Aborto, capitalismo y totalitarismo… tres años después

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En los procesos de Nuremberg, muchos de los encausados, alegaban que cumplían y obedecían la ley. Sin embargo, eso no les libró de ser condenados por crímenes contra la humanidad.

El día 5 de julio de 2010 entró en vigor la actual Ley del aborto, coincidiendo con los 25 años de la primera ley del aborto de la democracia. Una de las novedades más destacables de actual ley vigente fue la consideración legal del aborto como un “derecho”. Pero conviene recordar que durante el régimen nazi, democráticamente constituido, los asesinatos de discapacitados, homosexuales, gitanos, judíos, disidentes …, eran legales ya que fueron aprobadas leyes que amparaban dichos crímenes.

En los procesos de Nuremberg, muchos de los encausados, especialmente los jueces nazis, alegaban que cumplían y obedecían la ley. Sin embargo, eso no les libró de ser condenados por crímenes contra la humanidad. El que una ley aprobada en el parlamento legalice el aborto y lo defina como un “derecho” no disminuye en nada su categoría de crimen. La inalienable dignidad humana es una noción prepolítica y por lo que la objeción de conciencia es un deber ante una ley injusta.

En estos momentos se está planteando una nueva reforma de la ley que regula el aborto y es conveniente reflexionar sobre este hecho de gran trascendencia política.

La cuestión del aborto hay que situarla en el marco de una cultura contra la solidaridad, contra la vida. Actualmente existe una auténtica conjura contra la vida humana y su dignidad. El hambre asesina cada día a más de 100.000 personas habiendo suficientes recursos. Cientos de miles de mujeres empobrecidas están siendo esterilizadas en países del Tercer Mundo, obligadas o engañadas, por empresas, gobiernos, fundaciones, u ONGs de países enriquecidos.

Millones personas, sobre todo niños, son asesinados todos los años por la miseria, por enfermedades evitables, por las guerras provocadas por la política armamentística de los llamados “países desarrollados”. La esclavitud de todo tipo condena a más de 400 millones de niños. El desempleo y la explotación afecta a más de 1.600 millones de personas en el mundo, provocando miseria y hambre, trastornos mentales y familiares, destrozando la vocación profesional e incluso induciendo numerosos suicidios.

El aborto, objetivamente, es la eliminación de un ser humano, de una persona. Desde la concepción, la persona posee su identidad y su dignidad y las mantiene invariablemente de forma continua. El aborto destroza una vida humana casi siempre con procedimientos de una horrible crueldad para el feto humano, crueldad que siente al ser destruido. No es parte del cuerpo de la madre, es un ser humano distinto. Y como tal ser humano tiene su dignidad y sus derechos, tanto como los ancianos, como los discapacitados, los incurables, los “antisociales”, como todos aquellos a los que la legitimación del aborto pone en la lista de los futuros condenados. No se les va a considerar personas humanas con derecho a la vida, sino partes molestas de una sociedad que no les desea. Podemos afirmar, que el niño por nacer es el ser más débil, necesitado y pobre; no tiene nada, ni siquiera la capacidad de defenderse y pedir auxilio. En la actualidad el aborto de tipo eugenésico está especialmente aceptado en la sociedad. Se trata de suprimir a aquellos niños con algún tipo de discapacidad o defecto. En la misma dirección de lo que buscaba Hitler asesinando judíos: la “raza pura”.

En 2012 en España se ejecutaron más de 118.000 abortos al año. Es el país de Europa donde más ha crecido, tanto con gobiernos del PSOE como del PP. Desde 1985, en que se aprueba la primera ley que despenaliza el aborto, se calcula que se han eliminado 1,5 millones de vidas humanas. En el mundo se ejecutan actualmente, según las fuentes, entre 60 y 100 millones de abortos al año que afectan sobre todo a los más empobrecidos.

¿Cuáles son las causas del aborto? Lo primero que hay que afirmar contundentemente es que el aborto es planificado por el actual sistema político-económico tanto a plano nacional como internacional para mantener la supremacía económica y política de los poderosos. Los grupos de poder que rigen lo que se llama neocapitalismo, imperialismo trasnacional, o globalización, han considerado una cuestión estratégica el control demográfico de los pueblos empobrecidos del Tercer Mundo, víctimas de un “(des) orden” internacional, que expolia sus riquezas y explota a sus gentes.

Aborto y esterilizaciones masivas son encubiertos por eufemismos perversos como “salud reproductiva” o “derechos reproductivos” tal y como hacen los famosos Objetivos del Milenio de Naciones Unidas donde lamentablemente colaboran instituciones católicas. Además, el paro, la explotación y la precariedad laboral impuesta por la dictadura del capital están provocando que muchas personas no puedan tener un trabajo y una vivienda dignos para formar una familia. Especialmente, muchas mujeres inmigrantes, expulsadas de sus países por el hambre, están sufriendo en España una explotación salvaje que es un verdadero atentado contra su maternidad.

La destrucción planificada de la familia y la maternidad es una evidencia. Por eso, es una trágica contradicción y una hipocresía condenar el aborto y defender el capitalismo. Capitalismo y aborto están íntimamente unidos. Decía Chesterton y con razón que quien más había atacado a la familia había sido el capitalismo. Sin embargo la derecha política que defiende el capitalismo por encima de su conciencia quiere darse un barniz antiabortista como mal menor. Simplemente indecente.

También es una grave contradicción condenar el capitalismo y apoyar, amparar o justificar el aborto. El auténtico progreso supone la defensa integral de la vida humana y su dignidad: supone la lucha por la justicia frente a la explotación y el poder. El aborto no es progresista. No hay en nuestros días una afirmación más reaccionaria que la del derecho de una persona sobre la vida del hijo por nacer. Éste es el derecho de propiedad más absoluto, despótico y tirano concebible, más allá del derecho del amo sobre el esclavo. Es una vergüenza para la «supuesta izquierda» que levante la bandera del ese pretendido derecho. Y más aún, que se deje a la derecha que monopolice hipócrita y cínicamente la oposición al mismo.

Aún más si cabe, el aborto, fundamentalmente, es un crimen inducido, por ese imperialismo trasnacional en su estrategia de dominación, a través de la aceptación personal y social de unas formas de vida insolidarias. El materialismo en especial, pero también el individualismo, el utilitarismo y el hedonismo burgués hacen que el niño por nacer se viva como una carga, un estorbo, un gasto, una incomodidad, incluso como una enfermedad que disminuye la libertad y autonomía. El progenitor, madre o padre, o el Estado-Mercado ejercen su poder sobre la vida del niño como si éste fuese un objeto, un instrumento o un animal que se puede sacrificar.

Una sociedad que legitima, explícita o implícitamente, el aborto es una sociedad totalitaria, que afirma el poder absoluto de unos seres humanos sobre otros hasta el punto de llegar a autoproclamarse dueños de la vida. Es la confirmación de la imposición de los poderosos sobre los débiles en todos los planos: empobrecidos, no nacidos, parados, discapacitados, enfermos, viejos, etc. El actual sistema nos convierte a todos en cómplices con la aceptación, justificación o comprensión del crimen del aborto. Sin embargo, la propia naturaleza humana, incluso en las peores circunstancias, se rebela contra esta dominación. El ser humano está hecho para dar vida, para hacer justicia y construir solidaridad. Por eso, la única actitud razonable es defender la dignidad de la vida humana contra toda injusticia sin excepción, de una manera integral y solidaria.

La aceptación social del aborto, en cualquier modalidad y grado, hace que la sociedad se haga cómplice, ampare y legitime cualquier tipo de injusticia o inmoralidad. Unas personas, un pueblo, una sociedad configurados de esta manera están subyugados, entregados y sometidos al poder del Estado-Mercado; están gravemente disminuidos para defender la justicia, la solidaridad, la verdad y la libertad. El cambio en la conciencia de los padres y del resto de la sociedad es de tal profundidad que cualquier propuesta de proyecto solidario va a ser difícilmente comprendida y aceptada.

Esta situación que estamos describiendo afecta de una forma especial a los niños y a los jóvenes que están siendo formados y educados en esta mentalidad totalitaria. No es una casualidad que se induzca a los adolescentes a aceptar la posibilidad de que aborten o a tomar la «pildora», sin el conocimiento de sus padres. Se trata de dejarlos abandonados, a la deriva, sin vinculación con quienes les ha dado la vida, con quienes más les aman. La ruptura del vínculo padres-hijos supone romper la cadena de solidaridad intergeneracional. De esta forma el joven está solo y aislado frente al Estado-Mercado que lo va a devorar convirtiéndolo en objeto de consumo y de explotación. ¿Cuántos padres son conscientes de esta situación?

La vida humana y su dignidad es un valor supremo desde la concepción hasta la muerte natural. Por ello debemos luchar firmemente para que desaparezca un régimen explotador y totalitario como el actual. Hay que rechazar radicalmente cualquier concertación con una política que provoque hambre, abortos, guerras, explotación, etc. Esto sólo es posible desde una acción política auténticamente solidaria en razón de la Justicia con los más débiles y empobrecidos. Tenemos que trabajar para hacer que el vientre de la madre sea lo que debe ser: el lugar más seguro y protegido. Y que la sociedad entera lo sea también, antes y después de nacer.

Carlos Llarandi Arroyo
Militante del Movimiento Cultural Cristiano