CHAD: castrad el alma de los tibios

1983

Calculamos que cerca de 400 hombres murieron durante los combates o fueron ejecutados después. Al atardecer, con la vida en el descuento, las madres y sus hijos alcanzaron los alrededores de Koukou: los más pequeños no tuvieron fuerzas para llegar y perecieron deshidratados en el camino…

 Carta desde África

Gonzalo Sánchez-Terán.

Por aquí, en Dar Sila, al este del Chad, dicen que cuando el viento patea las arenas arrojándolas, febril, contra cabañas, bestias y personas, algo sombrío acecha. El viernes, la tormenta de arena azotó esta tierra, volcando los cántaros y enloqueciendo a las mulas.

El sábado, al filo del alba, jinetes árabes empuñando kalashnikovs, apoyados por todoterrenos con morteros y lanzagranadas, rodearon las aldeas de Tiero y Marena. Los vehículos bloquearon la carretera del oeste, la que conduce a Koukou, donde la presencia de las agencias humanitarias que asisten a los refugiados sudaneses ofrece algo de seguridad.

Entonces comenzó el ataque: en las aldeas las fuerzas de autodefensa armadas por el Gobierno del Chad y los Toro-boro, tropas sudanesas a su servicio, opusieron resistencia durante horas, pero fueron finalmente aplastados por los jinetes árabes y los rebeldes chadianos respaldados por el presidente sudanés.

Francia protege al dictador del Chad, China protege al dictador de Sudán, Estados Unidos farfulla condenaciones y se lava las manos en el petróleo de ambos países. Todos ellos, blancos, negros, amarillos, dan asco: damos asco.

Acabada la lucha, los jinetes y los rebeldes permitieron que mujeres y niños emprendieran, despojados y a pie, la ruta de Koukou: los hombres, no. Calculamos que cerca de 400 hombres murieron durante los combates o fueron ejecutados después. Al atardecer, con la vida en el descuento, las madres y sus hijos alcanzaron los alrededores de Koukou: los más pequeños no tuvieron fuerzas para llegar y perecieron deshidratados en el camino.

En pocas horas, más de 4.000 seres humanos yacían exhaustos bajo los pocos árboles que hay a la afueras: los refugiados sudaneses, que huyeron de la misma violencia hace tres años, salieron a su encuentro y compartieron lo poco que tienen, el agua y el mijo. Durante días, hasta que las organizaciones humanitarias supieron organizar la primera distribución de alimentos, aquella gente no contó con más ayuda que la que les brindaron las personas más pobres del planeta. No pocos cretinos afirman que la nuestra es una especie malvada y egoísta: deberían haber estado allí.

Esto no ha acabado: tras los ataques de Tiero y Marena, el Ejército lanzó una contraofensiva por tierra y aire contra los rebeldes, y en las aldeas las tribus locales y los árabes se preparan para la venganza, azuzados por presidentes remotos que compran sus armas con el dinero de las grandes petroleras, que a su vez se enriquecen vendiéndonos gasolina a nosotros, nosotros, que tanto amamos la paz. Te lo garantizo, habrá más desplazados y habrá más sangre hasta que toda muerte violenta e injusta no paralice al mundo.