pecho, Nemesio en el corazón; Primitivo en el ombligo; Justino en las espaldas; Estracteo en el costado; Eugenio desgarrado de pies a cabeza.

El emperador Adriano, habiendo ido el día siguiente al templo de Hércules, hizo sacar de ahí sus cuerpos y los hizo sepultar en una profunda fosa, en una localidad que los pontífices llamaron `A los siete ajusticiados`.
Después de esto hubo en la persecución una tregua de un año y seis meses: en ese tiempo se dio honrada sepultura a los cuerpos de los mártires y se levantaron tumbas para aquellos cuyos nombres están escritos en el libro de la vida.

El dies natalis (= día del nacimiento al cielo) de los santos mártires cristianos Sinforosa y sus siete hijos se celebra quince días antes de las calendas de agosto (= 17 de julio). Sus cuerpos reposan sobre la vía Tiburtina, a unas ocho millas de Roma, bajo el reinado de nuestro Señor Jesucristo, a quien se debe honor y gloria en los siglos de los siglos. Amén» (F. Cardulo, Acta Symphorosae et sociorum, Roma, 1588).

3.6. Martirio de los santos Tolomeo, Lucio y otro

El trozo siguiente está sacado de la segunda Apología de Justino que le fue inspirada por el proceso contra tres cristianos que tuvo lugar en Roma en el 162 o 163, siendo prefecto Urbino. Poco posterior al episodio, la narración procede apretada, sin divagaciones o adornos retóricos, pero de la trama descarnada de los hechos emerge una calurosa defensa del cristianismo.

¿Por qué condenar a personas cuya fe se traduce en una austera regla de vida y en el rechazo de toda culpa contra la naturaleza? Este es el sentido de las palabras del mártir Lucio, y este el espíritu de Justino, quien pocos años después confirmaría él también su fe con la sangre.

«Vivía una mujer, esposa de un hombre licencioso, licenciosa primeramente también ella. Pero, cuando llegó a conocer las enseñanzas de Cristo, no solo empezó a llevar una vida más pura, sino que intentó también convencer al marido a que se convirtiera, hablándole de la nueva doctrina y anunciándole el castigo del fuego eterno para todos aquellos que llevan una vida impura y sin rectos principios.

El marido, en cambio, persistiendo en su desenfreno, se enajenó con su mala conducta el ánimo de la mujer, de manera que ella, considerando inmoral vivir el resto de sus días al lado de un hombre que trataba de sacar placer de las relaciones conyugales contra las leyes de la naturaleza y contra la justicia, decidió separarse de él.

La disuadieron sus parientes, quienes le aconsejaban tener paciencia todavía, en la esperanza de que el marido cambiara de vida: ella, por lo tanto, se dio ánimo y quedó a su lado.
Posteriormente se le refirió que el marido, quien había viajado a Alejandría, cometía culpas aun más graves que en el pasado; la mujer entonces no quiso volverse cómplice de sus desvergüenzas e impiedades quedando a su lado como esposa y compartiendo con él el lecho y la mesa: le dio, pues, lo que ustedes llaman `el libelo de repudio` y se divorció.

Esa flor de marido, en lugar de alegrarse del hecho de que la mujer, que antes en las orgías de la borrachera se entregaba a los criados y mercenarios, había dejado estas culpables costumbres e incluso quería inducirlo a él a que hiciera otro tanto, despechado por el divorcio que ella había obtenido sin su consentimiento, la denunció ante el tribunal como cristiana.

La mujer entonces te presentó a ti, señor, un memorial, en el que pedía ante todo que le fuera concedido administrar sus propios bienes y, sucesivamente, defenderse de la acusación, después de arreglar sabiamente sus cosas, y tú se lo concediste.

El marido, no pudiendo más obrar contra la mujer, dirigió su acusación contra cierto Tolomeo, maestro de ella en la doctrina cristiana. Esta fue su táctica: persuadió a un centurión amigo suyo, quien había metido en la cárcel a Tolomeo, a que lo tomara de sorpresa y le dirigiera esta simple pregunta: `¿Eres tú cristiano?`

Tolomeo, sincero y ajeno a todo subterfugio, admitió serlo y en consecuencia el centurión lo hizo encadenar y torturar en la cárcel por largo tiempo. Finalmente, cuando el hombre fue conducido ante Urbico, se le dirigió la misma pregunta, es decir, si era cristiano: nuevamente Tolomeo, consciente del bien que le provenía a él de la enseñanza de Cristo, confesó ser maestro de la divina virtud.

En efecto, quien niega cualquier verdad, o la niega porque la desprecia o rehúsa reconocerla porque se considera indigno y lejos de los deberes que ella implica, pero ninguna de estas dos actitudes condice con un cristiano sincero.
Cuando Urbico ordenó que Tolomeo fuera conducido al suplicio, cierto Lucio, cristiano él también, viendo la locura de un proceso realizado de esa manera, le gritó a Urbico: `¿Por qué motivo has condenado a muerte a este hombre, no culpable de adulterio, ni de fornicación, ni de asesinato, ni de robo, ni de rapiña, ni de cualquier otro crimen, sino tan solo de haberse confesado cristiano? Tu modo de juzgar, Urbico, ¡es indigno del emperador Antonino Pío, indigno del hijo de César, que es amigo de la sabiduría, indigno, en fin, del santo senado!`
Sin pronunciar respuesta, Urbico dijo a Lucio: `Me parece que tú también eres cristiano`. Porque Lucio asintió calurosamente, Urbico lo hizo conducir al suplicio. El mártir declaró que era una gracia para él, porque sabía que dejaba el mundo de los malvados por la morada del Padre celestial.
Y un tercero que llegó de improviso a declararse cristiano fue igualmente condenado a muerte» (San Justino, Apología de la religión cristiana, I, 2).

3.7. Martirio de san Máximo durante el imperio de Decio (249-251)

Máximo era un cristiano de Asia Menor. Lo conocemos tan solo por el documento de su martirio. El se había voluntariamente denunciado como cristiano, con una actitud que la Iglesia no aprobaba del todo, pero fue valiente y superó la prueba.

«El emperador Decio, queriendo expulsar y abatir la ley de los cristianos, emanó edictos en todo el orbe, en los que intimaba a todos los cristianos abandonar al Dio vivo y verdadero y sacrificar a los demonios; quien no hubiera querido obedecer, debía someterse a los suplicios.
En ese tiempo Máximo, varón santo y fiel al Señor, espontáneamente se declaró cristiano: era un plebeyo y ejercía el comercio. Arrestado, fue conducido ante el procónsul Optimo, en Asia.

El procónsul le preguntó: `¿Cómo te llamas?`
El respondió: `Me llamo Máximo`.
Preguntó el procónsul:

`¿Cuál es tu condición?`
Respondió Máximo: `Soy plebeyo y vivo de mi comercio`.

Dijo el procónsul: `¿Eres cristiano?`

Respondió Máximo: `Por más que sea pecador, soy cristiano`.
Dijo el procónsul: `¿No conoces los decretos de los muy insignes soberanos que han sido promulgados recientemente?`

Preguntó Máximo: `¿Qué decretos?`

Explicó el procónsul: `Los que ordenan que todos los cristianos, abandonada su vana superstición, reconozcan al verdadero soberano al que todo está sometido, y adoren a sus dioses`.

Repuso Máximo: `He llegado a conocer el inicuo decreto emanado por el soberano de este mundo y justamente por esto me he declarado públicamente cristiano`.
Le ordenó el procónsul: `Sacrifica a los dioses`.

Replicó Máximo: `Yo no sacrifico sino al solo Dios a quien me glorío de haber sacrificado ya desde mi niñez`.

Insistió el procónsul: `Sacrifica, para que estés salvo. Si te rehúsas, te hago morir entre torturas de todo género`.

Repuso Máximo: `Es precisamente lo que siempre he deseado: justamente por esto, en efecto, me he declarado cristiano, para obtener la vida eterna, una vez liberado de esta infeliz existencia temporal`.

Entonces el procónsul lo hizo golpear con varas y, mientras era golpeado, le decía: `Sacrifica, Máximo, para librarte de estos tormentos`.

Replicó Máximo: `No son tormentos, sino unciones, estos que me son inferidos por el amor a nuestro Señor Jesucristo. Si, en efecto, me alejara de los preceptos de mi Señor, en los cuales he sido instruido por medio de su evangelio, me aguardarían los verdaderos y perpetuos tormentos de la eternidad`.

El procónsul entonces lo hizo poner sobre el caballete y, mientras era torturado, le decía insistentemente:
`¡Enmiéndate de tu necedad, miserable, y sacrifica, para salvar tu vida!`

Máximo respondió: `Tan solo si no sacrifico, salvo mi vida; si sacrifico, en cambio, seguramente la pierdo. Ni las varas, ni los garfios, ni el fuego me procurarán dolor, porque vive en mí la gracia de Dios, que me salvará para siempre con las oraciones de todos los santos quienes, luchando en este género de combate, han superado la locura de ustedes y nos han dejado nobles ejemplos de valor`.

Después de estas altivas palabras, el procónsul pronunció la sentencia contra él, diciendo: `La divina clemencia ha dado la orden de que, para infundir temor a los otros cristianos, sea apedreado el hombre que no ha querido dar su asentimiento a las sagradas leyes, que le imponían sacrificar a la gran diosa Diana`.

Así el atleta de Cristo fue arrastrado afuera por los ministros del diablo, mientras daba gracias a Dios Padre por Jesucristo Hijo suyo, que lo había juzgado digno de superar al demonio en la lucha.
Sacado fuera de las murallas, aplastado por las piedras, exhaló su espíritu.
El siervo de Dios Máximo padeció el martirio en la provincia de Asia dos días antes de los idus de mayo, durante el imperio de Decio y el proconsulado de Optimo, reinando nuestro Señor Jesucristo, a quien se le tributa gloria en los siglos de los siglos. Amén» (de la Passio del mártir, en BHL -Bibliotheca Hagiographica Latina- , II, p. 852)

3.8. Martirio de los santos escilitanos (en Numidia, Africa septentrional)

El proceso contra los cristianos de Escilio tuvo lugar en el verano del 180 d. de J. C., cuando desde hacía pocos meses era emperador Cómodo, y se puede considerar una secuela de las persecuciones estalladas bajo el predecesor Marco Aurelio. La fe cristiana probablemente se había difundido ya desde hacía unos cincuenta años en el Africa proconsular y había llegado incluso a los pequeños centros: Escilio era justamente una aldea de Numidia.

El texto latino del que se reproduce aquí la traducción es contemporáneo de los hechos; quizás es el acta misma del proceso, a la que el transcriptor añadió tan solo la última parte. Es el primer testimonio sobre el tributo de sangre que los cristianos de Africa entregaron a la Iglesia y es el documento más antiguo que se conozca en la literatura cristiana latina.

«Siendo cónsules Presente, por segunda vez, y Claudiano, dieciséis días antes de las calendas de agosto (= el 17 de julio), fueron convocados a la presencia de la autoridad judiciaria Esperato, Nartzalo, Citino, Donata, Segunda y Vestia.
El procónsul Saturnino les dijo: `Pueden merecer la indulgencia de nuestro soberano, si vuelven a pensamientos de rectitud`.
Esperato respondió: `No hemos hecho nada malo, no hemos cometido ninguna iniquidad, ni hablado mal de nadie, por el contrario hemos siempre devuelto bien por mal; obedecemos, pues, a nuestro emperador`.

Dijo todavía el procónsul Saturnino: `También nosotros somos religiosos y sencilla es nuestra religión. Juramos por el genio de nuestro soberano y dirigimos a los dioses súplicas por la salvación de él , cosa que también ustedes han de hacer`.

Respondió Esperato: `Si me prestas atención con calma, te explicaré el misterio de la sencillez`.

Replicó Saturnino: `No te voy a escuchar en esta iniciación en la que ofendes nuestros ritos; juren más bien por el genio de nuestro soberano`.

Respondió Esperato: `Yo no conozco el poder del siglo, sino que estoy sujeto a ese Dios al que ningún hombre vio jamás ni puede ver con sus ojos. No cometí nunca un robo, sino que cada vez que concluyo un negocio pago siempre el tributo, porque obedezco a mi soberano y emperador de los reyes de todos los siglos`.

El procónsul Saturnino dijo a los otros: `Desistan de tal convicción`.

Repuso Esperato: `Es un mal sistema amenazar con matar si no se jura en falso`.

Dijo también el procónsul Saturnino: `No adhieran a esta locura`.

Dijo Citino: `No hemos de temer a nadie sino a nuestro Señor que está en los cielos`.

Añadió Donata: `Honor a César como soberano, pero temor, a Dios solamente`.

Prosiguió Vestia: `Soy cristiana`.

Dijo Segunda: `Lo que soy, yo quiero ser`.

El procónsul Saturnino le preguntó a Esperato: `¿Persistes en declararte cristiano?`

Respondió Esperato: `Soy cristiano` y todos asintieron a sus palabras.

Preguntó también el procónsul Saturnino: `¿Quieren un poco de tiempo para decidir?`

Respondió Esperato: `En una cuestión tan claramente justa, la decisión ya está tomada`.

Preguntó después el procónsul Saturnino: `¿Qué tienen en esa cajita?`

Respondió Esperato: `Libros y las cartas de san Pablo, varón justo`.

Dijo el procónsul: `Tienen una prórroga de treinta días para reflexionar`.

Esperato repitió: `Soy cristiano`, y todos estuvieron de acuerdo con él.

El procónsul Saturnino leyó el decreto de lo actuado: `Se decreta que sean decapitados Esperato, Nartzalo, Citino, Donata, Vestia, Segunda y todos los demás que han declarado vivir según la religión cristiana, porque, a pesar de serles dada facultad de tornar a las tradiciones romanas, lo han rehusado obstinadamente`.

Esperato dijo: `Demos gracias a Dios`. Nartzalo añadió: `Hoy seremos mártires en el cielo. ¡Sean dadas las gracias al Señor!`
El procónsul Saturnino hizo proclamar la sentencia por el pregonero: `Esperato, Nartzalo, Citino, Veturio, Félix, Aquilino, Letancio, Genara, Generosa, Vestia, Donata, Segunda han sido condenados a la pena capital`.

Dijeron todos: `¡Sean dadas las gracias a Dios!` y en seguida fueron degollados por el nombre de Cristo» (de las Actas de los mártires escilitanos, publicadas por primera vez por C. Baronio en los Annales Ecclesiastici, 1588-1607).

3.9. Los mártires de Alejandría durante la persecución de Decio (249-251)

(Carta de san Dionisio a Fabio, obispo de Antioquía)

«Entre nosotros la persecución no tuvo comienzo con el edicto imperial, sino que, por el contrario, fue retardada de un año entero, hasta cuando llegó a esta ciudad cierto adivino y tejedor de embustes, que agitó y excitó contra nosotros a la multitud de los gentiles, atizando su superstición congénita.
Excitados por él e impulsados a sacar de su desenfrenado libertinaje todo género de impiedad, consideraban único acto de devoción y culto hacia sus dioses el asesinarnos a nosotros.

La primera víctima fue un anciano, de nombre Metra, al que apresaron y trataron de obligar a blasfemar; puesto que no se rindió a sus imposiciones, lo golpearon y le traspasaron el rostro y los ojos con cañas puntiagudas, después lo condujeron a un suburbio de la ciudad y lo lapidaron.
Una mujer, llamada Quinta, fue conducida ante el altar de los ídolos, donde los paganos intentaron obligarla a un acto de adoración, pero apenas ella apartó la cabeza con una profunda sensación de disgusto, la ataron y la arrastraron por los pies a través de la entera ciudad, tirándola contra las gruesas piedras del duro adoquinado. Y después de conducirla a la misma localidad suburbana, la lapidaron.

Después de esto, los paganos se lanzaron todos juntos a las casas de los cristianos e irrumpiendo en las moradas que cada uno sabía que pertenecían a los propios vecinos, cumplieron toda clase de latrocinios y saqueos. Apartaban con cuidado los objetos más preciosos, mientras echaban de la ventana y quemaban por las calles los más toscos y los fabricados con madera.
El espectáculo que daban parecía el de una ciudad tomada por los enemigos. Los hermanos trataban de huir y esconderse y acogieron con alegría también el saqueo de sus bienes, semejantes a aquellos de quienes dio testimonio el apóstol Pablo (Heb 10, 34).
No sé si en esa circunstancia hubo alguien, a no ser que se tratara de una persona caída entre las garras de los adversarios, que renegara de Cristo.
Otra nobilísima víctima fue la anciana virgen Apolonia. Los paganos la arrestaron, le hicieron caer todos los dientes dándole puñetazos en las mejillas, y después, encendido un fuego delante de la ciudad, amenazaron con quemarla viva si no pronunciaba con ellos las impías palabras, que eran el mensaje de la blasfemia pagana.
La mujer, en cambio, después de pedir vivamente que le dejaran disponer de un breve tiempo, apenas se vio libre saltó inmediatamente sobre el fuego y quedó abrasada.
Serapión fue arrestado en su casa; lo sometieron a duros tormentos, le quebraron los huesos y finalmente lo arrojaron con la cabeza hacia abajo desde el piso superior.
No podían recorrer ninguna calle, ni ancha ni angosta, ni de noche ni de día, sin oír siempre y en todas partes los gritos de la multitud que, si alguien no entonaba en coro con ellos palabras impías, lo arrastraban y luego lo quemaban vivo.
Por mucho tiempo la persecución se mantuvo con este tono de violencia, hasta que la sedición y la guerra civil, que remplazaron a las anteriores desventuras, indujeron a los paganos a dirigir el uno contra el otro la crueldad que antes habían descargado sobre nosotros. Vivimos tranquilos por algún tiempo, mientras los paganos habían puesto una tregua al odio contra nosotros, pero muy pronto nos fue anunciada la noticia del cambio del poder imperial, antes tan benévolo, y se encendió nuevamente con la máxima intensidad el terror de una nueva amenaza contra nuestra comunidad.
Fue promulgado el edicto, que fue casi el más terrible entre todos aquellos que predijera nuestro Señor, y tal como para hacer sufrir escándalo, de ser posible, también a los elegidos. Por cierto, todos quedaron profundamente turbados. Entre las personas más conocidas en la ciudad, algunas adhirieron a las órdenes del edicto por miedo, otras, que ocupan cargos públicos, fueron empujadas a obedecer al edicto por su misma posición, otras más fueron impulsadas por sus familiares.
Llamados por su nombre, algunos se acercaban pálidos y temblorosos a los sacrificios impíos y sacrílegos, como si no fueran a sacrificar, sino que ellos mismos fueran las víctimas destinadas a los ídolos; entre tanto el gentío que merodeaba alrededor de los altares paganos se burlaba de ellos, porque mostraban claramente tener miedo, tanto de la muerte como del sacrificio.
Otros, en cambio, corrían con desenfado a los altares, declarando descaradamente que no eran cristianos y no lo habían sido tampoco en el pasado. Para ellos se cumplirá la predicción del Señor, que difícilmente se salvarán.
De los restantes, quien se agregó al primero y quien al segundo grupo y otros huyeron. Entre los que fueron arrestados, una parte resistieron a la cárcel y a las cadenas, en que fueron tenidos muchos días, pero después, antes de presentarse al tribunal, abjuraron; otra parte soportaron por cierto tiempo también los tormentos, pero al final abjuraron también ellos.
En cambio, otros cristianos, firmes y venturosas columnas del Señor, fortificados por su gracia, sacaron constancia y energías de la fe que los inspiraba y se volvieron maravillosos testigos de su reino» (Eusebio, Historia Eclesiástica, VI, 40, 1 -. 42, 6).

3.10. San Marino centurión bajo Galieno

Puede parecer extraño oír hablar de un mártir bajo el emperador Galieno (260-268) que no persiguió a los cristianos, antes bien los favoreció revocando los edictos y restituyendo los bienes confiscados, como dice Eusebio en un punto del libro VII de la Historia Eclesiástica.
Marino, en efecto, no fue víctima de una persecución organizada , sino de la rivalidad de un competidor en la carrera militar.
Noble, rico, llegado a un alto grado de la jerarquía, tiene quizás un instante de vacilación ante la intimación del juez, pues emplea el tiempo que se le concediera para reflexionar, a diferencia de muchos otros que, en semejantes circunstancias, habían tomado en seguida la resolución de afrontar el martirio, pero, oportunamente orientado por las palabras de su obispo, no tiene más incertidumbre.
El hecho es muy importante, porque hace comprender que, aun cuando no se estuviera llevando a cabo una persecución, quedaban siempre latentes las razones de discrepancia entre la estructura político-moral-religiosa del imperio romano y los principios del cristianismo.

«Durante este tiempo en que la paz reinaba dondequiera en las Iglesias cristianas, en Cesarea de Palestina es decapitado por confesar su fe en Cristo, Marino, quien pertenecía a los altos grados de la jerarquía militar y era ilustre por nobleza y riqueza.
La causa de la condena fue la siguiente: entre los romanos hay una insignia formada por un sarmiento de vid; quien la merece pasa a ser centurión.
Puesto que había un cargo vacante, la promoción por derecho le correspondía a Marino, pero cuando ya estaba por conseguir semejante honor, se presentó ante el tribunal otro, diciendo que, según las antiguas leyes, a aquel no le estaba permitido recibir ninguna condecoración de los romanos, porque era cristiano y no sacrificaba a los dioses; el individuo sostuvo, por lo tanto, que a él, no a Marino, le tocaba ese cargo.
Impresionado por esto, el juez, cuyo nombre era Aqueo, primeramente le preguntó a Marino qué religión seguía y cuando le oyó confesarse constantemente cristiano, le concedió tres horas de tiempo para reflexionar.
Cuando Marino salió del tribunal, llamó a Teotecno, obispo de Cesarea, el cual, una vez entrado en conversación con él, lo tomó de la mano y lo condujo a la iglesia.
Apenas estuvieron en el lugar sagrado, el obispo acompañó a Marino hasta el altar, le levantó un poco la clámide e indicándole la espada que tenía colgada , puso al lado de la misma el libro del Evangelio, imponiéndole elegir entre las dos cosas según su conciencia.
Sin sombra de incertidumbre, Marino extendió la derecha y tomó la divina Escritura.
`Estáte siempre junto al Señor -le dijo Teotecno- y obtendrás aquello que has elegido. Fortificado por su gracia, vete en paz`.
Mientras Marino salía de la iglesia, el pregonero lo llamaba a voz en cuello delante del tribunal, porque se había acabado el tiempo concedido para la decisión.
Delante del juez, Marino mostró mayor fervor en confesar su propia fe y, conducido al suplicio así como estaba, consumó el martirio.
En la misma circunstancia se recuerdan también la franqueza y el fervor religioso de Astirio, quien pertenecía al orden senatorial, estaba en relaciones de cordial amistad con los soberanos y era conocido de todos por la nobleza y por sus bienes.
Encontrándose presente en el martirio de Marino, apenas fue llevado a cabo, levantó el cadáver, se lo cargó sobre los hombros, sobre su ropa cándida y preciosa, y se lo llevó para hacerle dar una honrosa sepultura, digna de su condición» (Eusebio, Historia Eclesiástica, VII,15 ss.).

3.11. Martirio de san Euplio diácono, bajo Diocleciano, en el año 304

El martirio de Euplio, diácono en Catania, ocurrió en el 304, como se puede inferir de la indicación del consulado de Diocleciano y Maximiano y del hecho de que aquel había sido invitado a sacrificar a los dioses, según la orden del IV edicto imperial, emanado justamente ese año.
Naturalmente estaba todavía en vigor el edicto contra la guarda de los libros sagrados, porque el principal hecho imputable contra Euplio se refiere al evangelio, que el diácono había conservado y mostraba con altivez.
Las Actas nos han llegado en un breve texto latino que une la relación del arresto y de la primera confesión de Euplio y la del interrogatorio padecido entre las torturas.
Una frase del I capítulo «… estando fuera de la tienda del despacho del gobernador el diácono Euplio gritó: Soy cristiano y deseo morir por el nombre de Cristo», hace pensar que él no había sido arrestado, sino que se había denunciado espontáneamente, tal vez durante el interrogatorio de otros fieles; la hipótesis es confirmada también por las palabras del juez que lo entrega a los esbirros: «Puesto que su confesión es evidente…» (c. I), y parece inducido a proceder por la actitud del cristiano más que por una personal voluntad inquisitoria.

«Durante el noveno consulado de Diocleciano y el octavo de Maximiano, la vigilia de los idus de agosto, en la ciudad de Catania, estando fuera de la tienda del despacho del gobernador, el diácono Euplio gritó: `Soy cristiano y deseo morir por el nombre de Cristo`.
Al oír esto, Calvisiano, procurador, dijo: `Que entre la persona que ha gritado`.
No bien Euplio entró en el despacho del juez, llevando los evangelios, uno de los amigos de Calvisiano, cuyo nombre era Máximo, dijo: `No está permitido guardar tales libros contra la orden imperial`.
Calvisiano preguntó a Euplio: `¿De dónde vienen estos libros? ¿Han salido de tu casa?`
Euplio respondió: `No tengo casa. Lo sabe también mi Señor, Jesucristo`.
El procurador Calvisiano repuso: `¿Tú los has traído acá?`
Euplio respondió: `Los he traído yo, como lo ves tú mismo. Me han encontrado con ellos`.
Calvisiano ordenó: `Léelos`.
Abriendo el evangelio, Euplio leyó: `Bienaventurados los que sufren persecuciones por la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos` y, en otro pasaje: `Quien quiere venir en pos de mí, tome su cruz y sígame`.
Mientras leía estos y otros trozos, Calvisiano preguntó: `¿Qué es todo esto?`
Euplio respondió: `Es la ley de mi Señor, que me ha sido confiada`.
Calvisiano insistió: `¿Por quién?`
Euplio respondió: `Por Jesucristo, Hijo del Dios viviente`.
Calvisiano intervino nuevamente diciendo: `Puesto que tu confesión es evidente, sea entregado a los ministros de la tortura y sea interrogado entre los tormentos`.
Cuando fue entregado a aquellos, comenzó el segundo interrogatorio en medio de las torturas.
Durante el noveno consulado de Diocleciano y el octavo de Maximiano, la vigilia de los idus de agosto, el procurador Calvisiano le dijo a Euplio, que estaba siendo atormentado: `¿Qué repites ahora de lo que declaraste en tu confesión?`
Trazándose sobre la frente la señal de la cruz con la mano libre, el mártir respondió: `Lo que he dicho antes lo confirmo ahora: yo soy cristiano y leo las divinas Escrituras`.
Calvisiano rebatió: `¿Por qué no has entregado estos libros, que los emperadores han prohibido leer, sino que los has tenido contigo?`
Euplio dijo: `Porque soy cristiano y no me estaba permitido entregarlos. Para un cristiano es mejor morir que entregarlos; en ellos está la vida eterna. Quien los entrega pierde la vida eterna y yo, para no perderla, ofrezco la mía`.
Calvisiano repuso diciendo: `Euplio que, desacatando el edicto de los príncipes, no ha entregado las Escrituras, sino que las lee al pueblo, sea torturado`.
Entre los tormentos Euplio dijo: `Te doy gracias, Cristo. ¡Protégeme, porque sufro todo esto por ti!`
Calvisiano lo exhortó con estas palabras: `Desiste de esta locura, Euplio. Adora a los dioses y serás liberado`.
Euplio respondió: `Adoro a Cristo, detesto a los demonios. Haz de mí lo que quieras; soy cristiano. Por largo tiempo he deseado esto. Haz lo que quieras. Aumenta mis tormentos. Soy cristiano`.
Hacía rato que duraba la tortura cuando Calvisiano ordenó a los verdugos que la suspendieran y dijo al mártir: `¡Infeliz, adora a los dioses! ¡Venera a Marte, Apolo y Esculapio!`
Respondió Euplio: `Yo adoro al Padre, al Hijo y al Espíritu santo. Adoro a la santísima Trinidad, más allá de la cual no existe ningún Dios. Perezcan los dioses que no han creado el cielo, la tierra y todo lo que en ellos se contiene. Yo soy cristiano`.
El prefecto Calvisiano insistió: `¡Sacrifica a los dioses y serás liberado!`
Euplio respondió: `Precisamente ahora me ofrezco a mí mismo en sacrificio a Cristo Dios. No existe ningún otro sacrificio que yo deba cumplir. En vano intentas hacerme renegar de la fe. Yo soy cristiano`.
Calvisiano ordenó que fuera torturado más todavía y más violentamente. Mientras era torturado Euplio dijo: `Te doy gracias, oh Cristo, socórreme. ¡Cristo, sufro por ti esto, por ti, Cristo!`
Repitió varias veces estas invocaciones y, cuando las fuerzas le iban faltando y estaba ya sin voz, decía tan solo con los labios estas y otras plegarias.
Entrado al interior de la oficina, Calvisiano dictó la sentencia y, salido, leyó el acta que había llevado consigo: `Ordeno que Euplio, cristiano, que desprecia los edictos de los príncipes, blasfema contra los dioses y no se arrepiente de todo esto, sea ejecutado. Condúzcanlo al suplicio`.
Al cuello del mártir le fue colgado el evangelio con el cual había sido encontrado en el momento del arresto y el pregonero iba diciendo: `Euplio, enemigo de los dioses y de los soberanos`.
Alegre, Euplio repetía constantemente: `¡Gracias a Cristo Dios!`
Llegado al lugar de la ejecución, se arrodilló y oró largo rato. Dando después nuevamente gracias al Señor, ofreció su cuello y fue decapitado por el verdugo.
Su cuerpo fue recogido luego por los cristianos, embalsamado con aromas y sepultad (de las Actas del martirio de Euplio, en BHG -Bibliotheca Hagiographica Graeca-, I, p. 192-193).

3.12. Los cuarenta mártires de Sebastia (Armenia menor)

Sobre ellos tenemos discursos de los capadocios Basilio y Gregorio de Nisa y otros de Efrén sirio, todos particularmente autorizados por la cercanía entre las regiones de estos informadores y aquella en que ocurrió el martirio. Goza, sin embargo, de escasa confiabilidad el relato de este , mientras que, en cambio, ha de considerarse auténtico el «testamento» colectivo que los mismos mártires redactaron poco antes de morir. El martirio tuvo lugar en el 320, durante la persecución de Licinio.

«Estaban enrolados en una legión de guardia de frontera. Parece cierto que fuera la legión XII `Fulminada`, la cual había participado en la expugnación de Jerusalén en el año 70, y posteriormente había sido trasladada al Oriente con asiento en Melitene (Armenia Menor).
Existía una especie de tradición cristiana en el seno de la legión, porque ella había tenido cristianos entre sus filas ya en el siglo III, y quizás antes; otros vínculos con cristianos, mediante amistades y parentescos, debían de haber surgido durante la estancia en Armenia, donde los cristianos eran muchos. El martirio ocurrió bastante más al norte de Melitene, en la ciudad llamada Sebastia (más exactamente que Sebaste), donde tal vez la legión mantenía un fuerte destacamento.
Los cuarenta eran muy jóvenes, de unos veinte años; en su `testamento`, donde envían el último saludo a sus seres queridos, uno solo saluda a la mujer con el hijito, otro a la novia, mientras los demás saludan a los padres vivientes. Luego, en general, debían de estar todavía en la primera juventud.
Cuando llegó al campamento la orden de Licinio que los soldados participaran en los sacrificios idolátricos, ellos se rehusaron resueltamente; arrestados en seguida, fueron atados a una sola cadena, muy larga, y después encerrados en la cárcel.
La prisión se prolongó mucho tiempo, probablemente porque se aguardabam órdenes de comandantes superiores o incluso -dada la gravedad del caso- del mismo Licinio. En esta espera los presos, previendo su fin, escribieron su `testamento` colectivo por mano de uno de ellos, cierto Melecio.
En este insigne documento, profundamente cristiano, los que iban a morir exhortan a parientes y amigos a desatender los bienes caducos de la tierra para preferir los bienes ultraterrenos; saludan después a las personas que les son más queridas; finalmente, previendo que por la posesión de sus restos mortales se producirían disputas entre los cristianos -como ya había sucedido en el pasado con respecto a las reliquias de otros mártires- disponen que sus despojos sean sepultados todos juntos en la aldea de Sarein, cerca de la ciudad de Zela. El documento trae, como de costumbre, los nombres de todos los cuarenta mártires, y de ahí los nombres fueron copiados después en otros documentos, con pequeñas divergencias de grafía.
Llegada la sentencia de condenación, los cuarenta fueron destinados a morir de aterimiento: debían estar expuestos desnudos por la noche, en pleno invierno, sobre un estanque helado y ahí aguardar su fin. El lugar elegido para la ejecución parece que fue un amplio patio delante de las termas de Sebastia, donde los condenados serían sustraídos a la curiosidad y a la simpatía del público y a la vez vigilados por los empleados de las termas.
En el patio existía una amplia reserva de aqua, una especie de estanque, que estaba en comunicación con las termas. Basilio dice que el lugar estaba en el medio de la ciudad, y que la ciudad estaba adyacente al estanque: quizás la reserva de agua, para uso de las termas, no era sino una derivación del verdadero estanque externo.
Más tarde sobre el lugar del martirio se construyó una iglesia, y justamente en esta iglesia parece que Gregorio de Nisa pronunció sus discursos en honor de los mártires.
Sobre esa explanada helada, a una temperatura bajísima, los tormentos de esos cuerpos desnudos debieron de ser espantosos. Para aumentar el tormento de las víctimas, había sido dejado abierto de intento el ingreso de las termas, del cual salían juntamente con la luz los chorros de vapor del calidarium: para los martirizados era una visión potentísima, puesto que bastaban pocos pasos para salir de las angustias y recuperar esa vida que se estaba yendo de sus cuerpos minuto a minuto. Pero estaba de por medio una barrera infranqueable: el invisible Cristo, del que ellos hubieran tenido que renegar.
Las horas pasaban terriblemente monótonas: ninguno de los condenados se alejaba de la explanada helada. El vigilante de las termas asistía como estupefacto a la escena. De repent