Interpretar la Doctrina Social de la Iglesia con mirada teológica
Editorial
Es lógico que alguno de ustedes se haya cuestionado lo siguiente: si el consenso académico fecha el nacimiento de la Doctrina Social de la Iglesia en 1891 con la encíclica de León XIII Rerum Novarum, entonces ¿la Iglesia pasó 19 siglos sin orientación moral en los sectores que abarca la mencionada disciplina, es decir, en la política, la economía, la cultura, etc.?
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Por supuesto que no: desde que sale del costado de Cristo, su esposa, la Iglesia habita un ethos —etimológicamente, morada— propio, desde el que se relaciona con el cosmos de manera dialógica y crítica, comportándose como germen y proyecto de lo que debe ser el mundo y la humanidad. En estos más de 20 siglos de historia eclesial, la regla de oro de la moral de la Iglesia ha sido «integrar en lo sobrenatural lo secular, respetando su estructura y gramática, ya que también es gracia». Este diálogo salvífico con la sociedad ha pasado por diversos estadios: en algunos momentos lo eclesial ha sido invasivo; en otros, nos hemos aislado; en otros, difuminado… pero, en general, la Iglesia ha sido la levadura que ha hecho posible las mejores conquistas de la humanidad, como son: la conciencia de la dignidad sagrada de la persona y —por tanto— la centralidad del pobre, la defensa integral de toda vida, la complementariedad de los dos sexos, la justicia y la solidaridad como base de las relaciones de todo tipo, la desmitificación de lo natural —posibilitando el nacimiento de la ciencia experimental y la técnica—, el destino universal de los bienes, la vinculación intrínseca entre todos los hombres e, incluso, con el resto de la creación —ecología integral—, el protagonismo de la sociedad y el rechazo a la tiranía…
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Todo esto se hizo sin que hubiese una materia o una rama moral específica de doctrina social de la Iglesia. Se hizo porque en la morada eclesial habitan la gloria de la Trinidad, que se nos muestra en la liturgia, la santidad de muchos de sus hijos y la sabiduría de sus mejores pastores y doctores. Son la gloria divina, la santidad y la sabiduría lo que hacen nuestro hogar acogedor y transformador, no el moralismo ni los discursos.
Sin duda, es positivo que haya un cuerpo doctrinal de moral social, como el que se empezó a elaborar sistemáticamente a partir de la Rerum Novarum; pero eso solo tiene sentido si se integra en el conjunto teológico-espiritual de la Iglesia. Es decir, para entender el alcance de la doctrina de la Iglesia sobre los problemas sociales concretos a los que suele referirse —relaciones laborales, ideologías, problemas económicos, sistemas políticos, tipos de educación, ecología, tecnología, inteligencia artificial…—, debemos sumergirnos en el ethos eclesial que acabamos de describir. No seguir ese orden puede llevarnos tanto a un moralismo social centrado en la casuística que, por tanto, no aporte la novedad cristiana, como a una interpretación odiosa, por desviada o tibia: la que han hecho corrientes conservadoras, marxistas y toda suerte de laicismos burgueses. Precisamente esto es lo que hay que evitar.

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