La reciente e histórica visita del Papa León XIV a España ha dejado una huella que va mucho más allá de la crónica institucional o el fervor de las multitudes. El balance oficial del presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Luis Argüello, resume el hito con un desafío inmediato: «Gracias, y ahora acción». Nos toca transformar la intensa emoción colectiva en virtud y, sobre todo, en trabajo sociopolítico.
Editorial de la revista solidaria Autogestión
Este viaje no puede reducirse a un mero evento de masas o a una agenda de gestos amables. Detrás de su presencia en Madrid, Barcelona y las Islas Canarias late una honda preocupación pastoral: el porvenir de Europa y la urgencia de revitalizar el catolicismo español como puente que ayude a cohesionar el viejo continente con los países empobrecidos, en especial con Hispanoamérica.
El punto de inflexión doctrinal y político de esta visita tuvo lugar en el Parlamento español, donde León XIV se convirtió en el primer pontífice en hablar ante una sesión conjunta de las Cortes Generales. Su discurso en el Congreso de los Diputados trazó los ejes de lo que debe ser una política como servicio. Toda una lección de gramática política por el Bien Común.
Frente a diputados y senadores, el Papa lanzó una advertencia severa contra la degradación de la actividad legislativa cuando esta se somete a los dictados de la utilidad o la tecnocracia. León XIV recordó que España históricamente ha sabido reconocer al ser humano «como algo más que una pieza del orden social, económico o político», defendiendo una dignidad que precede a cualquier lógica de mercado.
«Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada», sentenció con firmeza el pontífice. «La alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse».
Estas palabras resuenan como una enmienda a la totalidad al capitalismo desalmado que mercantiliza todo lo humano y del cual el parlamento español es un vocero institucional. No hay comunidad plenamente justa, advirtió, si se deja en la sombra a los vulnerables, a los enfermos, a los ancianos o a quienes dependen enteramente del cuidado ajeno.
La razón de fondo que impulsó al Papa a emprender este viaje es su profunda alarma ante la deriva de Europa. El Papa contempla con dolor un continente frío y amurallado, tentado por el repliegue identitario, el individualismo y el rearme bélico como aparente e inevitable respuesta a las crisis internacionales. La verdadera paz, insistió, no nace de la fuerza ni del aislamiento, sino de la justicia y del diálogo sincero.
España está llamada a reactivar su vocación histórica de puente entre Europa e Hispanoamérica recuperando la savia de su pensamiento teológico más luminoso, conectando la tradición y la espiritualidad de la Escuela de Salamanca, con el momento actual. Y ello desde una nueva encarnación de la Iglesia con el pueblo basada en la promoción integral y colectiva de y desde los más empobrecidos.
El Papa predicó descendiendo a las realidades complejas del país. Su vigor espiritual y pastoral se hizo patente al abrazar las «cruces» de nuestro tiempo: visitó las cárceles de Barcelona, consoló a víctimas de abusos, escuchó las inquietudes de los jóvenes en multitudinarias vigilias y, de manera histórica, se desplazó hasta las Islas Canarias para tocar el dolor de la ruta migratoria atlántica.
Las palabras de León XIV sobre el drama migratorio constituyen el mandato moral definitivo de esta visita. El Papa denunció que miles de personas se ven obligadas a abandonar sus hogares por falta de paz, seguridad o condiciones dignas, cayendo con frecuencia en manos de redes de tráfico humano. Dejó claro que esta crisis humana y humanitaria «rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica; constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica».
En consonancia con su magisterio, en Canarias el pontífice insistió en que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad intrínseca. El juicio ético de nuestras sociedades democráticas y de nuestras comunidades de fe se juega en la hospitalidad. No es posible comulgar el domingo si el lunes justificamos la exclusión de nuestros hermanos inmigrantes o permitimos que las fronteras se conviertan en cementerios.
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