Rescatar la economía es rescatar a los descartados

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Miles de millones de euros serán destinados a España para el rescate de una economía que se desplomó un 11 % durante el año 2020 por efecto de la pandemia del coronavirus, y las profundas dependencias estructurales de la economía española. Los que sufrían el desempleo y/o la precariedad han empeorado su situación y se incorporan a la multitud de descartados (desempleados, jóvenes, migrantes empobrecidos)

Sin olvidar, como ha denunciado reiteradamente Cáritas, que son los más desfavorecidos de nuestra sociedad los que sufren la transmisión intergeneracional de la pobreza, la temporalidad y precariedad.

El Banco Central Europeo no ha dejado de comprar deuda durante estos meses de pandemia (desde febrero de 2020 a marzo de 2021 han sido 300.000 millones de euros). Este enorme flujo monetario se ha dedicado a inyectar dinero barato a la banca (para créditos al consumo y empresas) y a la compra de deuda pública, que se eleva día tras día (ha subido 23 puntos, hasta el 120% del PIB). Sin olvidar que el rescate bancario de 2012 sigue pasando factura a los contribuyentes casi una década después; son 35.000 millones de euros que el Estado tendrá que asumir una vez que la deuda que mantiene el “banco malo” (Sareb), pase a ser computada como deuda pública. Tanto estas inyecciones de liquidez del BCE, como los 75.000 millones que llegarán del programa “Next Generation EU”, estructurados en forma de préstamos, suponen un desafío para una economía que se sigue endeudando. ¿Cómo se van a emplear? ¿Serán los fondos una fuente de financiación de aquellos proyectos con un mayor sesgo ideológico? ¿Serán destinados a promover a los más empobrecidos y descartados de la sociedad?

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La economía española, en el marco de la gran transformación digital actual, no ha sido repensada para invertir la pirámide, permitir el acceso a un trabajo digno de los más pequeños. Palabras como sostenibilidad y economía verde no entrañan por sí mismas un cambio socioeconómico de fondo en España.

Tanto la banca como la gran empresa española absorben las ayudas, gestionan los dividendos a la par que trasladan el trabajo precario hacia una pequeña empresa y/o autónomos ya absolutamente esquilmados. Sin olvidar lo que otros datos nos dicen: los poderosos succionan el talento de los más pequeños (pequeñas empresas tecnológicas, ideas de pequeñas iniciativas…). En definitiva, se apropian del esfuerzo y el trabajo de los que más aportan y sufren.

No se trata pues de repensar el capitalismo, un capitalismo pintado de verde o adjetivado de “inclusivo”; se trata de orientar la economía hacia el bien común. Una economía que provoca sus propias crisis y que acelera la concentración de riqueza gracias al gran poder atractor de las nuevas tecnologías.

Cambiar la estructura económica de nuestro país debería suponer una auténtica labor solidaria en política, de promoción del pueblo desde la base, del tejido asociativo y solidario. Pero, ¿hay voluntad política?

Sería necesario que se abriera un auténtico diálogo social y político con medidas a medio y largo plazo. Medidas para promocionar una pequeña y mediana empresa, poniéndolas a salvo de la excesiva dependencia de la economía de la evasión (basada en el ocio), liberándose de la excesiva temporalidad del sector turístico. No se deberían utilizar los créditos a las empresas y a los particulares (consumo), para facilitar la usura de la gran banca y beneficiar a las grandes concentraciones de capital representadas en las empresas del IBEX.

Impulsar las distintas iniciativas económicas descritas supone dar protagonismo a las familias, y a los grupos de personas asociadas como primera unidad económica, para que sostengan un tejido empresarial que ponga en valor el trabajo, y no los chiringuitos políticos dedicados a la ingeniería social, que no hacen más que restar a la riqueza de las sociedades. No se trata tan sólo de promover iniciativas económicas sin más, si no de orientar su filosofía y su existir a propiciar un trabajo digno, a que el mismo trabajo sea elevado a lugar que se merece en la sociedad.

Que “el tiempo es superior al espacio”, como recuerda el papa Francisco, tiene también una proyección política. Supone asumir que no se puede pensar con criterios electoralistas y cortoplacistas. Sino, acabaremos dando la razón a países que apuestan por encomendar la polis a tecnócratas, como Mario Draghi en Italia, a la gestión de los profesionales y de los técnicos, dejando a la política en un lugar absolutamente marginal. O incluso justificaremos de forma indirecta las plutocracias de tecnócratas de partido único, como en China. Necesitamos, pues, políticos a la altura de las circunstancias, personas que entreguen su vida a una sociedad herida y aplastada. Políticas que promuevan una auténtica red sociopolítica y económica, que no estén sometidas a las cúpulas del neocapitalismo rampante. Que sitúen, en definitiva, el trabajo por encima del capital.

Editorial Revista Autogestión nº 140

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