Revista Autogestión 163 «Economía informal: el trabajo invisible que mueve el mundo»

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El trabajo informal: la economía invisible que sostiene al mundo. (editorial)

Rigoberta ha preparado una torta (tarta para nosotros) con motivo del cumpleaños de su nieto. Ha tenido que hacer acopio durante varios días de harina y azúcar, lo que no le ha resultado nada fácil. Sabe que acudirán al evento muchos niños del barrio con sus mamás y, a veces, sus papás. La torta es un éxito. Y ha pensado que tal vez pudiera ganarse algo de dinero haciéndolas por encargo para otras familias.

Nicolás es un buen mecánico, arregla vehículos después de taxear con un coche propio que ha podido arreglar con piezas del desguace y que, por supuesto, no tiene seguro. María cose uniformes para las escuelitas del barrio. Nayara espera en los semáforos a que se paren los coches para vender fruta despiezada o pañuelos o lo que haya podido conseguir en el bachaqueo. Miguel y Lucy tienen un puesto ambulan te en la calle a dónde llevan los productos de su conuco (huerto familiar).

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Junto a ellos cientos de familias tienen también sus puestos de comida o de ropa o de calzado de segunda o tercera mano o de artesanía. José entrará hoy, con su padre, por primera vez, a una mina abandonada en dónde otros muchos dicen que han conseguido extraer alguna pepita de oro. La basura es la “mina” en la que trabaja Juan y unos miles de personas más buscan do plástico para reciclar, metal, ropa, neumáticos, piezas, comida…

Ese día tal vez la ración ya exigua de comida se reduzca para toda la familia. O no coman.

Técnica y estadísticamente es economía informal. En realidad, es el trabajo invisible que sostiene a la mayoría de la población en el mundo. “Sostiene” es casi un eufemismo, el trabajo es inhumano la mayoría de las veces y no alcanza nada más que para sobrevivir a duras penas. El día en que falta la harina, o enferma Nicolás, o Nayara tiene que irse a buscar a sus hermanos pequeños que se han vuelto de la escuela porque su profe, que tiene dos trabajos, no ha podido llegar, o Miguel y Lucy tienen estropeado el medio de transporte que los lleva a su puesto, … Ese día tal vez la ración ya exigua de comida se reduzca para toda la familia. O no coman.

Cuando hablamos de trabajo en general nos solemos referir al empleo, al trabajo que forma parte de un modo de producción concreto, en nuestro caso el capitalista, o al trabajo por el que tratamos de percibir una remuneración que nos permita acudir al mercado a adquirir los bienes y los servicios necesarios para vivir. El calificativo “informal” que se emplea técnicamente en las estadísticas oficiales (con todas las reservas que lo oficial implica en muchos Estados fallidos o poco transparentes), nos habla de un trabajo carente de contratos, carente de remuneración adecuada al nivel de trabajo realizado y carente de prestaciones sociales directas en las innumerables situaciones de inactividad laboral que pueden darse cuando trabajamos: descanso, enfermedad, accidente, cuidados a niños y padres mayores, jubilación…

Repetimos: es en esta situación en la que se encuentra aún la mayoría de los trabajadores en el mundo (más del 60%) y la tendencia a la exclusión del “mercado de trabajo” del capitalismo no parece que vaya a detenerse con los avances tecnológicos.

Es importante que tenga rostros y nombres. Porque ya nos hemos acostumbrado a la frialdad de las estadísticas y de las calamidades sin pensar en ellas como grandes injusticias. La economía informal, que es el nicho de la economía criminal de la prostitución, la delincuencia, la droga, la trata de personas, las mafias de la emigración, … es el medio de vida habitual en muchas áreas del planeta. Especialmente sangrante en las periferias de todas las grandes urbes. Pero no menos importante en el sector rural o de la extracción mineral. Sin olvidar que también está presente en países que consideramos “desarrollados”. Considerando sólo el trabajo autónomo “formal” y el desempleo crónico, somos conscientes de que también aquí se mueve muchísimo trabajo y dinero que no se declara y del que resulta la diferencia que per mite llegar a fin de mes.

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Con frecuencia hemos escuchado que estamos ante el sistema económico más eficiente y justo que ha dado la historia. Pero claro, eso depende de qué es lo que medimos. Eso depende de qué es lo que consideramos “riqueza” en economía. Si eso a lo que llamamos la economía tiene como objetivo primordial poder disponer de aquello que nos es necesario para desarrollar una vida digna, las pruebas de que este sistema no lo cumple es tán ahí. Pero lo peor es que no nos hemos dado cuenta de que todas nuestras categorías mentales (y culturales) han aceptado este sistema que prioriza el capital sobre el trabajo como el único posible.

Y han pervertido tanto el trabajo como la principal fuente de riqueza que tenemos los seres humanos que hasta nuestra ministra española (¿de trabajo?) dice que su misión es abolirlo. O sea, vivir del cuento del capital o de las rentas, que, por lo visto, se generan de la nada. Que se lo cuenten a más del 60% de los trabajadores “invisibles” del mundo. Sólo se permiten el lujo de no trabajar los que tienen esclavos. Y le recordamos a la ministra (¿de trabajo?) y de paso a los sindicatos, qué siguen existiendo en el mundo más de 400 millones de niños esclavos. Y qué nosotros lo gritaremos el próximo 16 de abril, Día internacional de la esclavitud infantil.

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