Guillermo Rovirosa, a partir de su conversión, se encarnó en los más pobres sin descuidar el cultivo de una profunda formación teológica y una acendrada piedad. Con estos tres mimbres, urdidos con su particular personalidad de científico apasionado por la verdad, nos regaló una espiritualidad y un apostolado de una increíble vitalidad, en los que la sacramentalidad del hermano tiene un puesto protagonista.
Por el Padre Carlos Ruiz para la revista Id y Evangelizad
El principio y fundamento de su espiritualidad
Después de su conversión, Rovirosa entendió que solo se podía ser cris- tiano desde la encarnación en los más pobres, que —en su época— eran los obreros explotados de la postguerra española. Rovirosa, siendo como era un reconocido ingeniero con una destacadísima capacidad para la investigación, no escamoteó ninguna de las condiciones sociales que vivía el proletariado de los años 40 y 50 del siglo XX español. Precisamente por su conciencia obrera y fiel a la tradición histórica del movimiento obrero de raíz cristiana, hizo de la lectura una de las principales armas para la evangelización integral de los pobres. Leía profusamente en catalán, espa- ñol, francés e inglés. Leía doctrina social, cultura obrera, ciencia, historia, literatura y mucha teología.
Como demuestran las suscripciones que recibía, Rovirosa fue un ávido lector de revistas y libros de teología en francés desde finales de los 40 del siglo pasado hasta su muerte; le interesaba —principalmente— la llamada «nouvelle theologie» o nueva teología por basarse en la Escri- tura, en la patrística y en la dimensión histórica y comunitaria de la fe. No se dejó seducir por algunas veleidades de dicha corriente teológica y supo separar la paja del grano.
De esas fuentes y de su radical entrega a la promoción de los pobres, Rovirosa elaboró lo que podemos llamar el «principio y fundamento» de su espiritualidad y apostolado, que es la incorporación a la vida trinitaria desde la triple dimensión del Amor: la pobreza, la humildad y el sacrificio. Lo explica de la siguiente manera:
«El amor, en su esencia, es una sola entidad, cuya operación consiste en producir la ‘comunión’ de los que se aman. Pero la manifestación del amor presen- ta tres direcciones (o dimensiones), indispensables las tres para que tenga “volumen”, y sea buen Amor: una dirección hacia, que tiende a darse al amado; una dirección desde, que tiende a aceptar al amado; y una dirección con, que tiende a renunciar a todo lo que estorba a la comunión con el amado.»
Usando el principio de analogía de la fe, dirá que la primera, la dimensión «hacia», corresponde al Padre y Rovirosa la identifica con la pobreza; la dirección «desde» es propia del Hijo y de su humildad y la tercera (dirección «con») corresponde al Espíritu Santo, que sería modelo de sacrificio.
Lo podemos formular de otra manera: la espiritualidad rovirosiana es un proceso de conversión permanente a Cristo o cristificación para vivir en el amor trinitario, que es el objetivo último de toda vocación personal y social:
«El Ideal Divino es el mismo Dios Trino y Uno. Así; tal como suena. Nadie hubiera podido imaginar ni nadie hubiera podido creer tal cosa si solamente se tratara de una teoría. Pero ahí está la experiencia ininterrumpida durante cerca de dos mil años. La Trinidad encarnó (en su Segunda Persona) en un hombre para que los hombres pudiéramos «encarnar» en la Trinidad por Jesucristo Nuestro Señor.
Rovirosa recuerda que solo Cristo nos posibilita el acceso a esa vida trinitaria: la única condición es vivir su humildad, que es la nota característica de la segunda persona de la Santísima Trinidad, como hemos visto: «resulta que mi acceso a la vida trinitaria no puedo hacerlo directamente al Padre, sino a través del Hijo…, que es quien se hizo hombre, como yo. Y el Verbo encarnado me repite machaconamente que mi camino, como el Suyo (yo soy el Camino), es el de la humildad (aprended de Mí…).»
El «otro» no es Cristo personalmente porque conserva su propia personalidad, que es lo único que percibimos, pero sí es realmente Cristo, como pasa con el pan y el vino en el sacramento del Altar.
El primer paso para reconocer el don de Dios y el del hermano es la renuncia al propio yo, anteponien- do el yo del otro al mío porque el «otro» es Cristo. Esta es la esencia del mandamiento nuevo y del Cuer- po místico que es la Iglesia. Y es la única esperanza que podemos ofrecer a los demás, a los hijos y a nuestro mundo en general.
Este proceso exige una permanente purificación de nuestras intenciones, ya que estamos acostumbrados a un «querer» cargado de egoísmos: se aman las cosas y las ideas cuando se encuentra complacencia en ellas. Incluso la compasión humana, la filantropía y el humanitarismo suelen ser una búsqueda de uno mismo. La solución a esta adulteración del amor es situarse ante el Dios humanado, bienhechor y ofendido, crucificado por nuestro amor para que se nos imprima en el corazón la ley más social y divina, que es amar al prójimo cuanto más este nos aborrece, y buscar su provecho cuanto menos contamos con su gratitud.
Aceptar con humildad el «sacramento de los otros» implica un profundo trastoque de los principios con los que nos regimos habitualmente porque el verdadero poder no es la imposición sobre otros, sino el dejarse matar por amor. Las personas podemos resistir cualquier situación adversa; solo hay una cosa, advierte Rovirosa, ante la cual nuestra capacidad de resistencia es nula: el amor. Pero no vale un amor cualquiera, sino el amor humilde.
La humildad es el camino a la Trinidad
La humildad es el reconocimiento del don de Dios entregado en el bautismo y del don del hermano, particularmente el pobre. La humildad nace de las aguas bautismales, origen de toda gracia, y se cultiva con lo que Rovirosa llama «el sacramento del otros»:
«Jesús se quedó permanentemente aquí entre nosotros en esta especie de Sacramento sobre el cual nunca se insistirá bastante: Jesús está en el “otro”. En cualquier “otro”. Hasta el fin del mundo. Para amarle, servirle y RECIBIRLE ya no tengo que buscarle aquí o allí; nada de esto. Le tengo siempre al alcance de la mano en el “otro”. Tanto más próximo cuanto más próximo es mi prójimo».
Rovirosa explica que el «otro» no es Cristo perso- nalmente porque conserva su propia personalidad, que es lo único que percibimos, pero sí es realmente Cristo, como pasa con el pan y el vino en el sacramento del Altar. Aquí es donde entra en juego el acto de fe, o fe en acto, ya que percibir esta verdad es puro don y gracia de Dios, por ser sobrenatural.
La virtud de escuchar
Basándose en san Agustín, que une el conocimiento y el amor, Rovirosa deduce que no podemos amar al otro si no le conocemos y esto solo es posible si le escuchamos, yendo más allá de los prejuicios. Por eso, desarrolla una interesante teoría sobre la escucha a los otros, basada en argumentos fisiológicos, psicológicos y culturales, para concluir que «la virtud de escuchar» es la pieza de puesta en marcha del mecanismo sobrenatural en nosotros, ya que es la virtud introductoria a la gran virtud cristiana que es la humildad, la cual nos impele a ceder el primer puesto de nuestro corazón al otro «so pena de proferir silenciosamente una blasfemia práctica».
Los otros no solo me hacen presente a Cristo; también son la única vía para llegar a conocerme a mí mismo y a la Santísima Trinidad:
«Un aforismo de la sabiduría pagana, muy conoci- do, decía: Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el universo y los dioses. El gran error de esta máxima estriba en suponer que algo, o alguien, pueda conocerse a sí mismo como punto de partida, excepto la Santísima Trinidad. Una versión cristiana de este aforismo falso podría ser: Hombre, conoce al “otro” y te conocerás a ti mismo y a Cristo, y por Él a la Trinidad.»
«La virtud de escuchar» es la pieza de puesta en marcha del mecanismo sobrenatural en nosotros, ya que es la virtud introductoria a la gran virtud cristiana que es la humildad
En definitiva, el amor a los otros nos sitúa en el verdadero realismo:
«Cuando dos o más bautizados conscientes de su Bautismo se reúnen en nombre de Jesús, cada uno esforzándose en ser Cristo y viendo a Cristo en los demás, no hacen otra cosa que estar en la realidad, pues, después de la Encarnación, la realidad es que Cristo lo invadió todo y está en todos. Cuando no vivimos esta realidad (no hay otra), todo termina mal, cualesquiera que sean las satisfacciones aparentes y los éxitos momentáneos. Nuestra experiencia cons- tante (y la ajena) nos confirma esto rotundamente. Reunión de bautizados conscientes, en nombre de Cristo… ¡El cielo en la tierra!».●
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