Vocacionados a ser hermanos

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Este sistema en el que vivimos nos propone objetivos parciales como “pasarlo bien”, “ser valorados”, tener cosas, un ocio permanente, un trabajo (generalmente no vocacionado) como obligación, ningún compromiso estable, o incluso la huida de cualquier compromiso… Ninguna de estas propuestas pueden generar alegría verdadera. Ninguna. Por ejemplo, en el Norte enriquecido, vivimos una juventud desquiciada entre propuestas narcisistas, hedonistas, centradas en el consumo, en el que se le hace ver que “solo se puede ser feliz” desde el placer que genera “preocuparse principalmente por uno mismo”. Es la forma más directa de llevar a cualquier persona al precipicio de la soledad, del sinsentido, que culturalmente se manifestará en formas egoístas de plantearse la vida (sus relaciones, su trabajo, su afectividad) y políticamente se abre a formas de compromiso donde predomina el interés personal. Esta situación deja un paisaje desolador, con el terreno preparado para acoger cualquier planteamiento totalitario, relativista, o simplemente nihilista.

por José A. Langa (publicado en la revista Autogestión)

Decía Benedicto XVI que “cada generación debe conquistar su libertad”. Esta generación no es menos y, para poder desarrollar una vida compartida, asociada a otros, que construya vínculos, debe plantearse seriamente un giro radical, de 180º, una verdadera revolución a la situación actual. Hoy, propuestas políticas de fraternidad empezando por los más empobrecidos, culturales – de familia fundadas en el matrimonio fiel y para toda la vida- , económicas – donde el cooperatismo integral sea fundamento-, o sociales – donde el ideal de justicia marquen la razón para asociarnos-, son propuestas revolucionarias. Tales propuestas, o las conquistamos, o, si no, nos haremos siervos de un nuevo sistema totalitario que controlará enteramente nuestras vidas, tanto interna como externamente, y que podrá usarnos como sacrificio en aras del poder de unos pocos. 

Hemos de ser muy conscientes de que este sistema ha fortalecido su ideología en las últimas décadas. Se trata de un antihumanismo radical que, por el consenso de los fuertes (verdadera dictadura), propone:

  • el sentido de la dignidad humana como algo relativo, 
  • el valor de Dios como sentimiento subjetivo 
  • y el lugar del hombre en el mundo como individuos aislados dependientes de Estados, administraciones, o empresas. 
  • La pérdida de conciencia histórica y de pertenencia.

Tratan así de conseguir de todos nosotros una rendición definitiva. Este problema está en el corazón de las dificultades extremas de una promoción liberadora tanto aquí como en los pueblos del Sur. El abismo, inédito en la historia, entre explotación generalizada y pasividad en la respuesta asociada, tiene su núcleo en esta dominación honda y extensa que este imperialismo neocapitalista ha conseguido introducir en la conciencia de los pueblos y de cada uno de sus miembros. Insistimos, hoy la dominación sobre el sujeto es tan honda que sólo un planteamiento de cambio radical (una revolución) puede hacerle frente.

Por todo ello, y para que puedan nacer en nosotros los deseos que concuerden con el amor infinito arraigado en nuestro corazón, es crucial entender cómo somos, qué nos constituye. La felicidad será fruto, y consecuencia, de la certeza de que la vida se gana entregándola. Lo que sustenta esta afirmación es la confianza en que cada persona posee la capacidad de amar y donarse enteramente por los demás; es más, supone su ser más profundo, lo más íntimo en cada uno de nosotros. 

Pero, ¿qué concepción tenemos hoy sobre lo que es la persona? ¿Cuál es la antropología que puede hacer frente a este plan tan malévolamente estructurado e institucionalizado? ¿Con qué argumentos  y con qué vida hemos de defender la dignidad sagrada de la vida humana? ¿Ha dejado de ser científica o filosófica esta defensa? ¿Quedará para nuestros ámbitos privados? Tomemos de frente estas cuestiones, pues es la dignidad humana la que está en juego. Para comprender muchos de los comportamientos personales, ambientales e institucionales del mundo de hoy hemos de pararnos, detenidamente, en tratar de entender cómo somos, pues en ello descansa nada menos que el sentido de vivir en cada uno de nosotros.

Nuestra naturaleza más profunda se expresa en que somos personas que necesitamos amar, por un lado, y ser amados, por otro. Desde pequeños, cuando nacemos absolutamente débiles y vulnerables, necesitamos de la acogida y cuidado de alguien que nos haga crecer. Somos fruto del amor hecho sacrificio y compromiso de unos padres que nos acogen desde el momento de la gestación. Sin esta acogida moriríamos. Y este amor recibido es precisamente el alimento fundamental en los primeros años de nuestra vida. Muchos complejos, miedos, heridas, frustraciones… que tenemos de mayores nacen del “mal amor” en los primeros meses y años de vida, incluso en el vientre de nuestra madre. El amor nos pone en pie con confianza; la mirada de nuestros padres, sus caricias, el baño, los juegos, los besos, las canciones, la confianza de ser acogidos… todos son elementos fundamentales para ser incorporados a la vida. Este servicio recibido hace nacer inmediatamente en nosotros un amor por aquellos que nos lo regalan. Muy pronto amamos a nuestros padres, y se lo hacemos ver con nuestra mirada, nuestra sonrisa, nuestras manos, nuestra agitación cuando los vemos o escuchamos. Es ésta nuestra primera gran experiencia de amar y ser amados.

Esta ley, sin embargo, nos acompañará toda la vida. En la infancia, en la adolescencia, en la juventud, en la madurez y en la ancianidad. Lo que nos mantendrá de pie, con ganas de vivir, será esta misma experiencia, que cada vez podrá ser vivida de manera más profunda. En la ley del amor siempre podremos avanzar en hondura. El amor siempre nos sorprenderá, no tiene fin, es algo que nos mueve, y que siempre tiene un más allá. La otra cara de la moneda son los sufrimientos que acumulamos cuando el amor no es correspondido: envidias, egoísmos, complejos, inseguridades, rencores, abusos de poder… En general, buscaremos apaciguar la falta de amor verdadero (amor de servicio) con sustitutos, a veces brutalmente dolorosos, que, por no acercarnos a la verdad de nuestro ser, nunca saciarán nuestro deseo. 

Porque esta “ley del amor” es principalmente una vocación, una llamada, un río que fluye hacia la fraternidad con otros. Es la amistad la que suele marcar la intuición de que el amor es capaz de entrar en comunión con el otro. Y desde esta experiencia uno puede llegar a entender el amor a otras muchas personas (que incluso estén lejos o en otras circunstancias), el amor a una profesión, el amor a un Ideal, a la naturaleza, a la belleza, etc. 

En realidad, en todo esto que estamos describiendo brevemente, lo único que se manifiesta es que, en lo más íntimo de todos y cada uno de nosotros hay una fuerza, manifestada como llamada, al amor verdadero. Hay una sed de infinito, imposible de sofocar completamente, en el interior de todas y cada una de las personas. Para calmarla caminamos toda la vida, pues intuimos que ahí está la verdadera alegría.   Esta llamada no se puede reprimir, no se puede ocultar, y por ello es tan importante que le demos toda su importancia. Toda nuestra vida seremos mendigos de este amor verdadero, el que nos hace entrar en comunión con otros y con el mundo, el que nos descentra. 

En la encíclica Fides et Ratio, el Papa Juan Pablo II, en el marco de las relaciones entre fe y razón, escribía el texto siguiente de impresionante profundidad y certeza: “la perfección del hombre no está en la mera adquisición del conocimiento abstracto de la verdad, sino que consiste también en una relación viva de entrega y fidelidad hacia el otro. En esta fidelidad que sabe darse, el hombre encuentra plena certeza y seguridad. (…) ¡Cuántos ejemplos se podrían poner para ilustrar este dato! Pienso ante todo en el testimonio de los mártires. El mártir, en efecto, es el testigo más auténtico de la verdad sobre la existencia. (…). Ni el sufrimiento ni la muerte violenta lo harán apartar de la adhesión a la verdad que ha descubierto en su encuentro con Cristo. Por eso el testimonio de los mártires atrae, es aceptado, escuchado y seguido hasta en nuestros días. Ésta es la razón por la cual nos fiamos de su palabra: se percibe en ellos la evidencia de un amor que no tiene necesidad de largas argumentaciones para convencer, desde el momento en que habla a cada uno de lo que él ya percibe en su interior como verdadero y buscado desde tanto tiempo”.

Pero, ¿por qué esto es así? Porque, ontológicamente, somos seres comunionales. Estamos marcados a fuego en nuestro interior con la necesidad de amar como Dios ama. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que “yo soy yo, los demás en mí y yo en los otros”. No hay forma de evitar esta realidad. No podemos elegir que nuestra naturaleza sea de otra manera. No podemos construir una realidad donde funcione “pues yo no quiero amar así”, o “yo voy a hacerlo de otra manera”.  Tengo por muy cierto que la pandemia que supone la salud mental hoy entre los jóvenes1 tiene que ver directamente con este empuje casi insoportable que sufren para que sean el centro (narcisismo), compren compulsivamente como forma de ocio (consumismo), o crean que el placer material les dará felicidad, sin creer en nada más (nihilismo). Pero no es así. Es justo al contrario. 


1 Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades provocaron un debate nacional cuando informaron de que casi el 60% de las adolescentes estadounidenses declaraban sentirse «constantemente tristes o desesperanzadas» y que el 30% había considerado seriamente la posibilidad de suicidarse.


 

Una consecuencia radical coherente con este marco es la promoción de la familia.  El movimiento obrero inicial de pobres afirmó que la familia era la piedra angular de todo el tejido social. Sin duda, la familia, fundada en el matrimonio, es piedra segura para una revolución hoy en día. No nos dejemos engañar por aquellos que nos dicen que solo somos individuos que debemos alcanzar las mayores cotas individuales de empoderamiento. Sin familia la persona crece fatalmente mutilada. La familia es el peldaño básico, insustituible, en el que asentar una experiencia de amor confiado, fiel, capaz de rehacerse tras cada caída y, por ello, lleno de sacrificio y esperanza. El amor que nos constituye, para subir peldaños, los hace descendiendo, enterrándose, olvidándose de uno mismo para que, por donación, brille el amor de comunión. La verdadera alegría está en este tipo de servicio gratuito, libre y desinteresado. La manifestación del amor no es principalmente el sentimiento, sino el servicio. Además de la familia, todas las personas necesitan un ambiente comunitario donde sentirse familia y comunidad (familia de familias), donde la ayuda mutua sea el modo de vivir. De ahí la necesidad de familias abiertas a la vida y fecundas a la justicia. Porque, con certeza, el amor nos llama a ser vivido colectivamente, y por ello nos conduce a la búsqueda de la justicia desde relaciones de ayuda mutua, solidaridad y cooperación. Martin A. Nowak, profesor de Biología y Matemáticas en la Universidad de Harvard, analiza la cooperación como el aspecto fundamental en la evolución de la vida. En particular, cuando habla de la vida humana, afirma: “Esta extenuante capacidad de cooperar (la de los humanos) -y no de competir- explica en parte que hayamos conseguido sobrevivir en todos los ecosistemas de la Tierra”.

Si todos somos ontológicamente comunionales, toda persona es digna del amor más verdadero, desde que son concebidas, o al final de sus vidas, o, por el contrario, clama al cielo si son explotadas. Por ello, la llamada a construir fraternidad es lo único a la altura de las necesidades de la sociedad (vocación a la Justicia y vocación profesional por el Bien Común). Se manifestará en amor de promoción, el que desea el crecimiento personal del otro, el desarrollo de sus cualidades, de su ser comunitario-solidario. Es además saber que toda persona es capaz de dar pasos en el amor verdadero, y no desear nunca menos que esto. El amor de promoción nos llevará a compartir libremente bienes, vida y acción, y en ello encontraremos la eterna alegría.