Postcovid: «Nada será igual»

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El postcovid tiene, a juzgar por las aportaciones que vienen haciendo diversos pensadores y filósofos actuales, escenarios complejos y aparentemente divergentes. Donde parece que hay un cierto acuerdo es en que “nada será igual”. Pero esa es una expresión que admite muchas interpretaciones.

¿Vamos a cambiar nuestro comportamiento personal y social después de esta pandemia?

Hay una línea de reflexiones que no se muestra nada convencida de que los comportamientos de las personas, sobre todo los referidos a nuestra relación con los demás, vayan a cambiar en demasía en cuanto acabe este encierro. Incluso a lo mejor se disparará el egoísmo personal y colectivo.

Es posible que muchos terminen llegando a la conclusión de que “lo que tengo que hacer es velar mucho más por mi mismo y los míos y disfrutar al máximo, sin más consideraciones, de los placeres que me pueda permitir”. Eso disparará el consumo, el ocio y la evasión sin límites. ¡Comamos y celebremos el momento que mañana moriremos! ¿A qué esperar?

Además, en situaciones de “catástrofes” o de “pérdida de libertad” vividas en primera persona también se nos advierte, desde la psiquiatría y la psicología, que se produce un aumento de las adicciones y de los traumas de la soledad patológica. En la actualidad, tienen que ver sobre todo con las heridas que ha generado una sociedad hiperindividualista y desvinculada, desestructura o débil en sus relaciones sociales. El resultado puede llegar a ser, por lo tanto, una sociedad aún más enferma.

No está, pues, nada desencaminado pensar que nos espera también, junto a la euforia, un periodo “traumático” colectivo, con evidentes consecuencias en la salud mental, que demandará un tratamiento “postraumático” análogo al que sufren los sujetos de episodios colectivos tan conocidos como las guerras o las llamadas catástrofes naturales. Ello sin hablar de las consecuencias del confinamiento en las ya de por si poblaciones más frágiles y vulnerables, entre las que se encuentran los mayores, los enfermos crónicos, los enfermos mentales, los “descartados” sociales y los niños.

 

¿Desaparecerá el capitalismo?

Otro efecto colateral, que vendría a agravar este escenario, es el de la habituación o adaptación a un régimen de “estado de excepción y control” permanente, en dónde el precio a pagar por la seguridad, siempre precaria y susceptible de sentirse incierta, será el absoluto sometimiento a un estado fuerte y totalitario. Este estado de angustiosa ansiedad podría mantenerse con las adecuadas dosis de incertidumbre y miedo premeditadamente inoculadas cuando sea necesario. El sueño de la biopolítica imperialista está conociendo un ensayo sin precedentes.

Además, tomando de referencia el decepcionante comportamiento que está ofreciendo la UE y los EE. UU., los reinos de la “libertad” y el “bienestar” (¿para todos?), lo mismo terminamos llegando a la conclusión, por convencimiento, de que los modelos asiáticos autocráticos y nada escrupulosos con el respeto por los derechos humanos que se derivan de la libertad son mucho más realistas y eficaces.

Nada será igual, evidentemente. Pero estamos tan solo ante un escenario postcapitalista. El capitalismo, ese monstruo que todo el mundo se empeña en dar por muerto después de las grandes crisis, no sólo no se ha hundido, sino que se ha reforzado. Ha encontrado su oportunidad (¿o la ha buscado?) para cambiar a una fase aún más imperialista, la fase biopolítica, la fase transhumanista tecnocrática.

El descubrimiento de “los demás” como parte de mi mismo.

Hay una segunda línea de pensamiento. La presentamos en contraposición sólo por motivos didácticos. Evidentemente entre ambas líneas de pensamiento se encuentran muchas de las reflexiones a las que estamos haciendo referencia.

En este caso, el virus ha puesto de manifiesto la debilidad, la fragilidad y la vulnerabilidad de cada uno de nosotros y de la sociedad y del sistema económico-político en el que nos venimos moviendo.

En lo personal, y paradójicamente, el distanciamiento social y el confinamiento, no nos ha quedado más remedio que dejarnos de mirar cada uno nuestro propio ombligo. Esa especie de endiosamiento de nuestro “yo” empoderado y hedonista, pertrechado de la coraza de la tecnocracia omnipotente, ha sufrido una decepción, un colapso, una frustración.

También los “expertos” nos han decepcionado, sí. Porque está más que claro que “en el nombre de la ciencia y de los expertos” lo que se “tiene que hacer” difiere de unas propuestas a otras tanto como difiere un huevo de una castaña. De manera que resulta que nos hemos enterado de que la ciencia y los científicos no son tampoco portadores de “dogmas” inapelables, ni hablan con una sola voz ni lo tienen todo “bajo control”.

Pero, al mismo tiempo, hemos descubierto lo mucho que dependemos de los demás. Y en esos “demás” resulta que aparecen, en primer lugar, la legión de anónimos que jamás son el paradigma del éxito que nos han vendido en los programas de televisión o en los canales de YouTube.

Los demás son mi familia (más desconocida de lo que pensaba), el vecino, el compañero de trabajo,  el tendero del barrio, las limpiadoras, los transportistas, los celadores y los auxiliares de enfermería, los reponedores, … Nos encontramos viviendo una cura de humildad que necesariamente implica un descubrimiento de la alteridad, de la importancia que tienen los demás. Y un descubrimiento de la alegría en el servicio, en la ayuda mutua, en el cuidado de unos a otros.

También hemos descubierto la tan anhelada “amistad cívica”, que percibe que los demás no me pueden ser nunca indiferentes en mi vida cotidiana, en mi forma de actuar. La “amistad cívica” es lo que diferencia la mera co-existencia, donde no me queda más remedio que “tolerar” al otro, de la auténtica con-vivencia. Esta “amistad cívica” es, junto con la familia, el sostén y el alma de una democracia sana, real, y no meramente “formal” o jurídica.

La pandemia nos pone cara a cara frente a dilemas éticos que no podemos eludir

Otro grupo de reflexiones que se han suscitado tienen que ver con dilemas éticos que, de forma ineludible, tenemos que atender.

Parece ser que no podemos prescindir, en lo real, de discernir sobre lo que es bueno y lo que es malo hacer. Y, a continuación, esta experiencia nos hace caer en la cuenta de que lo “bueno” y lo “malo” no puede ser relativo, no puede nunca tomar como referencia absoluta lo que “yo decido” o lo que “a mí me parece”. Nos han tenido que prohibir hacer algo con el argumento, que casi todo el mundo ha acabado entendiendo, de que con ello colaborábamos a un bien fundamental de orden superior a nuestros “derechos”: no perjudicar a los demás, conseguir que restauremos la salud, que no perdamos la vida. Es decir, todos hemos entendido que nuestros particulares deseos y decisiones debían estar subordinadas a un bien superior, común. Eso no nos puede dejar sin el derecho a criticar si lo que realmente se está haciendo consigue el bien que se pretende. Aquí si que corremos el peligro de “dimitir” de nuestra responsabilidad y de delegarla sin más al papá Estado.

Y lo que nos está ocurriendo en la esfera personal se debe trasladar también en la esfera institucional, especialmente a la política. La toma de decisiones institucionales tampoco puede eludir este dilema sobre lo que está bien y lo que está mal. Pero ello no será posible sin voluntad firme de diálogo honesto, sin autocrítica y sin estar permanentemente abierto a la crítica para avanzar en los procesos de ajustamiento, que son procesos de búsqueda de la justicia y la equidad social.

Ello equivale a medir la salud social por el trato y el interés real que mostremos por los más débiles y vulnerables y por el grado de fortaleza y organización que tiene la sociedad para asumir el protagonismo que le corresponde.

Estamos, pues, ante un dilema de gran transcendencia: O nos decidimos por una cultura de la cooperación y la colaboración conjunta en aras de un bien común o nos atenemos a las consecuencias de “competir” y “luchar” cada uno por su propio interés y por su propio bienestar caiga quien caiga. El dilema nos interpela como un grito, como una bofetada. Todavía habrá quien diga que él no lo ha escuchado. Será difícil de creer.

El problema de la desigualdad social.

Todo el mundo ha entendido a la primera, en muy poco tiempo, algo que tanto cuesta hacer en tender cuando cada uno vamos a lo nuestro: que el mundo no es igual para todos. Cuando se toma una medida como la del confinamiento “igual para todos”, rápidamente tomamos conciencia de que eso no funciona igual para todos. No es lo mismo el confinamiento para el que vive en una casa de 200 metros cuadrados con jardín que para la mujer que vive sola, con sus hijos, en una habitación de un piso que no tiene ni 70 metros cuadrados, o para una persona sin hogar, o … Ni es lo mismo para el que cuenta con empleo e ingresos fijos de funcionario que para el precario o trabajador temporal o el autónomo o el sin papeles. Y así podemos seguir.

El problema de la desigualdad social, derivado de la organización y distribución de recursos materiales e inmateriales que propone nuestro sistema económico (que esta economía mata no es una metáfora), legitimado por nuestra “democracia formal” (que no real, porque no hay democracia política sin democracia económica), nos pone ahora frente a otro terrible dilema ético. Su manifestación más visible se refiere a nuestro sistema de salud.

Cuando faltan plazas en la UCI, cuando faltan recursos como los respiradores, cuándo falta personal sanitario, cuándo hay que hacer triajes como en los hospitales de campaña de las guerras, cuando se han degradado y mercantilizados nuestros servicios públicos (aquí hablamos del sanitario, pero lo mismo podríamos decir del educativo) con la aquiescencia de todos los gobiernos habidos … ¿A quién hay que salvarle la vida? ¿Quién tiene que decidir entonces? ¿Deben pagar los “viejos” el sacrificio cruento de nuestra desvergüenza después de haber organizado un estilo de vida y unas formas de trato que tenían ya de por sí un mensaje muy claro: ¡Estorbáis!? Ahora nos acordamos de ellos, ¡y de qué manera!

Con el dilema de los mayores, aparecen a renglón seguido el listado de los vulnerables, que resulta que teníamos por millones.  No podemos eludir tampoco la cuestión. ¿Quién decide quién debe y merece vivir y en base a qué? ¿Quién tiene que estar obligado a ejecutar esta decisión dejando al margen su conciencia? También estos dilemas se han puesto de manifiesto de forma brutal. Porque no nos cabe duda de que se han tenido que tomar estas decisiones y se han tomado. Y se ha puesto de manifiesto que los médicos (y todo el personal sanitario) están para SANAR y que esa es su vocación y no otra. Y por eso la situación en los hospitales ha llegado al paroxismo del dolor moral, que ha causado más estragos que el propio cansancio. Porque no estamos hechos para condenar a morir a nadie. Porque nuestra vocación es cuidar la vida y respetarla.

Otra lección: vivimos en un mundo globalizado, interdependiente. Todos responsables de todos, o todos esclavos.

Y, con los dilemas, asoman también las contradicciones y las hipocresías en las que nos venimos moviendo como si no pasara nada. Creo que las palabras del papa Francisco en la homilía previa a la excepcional bendición Urbi et Orbi impartida desde la Plaza de San Pedro el pasado 27 de marzo, lo expresan de la mejor manera posible: “En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos “continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo”

Hemos venido viviendo como si los problemas del resto de la humanidad, que ya estaba inmersa en las pandemias de la guerra, el hambre y la miseria, fueran algo muy lejano. Como si bastara con levantar muros, vallas y concertinas y aumentar el presupuesto militar, para mantenernos lejos y ajenos a esas pandemias, que crecen precisamente en el humus de nuestra indiferencia y nuestro bienestar.

A las fronteras se les han caído las máscaras. No queríamos que se nos colaran los pobres y se nos ha colado un virus. Los empobrecidos no vienen a matarnos. Vienen huyendo del virus del hambre, la miseria y de la guerra. Pero no los queremos (hablo no en lo personal sino en lo que se refiere a las estructuras y políticas implementadas en la UE) porque vienen a asaltar nuestro cómodo confinamiento en el bienestar. Y ahora resulta que descubrimos que están a pie de calle y junto a nuestros mayores, enriqueciéndonos. Vienen a enriquecernos.

Oportunidad para revisar nuestras certezas individualistas…y nuestro marco institucional

En esta línea de pensamiento, el momento presente nos ofrece la oportunidad de revisar esas certezas que actuaban como si fueran leyes naturales. A lo mejor para darnos cuenta de que no eran más que consignas del poder de los Poderosos, de los Fuertes. El momento presente nos pone una vez más ante una realidad interdependiente, global, que no admite las ridículas fronteras racistas y clasistas de los estrechos nacionalismos. El momento presente, repito,  nos pide una opción: o “colaboración por la existencia” o “lucha a muerte por la existencia”, que es lo mismo que decir, imposición de los fuertes a los débiles. O solidaridad, que implica la firme determinación por el bien común, sin banderas ni fronteras; o “eutanasia” forzosa para los más vulnerables y débiles. No se puede ser neutral: la eutanasia, la eugenesia, la eliminación de los débiles, de los “descartados” ya se lleva produciendo desde hace demasiado tiempo. Porque ya no depende ni de buenas intenciones ni de buena voluntad sino de estructuras alimentadas de sed de poder y de lucro. Y de hombres y mujeres que cínicamente nos movemos a diario en nuestra vida con ese mismo motor.

Decía al comienzo que hemos reducido la complejidad de las posturas y que, en apariencia, son divergentes. Pero en realidad ambas apelan a una situación que requiere de todos y cada uno de nosotros, de nuestra sociedad, una tremenda responsabilidad. O todos y cada unos de nosotros, personal y colectivamente, asumimos esta responsabilidad y nos comprometemos con la oportunidad de “regeneración”, de transformación humanista, de conversión de nuestro andamiaje mental, social e institucional, o que no nos quepa duda que quiénes en este momento detentan los instrumentos y las instancias para seguir tomando las decisiones más adecuadas a sus planes, se verán extraordinariamente reforzados y legitimados para un giro totalitario. Todos responsables de todos o todos esclavos.

Manuel Araus. Educador