PATOLOGÍAS del PODER

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El nacionalismo, para poder cuajar, necesita la imagen amenazadora de un enemigo. El siglo XX, escenario de genocidios, de ideologías totalitarias y de la trivialización del mal. El siglo XX registró, al menos, ocho episodios de matanzas masivas, aunque esta sea una lista incompleta



El siglo XX, escenario de genocidios, de ideologías totalitarias y de la trivialización del mal.

En el siglo XX, el poder, y me refiero al político, ha sufrido una profunda transformación. La causa de ese fenómeno es la aparición en el escenario político de un nuevo protagonista social, las masas. A partir de ese momento se empieza a hablar de la «sociedad de las masas», del «papel de las masas» en la historia, de la «rebelión de las masas», como de rasgos característicos de nuestros tiempos. Se trata de una nueva fuerza y, al mismo tiempo, carente de experiencia y orientación política. Integran esa muchedumbre los campesinos de ayer, los emigrantes de las áreas rurales llegados a las ciudades en busca de trabajo, esa ola humana empujada por la esperanza de encontrar una vida mejor. Ya dispone, gracias a los avances de la democracia, de una gran fuerza: el derecho al voto, ese derecho que le permite elegir y que, en definitiva, pone en sus manos las decisiones.

Desde el momento de la aparición de las masas, todo aquel que quiere conquistar y mantener el poder tiene que pactar con la nueva comunidad, tiene que domarlas, hacerlas dóciles o conquistarlas para poder someterlas, más tarde, a su dominación con ayuda de la persuasión, la manipulación o, simplemente, el dictado.

El gran problema de los millones de seres que se incorporan de manera muy rápida y caótica a la población de las grandes ciudades, es, por un lado, encontrar un trabajo y una forma de pasar el tiempo libre y, por otro, encontrar su propia identidad. Se trata de personas que rompieron los lazos con su propia cultura, con la que todos sus antecesores se identificaron durante siglos, y que necesitan encontrar una nueva identidad, una nueva comunidad dentro de la que puedan sentirse seguras y de la que puedan ser, al mismo tiempo, un elemento valioso. En esa situación aparece en la historia un nuevo tipo de líderes políticos que, prometiéndoles a esas personas una nueva identidad tan anhelada por ellas -porque la pérdida de las raíces genera una agotadora sensación de temor y desorientación-, consiguen el respaldo de la masas y, gracias a él, conquistan el poder.

Los instrumentos utilizados por esos nuevos líderes son muy diversos, pero la historia contemporánea nos enseña que tres de ellos han desempeñado un papel singular: las ideologías (el fascismo y el comunismo serían sus ejemplos), el populismo y el nacionalismo.

¿Quién trató de hacerse con el poder en las primeras décadas del siglo XX? Por lo regular eran personas salidas de las clases medias, frecuentemente militares, activistas de distintos partidos o estudiantes universitarios. Las consignas que lanzaban tenían como fin atraer a los que se sentían amenazados y desorientados y satisfacer sus expectativas, conseguir el respaldo de los que buscaban su propia identidad y convencerlos de que la encontrarían en los conceptos «nación» o «Estado». Como afirmaban los ideólogos y los agitadores, la nación era la gran comunidad social y espiritual en cuya construcción podían participar también los desarraigados de ayer y encontrar así en ella un lugar seguro. Presentaban el «Estado» como la institución jurídica y administrativa que hacía posible la realización y defensa del concepto «nación». La ideología que se basa en la filosofía y apología de la nación-Estado y presenta ese concepto como algo ideal que se llama nacionalismo.

El nacionalismo tiene muchos rasgos característicos, pero dos de ellos son particularmente peligrosos y abominables. El primero es la arrogancia y la soberbia que encierra la convicción de que la cultura propia es superior a la de otros. El segundo consiste en que la singularidad propia se define mediante la hostilidad contra otros, mediante el rechazo de otros que son presentados como enemigos, principalmente las comunidades y sociedades vecinas. Consideran que la única eliminación eficaz del peligro -que, por lo regular, sólo existe en su imaginación, porque casi siempre suele tratarse de enemigos inventados- es el aplastamiento físico del adversario e incluso su aniquilamiento total. El nacionalismo, para que pueda cuajar, tiene que disponer de la imagen amenazadora de un enemigo. Cuando el nacionalismo no dispone de un enemigo real, lo inventa, porque lo necesita de manera inapelable.

De gran ayuda les sirven los medios de comunicación contemporáneos, ese potente y omnipresente instrumento de la manipulación y la propaganda que es la prensa, la radio y la televisión.

Muchos pensadores contemporáneos, como Gellmer, Mosse, Hobsbwan y John Lukacs, consideran que el nacionalismo es la ideología principal y dominante de nuestros tiempos y ponen de relieve su destructora agresividad. El nacionalismo es una ideología combativa y sus ataques pueden adquirir muy diversas formas (también sabe agazaparse, sumirse en letargos temporales). Sin embargo, las ofensivas del nacionalismo no son reacciones autónomas y espontáneas. Siempre son reacciones meticulosamente preparadas u organizadas por el poder, por sus cuadros, sus estructuras y los medios. Esas reacciones siempre tienen un objetivo muy concreto y víctimas cogidas de antemano. Esas reacciones tratan no sólo de dañar al enemigo, sino de destruirlo de manera definitiva. Y precisamente esos intentos de alcanzar el triunfo máximo son uno de los rasgos fundamentales del nacionalismo contemporáneo.

Pero, ¿quién es el enemigo real o inventado que aprovecha el poder, con su cruzada nacionalista, para fortalecerse o ampliar sus influencias? ¿Cómo es la imagen del enemigo? Ante todo, es una imagen colectiva, porque el enemigo, en tanto que individuo aislado, no es peligroso. La que es peligrosa es la masa enemiga. En este caso, la identidad nos muestra su doble imagen, sus dos caras. Una de ellas es la salvación de aquel que busca y quiere conservar sus raíces; la otra es la maldición y el estigma, que pueden convertirse en condena.

Y algo más y muy importante: los enemigos tienen que ser seres distintos, los enemigos siempre son ellos. Lo ideal sería que siempre pudiesen ser distinguidos por sus rasgos externos; por ejemplo, el color de la piel, la forma de vestirse, su aspecto general, su comportamiento. En estos casos es más fácil señalarlos con el dedo y descubrirlos en la muchedumbre. Lo ideal sería también que los enemigos siempre fuesen más débiles, que se sintiesen desorientados y perdidos y que estuviesen indefensos.
El nacionalismo es la patología, la enfermedad de los tiempos modernos. Pero tiene un antecesor, un modelo, por cierto, aún vivo en muchas partes y situaciones. Me refiero al tribalismo, a la filosofía de las clases, de los vínculos tribales y de los clanes, también alimentada y animada por las élites y siempre enfilada contra los vecinos más o menos cercanos.

Pero, al tratar el nacionalismo como esa ideología que es el terrible causante del genocidio en el siglo XX ¿no cometemos una falsificación de la historia? ¿no nos olvidamos de que muchas otras atrocidades fueron cometidas por el poder asesino contra su propio pueblo? No, no cometemos falsificación alguna, porque también en esos casos el poder asesino actuaba de acuerdo con las reglas del nacionalismo, ya que acusaba a sus víctimas de haber traicionado al pueblo, de haberse vendido al enemigo.

La percepción del «otro» como de una amenaza, de un representante de las fuerzas extrañas y destructoras, fue común a todos los regímenes nacionalistas, autoritarios y totalitarios conocidos por nuestra época. Se trata de un fenómeno registrado en todas las culturas y, con tristeza tengo que constatar que ninguna civilización resultó ser impermeable ante el veneno del odio, del desprecio y de la destrucción, inoculado por los líderes e ideólogos nacionalistas. La misma enfermedad era propagada por los regímenes más diversos y en las latitudes más distantes. Sus manifestaciones extremas acarrearon numerosos casos de genocidio, de ese crimen masivo que se repite una y otra vez, y que, por desgracia, es uno de los rasgos característicos del mundo moderno.

Existe una cierta tendencia -porque así es más cómodo y más fácil- a tratar los sucesivos capítulos de la historia del genocidio como episodios aislados entre sí y difíciles de entender, como explosiones irracionales de una furia colectiva, como actos de histeria y de locura de las muchedumbres drogadas por el olor de la sangre. Como esos sucesos -partiendo del principio de la culpa metafísica- nos cubren a todos de oprobio, tratamos de olvidarlos cuanto antes y de dejarles tan desagradable y dolorosa temática a los especialistas. Sin embargo, un análisis más detenido de los casos de genocidio nos obliga a rechazar la idea de que nos enfrentamos a simples e irracionales estallidos de ira y violencia. En las raíces de todo acto de genocidio siempre está alguna de las ideologías del odio difundidas de manera metódica y planificada. Esos actos siempre se ven precedidos por largos períodos de meticulosa preparación organizativa y técnica del aparato burocrático del Estado moderno. Eso permitió a muchos filósofos -como Bauman, Laqueur y Arendt- formular la inquietante tesis de que la civilización tiene en su propio carácter, en su propia esencia y en su propia dinámica rasgos que -en condiciones favorables y en un momento adecuado- pueden hacer posible un nuevo acto de genocidio. Se trata de una tesis que hace sentir espanto.

¿Cuándo aparecen ese momento y esas condiciones favorables? Cuando aquello que pertenece a la esfera de la cultura y aquello que pertenece a la esfera de lo sagrado se divorcian; cuando la esencia espiritual se ve debilitada en la cultura o, sencillamente, desaparece de ella; cuando el letargo de la ética en la sociedad genera un vacío; cuando se debilita la sensibilidad ante el mal.

Todo parece indicar que en nuestra época el mandamiento cristiano más ignorado y pisoteado es el que insta a amar al prójimo. ¿Hubo desde siempre en los humanos una actitud de rechazo e incluso de hostilidad ante los «otros»? ¿Cómo es posible?

Todas las ideologías contemporáneas que se nutran del odio, el nacionalismo, el fascismo, el comunismo y el racismo aprovechan la propensión del ser humano al rechazo del extraño, hacia el desconocido, hacia el diferente. El poder sabe transformar ese rechazo en hostilidad e incluso hasta en deseo de matar.

Las consecuencias de esa patología generada por el odio alcanzaron dimensiones aterradoras y monstruosas en nuestros tiempos, cuando el poder está dotado de una organización estatal con modernas estructuras organizativas y avanzadas técnicas (incluidas las tecnologías de la aniquilación física). Así apareció en los tiempos modernos el espantoso fenómeno del genocidio.

El genocidio es una acción armada intencionada, organizada y sistemática que tiene como fin exterminar comunidades civiles metódicamente escogidas por su nacionalidad, raza o religión.

La historia del siglo XX registró al menos ocho episodios del genocidio (la palabra episodio no es la mejor, porque las matanzas duraron, por lo regular, bastante tiempo). El primero fue la matanza de armenios llevada a cabo por los turcos en los años 1815 y 1916. El segundo provocó la muerte por hambre de millones de campesinos ucranios en los años 1932 y 1933. El tercero fue el exterminio de la población de Nankín y de sus alrededores llevado a cabo por los ocupantes japoneses en los años 1937 y 1938. El cuarto, el holocausto de los judíos llevado a cabo por los nazis en los años 1941-1945. El quinto fue el asesinato de millones de musulmanes e indios durante la división de la India en los años 1947 y 1948. El sexto provocó la muerte de millones de personas durante la Revolución Cultural llevada a cabo por Mao Tse Tung en China en los años cincuenta y sesenta. Víctimas del séptimo episodio fueron millones de camboyanos en los años 1975-1978. El episodio más reciente, de 1994, fue protagonizado por el régimen de los hutus en Ruanda, que asesinó a cientos de miles de tutsis. Muchos podrían decir que la lista es incompleta y, efectivamente, hay que admitir que se produjeron muchos otros casos de matanzas masivas que, si no fueron actos de genocidio, estuvieron muy cerca de ello, como las matanzas de Sudán, Sierra Leona y los Balcanes.

Cuando buscamos puntos de orientación en ese laberinto de crímenes, mentiras y odio encontramos algunos rasgos comunes.

En primer lugar, todos los actos fueron organizados por gobiernos que ejercían el poder en sus países de manera legal. El silencio y la pasividad de la opinión pública también fueron un rasgo común, sobre todo en la primera etapa del genocidio. Se trata de un hecho aterrador, porque confirma la crisis de la sensibilidad ética que enfrentan las civilizaciones modernas.

En segundo lugar, las matanzas masivas se han practicado no en una determinada cultura, sino en países pertenecientes a culturas muy diversas, y eso confirma que no hay cultura inmunizada ante el virus del genocidio.

En tercer lugar, se advierte una relación directa entre el genocidio y la guerra. Todos los actos de genocidio mencionados se produjeron durante la guerra o como consecuencia de un clima de amenaza bélica creado por el poder.

En cuarto lugar, la democracia es la única forma de organización de la sociedad que ha demostrado hasta ahora ser resistente ante el bacilo genocida.

En quinto lugar, el poder que planeó y organizó el genocidio siempre comenzó la operación por la propagación entre sus partidarios de la imagen del enemigo, de la futura víctima. Siempre fue fundamental emplazar al enemigo dentro de la comunidad (de la familia, de la aldea, de la ciudad, del colectivo). De esa manera, el enemigo se presentaba como algo más peligroso.

En sexto lugar, el enemigo podía ser del más diverso origen; es decir, otra clase social, otra raza, otra religión (los ricos, los judíos, los musulmanes, los tutsis, los negros), pero en la propaganda siempre recibía la misma definición: enemigo del pueblo (wrag narodu, nationfeind).

En séptimo lugar, en el período de preparación y realización de la acción genocida, los gobernantes apoyan el principio de la autarquía. El poder suele realizar una política de aislamiento frente al mundo y refuerza el hermetismo de las fronteras.

En octavo lugar, en su excelente libro La modernidad y el exterminio, el profesor Bauman advierte que la realización del holocausto fue facilitada por el avance técnico del mundo, un avance que hizo posible asesinar «a distancia». Los organizadores no se veían obligados a matar con sus propias manos y eso les liberaba de los remordimientos de conciencia. Sin embargo, no en todos los casos de genocidio fue así. En Ruanda, los organizadores del genocidio instaron a sus verdugos a asesinar no con ayuda de armas automáticas, sino con machetes. Querían conseguir el fortalecimiento dentro de sus propias filas embarrando de sangre las manos de sus partidarios.

En noveno lugar, en todos los casos, el momento de las matanzas y el exterminio fue precedido por largos períodos de represiones y de sufrimientos, de hambre, humillaciones y terror. En definitiva, para muchas víctimas, la muerte se presentaba como un gesto de gracia.

En último lugar, en todos los casos, el genocidio fue preparado y llevado a cabo cuando la sociedad se encontraba sumida en una profunda crisis económica y moral, cuando atravesaba por momentos de ceguera religiosa, cuando los sentimientos habían sido afectados por la atrofia y la gente no sabía cómo distinguir el bien del mal.

Aunque es cierto que cada suceso tiene sus rasgos específicos y sus particularidades -pienso sobre todo en la espantosa singularidad del holocausto- también es cierto que en todos estos crímenes se pueden encontrar elementos comunes, tanto en las secuencias de acontecimientos como en los motivos propagados por los organizadores y en los mecanismos criminales empleados. Aquí hay que añadir y recalcar que la crueldad masiva de cada uno de esos episodios afecta no solamente al grupo racial, étnico o religioso directamente castigado, porque es una catástrofe común del hombre como tal, del humanismo, y eso nos hace responsables a todos los que vivimos sobre la Tierra.

El siglo XX es definido por lo regular en las síntesis como siglo de dos totalitarismos: el fascismo y el comunismo; como siglo de las grandes guerras mundiales; como siglo de Auschwitz e Hiroshima. Sin embargo, en ninguna parte encontré la definición del siglo XX como una época de constantes repeticiones de actos genocidas en distintos momentos y culturas. En ninguna parte encontré la aclaración de que los actos de genocidio fueron preparados, organizados y realizados por el poder representado por gobiernos de legalidad reconocida y aniquilaron ante todo a millones de personas inocentes. Se puede calcular, no obstante, que el genocidio acabó en el siglo XX con la vida de más personas que las dos guerras mundiales. Las pérdidas materiales provocadas por el genocidio también fueron incalculables.

La descripción de cada acto de genocidio por separado y su grabación también por separado en la historia y en la memoria humana hacen que las tragedias sean vividas con menos intensidad por la humanidad, y no como una experiencia común que despierta en todos nosotros emociones que nos unen.

El poder, y sobre todo el poder estatal que comete actos de genocidio, puede contar con una gran impunidad. El Tribunal de Núremberg es una excepción que, por otro lado, abarcó solamente a un número muy reducido de criminales. Son muy pocos los funcionarios estatales que son juzgados por los crímenes que cometieron. La regla es que, cuanto más alto fue el cargo que ocupó el funcionario estatal, mayor es su impunidad. El verdugo pequeño puede acabar su vida en una horca, pero el verdugo grande, por lo regular, es intocable. Esa es una gran debilidad del sistema mundial de justicia, un sistema muy endeble, falto de consecuencia y muy oportunista.

En la historia son muy contados los casos en los que los Estados reconocieron sus culpas relacionadas con los actos de genocidio. Así ocurrió con los alemanes. En la mayoría de los casos, el poder rechaza las acusaciones de genocidio o mantiene un silencio total al respecto.

Lo más terrible de todo es que la gente, la opinión pública, carece de recursos para imponer la justicia, y ante esa incapacidad aumentan la insensibilidad ética, la indiferencia moral, la falta de voluntad y la incapacidad para reaccionar ante el mal. Mientras tanto, el mal, con frecuencia, se manifiesta como patología del poder, y entonces es tanto más peligroso por cuanto en los actos de genocidio aprovecha las técnicas modernas de organización, mucho más eficaces que las de antes. En el pasado se vinculaba el mal a estallidos irracionales de la ira popular, a inexplicables erupciones de ceguera colectiva, al descontrol de los instintos más bajos y a las ansias incontenibles de venganza y revancha, mientras que ahora se relaciona con una organización que se caracteriza por la frialdad y la astucia.

Como no existen las barreras jurídicas, institucionales o técnicas capaces de prevenir de manera eficaz la comisión de nuevos actos de genocidio, el único escudo protector que nos queda es la moral de cada individuo y de cada sociedad, la conciencia religiosa de los fieles y de sus comunidades, la voluntad firme de hacer el bien y la aceptación de ese mandamiento que nos induce a amar al prójimo.