Mostramos en este artículo alguno de los muchos testimonios de vidas entregadas a la lucha por un mundo más justo y en paz. No son más que un botón de muestra de las miles de personas que ofrecen su vida asociadamente y de forma callada.
Por Fernando Cuesta, educador. Revista solidaria autogestión.
TIERRA DE MINAS (CAMBOYA)
El tratado de Ottawa para la prohibición de minas antipersonal entró en vigor en marzo de 1999, pero sus metas propuestas (a diez años) están lejos de cumplirse en los hechos. La mayor empresa fabricante de estos artefactos (aunque no la única) es la estadounidense Claymore, Inc, y «bautiza» a sus minas con este mismo nombre. Algunas empresas fabricantes ofrecen, a su vez, el servicio de desminado: tienen un negocio mortal, pero redondo. Una mina antipersonal cuesta entre tres y quince dólares; retirarla cuesta entre mil y mil quinientos dólares.
A más de cuarenta años de haber culminado (oficialmente) su última guerra, se calcula que Camboya todavía guarda en las entrañas de su tierra unos cinco millones de minas antipersonal de los más de diez millones que le fueron sembradas en la década de los años setenta.
Dos Sopheap fue coronada Miss Mutilada, a los dieciocho años porque una mina le arrancó su pierna izquierda cuando era una niña de apenas seis años. Convocado en 2009 en todo Camboya, después de su primera versión del año anterior en Angola, África, este singular concurso de belleza denominado originalmente Miss Landmine fue la manera que el artista noruego Morten Traavik encontró para hacer una bella (y al mismo tiempo durísima) denuncia sobre las miles de víctimas que cada año cobran en el mundo las minas antipersonal; intentó visibilizar a las víctimas de las minas y, al mismo tiempo, que las propias víctimas pudieran percibirse de otra manera.
Los Jemeres Rojos asesinaron a los padres del pequeño Eoun Yeak cuando él tenía entre cinco y seis años. Huérfano, fue confinado con otros niños de su edad y, más tarde, entrenado para labores militares, como niño soldado. Uno de sus superiores descubrió que tenía habilidades especiales: era perfeccionista y meticuloso, hábil con las manos y rápido de movimientos, por eso lo rebautizaron con el apodo Aki Ra. Aki Ra se convirtió en experto plantador de minas antipersonal durante la guerra. A los dieciocho años comenzó oficialmente su propio camino de redención, comenzó a recorrer los campos, las aldeas y los pueblos, detectando la presencia de minas antipersonal; comenzó también a llevarse muchos de estos artefactos a su propia casa, donde, de a poco y casi sin planearlo, fue formando una peculiar museo.
En el museo de Aki Ra se exhiben unas cinco mil minas, apenas un diez por ciento de las aproximadamente cincuenta y cinco mil armas subterráneas que él, con sus manos, ha logrado extraer y desactivar durante sus años de trabajo como desminador, en solitario primero, y acompañado después por el equipo que ha ido formando, y que actualmente es parte de la Organización Camboyana para la Autoayuda en el Desminado.
Theary Seng siendo apenas una niña, pasó por los campos de refugiados sin saber quién, cómo y por qué había asesinado a sus padres. Theary Seng es hoy una reconocida abogada que preside la organización Civicus, dedicada a trabajar en la educación civil, en la reconciliación y en la reconstrucción de la paz camboyana, lo hace viajando por los pueblos y las aldeas buscando verdades, enfrentando a culpables y reconociendo, sin más remedio, que, en la mayoría de los casos, ellos también fueron víctimas.
La propuesta para la reconciliación en Camboya que hace Theary Seng es sencilla: que los jóvenes ignoren ciertas particularidades del genocidio para que esa ignorancia limitada facilite los caminos del perdón social.
Ellos, niños víctimas primero, luego jóvenes supervivientes, son símbolos de la actual Camboya, esa que, aún mutilada, busca que sus habitantes puedan encontrarse y reconciliarse.
LA LOCA DE BURUNDI
Los hutus, el 86% de la población, son los habitantes originarios de Burundi y han estado históricamente sometidos por los segundos: los tutsis, que, tras invadir el país en el siglo XV, se las han ingeniado para monopolizar, con el apoyo de la metrópoli colonial belga, el ejército, la política y la economía. Y eso, a pesar de ser sólo el 14% de la población. El resultado: una maraña de odios profundamente enraizada que ha dado lugar a uno de los conflictos más sangrientos de África.
Después de obtener la independencia de Bélgica en 1962, los enfrentamientos entre las dos partes se intensificaron y las violaciones de derechos humanos y golpes políticos se convirtieron en algo habitual en el país. Una guerra encubierta que llegó a su punto álgido en 1993, cuando el hutu Melchior Ndadaye, vencedor de los primeros comicios democráticos que se celebraban, fue asesinado tan sólo cuatro meses después de haber sido nombrado presidente.
Tras el magnicidio, hutus y tutsis se organizaron en milicias y dieron comienzo a una cruel guerra civil que, según Naciones Unidas, se cobró más de 300.000 vidas y provocó cientos de miles de desplazados y refugiados.
Sin embargo, según el testimonio de Margarite Barankitse, la Loca de Burundi, fundadora de la Casa Shalom, y luchadora incansable por la reconciliación entre tutsis y hutus, la guerra no fue étnica; fue política, porque Burundi es un pequeño país por el que todo el mundo quiere pasar para entrar en Congo a por sus riquezas. Para justificarse, inventan que hay una guerra étnica en Burundi.
“Antes de que estallara el conflicto entre hutus y tutsis yo ya había adoptado siete niños, cuatro hutus y tres tutsis”, dice Margarite. “Cuando estalló la guerra civil en Burundi nadie quería saber nada de mí, ni siquiera mi familia. Me refugié en el obispado. Por el camino recogí a 72 personas. Los hutus asesinaron a 60 personas de mi familia, obviamente tutsis. Me llamaron traidora, me pegaron, me ataron y los mataron uno a uno delante de mí. Cada vez que mataban a uno me agredían, estoy llena de cicatrices. Fui a la capilla y me puse a gritarle a Dios y a reclamarle mis hijos. De repente oí una vocecita: «Mami, mami». Fue como un milagro. Se habían escondido debajo de la sacristía. Enterré los cadáveres, recogí a los 25 niños y huimos.
Yo tenía el remedio para el futuro: niños hutus y tutsis que se querían y protegían unos a otros. Nos instalamos en casa de unos cooperantes alemanes que habían huido. Si en la zona de los Grandes Lagos nos ayudamos todos, no tendremos que ir detrás del dinero de los belgas. Hay que darse cuenta de que el amor es muy creativo.
Comenzamos con 32 niños y llegamos hasta 10.000. Empezaron a llegar huérfanos, niños soldados y niños mutilados que nadie quería. En las 40 hectáreas que heredé de mi familia construí casitas para ellos. Yo no tengo orfanatos, tengo hogares y ellos son mis hijos. Los envío a estudiar al extranjero y luego vuelven y me ayudan. Son médicos, psicólogos, abogados, economistas…
Me amenazaban todos los días porque hacía declaraciones que molestan mucho. Es un milagro que aún esté viva. Le contaré una bonita historia: Uno de los hombres que vino a matarme hoy es mi chofer. Mientras él me apuntaba con la pistola le dije: «Eres demasiado guapo para ser un criminal. Ven y yo te enseño otro oficio que no sea el de matar, porque los que te han enviado tienen a sus hijos estudiando en Nueva York». Fue mi primer alumno del taller mecánico que creé para que los niños soldados aprendieran un oficio.
Nada resiste al amor, creo que ése es el secreto; porque cuando uno ama la vida, la vida también le ama. Intento que los niños vayan a visitar a los asesinos de sus padres porque si no se reconcilian con su propia historia y miran de frente la causa de sus desgracias, la ira crecerá con ellos. El perdón es el gran legado del cristianismo en un mundo que no sabe perdonar”.
«NASHIM OSOT SHALOM», MUJERES POR LA PAZ (PALESTINA – ISRAEL)
El conflicto entre Palestina e Israel se ha visto envuelto en ataques violentos, ocupación territorial, desplazamiento de personas e incluso su muerte. Después de tantas resoluciones emitidas por la Organización de las Naciones Unidas y acuerdos fallidos entre ambas naciones, el escenario violento sigue vigente.
Desde los inicios, el territorio palestino-israelí ha sido habitado por diferentes tribus a través de la historia. Un año antes de concluir la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña apoyó el establecimiento de un nuevo estado para la comunidad judía en territorio palestino por medio de un documento conocido como la Declaración Balfour de 1917. Esta carta enunciaba el establecimiento de un hogar nacional para el pueblo judío en Palestina. También condicionaba a que se respetara a todos los habitantes de la zona palestina y que no se dañasen los derechos civiles ni religiosos de las comunidades no judías.
Al finalizar la Gran Guerra, los aliados respaldaron la Declaración Balfour, siendo Gran Bretaña la encargada de administrar esos territorios. Asimismo, en 1947, se crea la división del territorio palestino mediante un documento redactado y votado dentro de la Asamblea General de Naciones Unidas, la Resolución 181, la cual establecía la creación de un pueblo judío y uno árabe.
Desde el inicio del conflicto árabe-israelí, que comenzó formalmente con la proclamación del Estado de Israel el 14 de mayo de 1948 hasta la actualidad, este conflicto ha sido devastador.
En este contexto surgen preguntas en relación con el papel de las mujeres: ¿lograrán las mujeres palestinas e israelíes, unidas en el movimiento Women Wage Peace – Nashim Osot Shalom, sus objetivos conforme a su integración en las negociaciones de paz con el fin de crear acuerdos y una solución no violenta del conflicto? ¿Representan las Mujeres por la Paz una alternativa para la resolución del conflicto árabe-israelí?
Women Wage Peace es un movimiento político amplio. Se fundó en el año 2014 después de que la Operación Margen Protector —emprendida por el gobierno israelí contra Hamás en la Franja de Gaza en la que murieron más de 2.300 personas— se llevara a cabo. Su propósito es promover un acuerdo político donde las mujeres estén involucradas en los procesos de diálogo, conforme a la Resolución 1325 de la ONU, y se apoye su participación en las negociaciones de paz y reconstrucción; así como concienciar y crear debate para que se llegue a un acuerdo pacífico y así evitar futuros conflictos.
En la actualidad, en WWP colaboran activamente 44.000 miembros. Incluso algunos medios afirman que se trata del movimiento territorial más importante del país, contando con diversos grupos de apoyo alrededor del mundo.
En 2014 lanzaron el movimiento con un viaje en tren a Sderot, probablemente la ciudad israelí más castigada por el lanzamiento de cohetes desde la Franja de Gaza, donde participaron alrededor de mil mujeres. Un año después, 3.000 mujeres rodearon el Parlamento Israelí, el Knéset, para demandar una iniciativa de paz y, ese mismo año, colocaron una tienda de campaña afuera de la casa del entonces primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en donde llevaron a cabo una huelga de hambre durante cincuenta días. Posteriormente, en 2016, organizaron una de sus marchas, The March of Hope o Marcha de la Esperanza, en la que miles de mujeres y hombres de todo el territorio marcharon durante dos semanas hasta Jerusalén.
Mientras esto sucedía, alrededor del mundo se desarrollaron actos de solidaridad con la marcha. También establecieron un Viaje por la Paz con una duración también de dos semanas a través de los diversos territorios. Para conmemorar el Día Internacional de la Paz, el 20 de septiembre del 2018 instituyeron una gran marcha a la que asistieron miles de mujeres.
Uno de sus mayores logros fue la iniciación del trámite de la propuesta de ley denominada Alternativas Políticas Primero, la cual obliga a los miembros del gobierno a examinar las alternativas políticas con el fin de darle una pronta solución no violenta al conflicto antes de considerar el lanzamiento de campañas militares. Ese mismo año llevaron a cabo el Congreso Internacional de Mujeres por la Paz: Eliminating Barriers to Peace in Middle East, una mesa de discusión sobre las nuevas formas de romper con estas barreras en Oriente Medio.
WWP se identifica como asociación no partidista; las mujeres son las que lideran el movimiento. Reconocen la necesidad de voces diversas; es un movimiento de base social, sin jerarquías, ni divisiones. Se oponen y condenan todas las formas de violencia, no actuando al margen de la legalidad en ningún momento.
Desde los inicios del movimiento en 2014 hasta la actualidad, Women Wage Peace ha logrado unir a muchas mujeres palestinas, israelíes, judías, católicas, musulmanas, y de cualquier creencia, color y nacionalidad alrededor del mundo con el mismo objetivo: que se integre a las mujeres en las negociaciones de paz y que se llegue a una solución pacífica del conflicto entre Palestina e Israel, que ha devastado, y sigue devastando, a la población y al territorio.
Sus objetivos están relacionados con la formación, la concienciación, el debate y las actuaciones conjuntas, sin importar el color de la piel o la nacionalidad. Es la unión y la construcción de esta cultura de paz la que en un futuro podrá dar los frutos esperados: la solución pacífica del conflicto.
WWP ha avivado la esperanza e inspirado a más mujeres a unirse, lo cual no es poca cosa; es un paso enorme hacia el cumplimiento de sus objetivos. Uno de sus mayores logros es promover la participación de las mujeres en el ámbito político y social por primera vez, donde han podido discutir en materia de seguridad nacional, algo que ni era común ni conocido por ellas mismas tan solo unos años atrás.
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