Id y Evangelizad nº 117 «Militancia cristiana de por vida»

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Mari Trini, paradigma de una generación de militantes cristianos pobres. (editorial)

Casa de Cultura «Mª Trinidad Gómez del Castillo» en Barquisimeto (Venezuela)

En los comienzos del siglo XXI y ante los grandes retos que la humanidad tiene planteados, no hay duda que necesitamos testimonios de laicos viviendo en radicalidad su vocación especifica en medio del mundo.

Por eso queremos recordar hoy a María Trinidad Gómez del Castillo, fallecida el pasado 25 de octubre y que durante muchos años fue la responsable de esta revista y de las ediciones Voz de los sin Voz. A ella queremos dedicarle estas líneas. Que sirvan también a las nuevas generaciones como testimonio de que merece la pena vivir la vida entregada al Ideal, que es Cristo, pobre, humilde y sacrificado.

No hay duda de que toda la vida de Mari Trini ha estado impregnada por el amor a Dios, cuyo Cuerpo comulgaba diariamente

 

No hay duda de que toda la vida de Mari Trini ha estado impregnada por el amor a Dios, cuyo Cuerpo comulgaba diariamente. «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Juan 6, 51).

María Trinidad Gómez del Castillo Segurado,  era la hija mayor de Julián y Trini, fundadores del Movimiento Cultural Cristiano. Esposa de Jose Manuel, ambos padres de cuatro hijos; maestra de profesión, abandonó pronto la docencia en la escuela para entregar su vida a la formación de militantes y en su trabajo como responsable en las Ediciones Voz de los Sin Voz. Hablamos de quien fue paradigma de la segunda generación de militantes cristianos pobres surgidos fundamentalmente de la experiencia apostólica de Rovirosa, el cual -junto con el padre de Mari Trini y don Tomás Malagón- encarnó como pocos el Evangelio entre los descartados, dándoles la centralidad que el mismo Cristo les otorga, creyendo realmente en que son los principales destinatarios y responsables de la Buena Nueva.

Aquella primera generación de apóstoles pobres solo es explicable por una indudable intervención divina, como lo demuestra el hecho de que no sucumbieran a la manipulación de la fe que supuso primero el nacionalcatolicismo y, posteriormente, el llamado «compromiso temporal», que unas veces venía disfrazado de democracia cristiana, otras de socialdemocracia y otras más de marxismo. Frente a ellos, opusieron tenazmente el compromiso bautismal que da la primacía a la fe. Esto les trajo marginación, persecución y cárcel, perder sus casas, trabajos, cualquier beneficio humano. La Cruz siempre, absolutamente siempre, es el precio a pagar para poder transmitir el tesoro de la fe encarnada a las siguientes generaciones, como Pablo a sus discípulos, como S. Benito a la Europa que nacía en torno a sus Monasterios.

Mari Trini fue una de las personas que mejor recogió y cuidó este valioso testigo. A ella le tocó enfrentar la manipulación del llamado «compromiso temporal», que tanto aborrecía Guillermo Rovirosa y que hoy vuelve a estar de moda en muchos ambientes eclesiales. Le tocó enfrentar la mentira de que la fe y -por tanto- la Iglesia  vienen después de hacer determinadas opciones humanas (opción obrera, opción ecológica, opción por determinado grupo social o reivindicaciones de apariencia noble). Fue consciente de que la fidelidad a Cristo, tal y como la Iglesia católica nos transmite y hace presente y encarnado en los empobrecidos, es el criterio absoluto de discernimiento para todo: para las decisiones más íntimas, para las decisiones de la  propia familia y las que toman los hijos, para la organización apostólica, para la vida política, cultural, económica y social.

Mari Trini, que cultivaba con una sensibilidad exquisita la relación con sus amigos y -sobre todo-  con algunos sufrientes, como los enfermos o los amigos de Venezuela, era intransigente en la defensa de la verdad, de lo recto, de lo que podía mancillar el compromiso bautismal. No era posible negociar con ella un rebajamiento o adulteración de la triple fidelidad por la que había prometido dar la vida: fidelidad a Cristo y a nadie más; fidelidad incondicional a la Iglesia católica y fidelidad a los empobrecidos. Esto, de hecho, abrevió considerablemente su existencia desgastándose hasta el final.

Muchos son los llamados y pocos son los que perseveran hasta el final. Mari Trini ha combatido el combate, ha llegado a la meta final; viviendo esta triple fidelidad sin titubeos. En estos momentos de relativismo y “emotivismo”, que ella combatía con especial y santa virulencia, son testimonios como los de Mª Trini los que más nos convienen para formar cristianos militantes recios, seguros en su fe y convicciones, con sensibilidad evangélica con los crucificados, que busquen la verdadera amistad sin caer en la falsificación del amiguismo.

Mari Trini, ahora que estás cantando las alabanzas al Buen Dios, con tus vestidos blanqueados por la Sangre del Cordero, en compañía de la Santísima Virgen María, de tus maestros Julián, Trini, Guillermo, Caterina y D. Tomás, de tus amigos empobrecidos, en comunión con todos los santos, a los que tanto admirabas, y junto al coro de los ángeles, intercede por toda la Iglesia y por todos los crucificados de hoy.

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Revista Id y Evangelizad nº 117 ya en las Casas de Cultura y Solidaridad

 

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