Mayo de 68, 50 años después

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Durante las dos primeras décadas del siglo XXI se ha ido consolidando la conciencia común de que estamos asistiendo a un cambio de época. Una nueva cultura y un nuevo hombre están naciendo, algunos ven en ello la superación del homo sapiens gracias a las posibilidades que ofrece la aplicación de los avances tecnológicos a la especie humana. Lo que resulta evidente es que el mundo nacido en los albores del siglo XIX ya no existe. El humanismo ilustrado de los siglos XVIII y XIX muestra su fracaso en la expresión de Adorno “después de Auschwitz toda cultura es basura”; en el plano político las democracias formales nacionales, quedan obsoletas en un mundo en que el capital y la información no tienen fronteras.

El internacionalismo proletario, generado en el movimiento obrero, fue vencido ya desde la primera guerra mundial; sus reivindicaciones contrastan, por insolidarias, con la creciente conciencia mundial acerca de la clamorosa miseria que existe en el planeta. Los historiadores tendrán que consensuar qué acontecimiento marca el cambio de época, o quizás aún no se haya producido. Pero, en todo caso, es en este marco de ruptura con “todo lo anterior” donde hemos de enmarcar el mayo francés del 68. Después de la devastación de Europa por el terror de los totalitarismos, el fascismo italiano, el nacionalsocialismo alemán y el estalinismo ruso, seguidos de la masacre que supuso la Segunda Guerra Mundial; la inmediata posguerra estuvo marcada por un ambiente de optimismo empeñado en recuperar lo que se había perdido.

La fecha simbólica de 1968 marca la línea divisoria entre el periodo de posguerra y una nueva etapa de contestación, caracterizada por la secularización y la emancipación de los valores y comportamientos tradicionales. La generación que ya no había vivido la guerra, afirmaba que tras el fracaso de los valores culturales anteriores que habían desembocado en la contienda bélica, se requería un nuevo comienzo.

Los factores que permitieron este estallido inesperado fueron en primer lugar que la expansión capitalista de posguerra estaba llegando a su sima, la recesión de 1967 en Alemania y el aumento del paro, hacía presagiar la gran crisis de 1971-1973 (crisis del dólar y del petróleo). El capitalismo necesitaba una reestructuración para recuperar su cuota de poder. En segundo lugar, los desajustes que ya se mostraban en el bloque soviético, tanto el descontento en la Europa del este por el modelo fuertemente burocrático que contrastaba con las crecientes expectativas sociales y que tuvieron su expresión en la primavera de Praga como paradigma, como por las tensiones entre Kruschov y la China de la Revolución Cultural. Además la clase obrera había perdido su potencial revolucionario y se convertía ahora en cómplice del neocapitalismo en la opresión del naciente Tercer Mundo.

Finalmente la Iglesia se había resituado tras el Concilio Vaticano II, siendo ahora el primer enemigo del neocapitalismo que se gestaba, y que temía el crecimiento demográfico del nuevo Tercer Mundo por su potencial revolucionario y desestabilizador de sus intereses.

Era necesaria una nueva izquierda que recuperara la credibilidad del marxismo como ideología de progreso. Finalmente la Iglesia se había resituado tras el Concilio Vaticano II, siendo ahora el primer enemigo del neocapitalismo que se gestaba, y que temía el crecimiento demográfico del nuevo Tercer Mundo por su potencial revolucionario y desestabilizador de sus intereses. Eran los años en que, tras las luchas por su independencia y liberación, los países del Tercer Mundo se unen en el movimiento de “Países no alineados” ni con uno ni otro bloque, exigiendo ante la ONU un nuevo orden mundial que diera cabida a todos los habitantes del mundo. Una contracultura se generó que sostuvo este movimiento en el tiempo a pesar de su derrota política. Marxismo (frente al comunismo que se había mostrado burocrático y violento), feminismo radical y “liberación sexual” de Wilhelm Reich se unen contra los valores de una cultura cristiana para eliminarla de raíz.

La revolución sexual podría ser el caballo de Troya. La publicación de la encíclica Human vitae de Pablo VI generó la confrontación que llegó a tener repercusiones intraeclesiales, provocando un importante conflicto. Lo “anti” pone de relieve los objetivos del mayo del 68: antiimperialismo, anticapitalismo, antiestalinismo y antiautoritarismo. El rechazo a la obediencia y dependencia del poder se expresa en un “nosotros” solidario que se manifestó en los anhelos de autonomía, autogobierno, autogestión, autodeterminación…un conjunto de “auto” cuyo sujeto era un “nosotros” frente a la dependencia de “los de arriba”.

Se trataba de cambiar la vida y transformar el mundo en un solo quehacer que los unía, expresado en el slogan: “lo personal es político”. Al mismo tiempo se critica la sociedad del espectáculo y el consumismo, por lo que la conjunción de feminismo radical, liberación sexual y ecologismo político libertario, da lugar a nuevas denuncias de formas de opresión que hasta entonces habían quedado relegadas tras la contradicción principal “capital-trabajo”. Se denunciaba así una visión reduccionista de “lo político” y “la política”; la nueva contracultura negó la separación entre las esferas de lo público y lo privado, y abrió nuevos campos de lucha contra instituciones como ejército, cárceles, escuelas, manicomios… otras formas de opresión que excedía la sola explotación laboral.

La fe en el progreso nacida en la modernidad gracias a los avances de la ciencia, había encumbrado como valores culturales a la razón y la libertad. El método científico había encontrado una nueva correlación entre ciencia y praxis, a través del experimento podían inducirse leyes generales que permitieran desentrañar la naturaleza. El ilustrado siglo XVIII había terminado ganando el ámbito político para el reinado de la razón y la libertad. El paraíso estaba en las manos del hombre, la ciencia nos podría liberar de las ataduras de la naturaleza. Este proceso se acelera durante el siglo XIX cuando los adelantos técnicos permiten aplicar a la vida cotidiana los hallazgos de la ciencia que se convierte en el fundamento de la nueva cultura. El progreso llega a su cenit cuando se encuentra un modo de hacer “científica” la política con el marxismo.

Del lema de la Revolución Francesa se veían ya próximos el reinado de la Libertad y de la Igualdad, solo se había perdido en este camino de progreso la Fraternidad, el Padre había dejado de ser necesario.

La irrupción en el siglo XX de las dos Guerras Mundiales, los totalitarismos, la aparición en la conciencia mundial del Tercer Mundo, primero en la guerra del Vietnam, e inmediatamente después en el creciente abismo Norte-Sur, y el desplazamiento al Sur de los enfrentamientos militares entre los países hegemónicos de los bloques de la Guerra Fría, en su carrera para dominar el mundo, acaban con toda posibilidad de optimismo. Pasada la inmediata posguerra, el movimiento del Mayo del 68, apoyado en el subsuelo creado por los filósofos de la Escuela de Frankfurt y en el renacer del marxismo anticomunista, busca una nueva esperanza para la humanidad, es un último empujón de la Ilustración. La rápida derrota política del mayo francés ante las inmediatas elecciones convocadas por De Gaulle, no evitó su efectos a largo plazo.

Cuando se cumplen 50 años de aquel acontecimiento, encontramos muchos de sus planteamientos en el actual programa de Naciones Unidas y la Unión Europea, apoyado también por ONG globales y grandes multinacionales como Apple, Microsoft, Google, Facebook…nada sospechosas de espíritu revolucionario.

Cuando se cumplen 50 años de aquel acontecimiento, encontramos muchos de sus planteamientos en el actual programa de Naciones Unidas y la Unión Europea, apoyado también por ONG globales y grandes multinacionales como Apple, Microsoft, Google, Facebook…nada sospechosas de espíritu revolucionario. Lo que apoyan es la aparición del nuevo sujeto del neocapitalismo que había que construir, un individuo sumergido en un hiperconsumo compensador de todas las frustraciones. El nuevo individuo aislado, debilitado y dependiente del estado y del mercado por haber destruido todas sus estructuras solidarias (familia, sexualidad, maternidad, trabajo…), es ahora vulnerable a la estrategia neocapitalista para lograr que menos de un 1% de la población mundial sean los nuevos amos del mundo.

La generación del mayo del 68 que abrigó anhelos de esperanza para la humanidad, no debieramos abandonar este mundo sin señalar a los jóvenes del mundo que fracasados los intentos colectivos de Libertad e Igualdad, la esperanza que el mundo busca, no podrá llegar sin retomar el eslabón perdido: la Fraternidad. Necesitamos una generación que tenga la valentía de defender su libertad, asumiendo todas las consecuencias que traiga consigo la búsqueda de la Fraternidad.

Victor Navarro y Ana Solano

Revista Autogestión 123