PARÁBOLAS DE ALEGRÍA.

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Parabola de los viajeros, del prisionero del campo de concentración, del maestro figueredo




PARÁBOLA DE LOS VIAJEROS

Un día decidieron ir a buscar entre las montañas la famosa fuente de la felicidad. El que bebía de ella se sentía plenamente feliz. Estaba lejos y el camino era difícil y empinado, pero ellos eran valientes y aventu-reros. Andaban, descansaban y pasaban las noches en tiendas de campaña. Estaban muy cansados, el camino transcurría entre zarzas, se caían y se hacían rasguños, pero seguían adelante. Algunos no quisieron seguir, pero los más fuertes habían decidido encontrarla.

Llegaron a un camino sin huellas, casi nadie había pasado por allí; aunque dudando y perdiéndose, seguí-an empeñados en su meta. Por fin ¡la fuente! El agua es fresca, pero es agua como las demás; sin embargo, se sienten felices y comentan: lo que nos da felicidad es el esfuerzo.

PARÁBOLA DEL PRISIONERO DEL CAMPO DE CONCENTRACIÓN

En un campo de concentración vivía un prisionero que, pese a estar sentenciado a muerte, estaba alegre. Un día apareció en la explanada tocando su guitarra, y una gran multitud se arremolinó en torno a él para escuchar porque, bajo el hechizo de la música, los que le oían se veían, como él, libres de miedo. Cuando las autoridades de la prisión lo vieron, le prohibieron vol-ver a tocar. Pero al día siguiente allí estaba de nuevo, cantando y tocando su guitarra, rodeado de una multi-tud. Los guardianes le cortaron los dedos, pero él, una vez más, se puso a cantar su música con las manos cor-tadas. Esta vez la gente aplaudía entusiasmada. Los guardianes volvieron a llevárselo a rastras y detrozaron su guitarra.

Sin embargo, al otro día, de nuevo estaba cantando con toda su alma. ¡Y qué forma tan pura y tan inspira-da de cantar! Toda la gente se puso a corearle y, mien-tras duró el cántico, sus corazones se hicieron tan puros como el suyo, y sus espíritus igualmente invencibles. Los guardianes estaban tan enojados que le arrancaron la lengua. Sobre el campo de concentración cayó un espeso silencio, algo indefinible; por fin, para asombro de todos, al día siguiente estaba allí de nuevo el cantor lleno de alegría, balanceándose y danzando a los sones de una silenciosa música que sólo él podía oir. Y al poco tiempo todo el mundo estaba alzando sus manos y danzando en torno a su sangrante y destrozada figu-ra, mientras los guardianes se habían quedado inmovi-lizados y no salían de su estupor.

PARÁBOLA DEL MAESTRO FIGUEREDO

A la mañana siguiente pasaron por allí unos arrieros y encontraron al maestro Figueredo cubierto de more-tones y de sangre. Estaba vivo, pero en muy mal estado. Casi no podía hablar. Hizo un increíble esfuerzo y llegó a balbucir con unos labios entumecidos e hincha-dos: «me robaron las mulas». Volvió a hundirse en un silencio que dolía y, tras una larga pausa, logró empu-jar hacia sus labios destrozados una nueva queja: `me robaron el arpa». Al rato, y cuando parecía que ya no iba a decir nada más, empezó a reir. Era una risa pro-funda y fresca que inexplicablemente salía de ese ros-tro desollado. Y, en medio de la risa, el maestro Figueredo logró decir: ¡pero no me robaron la música! (E. Galeano).