Memoria histórica, o Historia como disciplina donde un pueblo se cultive

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La historia es una disciplina que tiene 2500 años de existencia, pero ha sufrido un fuerte reduccionismo, sobre todo en nuestro país, al pegarle el adjetivo de “Memoria”. ¿Y por qué un reduccionismo? Porque para un historiador un testimonio personal nunca puede ser la última palabra.

La memoria histórica además incumple su propio precepto cuando, por ejemplo, quiere derribar determinados monumentos históricos para negar la propia existencia de la historia.[1]

Preservar la memoria histórica aplicando la damnatio memoriae (una condena al olvido)[2] es un sinsentido si se destruye como si nada hubiera pasado. Nadie sabrá lo que ha sido un determinado pueblo.  Es una barbaridad que la historia quede relegada, por tanto, a mero instrumento político.

Uno de los principales actores de este proceso en España han sido los nacionalismos, manipulando el fenómeno histórico en aras de una legitimadora formación patriótica que busca el apoyo de la población por la vía de la reducción de la historia a un comic épico.

Llevando al extremo la manipulación y usando el fórceps en extraer, sumergidos en el absurdo, determinados rasgos diferenciales históricos, en la mayoría de las ocasiones totalmente accesorios y secundarios o incluso manipulados, han hecho un flaco favor a la sociedad a la que deben servir.

Hay tres derivas que un reciente miembro ingresado en la Academia de la Historia, Enrique Moradiellos, tiene en cuenta y han de ser combatidas, y las podríamos resumir como sigue:

  1. Un primer aspecto es que, de esta manipulación, de esta confusión consciente, construida desde una leyenda mitológica hecha verdad histórica, surgieron los totalitarismos fascista y comunista. Con la gravedad añadida de que estos postulados no solo son impulsados por los nacionalismos periféricos, sino también por los ideólogos de la “nueva izquierda”, que ha sustituido la retórica marxista por el discurso de las identidades en especial la de género…
  2. Que existe una deriva moralizante que intenta revisar el pasado desde los preceptos valorativos que imponen hoy los principios de lo políticamente correcto.
  3. Y que se construye una deriva instrumental que asimilaría la idea de progreso histórico a la de los avances instrumentales y técnicos, una aceptación tal que no necesitarían juicio alguno, al venir avalados por esa confusión en la misma idea de progreso.

Para empezar, deberíamos aprender de la historiografía británica, a considerar sólo hechos demostrados documentalmente y a exponer de forma clara, divulgativa y pedagógica el relato histórico, y con todo el respeto posible a la verdad, haciendo nuestras las palabras del clásico Cornelio Tácito “bona fides, sine ira et studio”[3], en la que señalaba la necesidad de separarse de estas «infuencias» al realizar los estudios de historia.

Hay mucho camino por hacer, pero arrimemos el hombro.

 

Fuente: Diario El Mundo 2/12/2020 artículo de Fernando Palmero

[1] https://www.lavanguardia.com/internacional/20200620/481868825404/estatua-misionero-fray-junipero-serra-derribada-san-francisco.html

[2] Los romanos reverenciaban a sus ancestros, decoraban sus villas con episodios heroicos de los más eminentes y velaban porque los apellidos fueran legados de generación en generación, aunque hubiera que recurrir a hijos adoptivos para salvarlos. La memoria familiar era uno de los ejes de la sociedad romana, hasta el extremo de la condenada al olvido se situaba en la cúspide de los castigos más crueles. Los romanos imaginaban la historia de la humanidad como un lugar cuyas páginas más oscuras podían, simplemente, ser arrancadas y sustituidas por nuevas.

[3] En esta expresión encontramos la famosa declaración de intenciones con la que Tácito presenta sus Anales, intentando distanciarse de cara al lector de los autores de época posterior a Augusto que, en su opinión, distorsionaron la Historia de Roma bien por miedo al gobernante coetáneo, bien por sentimientos adversos contra los gobernantes pasados. Así, Tácito se propone tratar en su obra esos tiempos cuya historia ha quedado pervertida. Consciente del gran impacto de su expresión, asegura: «sine ira et studio, quorum causas procul habeo».